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0242
Mi marido me dejó tras once años de matrimonio y la razón que me dio fue sorprendentemente sencilla: según él, había dejado de cuidarme. Decía que esto se venía acumulando desde hace tiempo, aunque nunca lo había hablado abiertamente. Cuando nos conocimos, me arreglaba cada día: maquillaje, ropa escogida, siempre el pelo bien peinado. Trabajaba, salía, tenía tiempo para mí. Luego llegaron los niños, la rutina, las responsabilidades. Seguí trabajando, pero me ocupé también de la casa, la comida, la limpieza, las visitas al médico… de todo lo que mantiene una familia en pie, pero casi nunca se ve. Mis días empezaban antes de las seis de la mañana y acababan pasada la medianoche. Muchas veces salía de casa sin maquillarme, simplemente porque no tenía tiempo. Me ponía lo primero limpio que encontraba. No porque no me importara, sino porque estaba agotada. Él llegaba, cenaba, veía la tele y se dormía. Nunca me preguntó cómo estaba o si necesitaba ayuda. Con el tiempo, empezaron los comentarios: que ya no me arreglaba como antes, que no llevaba vestidos, que parecía descuidada. Pensé que solo eran comentarios sueltos. Nunca imaginé que llegarían a ser motivo para marcharse. Nunca me dijo “me siento lejos de ti” o “tenemos que hablar”. Un día, simplemente hizo las maletas. El día que se fue, me lo dijo claro: que ya no sentía lo mismo, que yo había cambiado, que echaba de menos a la mujer que se arreglaba para él. Le recordé todo lo que hacía por la casa, por los niños, por nosotros. Me respondió que eso no era suficiente, que necesitaba sentirse orgulloso de la mujer a su lado. Hizo la maleta en silencio. Días después supe que ya salía con otra. Una mujer sin hijos, con tiempo para el gimnasio y posibilidad de arreglarse a diario. Entonces me di cuenta de que el problema nunca fue solo el maquillaje. Hoy sigo levantándome temprano, sigo trabajando, sigo manteniendo mi hogar. Me arreglo cuando yo quiero, no cuando alguien me lo exige. No dejé de cuidarme por falta de amor, dejé de hacerlo porque cargaba con toda una vida a mis espaldas. Y aún así, él decidió marcharse. Pienso en apuntarme al gimnasio, pero no tengo tiempo. En fin, quizás simplemente nunca quiso estar conmigo.
Mi marido me abandonó después de once años de matrimonio, y la razón que me dio fue tan sencilla que
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060
Acorde de Entendimiento
Irene y Sergio llevaban todo el día dándole vueltas a la casa porque el pequeño Máximo iba a quedarse
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0190
La madre y la hermana de mi marido son prioritarias.
Lidia, basta ya de hacerte la víctima, hablemos con calma y resolvamos esto. Lo que sea que inventes
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Mi marido me dejó por mi hermana y se fue a vivir con ella; tres años después la abandonó también para irse con su mejor amiga: siete años de matrimonio, una traición familiar y un destino que nadie vio venir en nuestra familia española.
Mi marido me dejó por mi hermana. Se fue a vivir con ella. Y tres años después la abandonó también, por
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Tengo 50 años y fui madre adolescente cuando ambos, mi novio y yo, éramos aún estudiantes en el instituto. Ninguno de los dos trabajaba. Al enterarse mi familia, su reacción fue inmediata: me acusaron de deshonrar el hogar y me dejaron claro que no criarían a un hijo “que no es suyo”. Una noche me obligaron a hacer la maleta y salí de casa con una pequeña valija, sin saber siquiera dónde dormiría al día siguiente. La familia de mi novio fue quien me acogió: sus padres nos abrieron las puertas desde el primer día, nos dieron una habitación, establecieron normas claras y solo nos pidieron que termináramos los estudios. Ellos se encargaron de la comida, las facturas y hasta de mis revisiones médicas durante el embarazo, y dependí completamente de ellos. Cuando nació nuestro hijo, su madre estuvo a mi lado en el hospital, me enseñó a cuidarle, y mientras yo descansaba, ella se ocupaba del bebé; el padre compró la cuna y lo necesario para los primeros meses. Poco después nos propusieron que no nos “quedáramos atascados” y ofrecieron pagarme la formación de auxiliar de enfermería, que acepté mientras dejaba a mi hijo con mi suegra; mi novio empezó ingeniería informática. Ambos estudiamos mientras ellos asumían la mayoría de los gastos. Fueron años de sacrificio, con horarios duros y ningún lujo: a veces el dinero era justo para sobrevivir, pero nunca nos faltó apoyo ni comida. Cuando enfermábamos o nos sentíamos desanimados, ellos estaban allí, cuidando del niño para que pudiéramos presentarnos a exámenes, hacer prácticas o aprovechar cualquier oportunidad de trabajo. Con el tiempo encontramos empleo (yo como enfermera y él en su campo), nos casamos, vivimos por nuestra cuenta y criamos a nuestro hijo. Hoy, con 50 años y un matrimonio sólido, nuestro hijo ha crecido viendo el esfuerzo y la dedicación. Mantengo contacto mínimo con mi familia de origen, sin escándalos pero tampoco cercanía: no guardo odio, pero la relación nunca volvió a ser igual. Si hoy debo decir qué familia me salvó la vida, no es la que me vio nacer, sino la de mi marido.
Tengo 50 años y era una chica joven cuando quedé embarazada de mi novio. Ambos éramos estudiantes de
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07
Juntos hacia el futuro
Nos fuimos de Valladolid una mañana de julio, justo cuando la A6 todavía estaba despejada y los chiringuitos
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038
Lo más doloroso que me pasó en 2025 fue descubrir que mi marido me estaba engañando… y que mi hermano, mi primo y mi padre lo supieron todo el tiempo. Estuvimos casados once años. La mujer con la que mi marido tenía la aventura trabajaba como secretaria en la empresa donde trabaja mi hermano. La relación entre mi marido y esa mujer empezó después de que mi hermano los presentara. No fue casualidad. Coincidían en el trabajo, reuniones, eventos de negocios y encuentros sociales a los que asistía mi marido. Mi primo también se los encontraba en ese entorno. Todos se conocían. Todos se veían a menudo. Durante meses, mi marido siguió viviendo conmigo como si no pasara nada. Yo iba a reuniones familiares, hablaba con mi hermano, con mi primo y con mi padre, sin saber que los tres estaban al tanto de su infidelidad. Nadie me avisó. Nadie me dijo nada. Nadie intentó prepararme para lo que ocurría a mis espaldas. Cuando me enteré de la infidelidad en octubre, primero me enfrenté a mi marido. Lo confirmó. Luego hablé con mi hermano. Le pregunté directamente si lo sabía. Me dijo “sí”. Le pregunté desde cuándo. Me respondió: “desde hace unos meses”. Le pregunté por qué no me había contado nada. Me dijo que eso no era asunto suyo, que era algo entre la pareja y que “entre hombres esas cosas no se hablan”. Después hablé con mi primo. Le hice las mismas preguntas. También lo sabía. Dijo que había visto actitudes, mensajes y comportamientos que dejaban claro lo que pasaba. Cuando le pregunté por qué no me había avisado, me contestó que no quería meterse en líos y que no tenía derecho a entrometerse en la relación de otros. Finalmente, hablé con mi padre. Le pregunté si él también lo sabía. Me dijo “sí”. Pregunté desde cuándo. Me respondió que desde hacía tiempo. Le pregunté por qué no me dijo nada. Respondió que no quería conflictos, que esas cosas se resuelven entre esposos y que él no iba a intervenir. En realidad, los tres me dijeron lo mismo. Después me fui de casa, y ahora está en venta. No hubo escándalos públicos ni enfrentamientos físicos, porque yo no me voy a rebajar por nadie. La mujer sigue trabajando en la empresa de mi hermano. Mi hermano, mi primo y mi padre mantienen una relación normal con ambos. En Navidad y Año Nuevo, mi madre me invitó a celebrar en su casa, donde estarían mi hermano, mi primo y mi padre. Le dije que no podía ir. Le expliqué que no estoy en condiciones de sentarme a la mesa con personas que sabían de la infidelidad y eligieron callar. Ellos celebraron juntos. Yo no estuve presente en ninguna de las dos fechas. Desde octubre no he tenido contacto con ninguno de los tres. No creo que pueda perdonarlos.
Lo más doloroso que me ocurrió en 2025 fue descubrir que mi marido me estaba engañando y que mi hermano
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0214
Mi marido me dejó por mi hermana y se fue a vivir con ella; tres años después la abandonó también para irse con su mejor amiga: siete años de matrimonio, una traición familiar y un destino que nadie vio venir en nuestra familia española.
Mi marido me dejó por mi hermana. Se fue a vivir con ella. Y tres años después la abandonó también, por
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078
Tengo 46 años y, si alguien mirara mi vida desde fuera, diría que todo marcha bien. Me casé joven, con 24, con un hombre trabajador y responsable. Tuve dos hijos seguidos, a los 26 y a los 28. Abandoné la universidad porque los horarios no cuadraban, los niños eran pequeños y “habría tiempo más adelante”. Nunca hubo grandes peleas ni dramas. Todo transcurría como “debía”. Durante años, mi rutina fue la misma: madrugaba antes que nadie, preparaba el desayuno, dejaba la casa ordenada y me iba a trabajar. Volvía a tiempo para hacer las tareas, cocinar, lavar, poner orden. Los fines de semana eran reuniones familiares, cumpleaños, compromisos. Siempre estaba ahí, asumiendo la responsabilidad. Si algo faltaba, lo solucionaba yo. Si alguien necesitaba algo, acudía yo. Nunca me pregunté si quería otra cosa. Mi marido nunca ha sido una mala persona. Cenábamos, veíamos la tele y nos acostábamos. No era especialmente tierno, pero tampoco frío. No pedía mucho, pero tampoco se quejaba. Nuestras conversaciones giraban en torno a cuentas, niños y tareas. Un martes cualquiera, me senté en el salón en silencio y me di cuenta de que no tenía nada que hacer. No porque todo estuviera bien, sino porque en ese momento nadie me necesitaba. Miré a mi alrededor y entendí que llevaba años sosteniendo este hogar, pero ya no sabía qué hacer conmigo misma dentro de él. Ese día abrí un cajón con documentos antiguos y encontré diplomas, cursos que no terminé, ideas anotadas en cuadernos, proyectos aparcados “para luego”. Vi fotos de cuando era joven —antes de ser esposa, antes de ser madre, antes de ser esa que arregla todo—. No sentí nostalgia. Sentí algo peor: la sensación de haber conseguido todo sin preguntarme nunca si era eso lo que quería. Empecé a notar cosas que antes me parecían normales: nadie me pregunta cómo estoy; aunque llegue cansada, soy yo quien resuelve; si él dice que no le apetece ir a una reunión familiar, se respeta, pero si digo yo que no quiero ir, se espera que vaya; mi opinión existe, pero no pesa. No había gritos ni peleas, pero tampoco había lugar para mí. Una noche, durante la cena, mencioné que quería retomar los estudios o buscar algo diferente. Mi marido me miró sorprendido y dijo: “¿Y ahora para qué?”. No lo dijo con mala intención, sino como quien no entiende por qué cambiar algo que siempre ha funcionado. Los niños callaron. Nadie discutió. Nadie me prohibió nada. Y, aun así, entendí que mi papel estaba tan claro que salir de él resultaba incómodo. Sigo casada. No me he ido, no he hecho las maletas ni he tomado decisiones drásticas. Pero ya no me engaño. Sé que llevo más de veinte años viviendo para mantener una estructura en la que era útil, pero no la protagonista. ¿Cómo se reconstruye una persona después de algo así?
Tengo 46 años y, si alguien mirara mi vida desde fuera, diría que todo marcha como debe. Me casé joven
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024
Hice una prueba de ADN y confirmé mis sospechas
¡Oye, amiga! Tengo que contarte lo que ha pasado con Álvaro y su familia, porque la cosa se ha puesto
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