— ¡Otra vez está relamiéndose! ¡Maxi, quita al perro de en medio! Nuria contemplaba con fastidio a Teo, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo se les ocurrió acabar con un chucho tan desastre? Se lo pensaron tanto, mirando razas, consultando con adiestradores. Comprendían la responsabilidad. Al final, decidieron traer un pastor alemán, para tener un amigo fiel, un buen guardián y un defensor del hogar. Como un champú de esos: todo en uno. Solo que a este supuesto protector había que salvarlo hasta de los gatos… — Que es muy cachorro aún, espera a que crezca y verás. — Ya. Estoy deseando ver cuándo ese caballo termina de crecer. ¿Has notado que come más que nosotros? ¿Cómo vamos a mantenerlo? ¡Y no pises tan fuerte, burro, que vas a despertar a la niña! — rezongaba Nuria mientras recogía los zapatos desperdigados por Teo. Vivían en el Paseo de la Castellana, en un bajo de un señor edificio antiguo, con ventanas bajas, casi pegadas al asfalto. Era buen sitio, si no fuera por una pega: las ventanas daban a un rincón muerto del patio, donde por las noches se movían sombras, se reunían algunos para beber y, a veces, había broncas. Nuria pasaba casi todo el día sola en casa, con la recién llegada Lucía. Maxi se iba temprano a trabajar al Museo del Prado y, en su tiempo libre, recorría el Rastro y las tiendas de libros de viejo. Su ojo de historiador del arte –el mejor, decía Nuria bromeando– encontraba tesoros insospechados: cuadros, libros raros, cacharros antiguos. Maxi era un apasionado coleccionista. Sin darse cuenta, habían llenado el piso de pinturas, porcelanas españolas de los años sesenta, figuritas de realismo social y cubertería de plata. A Nuria le inquietaba quedarse sola tantas horas con ese tesoro y una niña pequeña, y los robos no eran raros en la finca. — Nuria, ¿cuándo crees que es mejor sacar a Teo a pasear, ahora o después de comer? — No sé. ¡Y la verdad es que no es asunto mío de perros! Teo, al oír el ansiado “pasear”, salió disparado al recibidor, casi derrapando en la esquina, agarró la correa y volvió saltando hasta el techo. Un caballo, no un perro. Quiere a todos, saluda a todo el mundo, les lleva la pelota, menos a los invitados: por ahí no pasan. Un alma abierta, muy campechano, aunque lo trajeron para guarda… ¡y resulta que ni persigue a los gatos del patio! Va hacia ellos feliz, pelota en boca, pensando que va a jugar, y claro, lleva dos hostias en el morro. Los gatos del patio sí son duros, a esos habría que haberlos traído de guardianes… Mañana otra vez sola en casa. El marido se va a Aranjuez a la Feria de los Pintores, ¿y ella? ¿Guardar la porcelana y pasear con el orejudo? Por si no hubiese bastante… Al amanecer, Maxi se levantó en silencio para no despertar a su mujer. ¿Pero cómo? Nuria escuchó cómo silbaba la tetera, el tintineo de la correa, las susurrantes órdenes a Teo para que no gimoteara ni pisara fuerte. Con esos ruidos de fondo, se quedó dormida, y cuando Lucía la despertó, Maxi ya no estaba. La jornada comenzó como siempre. Una mañana tranquila, normal. ¿Acaso no es eso ser feliz? Las amigas decían: “Nuria, te has casado muy joven, tirando entre esposo y niña, metida todo el día en casa, atrapada por la rutina…” Pero, ¿no tiene la vida cotidiana su encanto? Puede que no todo saliese como soñaba: fastidiaba la falta de espacio, el dinero justo y, sobre todo, esa pasión de Maxi por coleccionar, que devoraba tantos ahorros… Ahora, el amigo de cuatro patas lo había traído él, pero quien tenía que bregar con él era Nuria. Pero sabía que a los que uno quiere hay que quererlos enteros, con sus virtudes y defectos. Nadie promete la perfección. Cuando comprendió esa simple verdad, se tranquilizó y decidió disfrutar de lo que tenía, en vez de llorar por lo que faltaba. Sentada en la habitación de la niña, daba el pecho a Lucía, que siempre se dormía mamando y tocaba esperar a que despertara para seguir. Sonó el timbre, pero Nuria no acudió. No esperaba a nadie y, sin aviso, nadie cruza Madrid para visitarla. Eran sus preciadas horas matutinas, cómo las disfrutaba. En casa solo sonaba el tictac del reloj antiguo y, por la ventana, el rumor de la ciudad: el trolebús, los coches, la escoba del barrendero, voces infantiles… ¿Y el orejudo? ¿Hace rato que no aparece? Claro que de orejudo nada, las tiene bien tiesas, solo que de carácter era un poco zoquete. Ahora a vivir con él, a darle de comer, sacarle, y para nada. ¿No habría acertado más con un bichón? Nuria se quedó embobada mirando a Lucía, que tras mamar se había soltado del pecho como una sanguijuela saciada. ¡Qué niña les había salido! Mi tesoro, susurraba, acostándola. Crece, hija… ¿qué más necesitamos? En ese momento, un ruido extraño le llegó desde el salón. Como un crujido, como un chasquido. Se quedó quieta. El ruido se repitió. Sin respirar, se descalzó y fue resbalando en silencio al salón. Lo primero que le inquietó fue la espalda de Teo. Estaba como escondido tras la cortina que separaba la entrada del salón. Agazapado sobre las cuatro patas, en postura tensa, con la lengua fuera, observaba el fondo de la habitación. Nuria siguió la dirección de la mirada y se le heló la sangre: en la ventana, o más bien en la ventanilla, asomaba medio hombre. Una cabeza rapada y patibularia, brazos y hombros dentro del cuarto, y el tipo forcejeando para empujar su cuerpo flaco hacia el interior. Nuria no podía creerlo. ¡Eso no le estaba pasando a ella! ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¡El tipo casi dentro! Un segundo, y… Un alarido la sobresaltó. Una sombra negra saltó hacia la ventana y solo entonces comprendió que era Teo. De un salto subió al alféizar y se lanzó al cuello del ladrón. —¡Aaaay!— chilló el hombre con voz ronca, desorbitado, a punto de caérsele los ojos. Nuria corrió al descansillo a pedir ayuda a los vecinos, y a partir de ahí, el miedo pasó. Acudió todo el mundo, llamaron a la policía. Todos querían ayudar, aunque poco podían hacer: su compañía era lo mejor. ¿Qué habría hecho ella sola? Al volver a mirar al intruso, temió que Teo acabara por morderle de verdad en la garganta. ¡Solo faltaba eso! Pero Teo, tan listo, le había mordido por el cuello de la camisa, sujetándole fuerte pero sin hacerle sangre. Solo apretaba si el hombre forcejeaba, en cuanto se calmaba, el perro aflojaba. ¿Cómo lo sabía? Ese tontorrón de la pelota actuaba como un profesional. Oyó el ruido, fue a mirar y ni ladró. ¿Por qué? Lo natural sería ladrar. Pero prefirió esconderse y esperar. Dejó que el ladrón entrara justo hasta atascarse, así no podría escapar y entonces saltó encima y le sujetó como un experto: sin herir, sin ahogar. Lo suyo era detener, lo demás, que lo resolviera la justicia. Ni los policías más veteranos recordaban ver a un ladrón tan feliz de dejarse detener. El tipo lo había pasado tan mal con Teo que se rindió enseguida, pero el perro se resistía a dejar su trofeo. Tan metido estaba en su papel y tan orgulloso estaba, que hubo que convencerle hasta que llegó el entrenador de la policía. Dio una orden y Teo soltó inmediatamente. Escupido el ladrón, el perro se sentó ante la ventana y miró al agente como diciendo: “A sus órdenes, señor”. Solo le faltó hacer el saludo. — Qué suerte tienes con este perro, —dijo el agente, dándole unas palmaditas—. Uno así nos vendría bien en la patrulla… Esa noche Maxi llegó muy tarde. Abrió la puerta con sigilo y se quedó pasmado en el umbral. Y tenía motivos. Primero: Teo estaba tumbado en el sofá, absolutamente prohibido. Segundo: estirado de espaldas, pata arriba, en la postura más desvergonzada y relajada, mientras Nuria le rascaba la barriga y lo mimaba, casi dándole besos, diciendo: “¡Ay, mi alegría, polluelito, caballito mío! Crece y disfruta, que nos das a papá y a mamá muchas alegrías. ¡Qué mala fui contigo, no te lo merecías, no te enfades conmigo!” Esta historia me la contó un día en Aranjuez el verdadero protagonista: Maxi, el historiador del arte. Teo lo habría contado aún mejor: cómo acechó, cómo atrapó, cómo entregó al ladrón a la policía. De esto hace ya años, pero la historia sigue viva, siento a Teo rascar la puerta pidiendo salir, así que he querido compartirla con vosotros…

¡Otra vez se está lamiendo! ¡Javier, quita al perro!
Lucía miraba, frustrada, a Trufo, que saltaba a sus pies sin entender nada. ¿Cómo habían acabado con un trasto así? Se lo habían pensado tanto, buscando la raza perfecta, preguntando a adiestradores y sabían bien la responsabilidad que era. Al final se decidieron por un pastor alemán, buscando un amigo fiel, un guardián y un defensor. Como un champú, tres en uno. ¡Pero si hasta al guardián hay que protegerle de los gatos!
Que sí, mujer, que todavía es un cachorro. Ya verás cuando crezca.
Sí, sí Estoy deseando ver a este caballo hecho y derecho. ¿Te has dado cuenta de que come más que nosotros dos juntos? ¿Cómo vamos a alimentarlo? Y no hagas tanto ruido, zoquete, que vas a despertar a la niña refunfuñaba Lucía, mientras recogía los zapatos que Trufo había desparramado por la entrada.

Vivían en el Paseo de la Castellana, en un bajo grande de edificio antiguo, de esos de ventanas casi pegadas al asfalto. El sitio era genial, salvo un pequeño pero. Las ventanas daban a un rincón muerto del patio, donde por las noches había sombras, se reunían hombres a charlar y no pocas veces acababan a tortas.

Lucía pasaba casi todo el día sola en casa, con la bebé recién nacida, Estrella. Javier salía por la mañana hacia el Museo del Prado, y en sus ratos libres se perdía en rastros y mercadillos de libros. Tenía ese ojo de experto, lo llamaba Lucía medio en broma: ojo clínico para detectar obras de arte, libros raros y objetos singulares. Al final, en casa había ya una buena colección de cuadros, y en el aparador del sesenta lucían platos de cerámica de Talavera, figuritas del realismo social y cubertería de plata de principios de siglo Lucía se sentía inquieta, sola con tanto valor entre manos y la niña, porque los robos en la finca no eran raros.

Lucía, ¿tú qué opinas, sacamos a Trufo ahora o después de comer?
Ni idea. Y, francamente, no es asunto mío, ni canino ni humano.

Apenas oyó la palabra mágica paseo, Trufo salió disparado al recibidor, derrapó en la esquina, agarró la correa y volvió saltando hasta el techo. Vamos, un caballo más que perro. Es que quería a todo el mundo, se restregaba con cualquiera, traía la pelota a quien llegara, salvo a los invitados sólo los dejaba en la puerta. Un alma abierta, pero lo querían para guardar la casa, no para repartir abrazos. Ni siquiera perseguía a los gatos del patio. Al revés, iba con la pelota tan contento, como diciendo: venga, que quiero jugar. Y, claro, le cayeron unos cuantos zarpazos. Los gatos del patio sí que son listos, esos sí son los que habría que traer para protegerse… Ahora, otro día entera sola. Javier se marchaba a Aranjuez a una fiesta de pintura, ¿y ella qué? ¿Vigilar la vajilla y pasear al tragón este? Mira que hay que tener pocas preocupaciones

A la madrugada, Javier se levantó de puntillas, sin querer molestar. Pero, claro, Lucía oyó el hervidor en la cocina, el sonido de la correa y los chistidos de Javier para que Trufo no ladrara ni pisara fuerte. Con esos sonidos suaves se durmió otra vez, y cuando la despertó la niña, Javier ya no estaba. El día empezó como siempre. Un día sencillo, tranquilo. ¿No es eso la felicidad? Las amigas suspiraban: ay, Lucía, tan joven casada, con marido y niña, el día entero metida en casa, la rutina te ha devorado Pero, ¿acaso la rutina no tiene encanto? Vale, no salió todo redondo: le pesaba la ausencia frecuente de Javier, el poco espacio, el dinero que nunca llega. Y, sobre todo, esa manía suya que se lleva gran parte del sueldo Ahora había traído un amigo orejudo, y a Lucía le tocaba lidiar con él. Pero tenía claro que a los que quieres hay que quererlos con sus manías. Nadie te promete perfección. Cuando lo aceptas, encuentras paz, y deciden disfrutar lo que tienes, no frustrarte por lo que falta.

Allí estaba, sentada en el cuarto de la niña, dándole el pecho, esperando a que se despertara y volviera a mamar después de dormirse encima. Tocaron el timbre, pero Lucía ni abrió. No esperaba a nadie, y cruzar Madrid porque sí, a nadie se le ocurre. Ese rato tranquilo de la mañana, ¡cómo lo disfrutaba! Todo en silencio, sólo el tic-tac del reloj antiguo y, desde la ventana, el sonido de la ciudad: el zumbido de los autobuses, el rumor de los coches, las escobas barriendo, las voces de los niños ¿Y el orejudo, dónde estaba? Llevaba rato sin aparecer, raro en él. Bueno, de orejudo, nada: las tiene bien tiesas. Sólo que de carácter en fin, un lila. Pues mira, ahora toca vivir con él, alimentarlo, sacarlo y, de utilidad cero. Mejor haberse quedado con un bichón maltés.

Se puso a contemplar a Estrella, que al terminar de mamar se le quedó dormida coo una sanguijuela. ¡Qué niña tan preciosa! Mi tesoro, susurraba Lucía, acostándola. Crece, pequeña ¿qué más puede pedir una madre?

Y en ese momento, del salón llegó un sonido raro. Un crujido, o un chillido. Lucía aguzó el oído. De nuevo, crujido. Se quitó las zapatillas y caminó de puntillas. Lo primero que le chocó fue la posición de Trufo: estaba como encogido, escondido tras la cortina que separaba el recibidor del salón, en tensión, la lengua fuera, mirando fijo al fondo de la habitación. Lucía siguió su mirada y se quedó helada: de la ventana, más bien de la ventanilla, asomaba medio hombre. Una calva a lo matón, brazos y hombros dentro, peleándose para entrar del todo. Lucía no podía creer lo que veía. ¡No puede ser! ¿Qué hago? ¿Gritar? Pero el tipo ya casi estaba dentro. Un segundo, y

Un grito la hizo reaccionar. Una sombra negra voló hasta la ventanatardó en reconocer que era Trufo, saltó al alféizar y se lanzó al cuello del ladrón. ¡Aaaah! bramó el hombre con voz ronca, ojo saltón de pánico. Lucía salió al rellano y pidió ayuda a los vecinos, y a partir de ahí dejó de tener tanto miedo. Empezó a llegar gente, llamaron a la policía. Todos querían ayudar, aunque no pudieran hacer mucho, pero tenerles allí era una bendición. ¿Qué habría hecho sola? Venciendo el miedo, se asomóno fuera a ser que Trufo le abriera el cuello al chorizo. ¡Ya sería lo que faltaba! Pero Trufo, un cielo, le había mordido el cuello de la chaqueta, ni una gota de sangre. Sólo apretaba más si el hombre intentaba moverse. Cuando el tipo se calmaba, el perro aflojaba. ¿Cómo lo sabía? El tonto del balón actuó como un auténtico profesional. No ladró ni armó escándalo: montó guardia, esperó su momento y, cuando el ladrón estaba bien encajado a medias, atacó y le sujetó sin hacerle daño. Lo que toca es retener, y que la justicia decida.

Ni los policías más veteranos habían visto a un ladrón tan contento de dejarse atrapar. Le temblaban las piernas del susto, mientras el perro seguía con el papelón. Estaba tan orgulloso de su presa que costó convencerle para que soltara el cuello hasta que llegó el agente de la unidad canina. Dio la orden, Trufo soltó al ladrón, se sentó junto a la ventana y lo miró como pidiendo instrucciones. Sólo le faltó cuadrarse.

Qué suerte con el perro el agente sonrió y acarició a Trufo. Uno así nos vendría de perlas en el cuerpo

Javier volvió tarde esa noche. Abrió la puerta despacio y se quedó flipando en el umbral. Y no era para menos. Primero, Trufo tumbado a lo ancho del sofá, prohibidísimo y jamás consentido. Segundo, patas arriba, Lucía rascándole la barriga, mimándolo y casi besándole el hocico: Eres mi alegría, campeón, mi potrillo. ¡Crece y sé feliz! ¡A dar alegrías a papá y mamá! ¡Y yo que era injusta contigo, perdóname

Esta historia me la contó en una fiesta de pintura en Aranjuez el propio Javier, el experto en arte. Trufo la contaría mejor aún: cómo acechó, cómo atrapó y cómo entregó al ladrón a la policía. Hace ya años, pero la historia sigue viva. Siento a Trufo rascando la puerta de mi memoria, y hoy me animé a compartirla contigo.

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MagistrUm
— ¡Otra vez está relamiéndose! ¡Maxi, quita al perro de en medio! Nuria contemplaba con fastidio a Teo, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo se les ocurrió acabar con un chucho tan desastre? Se lo pensaron tanto, mirando razas, consultando con adiestradores. Comprendían la responsabilidad. Al final, decidieron traer un pastor alemán, para tener un amigo fiel, un buen guardián y un defensor del hogar. Como un champú de esos: todo en uno. Solo que a este supuesto protector había que salvarlo hasta de los gatos… — Que es muy cachorro aún, espera a que crezca y verás. — Ya. Estoy deseando ver cuándo ese caballo termina de crecer. ¿Has notado que come más que nosotros? ¿Cómo vamos a mantenerlo? ¡Y no pises tan fuerte, burro, que vas a despertar a la niña! — rezongaba Nuria mientras recogía los zapatos desperdigados por Teo. Vivían en el Paseo de la Castellana, en un bajo de un señor edificio antiguo, con ventanas bajas, casi pegadas al asfalto. Era buen sitio, si no fuera por una pega: las ventanas daban a un rincón muerto del patio, donde por las noches se movían sombras, se reunían algunos para beber y, a veces, había broncas. Nuria pasaba casi todo el día sola en casa, con la recién llegada Lucía. Maxi se iba temprano a trabajar al Museo del Prado y, en su tiempo libre, recorría el Rastro y las tiendas de libros de viejo. Su ojo de historiador del arte –el mejor, decía Nuria bromeando– encontraba tesoros insospechados: cuadros, libros raros, cacharros antiguos. Maxi era un apasionado coleccionista. Sin darse cuenta, habían llenado el piso de pinturas, porcelanas españolas de los años sesenta, figuritas de realismo social y cubertería de plata. A Nuria le inquietaba quedarse sola tantas horas con ese tesoro y una niña pequeña, y los robos no eran raros en la finca. — Nuria, ¿cuándo crees que es mejor sacar a Teo a pasear, ahora o después de comer? — No sé. ¡Y la verdad es que no es asunto mío de perros! Teo, al oír el ansiado “pasear”, salió disparado al recibidor, casi derrapando en la esquina, agarró la correa y volvió saltando hasta el techo. Un caballo, no un perro. Quiere a todos, saluda a todo el mundo, les lleva la pelota, menos a los invitados: por ahí no pasan. Un alma abierta, muy campechano, aunque lo trajeron para guarda… ¡y resulta que ni persigue a los gatos del patio! Va hacia ellos feliz, pelota en boca, pensando que va a jugar, y claro, lleva dos hostias en el morro. Los gatos del patio sí son duros, a esos habría que haberlos traído de guardianes… Mañana otra vez sola en casa. El marido se va a Aranjuez a la Feria de los Pintores, ¿y ella? ¿Guardar la porcelana y pasear con el orejudo? Por si no hubiese bastante… Al amanecer, Maxi se levantó en silencio para no despertar a su mujer. ¿Pero cómo? Nuria escuchó cómo silbaba la tetera, el tintineo de la correa, las susurrantes órdenes a Teo para que no gimoteara ni pisara fuerte. Con esos ruidos de fondo, se quedó dormida, y cuando Lucía la despertó, Maxi ya no estaba. La jornada comenzó como siempre. Una mañana tranquila, normal. ¿Acaso no es eso ser feliz? Las amigas decían: “Nuria, te has casado muy joven, tirando entre esposo y niña, metida todo el día en casa, atrapada por la rutina…” Pero, ¿no tiene la vida cotidiana su encanto? Puede que no todo saliese como soñaba: fastidiaba la falta de espacio, el dinero justo y, sobre todo, esa pasión de Maxi por coleccionar, que devoraba tantos ahorros… Ahora, el amigo de cuatro patas lo había traído él, pero quien tenía que bregar con él era Nuria. Pero sabía que a los que uno quiere hay que quererlos enteros, con sus virtudes y defectos. Nadie promete la perfección. Cuando comprendió esa simple verdad, se tranquilizó y decidió disfrutar de lo que tenía, en vez de llorar por lo que faltaba. Sentada en la habitación de la niña, daba el pecho a Lucía, que siempre se dormía mamando y tocaba esperar a que despertara para seguir. Sonó el timbre, pero Nuria no acudió. No esperaba a nadie y, sin aviso, nadie cruza Madrid para visitarla. Eran sus preciadas horas matutinas, cómo las disfrutaba. En casa solo sonaba el tictac del reloj antiguo y, por la ventana, el rumor de la ciudad: el trolebús, los coches, la escoba del barrendero, voces infantiles… ¿Y el orejudo? ¿Hace rato que no aparece? Claro que de orejudo nada, las tiene bien tiesas, solo que de carácter era un poco zoquete. Ahora a vivir con él, a darle de comer, sacarle, y para nada. ¿No habría acertado más con un bichón? Nuria se quedó embobada mirando a Lucía, que tras mamar se había soltado del pecho como una sanguijuela saciada. ¡Qué niña les había salido! Mi tesoro, susurraba, acostándola. Crece, hija… ¿qué más necesitamos? En ese momento, un ruido extraño le llegó desde el salón. Como un crujido, como un chasquido. Se quedó quieta. El ruido se repitió. Sin respirar, se descalzó y fue resbalando en silencio al salón. Lo primero que le inquietó fue la espalda de Teo. Estaba como escondido tras la cortina que separaba la entrada del salón. Agazapado sobre las cuatro patas, en postura tensa, con la lengua fuera, observaba el fondo de la habitación. Nuria siguió la dirección de la mirada y se le heló la sangre: en la ventana, o más bien en la ventanilla, asomaba medio hombre. Una cabeza rapada y patibularia, brazos y hombros dentro del cuarto, y el tipo forcejeando para empujar su cuerpo flaco hacia el interior. Nuria no podía creerlo. ¡Eso no le estaba pasando a ella! ¿Qué hacer? ¿Gritar? ¡El tipo casi dentro! Un segundo, y… Un alarido la sobresaltó. Una sombra negra saltó hacia la ventana y solo entonces comprendió que era Teo. De un salto subió al alféizar y se lanzó al cuello del ladrón. —¡Aaaay!— chilló el hombre con voz ronca, desorbitado, a punto de caérsele los ojos. Nuria corrió al descansillo a pedir ayuda a los vecinos, y a partir de ahí, el miedo pasó. Acudió todo el mundo, llamaron a la policía. Todos querían ayudar, aunque poco podían hacer: su compañía era lo mejor. ¿Qué habría hecho ella sola? Al volver a mirar al intruso, temió que Teo acabara por morderle de verdad en la garganta. ¡Solo faltaba eso! Pero Teo, tan listo, le había mordido por el cuello de la camisa, sujetándole fuerte pero sin hacerle sangre. Solo apretaba si el hombre forcejeaba, en cuanto se calmaba, el perro aflojaba. ¿Cómo lo sabía? Ese tontorrón de la pelota actuaba como un profesional. Oyó el ruido, fue a mirar y ni ladró. ¿Por qué? Lo natural sería ladrar. Pero prefirió esconderse y esperar. Dejó que el ladrón entrara justo hasta atascarse, así no podría escapar y entonces saltó encima y le sujetó como un experto: sin herir, sin ahogar. Lo suyo era detener, lo demás, que lo resolviera la justicia. Ni los policías más veteranos recordaban ver a un ladrón tan feliz de dejarse detener. El tipo lo había pasado tan mal con Teo que se rindió enseguida, pero el perro se resistía a dejar su trofeo. Tan metido estaba en su papel y tan orgulloso estaba, que hubo que convencerle hasta que llegó el entrenador de la policía. Dio una orden y Teo soltó inmediatamente. Escupido el ladrón, el perro se sentó ante la ventana y miró al agente como diciendo: “A sus órdenes, señor”. Solo le faltó hacer el saludo. — Qué suerte tienes con este perro, —dijo el agente, dándole unas palmaditas—. Uno así nos vendría bien en la patrulla… Esa noche Maxi llegó muy tarde. Abrió la puerta con sigilo y se quedó pasmado en el umbral. Y tenía motivos. Primero: Teo estaba tumbado en el sofá, absolutamente prohibido. Segundo: estirado de espaldas, pata arriba, en la postura más desvergonzada y relajada, mientras Nuria le rascaba la barriga y lo mimaba, casi dándole besos, diciendo: “¡Ay, mi alegría, polluelito, caballito mío! Crece y disfruta, que nos das a papá y a mamá muchas alegrías. ¡Qué mala fui contigo, no te lo merecías, no te enfades conmigo!” Esta historia me la contó un día en Aranjuez el verdadero protagonista: Maxi, el historiador del arte. Teo lo habría contado aún mejor: cómo acechó, cómo atrapó, cómo entregó al ladrón a la policía. De esto hace ya años, pero la historia sigue viva, siento a Teo rascar la puerta pidiendo salir, así que he querido compartirla con vosotros…