¿Otra vez llegas tarde del trabajo? gruñó él, poniendo todo su arte dramático en una sola frase. Ni le dejó quitarse los zapatos, mojados por el chaparrón repentino. Ya lo he pillado todo.
Pilar se quedó clavada junto a la puerta, aún aferrando el pomo helado. El piso olía a cebolla frita y a rencor recalentado, esa mezcla aromática que llevaba persiguiéndola tres semanas, empapando cortinas, ropa y hasta el alma. Inspiró hondo para calmar el tembleque en las manos, y se giró.
Javier se apoyaba en el marco de la cocina, con los brazos cruzados. Bata abierta, camiseta desgastada debajo. Ese rostro que conocía desde hace veinte años ahora parecía una caricatura ajena, deformada por el desprecio.
Javi, que el metro iba fatal inició, tropezando con esa excusa más vieja que el hilo negro. Parecía que hablaba embutida en algodones. Llovía, se ha liado en la M-30
¡Basta! soltó él, soltando un manotazo a la pared que hizo temblar hasta los azulejos. ¡No me tomes por idiota, Pilar! ¿Atascos? ¿A las nueve de la noche, yendo hacia las afueras?
Avanzó sin piedad, y ella reculó hasta clavarse en el perchero. El abrigo empapado le pegaba en la espalda, fresco como el abrazo de una suegra cariñosa.
He llamado a tu curro iba marcando cada palabra. A las seis y cuarto. El portero juró que te habías marchado a las cinco. ¿Dónde narices has estado tres horas y pico?
Sintió que el estómago se le helaba un poco más. Lo de mentir nunca se le había dado mal… en cosas pequeñas, porque total, para qué poner más leña al fuego. Pero esto era otra liga, una mentira negra, monstruosa, que pedía sangre a cambio.
Fui a la farmacia Luego pasé por casa de mamá. Tenía que dejarle unas medicinas bajó la mirada, trasteando con la cremallera del botín como si le fuera la vida en ello. Se le resistía, claro.
¿A mamá? Javier soltó una risita fea. He llamado hace media hora. Dice que no te ve hace una semana.
El silencio de la entrada daba ganas de ponerse tapones en los oídos. Pilar se estiró, sabiendo que estaba acorralada. Qué agotamiento. Sacrilegio, ¡qué hartazgo! Cada noche era una yincana de minas. Una llamada y le entraba taquicardia.
¿Te has liado con alguien, no? La voz de Javier se hizo de pronto suave, y eso daba más miedo todavía. ¿Tienes un rollito? ¿Algún compañero joven? ¿El “amigo del mes” de quien tanto hablabas?
La tenía a tiro. Olía a tabaco; había vuelto a fumar, a pesar del infarto de su padre, y las promesas de dejarlo por salud.
No hay nadie, Javier. Créeme, por favor.
¿Creer? La sacudió por los hombros. ¡Mírate! Has perdido diez kilos, saltas con cualquier ruído, le pusiste clave al móvil, no me miras ni a los ojos Como una mujer que se lía y teme que la pillen. Pero, ¿sabes qué es lo que más me repatea?
Las lágrimas le pinchaban, pero resistía.
Lo peor siguió él, con amargura es que ni siquiera intentas cuidar esta familia. Entrar aquí te da urticaria, te da igual todo: yo, la casa… Eres sólo media sombra.
No es eso susurró. Te quiero. Lo hago por nosotros. Por la familia.
¿Por la familia te acuestas con otros? escupió él.
¡No te atrevas! gritó de repente. ¡No digas eso! ¡No sabes nada!
En ese instante, la puerta del cuarto de al lado chirrió. Entreabierta, dejó ver la cara pálida y demacrada de Sergio. Su hijo, diecinueve años y cara de zombi: ojeras, labios mordidos, ojos huidizos.
Mamá, papá… por favor, no gritéis balbuceó, voz quebradísima.
Javier bufó, encarado al hijo:
¡A tu cuarto! ¡No te metas! Esto es cosa de adultos. ¿O tú también sabes dónde anda tu madre cada noche?
Sergio pegó un respingo, miró a su madre, cerró la puerta de golpe. Cerradura echada.
Javier regresó a su presa. Había en su mirada una decisión glacial.
Te doy la última oportunidad, Pilar. Ahora mismo: la verdad. ¿Quién es?
Pilar cerró los ojos. Se le vino a la mente, tenaz, la imagen que no la dejaba dormir desde hacía tres semanas. Un asfalto mojado. Luces recortando la silueta de una niña con anorak rosa. Un golpe sordo. Un frenazo, y después los gritos de su propio hijo, aquel sábado maldito.
Mamá, no quería, ha salido corriendo, mamá, no avises a la poli, que me meten preso, me destrozan la vida, ¡papá no me lo perdona, mamá, sálvame!
Y lo salvó. O eso quiso creer.
No hay nadie, Javier respondió, firme, volviendo a abrir los ojos. Estoy agotada. Han recortado gente en el trabajo, y no sabía cómo contártelo sin preocuparte.
Javier la escudriñó largo rato antes de apartar sus dedos con asco.
Mientes sentenció. Con todo el morro. Encontré un recibo en el abrigo, ayer. Del Monte de Piedad. Tu pulsera de oro, la que te regalé en el aniversario.
El suelo pareció querer tragarla. El infame resguardo. Se le había olvidado entre el pánico y las prisas, sumando junto para la siguiente entrega…
¿Le das dinero al amante? Javier remató, amargo. ¿O es un vividor, y tú, su heroína?
Es para para un tratamiento improvisó, desesperada. Una compañera tiene cáncer. Estamos recaudando
¿En el empeño? la cortó él. Pilar, lárgate.
¿Cómo?
Haz la maleta y vete. A casa de tu madre, de una amiga, del demonio. No quiero verte esta noche. Necesito pensar si pido el divorcio, o si espero a que te dignes a decir la verdad.
Pero… Javi, es de noche musitó.
¡Largo! bramó, haciendo vibrar la vajilla en el armario.
Entendió que era el final. Si se quedaba, él seguiría machacando, y ella terminaría rompiéndose. O, peor, Sergio, desde su exilio tras la puerta, acabaría cruzando, y ya no quedaría ni rastro de lo que había intentado proteger estas tres semanas.
Sin quitarse el abrigo, cogió el bolso (donde guardaba no dinero, sino un sobre con fotos que le dieron esa tarde) y salió al rellano.
La puerta retumbó detrás, sellando el destino. Pilar se encontró sola en la escalera. El móvil vibró. Un mensaje, no de Javier.
Mañana es el último día. Si no tienes toda la pasta, me planto en comisaría. Dile a tu hijo que le mando recuerdos.
Deslizó la espalda hasta el suelo, tapándose la boca para no montar un drama comunitario.
Fuera, caía una nevada épica. Pilar vagó sin mirar por el paseo de la Castellana, incapaz de decidir rumbo. Ni a casa de su madre (que Javier llamaría), ni a amigas (demasiadas preguntas). Sólo quedaba el 24 horas de la estación de Atocha, donde el café no sabía a nada, pero al menos era barato.
Sentada en una esquina pegajosa, pidió té y sacó el móvil. En la pantalla, una foto familiar de hace un año. Felices, bronceados en Mallorca. Sergio sonriendo, abrazando a su padre. Javier mirándola enamorado.
Qué easy es romperlo todo en un pestañeo.
Recordó aquel anochecer: Sergio cogió el BMW de Javier a escondidas, para dar una vuelta a una chica. No tenía carné, solo tablas de conducir en la casa de campo. Javier de guardia; Sergio volvió en una hora, lívido y temblando, con el faro hecho trizas.
Se acurrucó a sus pies y sollozó: había sido un pueblo a las afueras, que la niña salió de detrás de un bus, que había pánico, que huyó. Pilar decidió al instante, arrasada por el instinto. Sabía cómo era Javier, tan de principios que a veces dolía. Médico de urgencias, de los que creen en cumplir con la ley aunque sea su propio hijo. Hay que afrontar las cosas, su máxima vital.
Ella escondió el coche, juró silencio a Sergio. Al día siguiente encontró al padre de la niña.
Luis.
Le localizó a través de una amiga del centro de salud, mintiéndole con lo de queremos ayudar, fuimos testigos. Fui a su piso de barrio viejo, viso pobreza y pérdida. Luis estaba en la cocina, bebiendo aguardiente y mirando una foto de la hija.
No pudo mentirle mucho: acabó confesando. Que fue Sergio, que era joven, que haría cualquier cosa con tal de salvarle la vida.
Luis no gritó, ni le pegó. Sólo le puso precio: un dineral. Para la lápida dijo. Y para largarme de aquí y olvidarlo todo. También exigió verlos sufrir. Que viviesen con miedo hasta pagar.
Y ahora, Pilar en el bar, con la pulsera empeñada, el abrigo vendido, deudas en todos los bancos, y aun así, el dinero no llegaba.
A la mañana siguiente ni fue al trabajo. Se hizo la enferma. Debía encontrar veinte mil euros más antes del atardecer.
Esa jornada fue una ruta frenética: préstamos, vendió su portátil en el Cash Converters, le soltó a una ex del colegio el cuento de una operación urgente. Al final de la tarde reunió la pasta: un sobre mullido de billetes sospechosamente manoseados.
Intentó llamar a Javier, pero colgó. Le escribió a Sergio: Todo irá bien. Aguanta. Papá no sabrá nada. No respondió.
Fue a la casa de Luis, en Vallecas, una de esas de fachada desconchada y bombillas a punto de explotar. Subió al tercero. La puerta, entreabierta: él la esperaba.
Todo patas arriba, maletas hechas: Luis iba a largarse. La botella abierta. Luis tenía peor cara aún, ojos rojos, perilla selvática, manos que no paraban quietas.
¿La tienes? roncó, sin saludar.
Sí. Pilar puso el sobre sobre la mesa. Aquí está. Lo acordado. Retiras tu denuncia o, bueno, no das datos nuevos. Y te vas.
Luis pesó el sobre, se rio sin gracia.
¿Crees que el agujero en el alma se tapona con billetes?
No pienso nada susurró. Sólo quiero salvar a mi hijo. Lo prometiste.
¿Prometí…? Arrojó el sobre al suelo. Pues me lo he pensado mejor.
A Pilar le dio un tirón el corazón.
¿Cómo que?
Es poco avanzó hacia ella, con aliento a anís barato. Vi a tu marido ayer con el coche. Carro bueno. No estáis tan mal, pero me traes limosnas.
No entiendes, él no sabe nada. El coche es nuestro único lujo, vivimos a mesa puesta.
¡Pues que se entere! gritó. ¡Que vea qué pedazo de joya de hijo tiene! La mía bajo tierra y el tuyo zampando croquetas en casa.
Por favor suplicó Pilar juntando las manos. Te encontraré más. Vendo el coche. Lo que sea, pero dame tiempo.
No hay tiempo rugió él, sujetándola por el brazo. Llama ahora mismo a tu marido. Que traiga cincuenta mil más o llamo a la policía.
En esto, pasos pesados en el pasillo. La puerta, mal cerrada, se abrió de golpe.
En el marco apareció Javier. Blanco como la pared. En la mano, su móvil, con la app de geolocalización brillando como prueba del crimen.
Lo sabía murmuró, mirando esa escena digna de culebrón malo. Ubicación familiar. Ni eso supiste apagar, lista.
Miró a Luis, luego al sobre sobre la mesa.
Bueno le temblaba la voz entre rabia y destrucción. ¿Cuánto cobra mi mujer por una noche?
Pilar se desasió.
Javier, no es…
¡Cállate! bramó. He visto cómo entrabas en este nido de ratas. Pensé que al menos tenías gusto. Que sería un jefe, un compañero ¿Y ésto?
Luis rompió en carcajadas, pero de esas que hielan la sangre por dentro.
¿Amante? ¿De verdad? graznó. ¿Tú crees que me la tiro?
¡Cállate! Pilar intentó taparle la boca, desesperada. Javier, vámonos, te lo explico en casa.
Javier la apartó, frío.
No. Quiero escuchar. Ya que estoy aquí.
Luis se limpió la boca con el dorso de la mano, mirándole con lástima torcida.
¿Eres corto o qué, tío? Tu mujer no se acuesta conmigo. Me paga.
¿Cómo? frunció Javier el ceño.
Quiere comprar tu tranquilidad Luis acercó una foto con lazo negro a Javier. Mira. ¿Te suena?
Javier la cogió. La miró. Sus ojos se agrandaron.
Es le tembló la voz. ¿La niña? ¿La del telediario? Hace tres semanas. Atropello en Leganés. Conductor fugado.
Bingo Luis sonrió como quien remata una venganza. Ahora pregunta a tu santa esposa quién conducía. Y de quién era el coche.
El silencio se hizo tan denso que reventaba tímpanos. Javier miró a Pilar, horrorizado, como si al fin la viera de verdad.
¿Pilar? El coche estaba en el garaje. Dijiste que la batería se había muerto y te llevaste las llaves…
Pilar cayó de rodillas.
Perdóname lloró. Ha sido Sergio. Cogió las llaves… Fue un accidente, Javier, ¡es nuestro hijo!
Javier no gritó. Ni se movió. Se limitó a contemplarla allí, en el suelo, a su esposa, arrastrándose ante un desconocido, y a ese desconocido, disfrutando su pequeño show macabro.
Pómulos hundidos, mirada de hospital. Por primera vez, la muerte entraba en su casa.
¿Sergio? preguntó, voz de ultratumba. ¿Mi hijo mató a una niña?
¡No la mató! chilló Pilar. ¡Fue un accidente! ¡No lo hizo a propósito!
Huyó intervino Luis, seco. La dejó tirada en el paso de cebra. La ambulancia tardó quince minutos. Si hubiera parado, si hubiera llamado A lo mejor seguía viva.
Javier se tambaleó hasta apoyarse en el marco de la puerta.
¿Y tú lo sabías? miró a Pilar como a una alimaña. Tres semanas sabiéndolo.
¡Quería protegerle! lloriqueó. ¡Soy su madre! Javier, le hubieran metido en la cárcel. Solo quería comprar tiempo, arreglarlo…
¿Comprar? miró el sobre. ¿La vida de una niña por veinte mil euros? ¿Eso vale?
Di todo lo que me pidió replicó Luis. Solo quiero que sufra. Y que pague. Nada de dinero. Quiero cárcel.
Javier cogió el sobre, lo pesó, y se lo tiró a Luis. Los billetes revolotearon por el suelo sucio como confeti fúnebre.
Quédate tu pacto maldito dijo bajo. La conciencia no se paga.
Agarró a Pilar del codo y la levantó.
Vámonos.
Javier, por favor… apenas le salían las palabras. Hay solución, es nuestro hijo
Basta sentenció. Calla y camina hasta casa. Te advierto, no me fío de mí mismo si sigues hablando.
Salieron bajo la mirada envenenada de Luis.
El viaje en coche fue un calvario silencioso. Javier conducía bordeando el límite legal y emocional. Pilar se pegó a la puerta, muda, viendo cómo blanqueaban los nudillos de su marido al volante.
Ya en casa, Sergio, sentado ante un té intacto, saltó al verles. Pudo haber gritado ¡Se ha hecho la luz! pero sólo tartamudeó:
¿Habéis hecho las paces?
Javier fue directo:
Vístete.
¿A dónde vamos? preguntó Sergio, aterrorizado. Pilar, apoyada en la pared, lloraba en silencio.
A la comisaría.
A Sergio se le fueron las piernas.
¡No! ¡Papá, mamá dijo que lo arreglaba! ¡Por favor!
¿Lo arreglaba? Javier rió sin pizca de humor. Mamá te regaló un billete al infierno, hijo. Has vivido tres semanas sabiendo lo que hiciste, ¿y seguías aquí, jugando a la Play?
¡No duermo! gritó Sergio, desmoronado. ¡La veo cada noche! Papá, tengo miedo.
¿Miedo? sujetando del pecho a su hijo. ¿No tendría miedo esa niña, muriendo sola en la calle? ¿Ni su padre, viviendo entre fotos muertas?
¡Por favor, basta! Pilar intentó meterse.
¡No es un niño ya! bramó Javier, apartándola. Es un adulto, cometió un delito y te usó de escudo. Y tú miró a Pilar, derrotado. Tú me has traicionado. No por acostarte con nadie, sino por hacerme un idiota, creyendo que podría con menos verdad. Has puesto precio a la dignidad de esta casa.
Tenía miedo de que tú lo entregaras sollozó Pilar.
Lo hubiera hecho admitió Javier. Pero a su lado, luchando. Habríamos peleado juntos, buscado abogados. Mirado a la gente a la cara. Ahora somos una familia de cobardes.
Sergio se escurrió al suelo, retorciéndose. Solo se oían los gimoteos.
Javier se agachó junto a él:
Mírame, Sergio.
El chico lo hizo, los ojos hinchados.
Si no vamos ahora, no serás nunca un hombre. Esto te va a pudrir. ¿Quieres vivir siempre saltando cuando oigas una sirena? ¿Vigilando la puerta, esperando al justiciero?
Sergio negó con la cabeza, con un temblor resignado.
No puedo más, papá De verdad.
Pues venga. Yo iré contigo. No te dejaré. Pero hay que asumirlo.
Sergio se incorporó, se secó la cara, bufó aire. Por primera vez había algo de decisión madura en su cara.
Vamos dijo.
Javier asintió y se volvió hacia Pilar.
Tú te quedas.
¡Quiero ir! Pilar cogió el abrigo.
No la paró activando el dedo índice rotundo. Ya hiciste tu parte: intentar comprar su alma. Ahora me toca intentar salvarla.
¿Me perdonarás? preguntó ella entre dientes, intuyendo la respuesta.
Él la miró largo rato, como queriendo memorizar los rasgos de la mujer de su vida.
Perdonaría una infidelidad, Pilar. Somos humanos, pasa. Pero esto… Me mentiste a la cara, me viste irme consumiendo y te quedaste callada. Preferiste salvarle pisoteando la verdad y nuestra dignidad.
Dejó pasar a Sergio, abrió la puerta y:
No sé si podré dormir a tu lado sabiendo hasta dónde eres capaz de llegar.
Portazo.
Pilar se quedó sola, sumida en un silencio asfixiante. En el suelo de la entrada, el resguardo del empeño, caído del abrigo de Javier.
Se asomó al balcón. Abajo, bajo la farola y entre la nieve, dos figuras una ancha, una encogida caminaban hasta el coche, sin tocarse pero al mismo ritmo.
Apoyó la frente en el cristal, helada. La verdad había salido a la luz. Más terrorífica que cualquier celotipia. No sólo arrasó el pasado, sino que volatilizó el futuro. Pero ahí abajo, padre e hijo iban a pelear, siquiera, por un presente decente.
Pilar al fin lloró. No por miedo: por entender, dolorosamente, que hay errores que ni el mejor abogado del mundo puede recurrir.







