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En el Cumpleaños de Mi Esposo, Mi Hijo Señaló a los Invitados y Gritó: ‘¡Es Ella! ¡Lleva esa Falda!’
El día del cumpleaños de mi marido, mi hijo señaló a los invitados y gritó: «¡Esa es ella! ¡Lleva esa falda!
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0181
Hace poco me crucé con una mujer que paseaba distraída con su hija de año y medio por la calle, ajena a todo a su alrededor
Hace poco tuve un encuentro que aún no logro quitarme de la cabeza. Paseaba por la Gran Vía cuando vi
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056
Mi marido me comparó con la mujer de su amigo en plena cena y acabó con el plato de ensaladilla en sus rodillas
¿Otra vez has sacado esta vajilla? Te pedí la de borde dorado, la que nos regaló mi madre en el aniversario.
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027
Cada Amor Tiene Su Propia Forma Anita salió a la calle y enseguida se estremeció; el viento helado se coló por debajo de su fina camiseta. Cruzó el patio sin abrigo y se quedó de pie junto a la verja, mirando alrededor sin darse cuenta siquiera de que tenía lágrimas corriendo por las mejillas. —Anita, ¿por qué lloras? —le preguntó Miguel, el chaval del barrio, que era un poco mayor que ella y llevaba el pelo alborotado. —No lloro, es que… —mintió Anita, evitando sus ojos. Miguel la miró, y luego sacó tres caramelos de su bolsillo y se los dio. —Toma, pero no se lo digas a nadie, que si no van a venir todos a pedir. Anda, vete a casa —le dijo con voz seria, y Anita le hizo caso. —Gracias —murmuró ella—, pero no tengo hambre… es solo que… Pero Miguel ya lo había entendido todo, asintió y siguió su camino. En el pueblo ya sabían que el padre de Anita —Andrés— bebía. Iba a menudo a la tienda del barrio a pedir fiado hasta que cobrara. Valentina se enfadaba, pero le daba. —No sé cómo no te han echado ya del trabajo —solía regañarle—, debes ya un dineral. Pero Andrés salía deprisa y gastaba todo en bebida. Anita entró en casa. Tenía nueve años y acababa de volver del colegio. En casa nunca había nada para comer y no quería que nadie supiera que pasaba hambre, no fuera a ser que la llevaran a un hogar infantil. Temía que su padre se quedara solo y se perdiera del todo. Mejor así, aunque la nevera estuviera vacía. Ese día había vuelto antes del colegio porque faltaron dos clases, ya que la profesora estaba enferma. El viento de finales de septiembre barría las hojas amarillas con fuerza y el frío se colaba por todas partes. Anita tenía un abrigo viejo y unos botines que se mojaban cuando llovía. El padre dormía en el sofá, vestido con la ropa de la calle y los zapatos puestos, roncando. La mesa de la cocina estaba llena de botellas vacías. Anita abrió la alacena, pero no había nada, ni un trozo de pan. Se comió rápido los caramelos de Miguel y se puso con los deberes. Sentada en el taburete, abrió el cuaderno de matemáticas y miró las sumas, pero no tenía ganas de hacer cuentas. Observaba las ramas doblarse por el viento y las hojas volando en el patio. El huerto, que antes era tan verde, parecía muerto. La frambuesa seca, la fresa desaparecida, solo quedaban malas hierbas y hasta el viejo manzano se había secado. Su madre cuidaba todo eso con cariño, y los manzanos daban fruta dulce. Pero ese agosto, su padre recogió las manzanas antes de tiempo y las vendió en el mercado. —Hace falta dinero —gruñó Andrés. El padre de Anita no siempre había sido así. Era alegre y cariñoso, juntos recolectaban setas con la madre, veían películas, desayunaban juntos tortitas y panecillos de manzana. Pero su madre enfermó y no volvió jamás del hospital. —A mamá le ha pasado algo en el corazón —dijo su padre, llorando. Anita también lloró, abrazada a él—. Ahora mamá te cuidará desde arriba. Después, su padre se pasaba horas mirando una foto de su madre. Y luego empezó a beber. Por casa pasaban hombres poco agradables, gritaban y reían. Anita se refugiaba en su cuarto o se sentaba en un banco tras la casa. Suspiró y se puso a hacer cuentas, terminó rápido porque siempre fue lista y la escuela le gustaba. Guardó los cuadernos y se acostó en la cama, abrazando su viejo peluche, un conejo que le compró su madre, su querido Tito, que era más gris que blanco a esas alturas. —Tito, ¿tú te acuerdas de mamá? —susurró. Tito no respondió, pero ella no dudaba que sí. Cerró los ojos y revivió recuerdos un poco borrosos pero felices: su madre en delantal, recogido el pelo, amasando. Siempre horneaba algo. —Vamos a hacer bollitos mágicos, hija. —¿Mágicos, mamá? ¿Eso existe? —Claro que sí —respondía su madre riendo—. Los hacemos en forma de corazón y, si pides un deseo al morderlos, seguro que se cumple. Anita ayudaba encantada a darles forma, aunque quedaban torcidos y su madre siempre sonreía: —Cada amor tiene su propia forma. Luego, esperaban a que estuvieran listos para poder pedir un deseo juntas, y el aroma a bollitos llenaba la casa, y su padre volvía del trabajo y los tres merendaban juntos. Anita se secó lágrimas de esos recuerdos. El reloj marcaba el paso del tiempo y la casa estaba vacía, y sentía tristeza por dentro, y mucha falta de su madre. —Mamá… cuánto te echo de menos —murmuró abrazando a Tito. Sin clase al día siguiente, Anita se animó a salir después de comer. Su padre seguía en el sofá. Se abrigó un poco más y se fue en dirección al bosque, donde estaba la casa del abuelo Gregorio, muerto hacía dos años. Pero aún quedaba allí el manzano y algunas peras. No era la primera vez que trepaba la verja para recoger fruta caída al suelo. —No robo, solo cojo la que nadie va a recoger —se decía. Recordaba poco al abuelo Gregorio, solo que era canoso, caminaba con bastón y daba fruta y caramelos a los niños. Murió, pero el huerto seguía dando cosecha. Anita saltó la valla y recogió un par de manzanas, cuando alguien la interrumpió: —¿Tú quién eres? —preguntó una mujer en abrigo desde el porche. Anita dejó caer las manzanas, asustada. La mujer se acercó. —¿Quién eres? —repitió. —Anita… No robo nada… solo cogí esto del suelo, pensaba que aquí no vivía nadie… —Soy nieta del abuelo Gregorio. Llegué ayer. ¿Vas cogiendo manzanas desde hace mucho? —Desde que murió mi mamá —respondió Anita con la voz ahogada y los ojos llenos de lágrimas. La mujer la abrazó. —Venga, no llores. Entra conmigo, soy Ana, como tú. Cuando crezcas, te llamarán Ana también. Ana entendió enseguida que la niña tenía hambre y llevaba una vida dura. Entraron en casa. —Quítate los zapatos, que limpié todo ayer, aunque aún no he deshecho las maletas. Ahora te voy a dar de comer. Hemos salido vecinas —miró a Anita, con su abrigo gastado y sus hombros frágiles. —¿La sopa tiene carne? —Por supuesto, con pollo —sonrió Ana—. Siéntate, ponte cómoda. Anita no se cortó, porque tenía hambre. Se sentó a la mesa de cuadros, la casa olía a limpio y calor de hogar. Ana sirvió sopa y pan. —Come lo que quieras, si quieres más, te sirvo otra vez. No te cortes. No se cortó; al rato la sopa se acabó y también el pan. —¿Te sirvo más? —No, gracias, ya estoy llena. —Ahora tomamos un té —Ana puso una cesta tapada con un paño. Al destaparla, se llenó la casa de aroma a vainilla. Dentro había bollitos en forma de corazón. Anita tomó uno, lo mordió y cerró los ojos. —Como los de mi mamá —dijo en voz baja—, mi madre los hacía igual. Después del té y los bollos, Anita se sintió feliz y relajada. Ana le preguntó: —Bueno, Anita, cuéntame, ¿dónde vives, con quién? Luego te acompaño de vuelta. —No hace falta, vivo aquí cerquita, solo hay cuatro casas… —no quería que Ana viera el desorden en su casa. —Insisto —dijo Ana con firmeza. Llegaron a la casa de Anita, donde solo se escuchaba el silencio. Su padre seguía dormido, con botellas vacías y colillas por todas partes. Ana se quedó un momento mirando. —Ahora lo entiendo —dijo suavemente. Se puso a limpiar la casa junto a Anita. Recogió la mesa, llenó una bolsa con botellas, abrió las cortinas, limpió el felpudo. Anita confesó: —No se lo diga a nadie, por favor. Mi padre es bueno, solo que está triste y perdido. Si lo saben, me quitarán de su lado y no quiero irme. Él solo echa de menos a mamá. Ana la abrazó. —No le diré nada a nadie, lo prometo. Pasó el tiempo. Anita iba al colegio con trenzas bien hechas, un abrigo nuevo y mochila a la espalda, y botas nuevas. —Ana, mi madre dice que tu padre se ha casado, ¿es verdad? —le preguntó María, su amiga—. ¡Qué guapa estás, y qué trenza más bonita! —Sí, ahora tengo otra mamá: la tía Ana —respondió orgullosa Anita, apurando el paso al colegio. Andrés dejó de beber gracias a Ana. Salían juntos: él, alto y elegante, Ana, segura y guapa, siempre sonrientes y llenos de cariño para Anita. El tiempo voló. Anita ya era universitaria y, al volver de vacaciones, gritaba al entrar en casa: —¡Mamá, ya estoy aquí! Y Ana salía a recibirla con un abrazo: —¡Hola, mi profesora, hola! —reían juntas, y por la tarde llegaba Andrés, feliz también. Cada Amor Tiene Su Propia Forma
Cada amor tiene su forma Salí a la calle y enseguida noté cómo el viento frío me helaba hasta los huesos.
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053
Me lo he pensado mejor: Una divertida y conmovedora historia sobre Arcadio, el científico madrileño que, absorto en sus experimentos con pócimas y polvos misteriosos, apenas repara en los encantos de la joven limpiadora Sofía, cuya vida da un giro cuando ambos comparten un humilde tentempié… hasta que Arcadio conoce a la peculiar y temperamental familia castellana de Sofía y, enfrentado a nevadas, costumbres rurales y el caos familiar más puro, empieza a dudar seriamente de si casarse era tan buena idea.
Me lo pensé mejor antes de casarme Arcadio solía quedarse hasta tarde en el laboratorio, dedicando horas
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014
Después de veintiún años de matrimonio, una noche mi esposa me dijo:
Querido diario, Hoy cumplo veinte y un años de matrimonio y, al caer la noche, mi esposa, Lucía, me soltó
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0113
Ver para creer: La increíble historia de Ksenia, que tras perder a su marido y a su hija en un trágico accidente, encuentra esperanza al salvar el negocio familiar y adoptar a Aria, una niña ciega de un orfanato español, descubriendo juntas el valor del amor y el renacer; pero cuando la traición y el peligro acechan durante los preparativos de la boda de Aria, sólo la fuerza materna y el deseo de ver la verdad harán posible que ambas encuentren la felicidad y la luz en una bella clínica madrileña.
Escucha, te tengo que contar una historia que me ha tenido el corazón encogido. Todo empezó después de
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09
Algún día verás que he envejecido.
Querido diario, Hoy he observado que mi madre, Carmen, ya muestra los signos de la vejez. Sus manos tiemblan
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090
¡Pero qué más da quién cuidó a la abuela! ¡Por ley, el piso debería ser mío! – discute conmigo mi madre. Mi propia madre me amenaza con denunciarme. ¿Por qué? Porque el piso de mi abuela no le tocó ni a ella ni siquiera a mí, sino a mi hija. Mi madre piensa que es una injusticia enorme. Cree que el piso de la abuela debería haber sido suyo. Pero mi abuela decidió otra cosa. ¿Por qué? Seguramente porque mi marido y yo vivimos con ella y la cuidamos durante los últimos cinco años. A mi madre se la puede llamar egoísta sin problemas. Sus intereses y deseos siempre han estado muy por encima de los de los demás. Mi madre se casó tres veces, aunque sólo tuvo dos hijas: yo y mi hermana menor. Yo con mi hermana tengo una relación estupenda. Pero con nuestra madre, no tanto. Ni recuerdo a mi padre. Se divorció de mi madre cuando yo tenía dos años. Hasta los seis viví con mi madre en casa de la abuela. Por alguna razón, yo pensaba que la abuela era muy desagradable. Quizá lo sentía porque mi madre siempre lloraba. Sólo después, al hacerme mayor, entendí que mi abuela era una persona buenísima. Sólo quería que su hija saliera adelante. Después mi madre se volvió a casar y vivíamos con mi padrastro. En ese matrimonio nació mi hermana. Mi madre vivió con mi padrastro siete años. Y al final también se separó. Pero esa vez no volvimos a casa de la abuela. Mi padrastro se fue a trabajar fuera y, de momento, nos dejó vivir en su piso. Tres años después, mi madre se casó de nuevo y fuimos a vivir con su nuevo marido. A ese, desde luego, no le gustaba que su mujer tuviese hijos. Pero nunca nos hizo daño. Simplemente ignoraba nuestra existencia. Y nuestra madre iba por el mismo camino. Estaba absorbida totalmente por su marido, siempre celosa, montando escenas con platos rotos incluida. Una vez al mes, mi madre empezaba a hacer las maletas. Pero mi padrastro la convencía para quedarse. Mi hermana y yo nos acostumbramos y ya ni caso. Yo empecé a hacerme cargo de mi hermana: mi madre no tenía tiempo para nosotras. Por suerte, teníamos abuelas. Nos ayudaron mucho. Después me fui a vivir a la residencia. Y mi hermana se fue a casa de la abuela. Mi padre siempre la apoyó. Y mi madre, sólo llamaba los días señalados. Yo ya aceptaba a mi madre como era. Me acostumbré a que no se preocupara por nosotras. Pero mi hermana no. Siempre le guardó mucho rencor, especialmente desde que no vino a su fiesta de graduación. Nos hicimos mayores. Mi hermana se casó y se mudó lejos. Mi novio y yo, aunque llevábamos tiempo juntos, no teníamos prisa en casarnos. Compartíamos un piso de alquiler. Yo visitaba mucho a mi abuela. Éramos muy cercanas, pero intentaba no molestarla. Hasta que un día mi abuela enfermó y fue al hospital. Allí me dijeron que necesitaba cuidados. Y yo empecé a ir todos los días. Le llevaba comida, cocinaba, limpiaba o simplemente hablaba con ella. Y, sobre todo, vigilaba que tomase su medicación a tiempo. Así fue durante seis meses. A veces iba mi novio conmigo. Él siempre ayudaba: arreglaba algo o limpiaba. Entonces mi abuela nos propuso vivir con ella, para poder ahorrar y no gastar en alquiler. Por supuesto, aceptamos sin dudar. Yo tenía muy buena relación con la abuela y mi novio le encantaba. A los seis meses me quedé embarazada. Decidimos seguir adelante con el embarazo. Mi abuela estaba feliz, iba a tener bisnieta. Simplemente nos casamos y fuimos a celebrarlo con los más cercanos en una cafetería. Mi madre ni siquiera vino. Ni me felicitó por teléfono. Cuando mi hija tenía sólo dos meses, la abuela se cayó y se rompió la pierna. Me costaba muchísimo encargarme de ella y del bebé. Necesitaba la ayuda de mi madre. La llamé para pedirle que viniera. Pero ella se negó. Dijo que no se sentía bien y que vendría después. Nunca cumplió su promesa. Seis meses después, mi abuela tuvo un ictus. Quedó postrada en la cama. Cuidarla fue durísimo. Si no llega a ser por mi marido, no sé cómo lo habría hecho. Luego, la abuela fue mejorando. Empezó a hablar poco a poco. Ya podía andar y comer. Después del ictus vivió dos años y medio más. Le dio tiempo a ver a su bisnieta andar. Mi abuela murió tranquila, mientras dormía. Para mi marido y para mí fue un golpe muy duro. Queríamos muchísimo a la abuela y la echamos mucho de menos. Mi madre sólo vino al entierro. Un mes después vino a echarme de casa y exigir el piso para ella. Estaba convencida de que sería suyo. No sabía que mi abuela había traspasado el piso nada más nacer mi hija. Por eso, mi madre no recibió nada. A mi madre, por supuesto, no le hizo ninguna gracia. Me exigió que le devolviera el piso bajo amenaza de denuncia. —¡Mira, qué lista eres! ¡Engañaste a una anciana para quitarle su casa y ahora te la quedas tú! ¡No te va a salir gratis! ¡Da igual quién cuidara de la abuela! ¡El piso debería haber sido mío! Mi madre no va a recibir ni un piso. Lo sé, porque fui al notario y al abogado. Viviremos en el piso que nos dejó la abuela. Y si el próximo bebé es niña, seguro que llevará el nombre de mi abuela.
¡Qué más da quién cuidara de la abuela! ¡Por ley, el piso debería ser mío! discute mi madre conmigo.
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025
Le echó el ojo a la esposa ajena Al convivir juntos, Dudnikov demostró ser un hombre de carácter débil y sin voluntad propia. Todos sus días dependían del humor con el que se levantaba. A veces amanecía animado y bromista, pero la mayor parte del tiempo estaba sumido en pensamientos pesados, bebía café en exceso y deambulaba por la casa tan sombrío como el cielo de Madrid en un día de lluvia: típico de los artistas. Y así él se consideraba, pues Víctor Dudnikov trabajaba en una escuela rural, enseñando dibujo, trabajos manuales y, de vez en cuando, música, si la profesora de música caía enferma. Siempre tirando hacia el arte, en la escuela no lograba desarrollar su potencial artístico, así que tomó la mayor y más luminosa habitación de la casa —que Sofía había soñado convertir en cuarto infantil— y montó allí su estudio. Pero como la casa era suya, Sofía no protestó. Dudnikov llenó la sala de caballetes, esparció tubos de pintura y barro por el suelo y se puso a crear: pintaba, esculpía, modelaba… Pasaba días enteros empeñado en pintar un bodegón raro, o moldeando figurillas incomprensibles durante todos los fines de semana. No vendía ninguna de sus “obras maestras”, sino que las colgaba en casa, y las paredes estaban abarrotadas de cuadros que a Sofía, para más inri, tampoco le gustaban. Los armarios y estantes rebosaban de figuritas de barro y esculturas varias. Y si por lo menos fueran cosas bonitas, pero nada de eso. Los pocos amigos artistas y escultores que, en su día, estudiaron con Víctor y a veces iban de visita, guardaban silencio, apartaban la mirada y suspiraban al ver los cuadros y las figuras. Ninguno le halagó nunca. Solo León Gerasímovich Pécherkin, el mayor del grupo, exclamó —tras apurar una botella de licor de endrinas, como buen ruso igualmente adaptado a las costumbres castizas—: —¡Madre mía, qué sarta de disparates! ¿Pero esto qué es? En toda la casa no he visto nada que merezca la pena… salvo, por supuesto, a la maravilla de anfitriona. A Dudnikov la crítica le cayó como un jarro de agua fría: gritó, pataleó y mandó a su mujer a que echara de casa al grosero invitado. —¡Fuera de aquí!—gritaba—. ¡Enemigo! ¡Si aquí el que no sabe de arte eres tú! ¡Ah, ya lo entiendo! Te duele no poder sostener el pincel con tus manos temblorosas de tanto beber, y ahora me tienes envidia, por eso lo desprecias todo. …León Gerasímovich bajó de las escaleras casi rodando y se detuvo en la verja. Sofía le siguió para disculparse: —No le tome en serio; no debería haber criticado sus trabajos… Ni yo supe frenarlo a tiempo. —No te disculpes por él, niña —León asintió apresurado—. Todo bien, pediré un taxi y me marcho. Me das pena. Tienes una casa preciosa, pero los cuadros de Víctor lo estropean todo. Y esas figuras horrendas… Deberías esconderlas, pero él presume de ellas. Sabiendo cómo es Víctor, imagino que no es fácil vivir con él. ¿Sabes? Para nosotros, los artistas, lo que creamos refleja el alma. Y la de Víctor está tan vacía como todos sus lienzos. Le dio un beso en la mano y abandonó la inhóspita casa. …Durante todo este tiempo, Sofía jamás le llevó la contraria a su marido. Decidió que algún día tendrían hijos, y entonces él ya dejaría sus tonterías artísticas, convertiría el taller en un cuarto infantil y, mientras tanto, que se entretuviera con sus bodegones. Al principio, tras la boda, Víctor se hacía el marido ejemplar, traía fruta fresca y el sueldo a casa, cuidaba de su joven esposa. Pero pronto aquello se acabó. Se enfrió hacia Sofía, dejó de compartir su sueldo y toda la carga doméstica, el huerto, el gallinero y hasta la suegra recayeron sobre ella. La noticia de que estaban esperando un hijo a Víctor le alegró mucho, pero la alegría duró poco: Sofía enfermó y perdió al bebé al poco tiempo. Al enterarse, Víctor cambió por completo: se puso melancólico y nervioso, le gritó a su joven esposa y se encerró en casa. Cuando Sofía pudo salir del hospital, parecía una sombra. Nadie la esperaba, pero lo peor estaba por llegar: Víctor la dejó fuera de casa. —¡Abre, Vitín! —¡No quiero!—lloriqueó Víctor tras la puerta—. Debías haber dado a luz a mi hijo, y no fuiste capaz. ¡Hoy, por tu culpa, mi madre está en el hospital del infarto! ¿Para qué me casé contigo? ¡Solo has traído desgracia! No te pares en la puerta, lárgate, no quiero verte más. La mujer, desmayada de dolor, se sentó en el escalón. —Pero Vitín… yo también estoy mal, yo también sufro, ¡abre la puerta! Él no respondía a sus lágrimas y Sofía se quedó allí hasta que anocheció. Al fin, la puerta se abrió; salió Víctor, demacrado y delgado de pena, intentó cerrar con la tranca, pero no encontró la cerradura. Siempre era Sofía quien llevaba todo. Sin mirarla, se fue sin más. Cuando desapareció de la vista, Sofía abrió la puerta y cayó deshecha sobre la cama. Esperó toda la noche. A la mañana siguiente la vecina trajo la peor noticia: la suegra de Sofía no había sobrevivido al infarto. Eso acabó con Víctor, que dejó el trabajo y se metió en cama, confesando a su joven esposa: —Nunca te amé. Me casé porque mi madre me lo pidió, quería nietos. Pero tú nos has destrozado la vida y jamás te lo perdonaré. Palabras que la golpearon, pero aun así Sofía pensó que no podía abandonar a su esposo. Pasaba el tiempo y nada mejoraba. Dudnikov se negaba a salir de la cama, solo bebía algo de agua y comía a duras penas. Había recaído en una vieja úlcera, había perdido el apetito y la voluntad, y pronto ya ni se levantaba. Finalmente pidió el divorcio y Sofía lloró mucho. Intentó abrazar a Víctor, besarlo, pero él la apartaba y susurraba que en cuanto mejorara la echaría de casa, que ella le había arruinado la vida. Sofía no podía irse sencillamente porque no tenía a dónde. Su madre, encantada de haberla casado tan joven, se fue con un viudo al sur, cerca del Mediterráneo, vendió la casa deprisa y corriendo y dejó a su hija sin ningún sitio al que regresar. Así fue como se vio atrapada por las circunstancias. Llegó el día en que ya no quedaba comida. Sofía coció el último huevo, alimentó a Víctor con lo poco que quedaba y pensó: “Debería estar dando de comer a mi hijo… y aquí estoy cuidando a un hombre que no me valora”. —Voy un rato a la feria del pueblo de al lado, a ver si consigo vender la gallina o cambiarla por algo para comer. Víctor, mirando al techo, preguntó: —¿Para qué venderla? ¡Hazme un caldo, que ya estoy harto de purés! Sofía, con su vestido de seda —el único que tenía, el de su graduación, boda y ahora de diario— sostuvo la gallina y dudó: —Sabes que no tengo valor… Prefiero cambiarla o venderla. Los vecinos compraron las anteriores, pero ésta me da pena; es muy de la casa. Víctor soltó una risotada despreciativa: —¿Es que les pones nombre a las gallinas? ¡Qué tontería de mujer…! Sofía mordió el labio. —¿Vas a la feria? —pareció animarse él—. Pues llévate también un par de mis cuadros y figuras… ¡A ver si alguien los compra! Ella prefirió solo cargar un par de silbatos y la cerdita hucha, la favorita de Víctor, para no dar la nota en el mercado con los cuadros, tan feos que le daba vergüenza. Y así, bajo el fuerte sol, llegó a la feria, donde el ambiente era festivo y animado, los puestos llenos de miel, pañuelos de colores y dulces para niños. En la última tienda, una anciana la tentó con bisutería, pero Sofía quería vender la gallina. Un joven, desconocido —y apuesto—, se interesó por el animal, la compró junto con las figuras de barro y prometió regalar la gallina ¡y nombre propio!—a su madre, que también criaba aves. Camino a casa, él mismo la alcanzó en coche y le preguntó si tenía más figuras de barro, que serían buenos regalos. —¡Pues sí, en casa hay muchas!—respondió Sofía con una tímida sonrisa. Al llegar, cuando el joven —llamado Denis, nombre perfectamente común en España— entró a la casa de Dudnikov haciéndose pasar por entusiasta del arte, Víctor experimentó un milagroso “cambio de salud”. Mientras el marido presumía y enseñaba sus obras, Denis lanzaba miradas a Sofía. Al final, la visita del joven se hizo cotidiana: compraba cuadros y figuras, pero la razón era Sofía. —Me enamoré de ti desde que te vi en la feria con tu vestido—confesó Denis más adelante—. Supe que eras mi destino. Se hicieron pareja y, cuando Denis dejó de comprar “obras” y se llevó a Sofía, Dudnikov por fin se dio cuenta de que jamás encontraría otra mujer tan atenta, trabajadora y cariñosa. Pero ya era tarde. Así fue cómo Denis le echó el ojo a la esposa ajena —y terminó llevándosela, justo por quien realmente llegó a aquella casa.
Al descubrirse un amor prohibido Durante la convivencia, Víctor Díaz mostró ser un hombre débil de carácter
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