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018
La llave en la mano
La lluvia golpea la ventana del piso en Madrid con un ritmo monótono, como un metrónomo que cuenta los
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037
Las casualidades no existen Han pasado unos cuatro años desde la muerte de su madre, pero Agata todavía recuerda el sabor amargo y la insoportable tristeza. Sobre todo aquella tarde después del funeral. Su padre estaba sentado, consumido por el dolor; Agata ya estaba agotada de llorar. En su amplia y sólida casa reinaba un silencio opresivo. Agata tenía dieciséis años, entendía lo difícil y doloroso que era para ella y su padre; los tres habían sido muy felices juntos. Iván abrazó a su hija por los hombros y le dijo: —Habrá que seguir adelante de alguna manera, hija. Verás que nos acostumbraremos… El tiempo pasó. Agata se tituló como técnica sanitaria y recientemente comenzó a trabajar en el ambulatorio de su pueblo. Vivía sola en su casa, porque su padre se casó con otra mujer el año anterior y vivía en la aldea vecina. No culpaba a su padre ni le juzgaba; la vida es así de caprichosa, ella misma algún día se casaría. Y su padre aún era joven. Agata bajó del autobús con un bonito vestido y unos zapatos elegantes; hoy era el cumpleaños de su padre, el único familiar que le quedaba. —Hola, papá —sonrió feliz Agata mientras se fundían en un abrazo en el portal de la casa donde él la recibió. Le entregó un regalo—: ¡Feliz cumpleaños! —Hola, mi niña, pasa, que ya está todo preparado —y entraron juntos en casa. —Agata, por fin llegas —dijo desde la cocina Katia, ahora su madrastra—, que mis hijos ya tienen hambre. Iván llevaba ya un año viviendo con su nueva familia. Katia tenía una hija de trece años, Rita, una niña insoportable y malhumorada, y un hijo de diez. Agata apenas iba por allí; era sólo la segunda vez en todo el año, y hacía lo posible por ignorar las groserías de la maleducada Rita, que no tenía reparos en sus palabras, y cuya madre jamás le llamaba la atención. Tras los saludos y las preguntas de rigor, Katia empezó a interrogar a Agata. —¿Tienes novio? —Sí, tengo. —¿Y pensáis casaros? Agata se sintió un poco incómoda ante la franqueza de Katia. —Bueno, ya veremos —prefirió no dar detalles. —Mira, Agata —Katia sonrió forzadamente—: Tu padre y yo hemos estado hablando y hemos decidido que él ya no te va a ayudar más. Gasta demasiado dinero en ti, y nosotros somos una familia numerosa. Busca marido y que te mantenga él. Tu padre ya tiene otra familia y debe velar, ante todo, por nosotros. Ya eres mayor, además tienes trabajo… —Katia, espera —le cortó Iván—: Nuestra conversación fue diferente, y ya te expliqué que le doy a mi hija menos dinero que a vosotros… Pero Katia le interrumpió y gritó: —¡Eres poco menos que un cajero para tu hija y nosotros tenemos que apañarnos como podemos! Iván guardó silencio, avergonzado. Agata se sintió muy mal, se levantó de la mesa y salió al patio, sentándose en un banco para calmarse un poco. El cumpleaños ya se había arruinado. Rita salió detrás y se sentó a su lado. —Eres guapa —Agata sólo asintió con la cabeza, sin ganas de hablar—. No te enfades con mi madre, está nerviosa porque está embarazada —sonrió de forma sarcástica la niña—. Ya la conocerás, sólo espera —rió y volvió dentro. Agata se levantó y salió del patio; al mirar atrás, vio a su padre en el porche, mirándola marchar. Tres días después, su padre e Katia visitaron inesperadamente a Agata. —Vaya, qué sorpresa, ¡pondré el té! —les ofreció. Katia miró todo, paseó por la casa. —Sí, sí, tremenda casa, aquí en el pueblo pocas como esta. —Mi padre tiene unas manos de oro, la construyó junto a su amigo Paco, ¿verdad, papá? —Anda ya, hija, manos de oro tampoco… la hice para nosotros, nada más. —Ya lo sé —dijo Katia—, me ha tocado la lotería contigo. Y precisamente veníamos a hablar de la casa. Agata sospechó enseguida: —No venderé mi parte, crecí aquí y esta casa es muy importante para mí —miró desafiante a Katia y a su padre. —¡Vaya, qué lista eres! —masculló Katia, entre rabia y sarcasmo—. Y tú, ¿qué callas? —codeó a Iván. —Hija, esto hay que solucionarlo, ahora tengo una familia grande, la casa es pequeña y viene un bebé… Si vendemos la casa, puedes comprarte algo más pequeño y si no llegas, pides un préstamo y te ayudo a pagarlo —dijo el padre, sin mirarla a los ojos. —Papá, ¿de qué estás hablando? —Agata no daba crédito. —Tu padre tiene otra familia —gritó Katia—. ¡Dilo de una vez! Esta casa ya no es tuya. Ocupas demasiado espacio. Así que te apartas y nadie va a preguntarte más. —No me grites —se levantó Agata—. Y os pido que os marchéis. Cuando se fueron, Agata se sintió fatal. Sí, su padre tenía derecho a rehacer su vida, pero no a costa de su hija. Esa casa era de su madre y ella no pensaba vender su parte. Un poco después llegó Arturo; al ver a Agata se quedó desconcertado. —Hola, guapa. ¡Estás blanca! ¿Qué ha pasado? Ella corrió a sus brazos y lloró su pena; él la consoló con paciencia y luego se sentaron a hablar. Arturo era policía, sabía mantener la calma y fue ella quien le contó todo con detalles. Arturo tranquilizó a Agata: —Tu padre es buena persona, no será capaz de actuar en contra de tu voluntad. Es esa Catalina la que le ha comido la cabeza. Ya veremos qué hacemos, hablaré con unos abogados del ayuntamiento. Lo importante es que no aceptes vender lo que es tuyo. Cuando Iván volvió a casa no podía estar tranquilo. Al casarse todo parecía ir bien, pero Katia se fue volviendo cada vez más exigente; quería vender la casa y mudarse a algo más grande. Iván empezaba a pensar que había cometido un error. Hasta que supo que Katia estaba embarazada. A Agata cada vez le daba más miedo volver sola del trabajo, ya en otoño y sin que Arturo pudiera acompañarla esa noche porque lo llamaron de urgencia. Cuando ya estaba llegando a casa, se paró a su lado un coche; bajó de él un tipo grandote y la metió a la fuerza en el asiento de atrás. El coche arrancó rápido. Agata se asustó. —¿Quiénes son? ¿Qué quieren de mí? Quizá se hayan confundido —dijo, sollozando. Los del coche se rieron. —Aquí, casualidades no existen —le respondió alguien con calma—. Si haces lo que te decimos, a ti y a tu padre no os pasará nada. —¿Y mi padre qué pinta en esto? —Tienes que firmar estos papeles, recibirás el dinero de la venta y dejarás tu casa en dos días. Ya hay compradores. —¡Esto es ilegal! ¡No firmaré nada! ¡Iré a la policía! ¡No vendo mi casa! —entonces recibió un golpe en la cara y notó el sabor a sangre. —Tu policía no nos da miedo, ni tu novio tampoco —se burló el hombre—. Si no firmas, despídete de tu vida. Y si él se mete… El coche se detuvo en las afueras. Uno de los hombres le alumbró los papeles con una linterna: —Firma y procura no mancharlos de sangre. Mañana mismo estarán en la notaría. De repente, Agata vio una luz de patrulla detrás, y otra más. El conductor intentó huir pero se equivocó de pedal y acabó en la cuneta. Al parecer, Arturo había pedido a su amigo Maximiliano que vigilara a Agata cuando volviera tarde del trabajo. Al ver cómo la secuestraban, llamó enseguida a Arturo, que movilizó a toda la comisaría. Luego descubrieron que aquel hombre enorme era amante de Katia, y que el hijo que esperaba era suyo. Juntos planeaban quedarse con la casa de Iván, pues a Katia le gustaba demasiado, y podrían sacar mucho dinero. A la hija sólo querían quitarla de en medio… El tiempo pasó y todo volvió a su lugar. Iván se divorció, regresó a su casa. Sigue trabajando, tiene su propio negocio de recambios. Por las tardes, se sientan los tres juntos: Iván, Agata y Arturo. Para Iván, esas paredes tienen el doble de valor. —Papá, no te preocupes, nunca estarás solo —decía alegremente Agata. —¿Vas a confesar que te casas? —preguntó Iván. —Le he pedido matrimonio a Agata —dijo Arturo—, y ha aceptado —le guiñó un ojo—. Ya hemos pedido fecha para la boda. —Sí, papá, aunque me vaya a vivir con Arturo, vendremos a verte a menudo. Viviremos aquí cerca… —Ay, hija, perdóname por todo lo que he hecho mal —Iván miró una foto de su difunta esposa, con lágrimas en los ojos. —Venga, papá, todo irá bien. Y aún irá mejor. Gracias por leer hasta el final, por suscribirte y por tu apoyo. ¡Mucha suerte en la vida!
Las casualidades no existen Habían pasado casi cuatro años desde la muerte de su madre, pero Jimena aún
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032
Mi esposo se niega a cederle a nuestra hija el piso heredado en el centro de la ciudad, aunque ella ya es universitaria y yo creo que deberíamos ayudarla; él insiste en venderlo y repartir el dinero a partes iguales entre nuestros tres hijos, pero yo pienso que sería un error—¿quién tiene razón en esta decisión familiar tan delicada y qué opción sería la más justa para todos en nuestra familia española?
Diario personal, 23 de abril Hoy no he parado de darle vueltas a la discusión que tuve con Luis, mi marido.
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029
En la dicha y en la adversidad
Y en la pena y en la alegría Antonia quedó viuda joven, a los cuarenta y dos años. Para entonces, su
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047
Esposa y padre Carolina sólo fingía tener interés en conocer a los padres de Enrique. ¿Para qué le iban a hacer falta? Ella no tenía intención de convivir con ellos, ni mucho menos pensaba sacar nada bueno del padre de Enrique, Don Valerio, que según decían era un hombre adinerado pero poco más que una fuente de problemas y recelos. Aunque ya que había decidido casarse, tocaba seguir el teatro hasta el final. Carolina eligió un look sencillo, para caer simpática y parecer una joven dulce. La primera reunión con los padres del novio siempre es un campo minado de pequeñas trampas invisibles, pero si además son de los inteligentes, la cosa es aún más peliaguda. Enrique, convencido de que ella estaba nerviosa, trataba de animarla: —No te preocupes, Carol, de verdad. Mi padre parece serio, pero es flexible. No te van a decir nada terrible y seguro que te cogen cariño. Papá es algo raro, pero mamá es la alegría de la huerta —le aseguraba a las puertas del chalé familiar. Carolina sonrió, quitándose un mechón del hombro. Así que el padre, un sieso, y la madre, el alma de la fiesta. Bonita combinación, pensó. La casa tampoco le impresionó; había estado en sitios más lujosos. Les recibieron enseguida. Carolina no estaba especialmente alterada. ¿Para qué? Gente es gente. Sabía, por lo que le había contado Enrique, que la señora Nina —ama de casa de toda la vida y aficionada a los viajes con amigas— no tenía nada de especial. El padre, Don Valerio, aunque era más bien parco, tampoco parecía un ogro. Eso sí, el nombre le sonaba… Les abrieron la puerta… Y Carolina se quedó petrificada sin cruzar el umbral. Fin del juego. No conocía a su futura suegra, pero al suegro lo reconoció al instante… Se habían visto antes. Tres años atrás. No mucho, pero con beneficio para ambos. En bares, hoteles, restaurantes. Nadie lo sabía, ni la señora Nina ni Enrique. Game over. Don Valerio también la reconoció. Hubo un destello en sus ojos: sorpresa, asombro o quizá algo más siniestro, alguna amenaza planificándose en silencio. Pero calló. Enrique, feliz e inocente, la presentó: —Mamá, papá, os presento a Carolina. Mi prometida. No la había traído antes porque es un poco tímida. Vaya… Don Valerio le dio la mano. Un apretón firme, algo intimidante. —Mucho gusto, Carolina —dijo con una leve entonación difícil de definir. ¿Ira? ¿Advertencia? ¿O…? Carolina preparaba su escapatoria, temiendo que el suegro la fuera a desenmascarar allí mismo. —El gusto es mío, don Valerio —respondió, acompasando la sonrisa. Adrenalina pura. ¿Qué iba a pasar? Nada. Don Valerio fingió una sonrisa y le ofreció una silla. Quizá estaba esperando un momento mejor para dejarla en evidencia… Pero tampoco sucedió. Entonces Carolina lo entendió: no pensaba descubrirla. Si lo hacía, caía él también delante de su mujer. Carolina respiró y todo se relajó. Nina contó anécdotas de la infancia de Enrique y Don Valerio, interesadísimo en la vida de Carolina, le hizo preguntas sobre el trabajo. Sabía demasiado de ella, pero la ironía no la inquietó. Incluso bromeó, y Carolina respondió con naturalidad. Entre sus bromas, había dobles sentidos que sólo ambos entendían. Por ejemplo, cuando, mirándola, comentó: —¿Sabe, Carolina? Me recuerda mucho a una antigua colega mía. También muy inteligente y con un arte especial para tratar con la gente. Con cualquier gente. Carolina no se dejó intimidar: —Cada uno tiene sus talentos, don Valerio. Enrique, en su nube de enamorado, lanzaba miradas de admiración. La amaba. Y eso, aunque era lo más triste, era también lo más importante. Más tarde, hablando de viajes, don Valerio lanzó un dardo: —A mí me gustan los lugares tranquilos, alejados del bullicio, donde pensar con una buena lectura. ¿Y usted, Carolina? En la trampa. —A mí me gusta la gente. El ruido. Que haya vida alrededor, aunque a veces demasiadas orejas son peligrosas. Nina, fugazmente, captó un matiz. Frunció el ceño, pero apartó las malas ideas. Don Valerio sabía de sobra por qué Carolina no buscaba silencio. La noche trajo insomnio. Ella repasaba el choque inesperado y calculaba cómo vivir con el secreto. Imaginaba que don Valerio tampoco dormía, inquieto como ella. Salió de la habitación con su sudadera casera, bajó las escaleras y se dirigió a la terraza para buscar a don Valerio. No tardó en aparecer. —¿Tampoco duermes? —preguntó desde atrás. —No entra el sueño —contestó ella. El aire trajo el perfume familiar de él. La escrutó sin pestañear. —¿Qué quieres de mi hijo, Carolina? Sé perfectamente de qué eres capaz. Sé cuantos como yo han pasado por tu vida, que siempre has buscado dinero. Ni lo ocultabas, ponías precio, aunque disfrazado. ¿Qué te aporta Enrique? Ya que él no quería recordar el pasado, Carolina tampoco tenía piedad. Gruñó: —Le quiero, don Valerio. ¿Por qué no iba a poder? No le convenció. —¿Amor? ¿Tú? No me hagas reír. Sé perfectamente qué clase de mujer eres. Se lo voy a contar todo a Enrique. Quién eres, en qué has trabajado de verdad… ¿Crees que te casará después? Carolina se acercó, mirándole de cerca. —Cuéntale lo que quieras, don Valerio, pero entonces tu mujer también sabrá nuestro pequeño secreto. —Eso… —No, no es chantaje. Es justicia. Si cuentas cómo nos conocimos y todo lo que hicimos, ten por seguro que yo aportaré mi versión. ¿De verdad quieres eso en familia? —No es lo mismo… —¿Seguro? ¿Lo mismo le explicarás a tu esposa? Don Valerio se bloqueó. El intento intimidatorio había fracasado. Entendía que estaban atados: él perdería más. —¿Qué le vas a contar? —No solo a ella. A todos. Incluido Enrique. Todo tu historial, las noches de trabajo, lo que no se debe saber… Si de verdad quieres salvar a tu hijo de mí, adelante. Difícil elección. Romper el compromiso de Enrique era abrir la puerta a su propio divorcio. —No te atreverías. —¿Yo no? ¿Tú puedes, pero yo no? Si no dices nada, yo tampoco. Pero si tú cuentas algo, prepárate para que salga todo a la luz. Nina aprecia la lealtad. En otras ocasiones, borracho, se lo había confesado a Carolina: su mujer le era fiel al extremo y él un miserable. Nina nunca lo perdonaría. Don Valerio supo que ella no faroleaba. —Vale. No digo nada. Tú tampoco. Nadie dirá nada. Olvidamos lo de antes. Por eso Carolina no tenía miedo: él perdía mucho más. —Como quieras, don Valerio. A la mañana siguiente dejaron la casa de los padres de Enrique. Bajo la mirada encendida del futuro suegro, Carolina se despidió de su “nueva madre”, que ya le llamaba “hija”. A don Valerio le tembló el ojo. Sufría por no poder advertir a su hijo, pero temía hundirse él. Perder a Nina significaba perder a su familia y parte de su fortuna. Su hijo tampoco le perdonaría. Días después, Carolina y Enrique pasaron dos semanas en la casa familiar. Don Valerio evitaba a Carolina, con excusas de trabajo. Un día, solo, la curiosidad malsana le empujó a hurgar entre las cosas de ella. Buscaba una baza. Rebuscando, encontró un test de embarazo. Dos rayas claras. —Pensé que la catástrofe era que mi hijo se casara con… Esto sí que es una catástrofe! —soltó. Carolina le sorprendió. —Qué feo es revolver en las cosas ajenas —le reprochó sarcástica. No lo negó. —¿Estás embarazada de Enrique? Recuperando el bolso de sus manos y mirándole de frente, Carolina replicó: —Parece que le acabo de estropear la sorpresa, don Valerio. Él montó en cólera. Ahora sí que Carolina estaría siempre unida a su hijo. Si hablaba, caía él también. No quedaba más remedio que callar, aunque era insoportable. *** Nueve meses después… y medio año más. Enrique y Carolina criaban a Alicia. Don Valerio evitaba sus visitas. No consideraba a Alicia nieta suya. Carolina le aterrorizaba por su frialdad hacia Enrique y por su pasado. Una tarde, Nina se preparaba para visitarles. —¿Vienes conmigo, Valerio? —No, me duele la cabeza. —¿Otra vez? Esto empieza a ser preocupante. —Estoy cansado, ve tú… Simuló enfermedad tomando pastillas. No soportaba ver a Carolina. Ni pensar en su presencia. Pero tampoco se atrevía a hablar. Pasó la tarde intentando distraerse, hasta que advirtió que Nina tardaba demasiado. Ya era casi medianoche y no volvía. No respondía al móvil. Llamó a Enrique. —¿Todo bien? ¿Se ha ido ya mamá? No ha vuelto. —Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora mismo. Colgó. Preocupado, estaba a punto de salir cuando se abrió la puerta. El coche de Carolina. Saber que algo pasaba no ayudó: cuando la vio, casi se desmaya. —¿Qué haces aquí? ¡Habla! ¿Qué ha pasado? Carolina, tranquila, se sirvió vino y se acomodó. —Ha pasado lo inevitable. —¿El qué? —Lo nuestro. Todo saltó por los aires. Enrique encontró en la web de un restaurante unas fotos viejas de hace cuatro años, de aquella fiesta en el “Oasis”. Intentando encargar algo para el aniversario, se topó con nuestras imágenes. El fotógrafo… subió todas. Ahora Enrique está destrozado. Tu mujer quiere divorciarse. Y yo, como querías, también me divorcio de tu hijo. Don Valerio quedó en shock. Repasó mentalmente la fiesta, la web, su advertencia de no hacer fotos… y el desastre en el que finalmente habían caído. Se dejó caer al suelo, al lado de Carolina. —¿Y qué haces aquí? —Decidí huir un rato —sonrió—. En casa es todo un caos. Alicia está con la niñera. ¿Quieres vino? Le ofreció SU vino. Bebieron juntos en la terraza, en el silencio. —Todo por tu culpa —dijo él. Carolina asintió, mirando el vino. —Ya lo sé. —Eres insoportable. —Cierto. —Ni siquiera sientes pena por Enrique. —La siento. Pero más pena me doy yo. —Sólo te importas tú. —No lo niego. De repente, él le agarró del mentón, haciéndola mirarle. —Tú sabes bien que yo nunca te quise —susurró. —Lo creo sin problema. *** A la mañana siguiente, cuando Nina apareció dispuesta a perdonar, aunque le costara media vida, los pilló juntos; todavía dormidos. —¿Quién hay ahí? —preguntó Carolina. —Yo —Nina, contemplando cómo se venía abajo su mundo. Carolina, al verla, sonrió serenamente. Don Valerio despertó después, pero no salió tras su esposa.
Diario de Lucía A menudo me he preguntado por qué tenía que conocer a los padres de Rodrigo.
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050
Eché a mi cuñado de la mesa en plena celebración familiar por sus bromas groseras: así se rompió el silencio en nuestra boda de cristal
Luis, ¿has sacado la vajilla de porcelana buena? Sí, la de borde dorado, no la de diario. Y revisa bien
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Hace dos semanas que no pisaba mi parcela y, al volver, los vecinos habían montado un invernadero en mi terreno y plantado pepinos y tomates sin permiso
Hace dos semanas que no iba a mi casita de campo, y los vecinos habían levantado un invernadero en mi
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EL AMOR LOCAL
17 de octubre de 2023 Querido diario, Hoy he escuchado la voz de la vieja Lucía mientras el teléfono
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040
Encontré la excusa perfecta para proponerle matrimonio. Relato
Gracias por el apoyo, los me gusta, los comentarios y las suscripciones, y un inmenso GRACIAS a todos
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064
Mi marido invitó a su exmujer con los niños a celebrar la Nochevieja y yo hice la maleta y me fui a casa de mi amiga
¿Pero vas en serio, Óscar? Dime que esto es una broma absurda. O quizá he entendido mal por el ruido
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