Elena decidió ir a visitar a su madre por Nochevieja. Quiso darle una sorpresa, así que, muy lista ella, no avisó de que iba para allá. La mujer llegó frente a la puerta, sonrió para sí y tocó el timbre. En cuestión de segundos, su hermanita pequeña, Lucía, salió disparada a recibirla, abrazándola como si se hubiera ido a dar la vuelta al mundo y no solo a Madrid. El día pasó volando entre risas y cotilleos. Mientras cortaban ensaladilla rusa (con ese arte que solo tienen las familias), la madre preparó el plato favorito de Elena: solomillo a la castellana, esa versión que hace que toda la casa huela a gloria.
Lo sabía, hija, sentí que venías dijo la madre, moviendo la cuchara como si danzara un fandango. Aunque pensé que no vendrías sola. ¿Desde que lo dejaste con Álvaro no has conocido a nadie?
No, mamá resopló Elena, poniendo los ojos en blanco.
Justo entonces, su móvil vibró en la mesa. Elena miró la pantalla y casi se le cae el café de la sorpresa.
Ay, el fin de año es como la lotería: a veces toca y otras, para qué quieres más pensaba Elena. Entre informes, balances y auditorías. Pero mañana, por fin, ¡último día! Y dos semanas de vacaciones. Qué ganas de ver a mamá y Lucía… Si sobrevivo a este mes, claro.
Esa tarde estaba en casa, sentada frente al portátil, rematando el informe anual.
El jefe le había prometido que si mañana, en la revisión de las nueve, no encontraban fallos, era libre hasta el 12 de enero. Así que, como quien corre los Sanfermines, Elena se esmeraba para dejarlo todo niquelado.
Aún tenía que pasar por el supermercado todavía no había comprado un regalo para su madre, y a Lucía hacía semanas le había pillado ya un móvil nuevo.
Y por la noche, ya en el tren. Billetes comprados hace un mes, no fuera a darse el caso.
Si al final el jefe no me deja salir, pues nada, se anula el billete se dijo, y se aseguró una litera de abajo en un compartimento cómodo.
Aquella noche, Elena soñó algo bien excéntrico: estaba en un bosque, donde se encontraba con una niña de unos cinco o seis años, sentada en un tronco con un libro en las manos.
¿Te has perdido? ¿Y tus padres?, le preguntó.
No, no me he perdido. Simplemente, todavía no me he encontrado. Y tú levántate, que hoy no puedes perderte tu destino. ¡Tienes que entregar ese informe!
Despertó de golpe, los ojos como platos. Miró el reloj.
¡Dios mío! Casi me quedo dormida el día clave… ¡Hoy no hay margen de error, justo cuando tengo la revisión a las nueve y el informe listo!
Saltó de la cama de un brinco; el sueño desapareció en cuestión de segundos.
De aquí para allá en la casa, quince minutos después ya se estaba haciendo el delineado.
El café, ya lo tomaría en la oficina. Se puso el abrigo, se ajustó la bufanda (¡bendito enero madrileño!) y salió corriendo a la parada del autobús.
Qué suerte, pensó: solo cinco paradas hasta el trabajo, y había hasta sitio libre para sentarse.
Elena se acomodó, echó un vistazo a los pasajeros… y al fondo vio a la niña de su sueño. Le guiñó un ojo y justo en ese instante, un chico con una mochila torcida casi la saca de quicio.
Le lanzó una mirada de esas de madre indignada, pero cuando volvió la vista al fondo… la niña había desaparecido.
Bah, debe de ser la falta de sueño… Vaya cabeza la mía suspiró.
Al llegar a la oficina, ya estaban todos de pié de guerra.
De lleno en el bullicio hasta la hora de comer, Elena, santa paciencia, entregó el informe y no le pusieron ni una pega. El jefe, pulgar arriba, y la mandó pasar a su despacho.
Bueno, promesas son promesas. Eres libre. Y por tu esfuerzo, aquí tienes. Le alargó un sobre. ¡Feliz fiesta!
¡Igualmente, don Joaquín, y mil gracias!
Con esa paga extra, Elena compró a su madre una bonita mantilla, y a Lucía una blusa monísima.
Surtió la bolsa de mazapanes, turrones y una botella de cava. Siete y media y Elena, jadeando, entraba en el vagón y, como era de esperar, tropezó con una mochila en mitad del pasillo y se pegó un batacazo espectacular, nivel película de Paco Martínez Soria.
Estaba a punto de echarse a llorar.
Pero de repente, sintió unas manos que la levantaban con mucho mimo.
¡Vaya estreno el tuyo! Perdona, es culpa mía, que no he guardado la mochila…
Él tenía una voz agradable y una sonrisa capaz de parar el tráfico de la Gran Vía.
No pasa nada, de verdad dijo Elena, colorada como un tomate.
Resultó que compartían compartimento. Elena lo miró de reojo; era alto, atractivo y, para qué negarlo, tenía esa pinta de galán de serie española de sobremesa.
Y entonces recordó palabras de la niña del sueño: esa noche encontraría su destino.
¿Será él? Ojalá ese fuera mi destino… pensó entre risas.
Él se ofreció a ayudarle con la maleta, la colocó bajo la litera y le indicó con un gesto amable que se sentara.
Después de presentarse, resultó que se llamaba Francisco y que viajaba a su misma ciudad para una reunión de trabajo. Cosas de la vida.
Me toca una noche enterita de tren, pero así vuelvo para Nochevieja. ¿Y tú, si se puede saber?
Pues a ver a mi madre y mi hermana. Hace siglos que no las veo. En el curro han dado unos días de fiesta, así que aprovecharé.
¿Y tu novio? ¿O marido…?
Ni lo uno ni lo otro rió Elena. Todavía no he encontrado al candidato ideal para brindar en Nochevieja y quedarme a su lado para siempre. ¿Y a ti te espera alguien?
Que va, otro alma errante más, igual que tú. También busco a alguien con quien quedarse para siempre.
La niña del sueño tenía razón… estuvo a punto de decir Elena, pero se calló a tiempo, colorada otra vez.
Cuando te pones colorada te sale un rubor precioso, te lo tenía que decir dijo él, rompiendo el hielo.
No lo puedo evitar; en las situaciones incómodas me transformo… Color manzana. Y ahora me has puesto aún más nerviosa.
Vale, mejor cambiamos de tema. ¿Un té? Mi madre me hizo una empanada de manzana para el viaje y me dijo que la compartiera con mis compañeros de viaje.
Entonces entró en el compartimento una señora mayor con un nieto de unos seis años. De momento, dejaron el té para luego y salieron al pasillo, dejando a los recién llegados instalarse.
Doña Carmen llevaba al nieto a ver a su hija. No le habían dado vacaciones en su trabajo allá en Valencia, y tenía morriña.
Luego merendaron todos juntos, con la empanada y pastas que Carmen había traído.
Más tarde, los jóvenes salieron al pasillo; el tren pasaba una estación iluminada con mil adornos navideños.
Oye, te lo pregunto ya: ¿intercambiamos móviles? Solo si no te importa, Elena.
No me importa…
¿Y cuándo vuelves?
El diez regreso…
O sea, te quedas un buen rato. Mira, contigo se está fenomenal. Desde que te vi, me da la sensación de que nos conocemos de toda la vida. Es curioso.
Sí, charlar contigo es facilísimo. Pero dicen que el tren es así: charlas, cuentas tu vida y luego cada uno a su destino…
Puede que tengas razón. ¿Nos vamos a dormir?
Elena sonrió, asintiendo.
Cuando llegaron por la mañana a las diez, Elena, erre que erre, no había avisado ni a su madre ni a Lucía. Quería darles la sorpresa definitiva.
Sabía perfecto dónde guardaban la llave de emergencia.
Se despidieron en la parada de taxis. Francisco le deseó unas felices fiestas y ella le devolvió el guiño, deseándole encontrar a la persona con la que pasar todos sus fines de año.
Precioso deseo. Yo te lo deseo también.
Ambos se marcharon, cada uno en dirección opuesta.
A Elena le había dado un vuelco el corazón con Francisco, pero nunca había sido de las que insisten o fuerzan las cosas. Aunque, la verdad, le apetecía decirle: “Quédate, celebremos juntos el Año Nuevo…”. Pero ahuyentó esos pensamientos sacudiendo la cabeza, lista para reencontrarse con las suyas.
Elena llegó al portal de su madre y su hermana. Siguió con la sorpresa, subió, respiró hondo y llamó al timbre.
La puerta se abrió y, como un torbellino, Lucía la abrazó chillando.
El día pasó en un abrir y cerrar de ojos, entre prisas, bromas y preparativos. Mientras cortaba ensaladas con Lucía, su madre preparó el famoso solomillo a la castellana.
Sabía que vendrías; ayer compré huevos de sobra, por si acaso. Te digo la verdad, he pensado que igual traías compañía. Desde lo de Álvaro no has vuelto ni a mencionarme a nadie…
No, mamá, y no me insistas…
De pronto, sonó el móvil de Elena y casi se le cae de la emoción.
Era Francisco. El corazón le dio un brinco.
Hola ¿Llegaste a casa? preguntó ella.
Bueno, en realidad, no. Verás, aquí no conozco a nadie salvo a ti. ¿Te importaría invitar a un viajero solitario a vuestra cena familiar?
Elena se rio, feliz:
Eso hay que consultarlo con la jefa del corral. Mamá, ¿te importa si se une mi amigo Francisco? Ha venido por trabajo y me huelo que no tiene billete de vuelta.
¡Faltaría más! Así nos rompe la rutina tanta mujer junta.
¿Lo oyes, Francisco? Toma nota de la dirección.
Y le guiñó el ojo a su madre, más feliz que unas castañuelas.
Esa noche, la niña del sueño tenía razón: Elena entregó a tiempo el informe y, esa misma tarde, encontró a su destino…







