¡Aguanta, hija! Ahora perteneces a otra familia y tienes que respetar sus normas. Te has casado, no has venido como invitada.
¿Qué normas, mamá? ¡Todas están patas arriba! Sobre todo la suegra, ¡me odia, es evidente!
¿Y nunca has escuchado que las suegras pueden ser buenas?
¡Se cree la más grande! exclama Celia Martínez, de pie en medio de la cocina, con el rostro enrojecido de ira y los ojos llameantes. Si el marido sale de fiesta, la culpa es siempre de la mujer. ¿Qué más tengo que explicarte?
La suegra pierde la cabeza, grita a su nuera Lucía como una loca, todo porque sospecha que su hijo, Borja, le es infiel.
Lucía, joven y delicada, con grandes ojos ingenuos, se apoya contra la pared intentando calmar a la enfurecida mujer.
Celia, esto no es normal. Él tiene familia, hijos intenta justificarse Lucía, pero Celia la interrumpe con un gesto, como quien espanta a una mosca. ¿Eso es familia? ¿O tu hijo, que no deja entrar a su abuelo a su casa? ¡Tu educación, por cierto!
¿Qué educación, Celia? Iván solo tiene un año. Es todavía un bebéreplica Lucía con voz temblorosa.
¿Un bebé? se encoge la mujer. En los Martínez el nieto es más chico aún. Y lo lleva en brazos sin saber lo que hace señalando la habitación infantil.
En realidad él es vuestro nietodice Lucía, aunque su voz tiembla. Los niños perciben a la gente mala, quizá por eso no se acerca a ustedes.
¿Somos malos? ¡Qué disparate! grita Celia. ¿Y tú, querida, de quién vives a costa? ¿De quién comes? ¿De quién gastas el dinero? ¡Ingrata!
Lucía ya no quiere seguir discutiendo con su suegra. Ha dicho mil veces a Borja que desea vivir separado de sus padres, pero Borja, consentido hijo de mamá, no ve la necesidad. Le gusta vivir con sus progenitores; allí se siente como en el regazo de la Virgen. Va tranquilamente al trabajo y los problemas domésticos los resuelven los mayores: la colada, la limpieza, la comida. ¡Una vida de cuento!
Al principio Lucía intenta ganarse el cariño de Celia, ayudando en casa, soportando sus interminables quejas sobre los vecinos y la vida. Con el tiempo comprende que es en vano. Por mucho que intente ser amable, la odio y no lo oculta.
Trajiste a esta inútil a casa como si no existieran otras muchachas decentes comenta Celia a su vecina mientras Lucía recoge los juguetes que Borja ha esparcido, toda la escena al alcance de oídos.
¡Y hasta del pueblo vecino viene a verla! Nuestras abuelas son mucho mejores, más trabajadoras y listas.
¡Eso lo digo yo! apoya la chismosa Manuela, la vecina que ya ha escuchado todos los cotilleos del barrio.
Yo sé que no sabes nada, Celia, tú misma dices que tus manos no sirven para nada.
¡No tienes idea de lo que es! No se le puede confiar nada. O lo pierde o lo rompe. Y ese niño suyo no es como el nuestro.
En los Martínez el nieto es otro asunto: tranquilo, listo. El vuestro solo se queja y hace berrinches. Los genes no son los mismos.
Cuando la situación se vuelve insoportable, Lucía llama a su madre en el pueblo vecino, se desahoga y llora, y su madre le responde:
¡Aguanta, hija! Ahora perteneces a otra familia y debes respetar sus normas. No vienes como invitada, te has casado.
¿Qué normas, mamá? ¡Todo está patas arriba! Sobre todo la suegra, me odia, es evidente.
¿Has oído alguna vez que una suegra sea buena? Todas pasamos por eso y tú también tendrás que. Lo principal es que no muestres que te resulta difícil. Aguanta.
Sabiendo que con su madre temerosa no logrará nada, Lucía le amenaza con llamar al padre.
¡Quejarás a tu padre! se alarma la madre. Sabes que él tiene una condena condicional. Un paso en falso y lo meten en la cárcel.
Lucía entiende la situación. Su padre, Miguel, ama mucho a su única hija. Cumple una condena condicional por una pelea que tuvo cuando alguien le agredió en la tienda del pueblo. Sabe que no permanecerá callado si descubre los malos tratos que su hija sufre. Es un hombre de carácter fuerte.
No le diré a papá responde Lucía, pero si siguen así, con esa suegra no sé qué haré.
Todo se resolverá, hija insiste la madre, tratando de calmarla. En unas semanas ya no recordarás esta conversación.
Lucía intenta olvidar, pero la relación con Celia no mejora. Celia parece enfadarse más, como si Lucía fuera la culpable de todos sus males. Incluso su esposo, Antonio, un anciano cansado, ya no aguanta.
¿Por qué gritas a la muchacha todo el día? intenta intervenir Antonio una mañana, cuando la pelea alcanza su clímax. ¡Se irá de aquí! ¡Y con razón!
¡Yo la echaré! exclama Celia, lanzando todo su odio contra Antonio. ¡La llevaré a los tribunales y le recuperaré cada euro que haya gastado! ¡Y le quitaré al niño para que no crezca en esta familia inútil!
Lucía sabe que Celia dice tonterías, pero le da miedo. Además, sigue amando a su marido, Borja.
Los rumores de que Borja salga a escondidas con su antigua novia, Olga, resultan ser solo chismes del pueblo, arrancados por viejas como Celia.
Si no fuera por la lengua larga de Celía, la historia de los abusos a la nuera no llegaría a su padre. Un día, después de una victoria más contra Lucía, Celia cuenta sus hazañas a su mejor amiga, Manuela, añadiendo siempre algo nuevo, y la historia se extiende hasta llegar a Miguel.
Miguel, un hombre corpulento de casi dos metros, hombros anchos, decide actuar. Agarra su hacha, la que usa para cortar leña, no se quita la chaqueta de trabajo, se sube a su vieja moto Ural y, sin decirle nada a su mujer, parte al pueblo vecino para liberar a su hija del oprobio.
Mientras tanto, en la casa de Celía estalla un verdadero escándalo. La joven madre, por un instante, deja al pequeño Iván sobre el sofá nuevo, amarillo brillante, para buscar un pañal fresco. Al volver, ve una mancha marrón bajo el bebé. Para Celía, esa mancha se vuelve un agujero negro que amenaza con devorar todo el salón. Aparece como una tormenta y empieza a gritar a Lucía con furia:
¡Arruinaste el sofá! ¡Mi favorito! ¿Sabes cuánto costó? ¡Te arrancaré los brazos y los volveré a coser para que no te duela!
Lo arreglaré, lo limpiaré intenta calmarse Lucía, temblando mientras agarra un paño.
¿Qué vas a limpiar? ¡Es nuevo! ¿Cómo lo sabrás? ¡Nunca has comprado nada con tu propio dinero!
¡Y ustedes, siempre gastando lo ajeno! exclama Lucía, y en ese momento se atreve a reprochar a Celía que siempre ha vivido a costa de su marido.
¡Basta de insultos! se sonroja Celía. Quita esa mancha y después sal a la puerta con tu hijo. ¡Vivirás aquí y te fastidiarás hasta que aprendas a comportarte!
Lucía, entre lágrimas, intenta quitar la mancha. El marrón se aferra al brillante tejido como si se burlara de su impotencia. Iván, sintiendo la tensión, llora a todo pulmón, aumentando la atmósfera cargada.
Celía sigue lanzando improperios, sin notar que en el umbral aparece Miguel. Está allí como una estatua, con la mano apretando el mango del hacha.
En un instante, Celía siente una presencia y se vuelve, perdiendo la mirada en el hacha. Sabe lo temperamental que es Miguel y conoce su pasado condicional; el miedo le recorre la piel.
¡Hola, Miguel! dice Celía, intentando mantener la dignidad. Yo estoy criando a tu Lucía
He escuchado lo que dices responde Miguel con voz grave, sin quitarse los zapatos. Levanto el hacha sobre tu cabeza, pero en lugar de golpearla, la dejo sobre el hombro y extiendo la mano a mi hija.
Vamos, Lucía, no tienes nada que hacer aquíle dice, sacándola del interior.
¡Espérame! grita Celía, recuperándose. ¿Qué le diré a mi hijo?
Que venga a hablar conmigo por su esposa. Yo le hablaré como hombrele lanza Miguel una mirada fría que lo dice todo.
Miguel lleva a Lucía y a Iván fuera de la casa. Borja, temeroso, tarda en acudir por su familia, pero finalmente llega. Miguel y él conversan largo rato; no grita, pero su voz firme y el hacha sobre la mesa hacen que sus promesas cobren peso.
Borja promete que vivirá separado de sus padres, que su madre ya no interferirá y que defenderá a Lucía y al niño. Al estrechar la mano de Miguel, siente la seriedad del acuerdo.
Desde ese día Celía evita a la nuera y al nieto. No los saluda ni los cruza en la calle. Borja y Lucía viven separados, en armonía y con comprensión. Quizá recuerden los consejos de un suegro, quizá sea simplemente el amor que los sostiene.







