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037
Cada martes Liana corría por el metro de Madrid, apretando en la mano una bolsa de plástico vacía. Aquel objeto era el símbolo de su fracaso de hoy: dos horas deambulando por El Corte Inglés y el centro comercial Princesa, sin encontrar ni una sola idea decente de regalo para su ahijada, la hija de su mejor amiga. A los diez años, Mónica, que antes adoraba los caballos andaluces, ahora estaba fascinada con la astronomía, y encontrar un telescopio bueno y asequible parecía una misión de otra galaxia. Ya anochecía y, bajo tierra, todo se sentía impregnado de ese cansancio especial del final de la jornada. Liana, mientras cedía paso a la multitud, se fue acercando al escaleras mecánicas. Fue entonces cuando su oído, hasta entonces abstraído del bullicio, captó un retazo de conversación nítido, intenso y cargado de emoción. — …yo tampoco creía que volvería a verle, de verdad —decía una joven tras de ella, la voz temblorosa pero dulce—. Ahora, cada martes, él viene a recogerla al cole. En su coche. Y juntos se van a ese parque con tiovivos junto a Retiro… Liana se quedó inmóvil en el escalón mecánico bajando al andén. Giró la cabeza un instante: un abrigo rojo, un rostro ilusionado, unos ojos chispeantes. Y, junto a ella, su amiga, escuchando atentamente con una sonrisa. “Cada martes”. Liana también tuvo un día así, alguna vez. Tres años atrás. No el lunes con su cuesta arriba, ni el viernes con promesas de descanso, sino el martes: un día en torno al que giraba su mundo. Cada martes, a las cinco en punto, salía disparada del instituto del barrio de Chamberí donde enseñaba Lengua y Literatura. Cruzaba media ciudad hasta la antigua Escuela Municipal de Música Glinka, en un viejo palacete con suelos de parquet crujiente en Chamberí. Recogía a Marco: un niño serio para su edad, de siete años, con su violín casi tan alto como él mismo. No era su hijo, sino su sobrino, el hijo de su hermano Antonio, que falleció en un fatídico accidente hace tres años. En esos primeros meses después del funeral, los martes eran el ritual imprescindible para sobrevivir: para Marco, que vivía aislado y casi no hablaba; para su madre, Olga, rota de dolor y apenas capaz de levantarse de la cama; y para la propia Liana, que intentaba recomponer los fragmentos de sus vidas y volver a ser ancla, apoyo y faro. Recordaba cada detalle: cómo Marco salía de clase con la cabeza baja, cómo ella cogía el estuche, siempre pesado, cómo se dirigían juntos al metro y ella le contaba historias para distraerle: una anécdota escolar, la gaviota que robó un bocadillo a un niño en la playa de la Barceloneta… Una tarde de noviembre, bajo la lluvia, él le preguntó: “¿Tía Liana, a papá tampoco le gustaba la lluvia, verdad?” Contuvo las ganas de llorar para responderle: “La odiaba. Siempre corría a refugiarse bajo una marquesina.” Y Marco la agarró de la mano, fuerte, casi de adulto, como intentando no soltar un recuerdo que amenazaba con desvanecerse. No era solo su mano: era ese pasado, ese padre verdadero, que existía también fuera del recuerdo, justo allí, bajo la lluvia madrileña. Tres años dividían su vida en un antes y un después. Y el martes, y solo el martes, fue el día auténtico, lleno de sentido y, aunque duro, también el día de la esperanza. Los demás solo eran fondo, espera. Se preparaba para ellos: manzanas para Marco, algún vídeo divertido por si acaso el metro se hacía insoportable, temas de conversación nuevos. Después… Olga fue recuperándose poco a poco. Encontró trabajo, más tarde conoció a alguien y quiso empezar desde cero en una ciudad lejana, al otro extremo de España, lejos de los recuerdos. Liana ayudó a embalar las cosas, metió el violín en una funda blanda, le abrazó en el andén: “Llámame, escríbeme. Siempre estaré ahí”, le recordó entre lágrimas. Al principio Marco llamaba cada martes, rigurosamente a las seis. En esos quince minutos Liana volvía a ser “Tía Liana” y tenía que aprovechar para preguntar por todo: el cole, las clases de violín, los nuevos amigos. La voz de Marco se colaba cálida por el teléfono tendiendo un hilo desde cientos de kilómetros. Luego, las llamadas fueron cada dos semanas. Él fue creciendo, más ocupado con sus otros cursos, los deberes y la PlayStation con sus amigos. “Tía, perdona que el martes pasado no te llamé, tuve un examen”, escribía por WhatsApp. Ella respondía: “No te preocupes, cielo. ¿Qué tal el examen?” Ya no era la llamada lo que marcaba el martes, sino la espera, a veces un mensaje que nunca llegaba. Pero no se ofendía; escribía primero, si hacía falta. Después, solo en fechas señaladas: cumpleaños, Navidad… La voz de Marco, cada vez más madura y segura, se fue haciendo menos abierta. “Todo bien”, “Vamos tirando,” “Estudiando mucho.” Su padrastro, Sergio, era buena gente; nunca intentó reemplazar a su padre, solo estuvo ahí, que es lo importante. Hace poco nació una hermana, Alicia. En sus redes sociales, Marco sostenía en brazos el pequeño bultito con ternura desmañada. La vida, cruel y generosa al mismo tiempo, seguía abriéndose paso. La cotidianeidad curaba, el cariño por la recién nacida, y los días del colegio, las nuevas rutinas, los futuros proyectos. Para Liana quedaba una esquina cada vez más pequeña, la “tía del pasado”, en esta vida renovada. Y ahora, en medio del ruido del metro, la frase “cada martes” no sonó como una acusación, sino como un eco leve. Un saludo de aquella Liana de tres años atrás, que llevó durante tanto tiempo esa responsabilidad abrasadora como una herida abierta y como el regalo más grande. Aquella Liana sabía quién era: sostén, faro, pieza clave en el martes de un niño. Era necesaria. Esa mujer de abrigo rojo tenía su propio drama, su difícil equilibrio entre pasado y presente. Pero ese ritmo, ese ritual férreo —“cada martes”— era universal. Un idioma sencillo y claro: “Estoy aquí. Puedes contar conmigo. Hoy, a esta hora, eres lo más importante”. Liana, que antes hablaba ese idioma con fluidez, ahora casi había olvidado cómo sonaba. El tren arrancó. Liana se enderezó, mirando su reflejo en el oscuro cristal del túnel. Salió en su estación sabiendo ya lo que haría mañana: pediría dos telescopios mellizos —modestos, pero de calidad—. Uno para Mónica. Otro para Marco, con envío a su casa nueva. Y cuando él lo recibiese, le escribiría: “Marquito, para que podamos mirar el mismo cielo aunque estemos cada uno en una ciudad diferente. ¿Qué te parece si el próximo martes, a las seis, si no hay nubes, buscamos juntos la Osa Mayor? Sincronizamos relojes, ¿vale? Besos, Tía Liana.” Ascendió por las escaleras al Madrid nocturno. El aire era frío y limpio. El martes más próximo ya no estaba vacío. Volvía a estar reservado. No como una obligación, sino como un pacto de cariño silencioso entre dos personas unidas por la memoria, la gratitud y una lealtad serena, invisible pero irrompible. La vida seguía. Y seguía habiendo días a los que podía dar un sentido. Días que no solo pasaban, sino que podía designar. Para un pequeño milagro de mirar el mismo cielo a la vez. Para una memoria que ya no dolía sino que abrigaba. Para un amor que, aprendiendo a hablar en la lengua de la distancia, se había vuelto más suave, más sabio, más fuerte. Cada martes
Cada martes Clara se apresuraba en el metro madrileño, sujetando en la mano una bolsa de plástico vacía.
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052
SIN ALMA… Claudia Vázquez regresa a casa. Ha ido a la peluquería, y a pesar de su respetable edad —acaba de cumplir 68 años—, sigue mimándose con visitas regulares a su estilista. Claudia se arregla el cabello, la manicura, y esos sencillos rituales le insuflan energía y buen humor. —Claudia, ha venido una familiar a verte. Le he dicho que llegarías más tarde. Prometió volver —le informa su marido, Julio. —¿Otra familiar más? Si ya no tengo parientes. Será alguna “prima lejana”… seguro que viene a pedir algo. Mejor le hubieras dicho que me fui a la otra punta del mundo —responde Claudia, algo molesta. —¿Para qué mentir? Me pareció alguien de tu familia, alta y elegante, un aire a tu suegra, que en paz descanse. No creo que venga a pedir nada, parece culta, bien vestida —intenta tranquilizarla Julio. A los cuarenta minutos, la familiar llama a la puerta. Claudia la recibe personalmente. Es cierto, tiene un aire a la madre difunta, muy bien arreglada: abrigo caro, botas, guantes, pendientes discretos de diamante. En eso, Claudia entiende. Invita a la mujer a la mesa ya puesta. —Vamos a conocernos, si somos familia. Soy Claudia, sin apellidos, veo que somos de edad parecida. Él es mi marido, Julio. ¿Por qué parte me eres parienta? —pregunta la anfitriona. La mujer duda un poco, se sonroja: —Soy Galina… Galina Valverde. Solo nos llevamos unos años. Cumplí 50 el 12 de junio. ¿No te dice nada esa fecha? — Claudia palidece. —Veo que recuerdas. Sí, soy tu hija. No te preocupes, no vengo a pedir nada. Solo quería conocer a mi madre biológica. Siempre viví sin saber por qué mi madre no me quería… Por cierto, falleció hace ocho años. Siempre sentí el cariño solo de mi padre. Él murió hace dos meses y finalmente me habló de ti. Me pidió que lo perdonaras, si podías —narra Galina, emocionada. —¿No entiendo nada? Tienes una hija —pregunta sorprendido Julio. —Eso parece. Luego te lo cuento —responde Claudia. —¿Eres mi hija? ¡Genial! ¿Ya me has visto? Si crees que voy a arrepentirme o pedirte disculpas, te equivocas. No es culpa mía —contesta Claudia—. Espero que papá te haya contado todo. Si crees que voy a sentir algo maternal por ti, tampoco, ni una pizca. Discúlpame. —¿Puedo venir otra vez? Vivo aquí cerca, en el chalé, tenemos una casa grande de dos plantas, podéis venir tú y tu marido a vernos. Te traje fotos de tu nieto y bisnieta, quizás quieras verlas —suplica tímidamente Galina. —No. No quiero. No vuelvas. Olvídame. Adiós —responde Claudia, tajante. Julio pidió un taxi para Galina y la acompañó fuera. Al regresar, Claudia ya había recogido la mesa y veía la televisión tranquilamente. —¡Qué sangre fría tienes! Podrías dirigir ejércitos, ¿de verdad no tienes corazón? Siempre sospeché que eras implacable y sin alma, jamás imaginé semejante extremo —le reprocha Julio. —Nos conocimos cuando yo tenía 28, ¿cierto? Pues ya me habían arrancado y pisoteado el alma mucho antes. Soy una chica de pueblo; siempre soñé con mudarme a la ciudad, así que estudié como nadie y fui la única de mi clase en entrar a la universidad. Tenía 17 años cuando conocí a Volo. Lo amaba con locura. Era mayor por casi 12 años, pero no me importaba. Tras una infancia pobre, la ciudad y la universidad me parecían de cuento. La beca no me alcanzaba. Siempre con hambre, aceptaba con alegría las invitaciones de mi novio a cafeterías, helados… Nunca me prometió nada, pero yo confiaba: si hay amor, me pedirá matrimonio. Una noche me invitó a su casa de campo, acepté de inmediato. Convencida de que el vínculo era fuerte. Las citas en la finca se volvieron frecuentes. Pronto noté que “habíamos hecho amistad” y sería madre. Le avisé a Volo. Estaba feliz. Cuando ya no podía ocultar mi embarazo, le pregunté: ¿Cuándo nos casamos? Ya tenía 18, podía presentar los papeles. —¿Te prometí matrimonio alguna vez? —me respondió con otra pregunta. —No lo prometí, ni me casaré. Además, ya estoy casado… —siguió, tranquilo. —¿Y… el niño? ¿Y yo? —¿Y tú qué? Eres joven, llena de vida, hasta escultura podría hacerse de ti. Coges baja en la uni, estudias hasta que no se note el embarazo, luego mi esposa y yo te acogemos. No logramos tener hijos; quizás porque ella es mayor. Cuando nazca, nos quedamos con el niño. Los papeles no son asunto tuyo. Aunque joven, tengo buen puesto en el ayuntamiento. Mi esposa dirige un departamento en el hospital. Así que no te preocupes. Tras el parto descansas y vuelves a la universidad. Incluso te pagaremos. En aquel entonces nadie hablaba de “madres de alquiler”. Fui la primera sin saberlo. ¿Qué podía hacer? ¿Volver al pueblo y avergonzar a la familia? Viví en su casa hasta dar a luz. La esposa nunca me dirigió la palabra, quizás por celos. Parí la niña en casa, con comadrona. Ni la amamanté, se la llevaron de inmediato. No la volví a ver. Al cabo de una semana me despidieron con discreción. Volo me dio dinero. Regresé a la uni. Luego a la fábrica. Me dieron cuarto en residencia de familias. Primero maestra, luego jefa de calidad. Tuve muchos amigos, pero nadie quiso casarse, hasta que apareciste tú. Ya con 28, no pensaba en boda, pero tocaba. Después tú ya sabes. Hemos tenido buena vida, tres coches, casa completa, finca cuidada. De vacaciones cada año. La fábrica sobrevivió los 90 porque los aparatos para tractores solo se hacen en un taller, y nadie sabe qué pasa en los demás. Aún está rodeada de alambres y torres de vigilancia. Nos jubilamos. Tenemos de todo. Sin hijos, y bien. Viendo lo que son los niños hoy… —termina Claudia su confesión. —No hemos vivido tan bien. Te he querido siempre. Intenté calentar tu corazón y no pude. Vale que no hubo hijos, pero ni un gato, ni un perro te ha enternecido. Mi hermana te pidió ayuda para su sobrina y ni la dejaste hospedarse una semana. Hoy ha venido tu hija y ¿cómo la has recibido? ¡Tu hija! Tu sangre y tú… Te juro, si fuéramos más jóvenes, pediría el divorcio, pero ya es tarde. Es frío estar contigo, frío —dice Julio, indignado. Claudia hasta se asusta; nunca le habló así su marido. La paz de su vida la ha roto esa hija. Julio se mudó a la finca. Lleva años allí. Ahora tiene tres perros, recogió cachorros. Nadie sabe cuántos gatos o gata más. A casa apenas va. Claudia sabe que visita a su hija Galina, ya conocen a todos y adora a la bisnieta. —Siempre fue raro, y raro seguirá. Que viva como quiera —piensa Claudia. Nunca le ha brotado el deseo de conocer a su hija, nieto ni bisnieta. Viaja sola al mar. Descansa, se recupera y se siente estupendamente.
SIN ALMA… Claudia Fernández regresó a casa aquella tarde. Había ido a la peluquería, como hacía
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038
La abuela tenía un nieto favorito: una historia sobre Dima, Katia y el legado de una familia marcada por el cariño desigual, las herencias y el perdón, en el corazón de España
La abuela siempre tenía un nieto preferido ¿Y para mí, abuela? le preguntaba ella, en voz baja.
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0246
Natasha llevaba tiempo contemplando esta decisión: adoptar a un niño del hogar de acogida.
María había planeado hacía tiempo dar un vuelco a su vida: adoptar a un niño de un centro de acogida.
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014
Mientras paseaba, una chica vio cerca del lago un ganso salvaje que parecía intentar pedir ayuda a los seres humanos.
Mientras paseaba por el borde del lago de Sanabria, Carmen, una chica con más curiosidad que un gato
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0170
Convertida en criada: Cuando Alejandra decidió casarse, su hijo y nuera quedaron impactados por la noticia y no supieron cómo reaccionar. —¿Estás segura de que quieres cambiar radicalmente tu vida a esta edad? —le preguntó Catalina, mirando a su marido. —Mamá, ¿para qué hacer algo tan impulsivo? —se puso nervioso Rubén—. Te entiendo, llevas muchos años sola y me dedicaste gran parte de tu vida, pero ahora casarte es una tontería. —Sois jóvenes, por eso pensáis así —respondió tranquila Alejandra—. Tengo sesenta y tres años, y nadie sabe cuánto tiempo me queda. Tengo derecho a vivir el tiempo que me queda con la persona que amo. —Entonces no tengas prisa con la boda —intentaba razonar Rubén—. Apenas conoces a Jorge desde hace un par de meses y ya quieres cambiarlo todo. —A nuestra edad hay que aprovechar la oportunidad y no perder tiempo —insistió Alejandra—. ¿Qué más debo saber? Es dos años mayor, vive con su hija y su familia en un piso de tres habitaciones, cobra una buena pensión y tiene una casa en el campo. —¿Dónde vais a vivir? —no comprendía Rubén—. Aquí no hay espacio para una persona más. —No os preocupéis tanto, Jorge no aspira a nuestro espacio; me iré a vivir con él —les explicó Alejandra—. Su piso es grande, con su hija me entiendo bien, todos somos adultos y no habrá razones para conflictos. Rubén estaba intranquilo, pero Catalina le animó a entender y aceptar la decisión de su madre. —¿Somos unos egoístas? —reflexionaba—. Claro que nos viene bien que tu madre ayude y cuide a Clara, pero tiene derecho a rehacer su vida. Si tiene la oportunidad, no debemos impedírselo. —¿Pero es necesario casarse? No me imagino la boda, el vestido blanco y las celebraciones —protestaba Rubén. —Son de otra época, tal vez les dé más seguridad hacerlo así —trataba de justificar Catalina. Al final, Alejandra se casó con Jorge, a quien conoció por casualidad en la calle, y se mudó a su piso. Al principio fue bien, la familia la acogió, el esposo la respetaba y Alejandra creyó que al final de su vida había encontrado la felicidad y podía disfrutar cada día. Pero pronto empezaron los cambios en la convivencia. —¿Podrías preparar un guiso para cenar? —preguntó Inés—. Yo no puedo, el trabajo me tiene ocupadísima y tú tienes más tiempo libre. Alejandra entendió la indirecta y asumió la cocina, las compras, la limpieza del piso, la colada y las visitas frecuentes a la casa del campo. —Ahora que estamos casados, la casa del campo es también cosa tuya —le dijo Jorge—. Mi hija y su marido no tienen tiempo, la nieta es muy pequeña, así que nos ocupamos los dos. Alejandra no discutía, le gustaba ser parte de una familia grande y unida, donde todo se basaba en el apoyo mutuo. Con su primer marido nunca tuvo esa suerte, era vago y astuto y luego desapareció cuando Rubén cumplió diez años; ya han pasado veinte y nada supieron de él. Ahora parecía que todo encajaba y el esfuerzo no era pesado ni daba lugar a reproches. —Mamá, ¿qué puedes hacer en la casa del campo? —insistía Rubén—. Siempre te sube la tensión después de ir, ¿por qué te empeñas? —Porque me hace feliz y me gusta hacerlo —respondía la jubilada—. Este año, Jorge y yo recogeremos suficiente cosecha para compartir con vosotros. Pero a Rubén le inquietaba que en varios meses nadie les hubiera invitado ni una vez a casa, ni siquiera para conocerse. Ellos mismos invitaban a Jorge, pero siempre ponía excusas de falta de tiempo o energía. Finalmente, dejaron de insistir y asumieron que a la nueva familia no le interesaba demasiado mantener relación. Solo querían saber que Alejandra era feliz. Al principio, así fue, pero las tareas y exigencias aumentaban y eso empezó a incomodarla. Jorge, apenas llegaba a la casa del campo, se quejaba de la espalda o del corazón; su esposa le acomodaba en el sofá y ella sola recogía ramas, barría hojas y sacaba la basura. —¿Otra vez sopa de cocido? —se quejaba Antonio, el yerno—. Ya la comimos ayer, esperaba otra cosa hoy. —No tuve tiempo de preparar nada más ni de ir a por la compra, estuve lavando y colgando todas las cortinas y terminé agotada y mareada —se disculpó Alejandra. —Ya, pero a mí la sopa no me gusta —rechazó el plato el yerno. —Mañana Alejandra nos hará una cena de lujo —prometía Jorge. Y al día siguiente, Alejandra pasaba el día en la cocina y después todo se acababa en media hora. Luego recogía y limpiaba, y así siempre. Pero las quejas de la hija y el yerno aumentaban y Jorge se ponía de su lado, echando la culpa a su mujer. —No soy una jovencita, también me canso y no entiendo por qué debo hacerlo todo sola —protestó Alejandra. —Eres mi esposa, debes ocuparte de la casa —le recordaba Jorge. —Como esposa, tengo obligaciones pero también derechos —lloró Alejandra. Después se calmaba y volvía a poner buena disposición, buscando agradar y armonía en el hogar. Pero un día se hartó. Inés y su marido iban a visitar amigos y querían dejar la niña con Alejandra. —Que la pequeña se quede con el abuelo o vaya con vosotros, porque yo hoy voy a ver a mi nieta —dijo Alejandra. —¿Por qué tenemos que adaptarnos nosotros a ti? —saltó Inés. —No lo tenéis que hacer, pero yo tampoco os debo nada —recordó Alejandra—. Mi nieta celebra hoy su cumpleaños, os lo avisé el martes. No solo lo ignorasteis, además queréis que me quede en casa. —No se puede hacer eso, de verdad —se enfadó Jorge—. Inés tenía planes; tu nieta es muy pequeña, da igual que la felicites mañana. —Nada pasa si vamos los tres ahora a casa de mis hijos, o te quedas tú con tu nieta hasta que yo vuelva —insistió Alejandra. —Sabía que de este matrimonio no saldría nada bueno —criticó Inés—. Cocina regular, la casa está sucia, y encima solo piensa en sí misma. —Después de todo lo que he trabajado aquí, ¿también tú opinas igual? —preguntó Alejandra a Jorge—. Dime con sinceridad: ¿querías una esposa o necesitabas una criada para todos? —Estás equivocada y quieres hacerme culpable—parpadeó Jorge—. No provoques un escándalo sin motivo. —Solo pido una respuesta y tengo derecho a recibirla —no cedía Alejandra. —Habla como quieras, pero en mi casa no se admiten esas actitudes —respondió Jorge con orgullo. —En ese caso, me doy de baja —dijo Alejandra y fue a recoger sus cosas. —¿Me aceptáis de vuelta, aunque sea la abuela menos perfecta? —llevaba su bolso y el regalo—. Fui a casarme y he regresado. Ya no me apetece nada más, solo decidme: ¿me aceptáis? —Por supuesto —le respondieron Rubén y Catalina—. Tu habitación te espera y estamos felices de que vuelvas. —¿Felices porque sí? —quería oír Alejandra. —¿Por qué iban a alegrarse los que te quieren? —no entendía Catalina. Ahora Alejandra sabía seguro que no era una criada. Ayudaba, cuidaba de su nieta, pero su hijo y nuera nunca abusaron ni se aprovecharon. Allí era madre, abuela, suegra, parte de la familia y no un servicio. Alejandra volvió para siempre, pidió el divorcio y procuró no pensar en lo que había vivido.
Te cuento lo que le pasó a Carmen. Mira, cuando decidió casarse, su hijo, Sergio, y la nuera, Lucía
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0261
EN VISITA…A MI HIJO…
No, mamá, ahora mismo no hace falta que vengas. Piensa bien, la carretera es larga, una noche entera
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0153
Se fue, y casi mejor — «¿Cómo que el usuario no está disponible?» ¡Si hace cinco minutos estaba hablando con alguien! Natália se quedó en medio del recibidor con el auricular pegado al oído. Dirigió una mirada al aparador. La cajita donde guardaba sus joyas seguía en el mismo sitio, pero algo en su posición no cuadraba: la tapa no estaba bien cerrada. — ¡Román! — gritó hacia el fondo de la casa — ¿Estás en el baño? Natália se acercó lentamente al aparador. Al tocar la madera pulida, un escalofrío le recorrió la espalda: la cajita estaba vacía. Ni rastro del ticket de compra que usaba de marcapáginas. Habían desaparecido las joyas y el dinero. Aunque, pensándolo, el dinero ella misma se lo dio… — Madre mía… — exhaló desplomándose en el suelo — ¿Por qué? ¡Si ayer discutíamos por los papeles pintados… y prometiste que este agosto iríamos al mar…! Y todo empezó de manera tan común. En junio del año pasado, su SEAT Ibiza tuvo un problema en el pistón. En el taller le pidieron un dineral, así que, cabreada, entró en el foro “AutoAyuda Madrid”. “Chicos, ¿sabéis si se puede aflojar un pistón de freno agarrotado por una misma?— escribió, adjuntando foto de la rueda sucia”. Las respuestas no tardaron. Unos decían “ni se te ocurra”, otros ofrecían recambios. Entonces llegó el mensaje de un tal Roman85: “No les hagas caso. Compra un bote de WD-40 y un kit de reparación por 15 euros. Quita la rueda, suelta el pistón con el pedal, pero no del todo. Límpialo con líquido de frenos y lubrica. Si el cilindro está bien, te irá de lujo”. Natália leyó el consejo. Claro, directo, sin fanfarronería. “¿Y si el cilindro está picado?” — respondió. “Entonces, toca cambiar. Pero por la foto, tu coche parece bien cuidado. Si quieres, escríbeme en privado”. Y así empezó todo. Román sabía muchísimo de mecánica. En una semana le guió con el cambio de aceite, las bujías y hasta el tipo de anticongelante a evitar. Natália empezó a esperar sus mensajes con ilusión. “Oye, Román, eres mi salvavidas — le escribió en julio —. ¿Quedamos a tomar café? Invito yo. O una copita, que me he ahorrado un buen pico”. La respuesta tardó. Pasaron tres horas hasta que apareció en la pantalla. “Natália, me encantaría. Pero estoy… de viaje de trabajo. Largo, en el extranjero, digamos”. “¿Tan lejos?” — se sorprendió. “Más no se puede. No quiero engañarte. Me gustas mucho. En realidad, no estoy de viaje. Estoy cumpliendo condena. Prisión de Ocaña, por si te suena”. Natália dejó el móvil en el sofá. Un nudo le apretaba el pecho. ¿Un preso? ¿Ella, contable en una asesoría madrileña, llevaba dos semanas chateando con un delincuente? “¿Por qué?”— tecleó con dedos temblorosos. “Artículo 248. Estafa. Hice una tontería, me liaron, y acabé metido hasta el cuello. Me queda menos de un año. Si quieres, borra la conversación, lo entenderé”. Natália no contestó. Simplemente lo bloqueó. Pasó tres días sin poder pensar en otra cosa. En la oficina le preguntaron si estaba enferma. Y ella pensaba: “¿Por qué a mí? Hombres listos y hábiles acaban entre rejas, y los otros… o casados o ‘ni-ni’…” A la semana recibió un email: Román le preguntó por dirección alguna vez, y no lo borró de los contactos. “Natália, no me ofendo. Lo sabía. Eres buena, brillante. No necesitas tipos como yo. Gracias por hablar conmigo. Han sido mis mejores dos semanas en tres años. Sé feliz. Adiós”. Natália lo leyó en la cocina y rompió a llorar. Le dio pena él, ella, el sinsentido de la vida. — ¿Por qué otros tienen suerte y yo solo casados o niños de mamá, y el único decente… entre barrotes? —se preguntaba. Y ni aun así contestó. *** Probó a tener citas, pero nada salía bien. Uno hablaba toda la noche de sellos, otro llegó con las uñas negras y quiso pagar a medias. En marzo, el día de su 35 cumpleaños, Natália se sintió especialmente sola. Por la mañana sonó la notificación. “¡Feliz cumpleaños, Natália! — escribió Román — Sé que no debería, pero no he podido resistirme. Que te vaya mejor que bien. Te mereces que te lleven en palmitas. He hecho una cosilla con miga de pan y alambre… Si pudiera, te la regalaría. Solo quiero que sepas que en algún rincón de Castilla-La Mancha, alguien hoy brinda por ti con té malísimo”. “Gracias, Román— respondió al fin —. Me hace mucha ilusión”. “¡Has contestado! — él parecía eufórico —. ¿Cómo estás? ¿La ‘abejita’ aguanta el frío?” Y todo se reinició. Ahora hablaban cada día. Román llamaba cuando podía. Su voz era grave y cálida. Le contaba su vida: crecer con su hermano, los sobrinos, su sueño de empezar de cero. — Al pueblo no vuelvo, Natália —decía mientras ella preparaba la cena—, allí los de siempre me lían. Quiero ir donde nadie me conozca. Trabajo no me va a faltar: soy manitas, de peón o mecánico me cojo lo que sea. — ¿Y adónde quieres ir? — preguntaba sin aliento. — Donde estés tú. Alquilaría un cuarto o un estudio barato. Solo por saber que respiras el mismo aire. Y luego… lo que la vida quiera. No me voy a imponer, que conste. En mayo, Natália estaba profundamente enamorada. Sabía su horario de revisiones, cuándo tenía ‘ducha’ y cuándo curro en taller. Le enviaba paquetes: tés, caramelos, calcetines, recambios para sus apaños. — Solo aguanta tranquilo, Román — le pedía—. No te metas en líos. — Por ti, corazón, ni respiro alto — bromeaba él—. En abril, salgo libre. — Te espero. *** En abril, Natália fue a la puerta de la cárcel. Le compró cazadora, vaqueros y deportivas. El corazón se le salía. Cuando salió, bajito, fuerte, pelo gris cortado al uno, ella se quedó paralizada. En las fotos parecía otra cosa. Pero sonrió y dijo: — Hola, jefa. Y ella se tiró en su cuello. — Estás vivo — susurraba pegada a su barba. — ¿A dónde iba a ir? —la rodeó con los brazos — Hueles bien, como flores con colonia. Se fueron a casa. La primera semana fue de cuento. Román arregló el grifo, la cerradura… todo lo que llevaba meses dando problemas. Por la noche, sentados en la cocina con vino semidulce, él le contaba anécdotas divertidas evitando lo duro. — Oye, Román —dijo al décimo día—. Dijiste de alquilar piso. No hace falta. Sobra espacio y estamos mejor juntos. Aprovecha, ahorra y compra tus herramientas. — Natália, esto no está bien — se inquietó él —. Un hombre debería aportar la vivienda. Me tienes a la sopa boba. — ¡Por favor! —le cogió la mano—. Ya saldrás adelante y todo se arreglará. — Mi hermano llamó ayer —de repente evitó su mirada—. El niño está muy malito, necesita operación privada. Me pide dinero, pero como ves, estoy tieso. Me da vergüenza, de verdad. — ¿Cuánto necesita? —preguntó. — Unos cinco mil euros. Una parte ya la tienen. Pensaba ir a Madrid a trabajar de lo que sea, a ver si sale algo más rápido. Natália se calló. Esos 5.000 euros estaban en su cajita. Años ahorrando, renunciando a todo. Quería renovar el baño y poner cabina de hidromasaje… — Los tengo yo —susurró. Román levantó la cabeza de golpe. — Ni lo sueñes. Son para ti. No los acepto. — Es familia, Román. Dijiste que eso es sagrado. Cógelo, me lo devuelves cuando puedas. Ahora somos equipo. Discutió dos días, paseando taciturno. Hasta volvió a fumar en la terraza. Al final, Natália sacó el dinero y lo puso en la mesa. — Aquí, coge y vete con tu hermano, si no, haz una transferencia. — Mejor algo personal — la abrazó — De paso, le pregunto por trabajo en su zona. Es solo dos días, vuelvo enseguida. Ya verás. *** Natália llevaba sentada en el suelo del recibidor más de una hora. Ni sentía las piernas. Recordaba la noche anterior. Película tonta, risas, abrazos… y se sentía la mujer más feliz del mundo. — A lo mejor pasado mañana salgo temprano — dijo él. Pero huyó un día antes. Ella dormía, ni oyó cómo se vestía. Soñó que la puerta sonaba, pensó que eran los vecinos. A las dos de la tarde marcó el número del hermano. El que Román le dio “por si acaso”. — ¿Hola? — gruñó voz masculina — ¿Quién es? — Hola, soy Natália, novia de Román. ¿Ha llegado ya? Silencio. Luego un suspiro muy hondo. — Señorita, ¿qué Román? Mi hermano se llama distinto y hasta octubre sigue en la cárcel. El estómago de Natália se cerró. — ¿Cómo? Si salió en abril, fui yo a buscarle a la prisión de Ocaña. — Escuche — el tono se agrió—. Mi hermano, Alex, está en la prisión de Cuenca. Román no es mi hermano. Es mi excompañero de celda, salió hace dos meses. Me robó el móvil y se quedó los contactos. Usted será otra víctima suya. Es bueno, muy bueno. Tiene carrera, mucha labia. Natália dejó el móvil en el suelo. Recordó cómo le enseñó a cambiar bujías. — No aprietes demasiado — decía — o te cargas la rosca. — La he destrozado — susurró Natália —, me he cargado la rosca. Me busqué yo sola el problema. Al fin entendió que no sabía nada de su “pareja”. Jamás vio su DNI, ni los papeles del excarcelamiento. ¿Y si ni siquiera se llamaba Román? *** Natália acudió a la Policía y denunció. Mostró la foto y se enteró de más detalles. Sí se llama Román. Y eso es lo único cierto. Condenado por delito grave, toda una vida en la cárcel. A Natália la conoció desde prisión, ya durante su tercer ingreso. Natália se santiguó, cambió las cerraduras y dio gracias. En comparación con otras víctimas suyas, salió bastante bien parada.
¿Cómo que el móvil está apagado? ¡Pero si hace cinco minutos estaba hablando con alguien! Lucía se quedó
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030
La “cuco” diurna cantó más veces: Cuando tu suegra convierte tu casa en su reino y tu matrimonio en una batalla por el territorio
La cucaracha diurna ha cantado de más No puede ser, ¡esto es una tomadura de pelo! explotó Carmen.
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025
El hombre de la fotografía
Cuando Alba cumplió treinta sentí que mi vida se había quedado en pausa. De día trabajaba en una pequeña
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