¡Otra vez está relamiéndose! ¡Álvaro, quítalo de aquí!
Isabel miraba con fastidio a Tristán, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo fue posible que acabáramos con semejante cabeza loca? Tantas vueltas le dimos, escogiendo la raza, preguntando a adiestradores Sabíamos la responsabilidad que suponía. Al final optamos por un pastor alemán: queríamos un amigo leal, guarda y protector, todo en uno. Como un tres-en-uno. Solo que este supuesto protector habría que salvarlo de los gatos
¡Si es aún un cachorro! Dale tiempo, ya verás cuando crezca.
Sí, sí, estoy deseando ver cómo ese caballo se convierte en perro. ¿Te has fijado que come más que los dos juntos? ¿Cómo vamos a mantenerlo? ¡Y no pises tan fuerte, por favor, que vas a despertar a la niña! rezongaba Isabel recogiendo los zapatos que Tristán había desperdigado.
Vivíamos en la Calle de Alcalá, en un bajo de esos edificios antiguos de Madrid, con las ventanas casi a ras del asfalto. El barrio era estupendo, si no fuera por un detalle: las ventanas daban a un rincón ciego del patio, donde al caer la tarde aparecían sombras dudosas, se reunían los parroquianos y a veces hasta había alguna pelea.
Isabel pasaba casi todo el día sola, cuidando a la pequeña Inés. Álvaro se marchaba temprano, trabajaba en el Museo del Prado, y en su tiempo libre recorría el Rastro y las librerías de lance. Tenía ojo de experto: Isabel decía que veía lo que a los demás se les escapaba. Así fue llenando la casa de cuadros, libros raros, y en la alacena brillaban platos de porcelana de Sargadelos, figuritas de posguerra, y cubertería de plata de principios del siglo XX A Isabel le inquietaba quedarse sola con ese tesoro y la niña, sobre todo porque los robos en el edificio eran habituales.
Isabel, ¿tú cuándo crees que debería sacar a Tristán? ¿Ahora, o después de comer?
No lo sé. Y en todo caso, ¡no es asunto mío!
Apenas oyó sacar, Tristán voló al recibidor, casi patinando en la esquina, agarró la correa y volvió saltando. Es que era más potro que perro. A todos los saludaba y a todo el mundo abrazaba; el primero en traer la pelota, menos mal que a los extraños sí les marcaba la distancia. Era un buenazo, abierto como un libro, pero le cogimos por seguridad y ni siquiera perseguía a los gatos del patio. Al revés, se les acercaba con la pelota, esperando jugar, y claro, se llevaba algún que otro zarpazo. Los gatos del barrio eran de armas tomar; ¡a esos sí que había que llevárselos de guardaespaldas! Al día siguiente Álvaro estaba todo el día fuera, que si se iba a Cuenca por un homenaje a Zuloaga, y ¿yo qué? ¿Vigilando platos y paseando al orejudo? Qué cruz
Al alba, mi marido se fue sin hacer ruido, o eso creyó él. Yo oía el silbido del hervidor, el tintineo de la correa, cómo regañaba al perro para que no gimiera. Con esos ruidos de fondo me amodorré y cuando la niña me despertó, Álvaro ya no estaba. El día empezó como siempre. Un día más, tranquilo. ¿No es eso felicidad? Las amigas se sorprendían: que si me había casado joven, que si vivía para mi marido y mi hija, siempre en la cocina, devorada por el día a día ¿Pero acaso la vida doméstica no tiene encanto? Y aunque no fue como uno sueña: el marido ausente, el espacio justo, el dinero medido, y sobre todo esa pasión suya, en la que se iba medio sueldo Y ahora, el orejudo, que me tocaba a mí cuidar. Pero entendí que a quien se ama hay que quererle entero, con defectos y virtudes. Nadie te promete perfección Entendiendo eso, Isabel se tranquilizó y decidió disfrutar de lo que tenía, en vez de lamentar lo que no.
En la habitación, mientras amamantaba a Inés, sentía que el tiempo se detenía. Cuando la niña se dormía en el pecho, no quedaba otra que esperar a que espabilara para seguir comiendo. Llamaron al timbre, pero no abrí. No esperaba a nadie, y cruzar Madrid sin avisar era impensable. Aquellas horas de la mañana eran un tesoro. La calma en casa solo la rompía un tic-tac de reloj antiguo y el rumor familiar de la calle: autobuses, el roce de las escobas, los gritos de los chiquillos ¿Y el orejudo? Hacía rato que no asomaba. No es que tuviera las orejas caídas, al contrario, bien tiesas, pero era tan despistado que el apodo le pegaba. Lidiar con él era una lata, y encima ningún provecho. ¡Mejor nos habría ido con un bichón!
Observando a Inés, ya satisfecha, dormida y con carita de ángel, Isabel sentía que nada más necesitaba. Crece, hija mía, susurraba, ¿qué más podemos pedir?
Entonces, en el salón, sonó un ruido extraño. Se tensó, escuchó un crujido, luego un quejido. Se quitó las zapatillas y se deslizó hasta la puerta. Lo primero que le chocó: el lomo de Tristán, medio escondido tras la cortina que separaba el recibidor. Estaba agachado, totalmente alerta, mirando fijamente al interior. Siguió su mirada y se le heló el alma: en la ventana, o mejor dicho, en el ventanuco, un hombre se colaba. Una calva de matón, brazos y hombros ya dentro, y haciendo fuerza para pasar su cuerpo enjuto. Isabel no se creía lo que veía. ¡Esto no podía estar pasando! ¿Qué hacer? ¿Gritar? Si ya casi estaba dentro Un instante más y
Un grito desgarrador la sacudió. Una sombra negra voló hacia la ventana: era Tristán. Saltó, se lanzó al cuello del ladrón y escuchó un aullido tremendo. Isabel corrió al rellano, llamó a los vecinos, y a partir de ahí el miedo fue menos. Llegó la gente, llamaron a la Policía Nacional. Todos querían ayudar, y aunque poco podían hacer, su sola presencia era alivio. ¿Qué habría hecho ella sola? Venciendo el pavor, se acercó al hombre: no fuera a ser que Tristán le destrozara el cuello. Eso faltaba. Pero el perro, listo, le sujetaba sólo del cuello de la chaqueta, firme pero sin herir. Ni una gota de sangre. Solo cuando el ladrón hacía el más mínimo intento por soltarse, apretaba más fuerte. Si el tipo se quedaba quieto, Tristán aflojaba al momento. ¿Cómo sabía hacer aquello? El torpón de la pelota actuó como un profesional: alertado por el ruido, sin ladrar, se escondió, dejó que el ladrón entrase bien, y sólo entonces atacó, sujetando sin soltar pero sin herir. Como decía mi padre: a nosotros nos toca sujetarlo; lo demás, déjaselo a la justicia.
Ni los inspectores más veteranos recordaban un ladrón tan feliz de ser detenido. El tipo, aterrado tras la prisión canina, se entregó encantadísimo; y el perro, colmado de orgullo, no quería soltar la presa. Costó convencerle, hasta que llegó el adiestrador, que con una orden, logró que Tristán abriera la boca. Tras escupir al ladrón, se sentó frente a la ventana, mirando devotamente al oficial, como si pidiera nuevas instrucciones. Sólo le faltó hacer el saludo militar.
Menuda suerte han tenido ustedes con este perro, dijo el policía, dándole una palmada cariñosa a Tristán. Nos vendría de perlas así en la comisaría
Álvaro llegó muy tarde esa noche. Al entrar, se quedó de piedra. Motivos no le faltaban: Tristán tumbado en el sofá, cosa prohibidísima y jamás tolerada, y encima despatarrado en una postura tan descarada como cómoda, mientras Isabel le rascaba el vientre y le susurraba: Mi alegría, mi pollito, mi potrillo pequeño ¡Crece sano, para alegría de papá y mamá! Y qué injusta he sido contigo Perdóname, anda
Esta historia la escuché directamente de Álvaro en una jornada cultural en Cuenca. Seguro que Tristán la contaría aún mejor: cómo acechó, cómo atrapó, cómo entregó al ladrón. Han pasado años, pero nunca la olvido. A veces noto como si Tristán me rozara el alma con su pata, pidiéndome que la escriba. Y así lo hago.
He aprendido que lo importante no es buscar defectos en quienes nos rodean, sino confiar en que el cariño y la lealtad acaban saliendo a la luz justo cuando más se les necesita. Y eso es, al final, el verdadero tesoro de esta vida.







