Es interesante
035
Sara desató con cuidado el nudo, sintiendo cómo la pequeña zapatilla temblaba en sus manos. Los cordones eran fuertes, nuevos, nada como aquellos desgastados que le daban en el refugio.
Lola deshizo con delicadeza el nudo, sintiendo cómo el pequeño zapato temblaba entre sus dedos.
MagistrUm
Es interesante
033
Y además, comprendió que su suegra no era tan bruja como siempre había pensado durante todos estos años La mañana del treinta de diciembre no se diferenciaba en nada de las otras en esos doce años que llevan Nadie y Dimi juntos. Como siempre, él se marchó temprano de caza y no volvería hasta el día treinta y uno a la hora de comer, el niño estaba con la abuela, y una vez más, Nadie se quedaba sola en casa. A lo largo de todos estos años, ya se había acostumbrado: Dimi era un cazador y pescador empedernido, todos los fines de semana y festivos los pasaba en el monte, lloviera o hiciera sol, y ella le esperaba en casa. Pero precisamente hoy, se sentía especialmente triste y sola. Antes, dedicaba días así a limpiar, cocinar, siempre había algo que hacer en casa. La Nochevieja era al día siguiente; como cada año, la celebraban en casa de la suegra, sin cambios, siempre igual. Pero hoy no tenía ganas de hacer nada, todo se le caía de las manos. Por eso, la llamada de su amiga llegó en el mejor momento. Nadie hasta se alegró. Su mejor amiga de toda la vida, Irene, siempre alegre, divorciada y con frecuentes reuniones en casa; pues hoy, otra vez, la había llamado. —¿Otra vez sola en casa? —ni siquiera preguntó, lo afirmó con sorna—. ¿Dimi otra vez en sus montes? Vente esta noche; va a venir gente estupenda, ¿qué haces en casa amargada? Nadie no prometió nada y ni pensaba salir, pero por la tarde la tristeza la pudo. De repente, se puso a recordar, y justo hoy le dolía especialmente que su marido no estuviera. Todos estos años, su vida solo había sido casa, trabajo y su hijo. No salían, a Dimi le aburrían las visitas, solo pensaba en caza y pesca, y a Nadie no le apetecía salir sola. Nunca fueron de vacaciones, veraneaban en el pueblo con la madre de Nadie. Ella, claro, se alegraba de la buena relación entre su marido y su madre, pero le habría gustado también ir al mar, o, simplemente, viajar. Por la tarde pensó: “¿Y por qué no salir? al menos no estaré sola.” Y fue a casa de su amiga, donde lo pasó genial con viejos amigos de la escuela. Y lo más importante: allí estaba Guille, su primer amor del instituto. Y sin casi pensarlo, aquella noche la pasó con él; ni entendía cómo ocurrió, si casi no bebió, pero los recuerdos la arrastraron. Por la mañana sintió vergüenza, incomodidad, solo quería olvidar lo ocurrido. Salió casi huyendo de casa de Guille. Cuando llegó, la primera sorpresa fue ver la ropa de Dimi ya en casa: había vuelto antes de lo habitual. Las piernas se le aflojaron por el miedo: si su marido descubría que no había dormido en casa, ya se imaginaba la bronca, y cómo él la dejaría. Sabía que él no perdonaría, ni ella lo haría en su lugar. Se insultaba internamente, lamentando haber puesto en peligro su matrimonio, porque sí quería a su marido. Pero, justo entonces, sonó el teléfono. Llamaba su suegra: —No sé qué pasa entre vosotros, pero anoche Dimi intentó llamarte y no lo consiguió. Le dije que estabas en casa de la tía Catalina, que se puso mala y te quedaste con ella, así que ya sabes… Nadie nunca habría esperado ayuda de su suegra. Siempre habían tenido una relación rara: no discutían, pero Zenaida Pérez, su suegra, nunca la quiso mucho. Al principio, se había opuesto a la boda porque pensaba que eran demasiado jóvenes. Tras la boda vivieron unos años juntas, que no fueron nada fáciles. Ya viviendo por separado, solo se veían en celebraciones; mantenían la distancia. Pero ahora Nadie estaba agradecida y no le preocupaba el qué dirán, lo importante era que su marido no sabía la verdad. Por la tarde fueron juntos a casa de su suegra. Nadie quiso sacar el tema a solas en la cocina, para agradecerle y también confesarle lo ocurrido. Pero la suegra ni le dejó hablar: —Anda ya, ¿acaso crees que no soy humana, que no sé lo que es vivir con alguien que solo piensa en sus hobbies? Yo tampoco soy una santa… Mira a mi Pedro —señalando al suegro—, toda la vida de aquí para allá por el monte. ¿Te crees que no me duele? Lo importante es que no se haga costumbre, ¿me entiendes? Nadie lo entendió. Y entonces comprendió que su suegra no era tan mala como pensaba y que realmente la comprendía. Así que la historia terminó bien, y Nadie tomó una decisión: nunca más salir sin su marido. De la red.
Y además, acaba de comprender que su suegra no es tan mala mujer como ella pensó todos estos años.
MagistrUm
Es interesante
0104
¿ERES TÚ MI FELICIDAD? La verdad es que nunca pensé en casarme. Si no hubiera sido por las tenaces atenciones de mi futuro marido, aún estaría volando libre como un pajarillo. Arturo, como una mariposa loca, revoloteaba a mi alrededor, nunca me perdía de vista, siempre buscaba agradarme, ¡hasta me quitaba el polvo de encima! Al final, caí rendida. Nos casamos. Arturo enseguida se convirtió en alguien hogareño, cercano, casi parte de mí. Con él todo era fácil y cómodo, como estar en zapatillas por casa. Un año después nació nuestro hijo, Santi. Mi marido trabajaba en otra ciudad y sólo venía a casa una vez por semana, siempre trayéndonos a Santi y a mí deliciosos dulces. En una de sus visitas, como de costumbre, me preparé para lavar su ropa y revisé todos los bolsillos. Ya me había pasado antes; una vez lavé su carnet de conducir sin mirar. Así que ahora me aseguraba de revisar cualquier abultamiento. Esta vez, de sus pantalones cayó un papel doblado en cuatro. Lo abrí, lo leí: era una larga lista de útiles escolares (el incidente fue en agosto). Al final, de puño y letra infantil, ponía: “Papá, ven pronto.” ¡Ah, así es como se divierte mi marido! ¡Un bígamo! No monté ninguna escena. Cogí mi bolso, tomé a Santi (que aún no tenía ni tres años) de la mano y nos fuimos a visitar a mi madre. Por mucho tiempo. Mi madre nos dio una habitación: —Quedaos aquí hasta que os reconciliéis. Pensé en vengarme del ingrato marido. Recordé a Román, mi viejo compañero de clase. ¡Con él sí que tendría mi propio “romance”! Nunca me dejaba en paz, ni en el colegio ni después. Lo llamé. —Hola, Román, ¿aún no te has casado? —empecé por lo bajo. —¡Nadia! ¡Hola! ¿Qué más da, casado o divorciado…? ¿Nos vemos? —se entusiasmó Román. Mi romance improvisado duró medio año. Arturo traía la pensión para nuestro hijo cada mes, se la entregaba a mi madre y se marchaba sin decir palabra. Sabía que mi marido vivía con Cata, una tal Eva. Ella tenía una hija de un matrimonio anterior y obligó a la niña a llamar “papá” a Arturo. Vivían en la casa de mi marido. En cuanto Cata supo que yo me había ido, se mudó con la niña desde otra ciudad. Cata lo adoraba, le tejía calcetines de lana y jerséis gruesos, lo mimaba con guisos riquísimos. Me enteré de todo esto tiempo después. Siempre le echaría en cara a Arturo a Eva Cata. Entonces pensaba que nuestro matrimonio ya había fracasado… Sin embargo, en una charla de café (en la que hablábamos del divorcio) a Arturo y a mí nos inundaron los recuerdos felices. Arturo me declaró su amor, se arrepintió. Dijo que no sabía cómo echar a la insistente Cata. Me dio una pena inmensa. Volvimos a estar juntos. Por cierto, Arturo nunca supo de Román. Eva Cata y su hija se marcharon de nuestra ciudad para siempre. Pasaron siete años de familia feliz. Luego, Arturo tuvo un accidente de tráfico: operaciones en la pierna, rehabilitación, caminaba con bastón. La recuperación llevó dos años. Todo aquello lo destrozó. Empezó a beber. Se perdió por completo; era muy duro verlo así. Los ruegos no servían de nada. Nos arrastraba a Santi y a mí en su tormenta. Rechazaba cualquier ayuda. En el trabajo apareció Pablo, mi “paño de lágrimas”. Me escuchaba en la zona de fumadores, me acompañaba al salir, me animaba. Pablo estaba casado, su esposa esperaba su segundo hijo. Aún no entiendo cómo acabamos en la cama juntos. ¡Absurdo! Era una cabeza más bajo que yo, menudo, nada de mi estilo. ¡Y empezó la locura! Pablo me llevó a exposiciones, conciertos, ballet. Cuando nació su hija, Pablo dejó nuestros “planazos”, se marchó a trabajar a otro sitio. Tal vez entonces pensó: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Yo nunca reclamé nada, así que lo solté sin drama. Simplemente me ayudó a anestesiar mi dolor. Jamás pensé en destruir su familia. Mi marido seguía consumido por el alcohol. Cinco años después, me encontré con Pablo y, en serio, me propuso casarnos. Me dio la risa. Arturo logró recomponerse un tiempo. Se fue a trabajar a Chequia. Yo, mientras, fui esposa ejemplar y madre dedicada. Mi mente sólo se centraba en mi familia. Arturo volvió medio año después. Hicimos reforma en casa, compramos electrodomésticos, él reparó su coche extranjero. La vida parecía por fin simple y feliz. Pero, ¡no! Mi marido recayó y volvió a beber. El infierno empezó de nuevo. Sus amigos lo traían arrastrando, incapaz de llegar solo, apenas reptando… Me tocaba buscarlo por el barrio como alma en pena, lo encontraba tirado en un banco, con los bolsillos vacíos, y lo llevaba a cuestas. Ha pasado de todo. Una mañana de primavera, parada y triste en la estación de autobuses, rodeada de pájaros y sol, yo no sentía la alegría de abril. Alguien susurró tímidamente en mi oído: —¿Puedo ayudarle con su problema? Me di la vuelta. ¡Madre mía, qué guapo y qué aroma! Y yo, ya con 45 años. ¿Seré capaz de volver a florecer? Me puse nerviosa como una quinceañera. Por suerte, llegó el bus y me subí corriendo. A salvo del pecado. Él me despidió con la mano. Todo el día en el trabajo sólo pensaba en él. Me hice de rogar un par de semanas… por costumbre. Pero Egor —así se llamaba— como un tanque, derribaba mi defensa. Cada mañana me esperaba en la parada. Procuraba no llegar tarde y escudriñaba desde lejos a ver si estaba mi “galán”. Cuando me veía, me lanzaba sonrisas y besos al aire. Un día llegó con un ramo de tulipanes rojos. Le dije: “¿Y qué hago yo con estas flores en el trabajo? ¡Las chicas me van a pillar!”. Egor sonrió: —Anda, no pensé en semejantes consecuencias. Y le regaló el ramo a una abuela que miraba nuestro teatro con atención. ¡La señora rejuveneció! “¡Gracias, chaval! ¡Que halles una amante muy apasionada!” Me puse roja. Menos mal que no pidió que fuera una jovencita; me hubiera tragado la tierra. Egor me dijo: —Vamos a ser los dos los culpables, Nadie. No te arrepentirás. Lo confieso, me propuso justo lo que necesitaba y en el momento perfecto. Además, con Arturo no había relación alguna. Él solía estar tumbado como un tronco, perdido por la bebida. Egor no fumaba, era abstemio, ex deportista (tenía 57 años) y un gran conversador. Divorciado. Tenía algo hipnótico. Me lancé de cabeza a ese romance. ¡Fue un torbellino de pasión! Durante tres años salté de casa a Egor, confundida. No tenía fuerzas ni ganas de parar. Quería dejarlo, pero no podía. Como dice el refrán: “La moza echa fuera al galán, pero no se va”. Egor se adueñó de mí. Cuando estaba a mi lado, me faltaba la respiración. Era como perder la cabeza. Pero sabía que esto no acabaría bien. No fue amor; era sólo pasión. Al volver a casa, destrozada tras el ardor, sólo quería abrazar a mi marido, aunque fuese borracho y oliendo mal, porque era mi “pan de cada día”. ¡Mucho mejor que los dulces ajenos! Eso era vivir de verdad. La pasión es sufrimiento. Quería dejar de sufrir, sanar de Egor y regresar a mi familia, no perderme en placeres. Así pensaba mi mente; mi cuerpo, sin embargo, se lanzaba al abismo. La pasión seguía. Mi hijo sabía de Egor. Nos vio juntos en un restaurante estando con su novia. Le presenté a Egor. Se dieron la mano y se saludaron. En la cena, Santi me miraba esperando explicación. Me excusé: “Es un colega, hablamos de un proyecto”. “Ya… en un restaurante”, me respondió con complicidad. No me juzgaba; sólo pedía que no me divorciara de papá. Todo apuntaba a ello. Me decía que no tuviera prisa, quizás su padre reaccionara. Me sentía una oveja descarriada. Una amiga divorciada me recomendaba dejar a esos amantes y recuperar la paz. Escuchaba sus consejos: ella iba por el tercer marido. Eso me convencía, pero no era capaz de parar hasta que Egor intentó levantarme la mano. Aquello fue el límite. No en vano mi amiga me dijo: —El mar está tranquilo… hasta que te mojas los pies. Y la venda se cayó. ¡Tres años de tormento, por fin libre! Egor insistió largo tiempo, buscándome, rogando de rodillas en público. Ya era firme. Mi amiga me dio un beso y una taza que decía: “¡Eres una mujer con cabeza!” En cuanto a Arturo, sabía todo sobre mis pecados. Egor incluso lo llamaba para contárselo. Egor estaba seguro de que me iría de casa. Arturo me confesó: —Cuando escuché las palabras de tu pretendiente, sólo quería morir en silencio. Todo es culpa mía. Perdí a mi mujer. Preferí la bebida. ¡Idiot! ¿Qué te podía decir? Han pasado diez años desde entonces. Arturo y yo tenemos dos nietas. Una tarde, mientras tomamos café, miro por la ventana. Arturo me toma la mano con ternura: —Nadie, no mires a ningún lado. Yo soy tu felicidad, ¿lo crees? —Claro que sí, mi único…
¿ERES MI FELICIDAD? En realidad, yo nunca tuve intención de casarme. Si no llega a ser por la tenacidad
MagistrUm
Es interesante
08
La madrastra echó a la pobre niña discapacitada de casa hasta que se cruzó en su camino un millonario…
La lluvia de la tarde caía sobre las callejuelas de Barcelona, borrando los rastros de pintalabios que
MagistrUm
Es interesante
061
¡Te veo, no te escondas! ¿Qué haces en nuestro portal?” – El gato me miró arrepentido mientras, en silencio, sacudía sus patitas entumecidas por el frío al borde del charquito que dejaba el hielo derretido de su pelaje.
¡Te veo, no te escondas! ¿Qué haces en nuestro portal? El gato levantó la mirada culpable, mientras reorganizaba
MagistrUm
Es interesante
0114
El síndrome de la vida eternamente aplazada… Confesiones de una mujer de 60 años Elena: Este año he cumplido los 60. Y nadie de mi familia me ha felicitado por teléfono en mi cumpleaños. Tengo una hija y un hijo, un nieto y una nieta, y hasta mi ex marido sigue por ahí. Mi hija tiene 40; mi hijo, 35. Ambos viven en Madrid, ambos se graduaron en universidades bastante prestigiosas de la capital. Ambos son inteligentes y exitosos. Mi hija está casada con un alto funcionario, mi hijo con la hija de un gran empresario madrileño. Los dos tienen carreras brillantes, varias propiedades, y además de sus empleos públicos, cuentan con sus propios negocios. Todo parece estable. Mi ex marido se marchó cuando mi hijo terminó la carrera. Dijo que estaba cansado de ese ritmo de vida. Aunque él siempre trabajó tranquilo, en la misma empresa, los fines de semana los pasaba con amigos o tirado en el sofá, y en vacaciones se iba el mes entero con sus familiares al sur. Yo, en cambio, nunca cogía vacaciones, trabajaba en tres sitios a la vez: ingeniera en una fábrica, limpiadora en la oficina de la misma fábrica, y los fines de semana – de empaquetadora en el supermercado del barrio desde las 8 hasta las 20, además de limpiar los almacenes. Todo lo que ganaba, iba para mis hijos – Madrid es una ciudad cara y estudiar en una universidad prestigiosa requiere ropa decente. Más alimentación y ocio. Aprendí a llevar ropa vieja, a veces la remendaba, arreglaba los zapatos. Iba siempre limpia y arreglada. Eso me bastaba. Mis únicos momentos de evasión eran los sueños, a veces soñaba que era joven, feliz, y reía. Mi ex marido, en cuanto se fue, se compró un coche nuevo, caro y elegante. Se ve que tenía ahorrado. Nuestra vida juntos fue peculiar – todos los gastos corrían de mi parte, excepto el alquiler, eso sí lo pagaba él, y ahí terminaba su aportación familiar. A los hijos los saqué adelante yo… El piso donde vivíamos me lo dejó mi abuela. Es un buen piso, de los de antes, de techos altos y bien cuidado. Tenía dos habitaciones, reformadas en tres. Había un trastero de 8,5 metros cuadrados con ventana, lo renové y cabía perfectamente una cama, mesa, armario y estanterías. Lo ocupaba mi hija. Mi hijo y yo compartíamos otra habitación, aunque yo solo iba de noche. Mi marido vivía en el salón. Cuando mi hija se mudó a Madrid, ocupé su trastero. Mi hijo siguió en su cuarto. La separación fue cordial, sin peleas ni división de bienes, sin reproches. Él quería VIVIR otra vida, y yo estaba tan agotada que lo viví como un alivio… Ya no tenía que cocinar tres platos y postre, ni lavar ni planchar su ropa, ni organizar nada, podía descansar. Tenía ya un montón de achaques – la espalda, las articulaciones, diabetes, tiroides, agotamiento nervioso. Por primera vez cogí vacaciones en mi trabajo principal y me dediqué a curarme. Los trabajos extra no los dejé. Me recuperé. Contraté a un buen profesional y, junto con su ayudante, me hicieron un baño nuevo en dos semanas. ¡Para mí eso fue felicidad! ¡Felicidad personal! ¡Felicidad para mí! Todo ese tiempo, enviaba dinero a mis hijos en vez de regalos por los cumpleaños, Navidad, San Valentín, Día del Padre. Después vinieron los nietos. Así que no podía dejar los extras. Para mí no quedaba dinero. Rara vez me felicitaban en los días señalados, casi siempre en respuesta a mis mensajes. Nunca recibí regalos. Lo más doloroso es que ni mi hijo ni mi hija me invitaron a sus bodas. Mi hija me lo dijo con sinceridad: “Mamá, tú no encajarías en el ambiente. Habrá gente del Gabinete de la Presidencia.” La boda de mi hijo la supe por mi hija, después… Al menos no me pidieron dinero para la boda… Ninguno de mis hijos viene nunca, aunque siempre los invito. Mi hija dice que aquí no tiene nada que hacer en el pueblo (ciudad de provincia con más de un millón de habitantes). Mi hijo siempre responde “Mamá, ¡no tengo tiempo!” ¡Hay vuelos a Madrid siete veces al día! Solo dos horas… ¿Cómo llamaría esa etapa de mi vida? Quizá, vida de emociones reprimidas… Vivía entonces como Escarlata O’Hara – “ya lo pensaré mañana”… Ahogaba las lágrimas y el dolor, reprimía emociones… Vivía como un robot programado para trabajar. Después, unos madrileños compraron la fábrica y la reorganizaron. A los que estábamos cerca de la jubilación nos despidieron, perdí dos trabajos de golpe, pero eso sí, pude prejubilarme. La pensión: 900 euros… A ver quién vive con eso. Al final tuve suerte – en mi edificio de cinco plantas con cuatro portales quedaba una plaza de limpiadora… Me puse a limpiar los portales – otros 900 euros. No dejé el empaquetado ni la limpieza del súper, pagaban bien: 90 euros por turno. Solo era duro estar todo el día de pie. Empecé a reparar poco a poco la cocina. Fui haciéndolo yo, encargué los muebles al vecino – rápido, buen precio. Volví a ahorrar. Quería renovar las habitaciones, cambiar algunos muebles. Tenía planes… Pero para mí misma no había ningún plan. ¿En qué gastaba en mí? Solo en comida, la más sencilla – nunca he comido mucho. Y medicinas. Gastaba mucho más en medicinas. El alquiler tampoco ayudaba – cada año subía. Mi ex marido me decía que vendiera el piso, en el barrio está bien valorado, me darían buen dinero. Que me comprara uno pequeño. Pero a mí me da pena. Es el recuerdo de mi abuela. No recuerdo a mis padres. Me crió mi abuela. Y el piso, donde ha transcurrido toda mi vida, me resulta muy valioso. Con mi ex mantuvimos buena amistad. Hablamos a veces como viejos conocidos. Le va bien. De su vida personal nunca habla. Una vez al mes viene, me trae patatas, verduras, arroz, agua. Lo pesado. No quiere aceptar dinero. Dice que no pida por internet, que te traen todo pocho, podrido… Y le hago caso. Dentro de mí todo está como apagado – hecho un ovillo. Vivo y vivo. Trabajo mucho. No sueño con nada. No quiero nada para mí. A mi hija y a mis nietos solo los veo por Instagram. La vida de mi hijo la sigo en el perfil de mi nuera. Me alegra que les vaya bien. Que estén sanos y felicies. Van de vacaciones a sitios increíbles, frecuentan restaurantes caros… Tal vez no les di suficiente amor. Por eso no sienten amor hacia mí. Mi hija a veces pregunta cómo estoy. Siempre le digo que bien. Nunca me quejo. Mi hijo a veces me envía mensajes de voz por WhatsApp: “Hola, mamá, espero que estés bien.” Cuando era joven, mi hijo me dijo que no quería escuchar problemas de padres, que el negativismo le afectaba. Y dejé de contarle nada, solo le digo “sí, hijo, todo está bien.” Me gustaría abrazar a mis nietos, pero sospecho que ni siquiera saben que tienen una abuela viva – abuela pensionista y limpiadora. Seguro que según la leyenda, la abuela falleció hace años… No recuerdo haber comprado nunca nada para mí; a veces compro ropa interior y calcetines, lo más barato. No recuerdo haber ido jamás a hacerme la manicura, ni la pedicura… Una vez al mes voy a cortarme el pelo a la peluquería del barrio. Me lo tiño yo misma. Me alegra que tanto de joven como ahora sigo usando la misma talla – 46/48. No hace falta renovar el armario. Me da mucho miedo no poder levantarme un día de la cama – los dolores de espalda me torturan siempre. Me da miedo quedarme postrada. Quizá no debí vivir así, sin descanso, sin pequeñas alegrías, trabajando siempre y dejando todo para “después”. ¿Dónde está ese “después”? Ya no existe… En mi alma hay un vacío… en mi corazón, absoluta indiferencia… Y a mi alrededor, vacío también… No culpo a nadie. Pero tampoco puedo culparme a mí misma. He trabajado toda mi vida y sigo trabajando. Intento ahorrar un poco por si no puedo seguir. No es mucho, pero algo es algo… Aunque, ¿a quién engaño? Si caigo, no viviré… No quiero que nadie tenga que encargarse de mí. ¿Y sabéis qué es lo más triste? Nadie, nunca, me ha regalado flores… NUNCA… Qué irónico será si alguien me lleva flores frescas a la tumba… de verdad, para partirse de risa…
Llevo tiempo pensando en cómo te contar esto, porque me pesa y, a la vez, me parece casi gracioso visto
MagistrUm
Es interesante
0250
— Mamá, ya tengo diez años, ¿verdad? —dijo de repente Miki al volver del cole. — ¿Y qué pasa? —preguntó su madre, sorprendida, mirando a su hijo. — ¿Cómo que “y qué pasa”? ¿Es que se te ha olvidado lo que me prometisteis papá y tú cuando cumpliera los diez? — ¿Prometimos? ¿El qué prometimos? — ¡Dejarme tener un perro! — ¡No! —exclamó la madre con susto—. Lo que quieras, ¡pero eso no! Si quieres, te compramos un patinete eléctrico, el más caro. Pero con la condición de que no vuelvas a mencionar lo del perro. — Vaya… —dijo Miki, hinchando la boca, ofendido—. Bonitos padres… Me enseñáis que hay que cumplir la palabra y después olvidáis la vuestra… En fin, en fin… Miki se encerró en su habitación y no salió ni cuando volvió su padre del trabajo. — Papá, ¿te acuerdas de lo que me prometisteis tú y mamá…? —empezó otra vez, pero su padre lo interrumpió. — Ya me ha llamado mamá, y me ha contado lo que quieres. Pero no entiendo, ¿para qué quieres eso? — ¡Papá, llevo soñando con tener un perro mucho tiempo! ¡Bien lo sabéis! — Sí, sí. Por leer historias de Mowgli y Tintín, actúas como un crío. ¿Acaso mamá y yo cumplimos todos nuestros deseos? ¿Sabes que los perros de raza cuestan un dineral? — ¡No quiero un perro de raza! —dijo el hijo de inmediato—. Me conformo con uno mestizo, incluso recogido de la calle. Hace poco leí en internet sobre perros abandonados. Son muy desgraciados. — ¡No! —le cortó su padre—. ¿Cómo que uno mestizo? ¿Para qué queremos eso? Si son feos… Mira, Miki, haremos un trato. Yo acepto acoger un perro abandonado en casa, pero solo si es de raza, y joven. — ¿Tiene que ser así? —torció la cara Miki. — ¡Sí! —le lanzó el padre una mirada pícara a la madre, y le guiñó un ojo sin que Miki lo notase—. Vas a tener que educarlo, entrenarlo, llevarlo a exposiciones caninas. ¿No? A un perro mayor ya no se le puede entrenar. Así que, si encuentras en la ciudad un perro de raza, joven, y abandonado, aceptaremos mamá y yo. Te daremos el sí. — Vale… —suspiró Miki, pues nunca había visto un perro joven de raza abandonado por la calle. Pero la esperanza es lo último que se pierde, así que decidió intentarlo. El domingo Miki llamó a su amigo Víctor, y tras comer, se pusieron a buscar. Recorrieron media ciudad andando, pero ni rastro de un perro de raza abandonado. Bonitos perros, sí, pero todos iban con sus dueños, bien sujetos con correa. — Ya está bien —dijo Miki, cansado—. Lo sabía… No íbamos a encontrar nada. — Vamos al refugio de animales el domingo que viene —propuso Víctor—. Allí también tienen perros de raza, lo leí mucho. Solo hay que conseguir la dirección. Pero ahora, quiero sentarme y descansar. Buscaron un banco vacío, se sentaron y se pusieron a soñar con sacar un perro guapo del refugio y entrenarlo juntos. Soñaron un poco, descansaron y, después, se dirigieron a su portal. De repente, Víctor tiró del brazo de Miki y señaló algo. — Miki, mira. Miki miró y vio a un perrito vagabundo, asquerosamente blanco y pequeñito, que andaba torpemente por la acera. — Un chucho —afirmó Víctor, que le silbó. El cachorro miró y, contento, corrió hacia los chicos. Pero, a dos metros, se detuvo. — Desconfía de las personas —dijo Víctor—. Seguro que lo han asustado mucho. Miki silbó bajito y alargó la mano. El perrito se acercó a Miki y, cuando el niño estuvo muy cerca, no huyó; solo agitó la cola, nervioso y sucio. — Vámonos, Miki —dijo Víctor en tono serio—. ¿Para qué quieres un perro así? Tú buscas uno de raza. A uno así solo le pondría “Botón” de nombre. —Víctor se dio la vuelta y se alejó rápido. Miki acarició un rato más al perro, luego, triste, se fue con su amigo. Pero la verdad es que habría querido llevarse ese perrito ya a casa. De pronto, el cachorro gimió tras él. Miki quedó paralizado; el perrito lloriqueó. Víctor también paró, miró al perro y susurró: — Miki, ven rápido. ¡No mires atrás! El cachorrillo te mira… — ¿Cómo? — Te mira como si fueras su dueño y lo estuvieras dejando. Anda, corre. Víctor echó a correr, pero las piernas de Miki no reaccionaron. Se quedó quieto, sin atreverse a girarse. Pero cuando por fin decidió marcharse, algo tiró suave de la pernera de su pantalón. Miró hacia abajo y vio los ojos negros atentos del perrito. Y enseguida Miki, olvidando todo, lo cogió en brazos y lo apretó fuerte. Ya había decidido: si papá y mamá no aceptaban a su perro, esa noche se marcharía de casa. Con él. Pero resultó que, en el fondo, sus padres también tenían un buen corazón… Por eso, al día siguiente, cuando llegó del cole, no solo le esperaban su madre y su padre… ¡sino también Botón, limpio, blanco y alegre!
Mamá, ya tengo diez años, ¿verdad? solté de repente al llegar del colegio. ¿Y qué? contestó mi madre
MagistrUm
Es interesante
043
El único hombre de la familia Durante el desayuno, la hija mayor, Vera, mirando su móvil, preguntó: —Papá, ¿has visto la fecha de hoy? —No, ¿qué tiene de especial? Ella giró la pantalla: en el móvil aparecía una secuencia de números —11.11.11, es decir, 11 de noviembre de 2011. —Es tu número de la suerte, el 11, y hoy está repetido tres veces. Vas a tener un día estupendo. —Ojalá comieras miel con esas palabras tuyas—sonrió Valerio. —Es cierto, papá —saltó la pequeña Nadia, también absorta en su móvil—. Hoy los Escorpio esperan un encuentro agradable y un regalo para toda la vida. —Genial. Seguro que en algún lugar de Europa o América se ha muerto un pariente desconocido y nosotros somos los únicos herederos… y claro, millonarios… —¡Multimillonarios, papá! —continuó la broma Vera—. Ser solo millonario te parecería poco. —Sí, pensaba lo mismo: poco. ¿Qué haríamos con tanto dinero? ¿Os parece si compramos primero una villa en Italia o en las Islas Canarias? Luego un yate… —…y un helicóptero, papá —se unió Nadia—. Quiero mi propio helicóptero… —Por supuesto, tendrás tu helicóptero. ¿Y tú, Vera? ¿Qué deseas? —Quiero salir en una película de Bollywood, con Salman Khan. —Anda, qué fácil. Llamo a Amitabh Bachchan y lo arreglo… Bueno, soñadoras, a terminar de comer, que salimos pronto. —Ya ni soñar se puede —suspiró Nadia. —¿Cómo que no se puede? Hay que soñar, incluso es necesario soñarlo —Valerio apuró su té y se levantó de la mesa—. Pero no os olvidéis del colegio… No sería hasta el final del día cuando Valerio recordaría esa conversación matutina, mientras traspasaba los productos del carrito al coche en el supermercado. El día terminaba, y no había sido estupendo; al contrario, le cargaron de trabajo, tuvo que quedarse una hora más y estaba agotado. Ni un encuentro agradable ni mucho menos un regalo de por vida. «La felicidad pasó de largo, como un avión sobre París», pensó Valerio, saliendo del supermercado. Junto a su viejo coche, un Seat Marbella fiel tras veinticinco años de servicio, revoloteaba un chico. Un chaval callejero, lo gritaba su aspecto: descuidado, ropa desgastada, en los pies un deportivo sucio en el izquierdo y una bota militar destartalada en el derecho, atada con un cable azul. En la cabeza, un gorro orejero raído y con una oreja chamuscada. —Señor… tengo hambre… ¿me da un pedazo de pan? —dijo el chaval cuando Valerio llegó al coche. La frase sonó dubitativa, extraña para el siglo XXI, como sacada de una película antigua. Pero no fue ni su aspecto ni sus palabras lo que removió algo en Valerio, sino la manera titubeante de hablar: en sus años de teatro popular, aprendió que un buen actor, cuando miente, siempre tiene una mínima vacilación en la voz: es un indicador infalible de verdad o mentira. El chaval mentía. Sintió un sexto sentido: todo era teatro, una mascarada sólo para él. «Interesante. Vamos a jugar, amigo. Y ya veré cómo disfrutan mis princesas: a ellas les encanta jugar a detectives». —Con un trozo de pan no haces nada. ¿Qué tal un plato de cocido, patatas con bacalao y de postre roscón? ¿Te parece? El chico, sorprendido por la oferta, dudó sólo un instante y luego murmuró: —Sí. Valerio le tendió una bolsa. —Sujétala por favor. Era una prueba. Los auténticos chicos de la calle, si pillaban una bolsa llena de comida, salían corriendo de inmediato. Pero el chico no huyó, se quedó de pie con la cabeza baja y los pies inquietos. «Gracias, amigo», sonrió para sí Valerio. «Hoy no tengo ganas de correr tras nadie». Por fin hallados los llaves, colocó las bolsas en el coche y abrió la puerta del copiloto. —Sube, caballero, la cena te espera. Subieron y en silencio emprendieron el camino al pueblo, a siete kilómetros del centro, donde Valerio vivía con sus hijas. Ex huérfano de orfanato, dedicaba su vida y su amor a ellas. Y, por su propia historia, procuraba ayudar siempre que podía a chicos sin hogar. Por culpa de la ley y los papeles, nunca había podido adoptar a todos los que hubiera querido. El chico apenas habló. «Muy raro», pensó Valerio. «No parece de un orfanato, los ‘de casa’ los distingo de lejos. Este probablemente acaba de huir de casa, aún se nota asustado». Y recapacitó: «Tal vez no mentía, quizá lo del teatro era solo miedo». Las hijas esperaban en la puerta, corrieron al coche, y al ver al chico preguntaron: —¿Y esto qué es, papá? —Esto es el encuentro y el regalo para toda la vida que pronosticasteis esta mañana —río Valerio. —¡Genial, papá! —dijo Nadia, asomándose bajo el gorro del chico—. Este regalo es de lo más original. ¿Seguro que no es de otro? —Hubiera querido… ¡Pero se me ha pegado a la pierna y gritaba que era mi regalo! No me he podido librar. —¿Y cómo se llama el regalo? —intervino Vera. —Sin nombre. —¿Ni etiqueta ni precio? —Nada de nada. Las niñas, adoptando su papel de detectives, llevaron al chico a la casa, no sin bromas y un poco de teatro de «poli bueno y poli malo» para ver si era de fiar. Una vez duchado, alimentado y relajado, el chico no tardó en sincerarse. Se llamaba Spartaco Bugaiev, tenía once años. Huérfano del padre y con una hermana mayor, Sofía, y dos pequeñas, se había hecho pasar por huérfano para observar a Valerio y a sus hijas en la vida cotidiana: quería conocer bien la familia a la que esperaba entregar a su hermana. Su confesión fue tan sencilla como conmovedora: quería asegurarse de que su hermana fuese amada y aceptada. El desenlace fue tan sorprendente como emotivo: Valerio, que desde hacía tiempo había reparado en Sofía, aceptó la propuesta inesperada de Spartaco, y las chicas, encantadas con la enorme familia que se iba a formar, rompieron en risas y lágrimas. Fue entonces cuando Valerio comprendió: su «regalo para toda la vida» era una familia grande y feliz; justo eso que siempre había deseado. La historia del único hombre en la familia: el destino, el amor y el valor de soñar en la mesa de una familia española
El único hombre de la familia Aquella mañana, durante el desayuno, la hija mayor, Carmen, repasando en
MagistrUm
Es interesante
052
El pequeño gato gris estaba sentado frente a la puerta de la clínica veterinaria. Lloraba, y a sus patas yacía un diminuto gatito…
El pequeño gato gris estaba sentado frente a la puerta de la clínica veterinaria. Lloraba, y a sus patas
MagistrUm
Es interesante
047
ABUELA, ÁNGEL DE LA GUARDA: La historia de Lena, una nieta criada por su abuela Doña Eusebia, que recibió una señal del más allá para salvarla de un farsante, y descubrió que el amor incondicional de una abuela puede protegernos incluso cuando ya no está.
ABUELA ÁNGEL GUARDIÁN Marina no recordaba a sus padres. Su padre abandonó a su madre estando embarazada
MagistrUm