¡Otra vez está lamiéndose! ¡Miguel, quítale de ahí!
Inés miraba con fastidio a Tambor, que saltaba torpemente a sus pies. ¿Cómo se les ocurrió elegir a un perro tan zoquete? Habían tardado semanas decidiendo, consultando con expertos caninos, preguntando por razas. Estaba claro que era una gran responsabilidad. Al final se decantaron por un pastor alemán: un amigo fiel, guardián y protector, todo en uno. Vamos, como un gel de baño, tres en uno. Solo que su supuesto protector había que salvarlo de los gatos del barrio
Pero si es sólo un cachorro. Espera, ya verás cuando crezca.
Eso, eso, que ya estoy deseando ver en qué se convierte este caballo. ¿Te has fijado en lo que come? Come más que los dos juntos, ¿cómo vamos a mantenerle? ¡Y no hagas tanto ruido, bruto, que vas a despertar a la niña! protestaba Inés mientras recogía los zapatos que Tambor había desparramado.
Vivían en la calle Ferraz, en la planta baja de un viejo edificio madrileño, de esos con ventanas bajas casi fundidas en el asfalto. Era un lugar magnífico, si no fuera por un pequeño pero. Todas las ventanas daban a un rincón apartado del patio interior, donde por las noches se reunían sombras, se sentaban los hombres a charlar y a veces se armaban broncas.
Casi todo el día Inés estaba sola en casa, con la pequeña Carmen, recién nacida. Miguel salía temprano hacia el Museo del Prado, y en su tiempo libre recorría los mercadillos y librerías de segunda mano. Su ojo entrenado de historiador del arte ojo de lince, como decía Inés encontraba pequeñas joyas: cuadros, libros raros, objetos de otra época. Poco a poco, la casa fue llenándose de arte, platos de porcelana de la Real Fábrica del Buen Retiro, figuras del franquisismo y cubertería de plata antigua… A Inés le inquietaba quedarse sola con tantos tesoros y una niña, sobre todo porque en el edificio no era raro que hubiera algún robo.
Inés, ¿cuándo crees que deberíamos salir con Tambor? ¿Ahora o después de comer?
Ni idea. ¡Y ese no es asunto mío, que es TU perro!
Al oír la palabra mágica calle, Tambor salió disparado hacia el recibidor, resbalando en la esquina, cogió la correa y volvió dando saltos casi hasta el techo. Vamos, un potrillo, más que perro. Lame a todo el mundo, a todos les lleva la pelota, invita hasta a los gatos. Que sí, bonachón, pero se supone que lo trajeron para vigilar. Y ni persigue a los gatos. Se acerca alegre, pelota en la boca, a ver si juega. Los gatos del patio son de armas tomar; de ésos habría que fichar alguno para la seguridad… Mañana sola todo el día otra vez. Miguel se va a Aranjuez al festival Goya y ¿qué le queda a ella? Vigilar la porcelana y pasear al orejotas. Justo lo que le faltaba al día…
De madrugada, Miguel se levantó en silencio para no despertar a su mujer. Pero, ¿cómo hacerlo? Inés escuchaba el silbido de la tetera, el repiqueteo de la correa, los susurros de Miguel regañando a Tambor para que no gimiese ni pisara fuerte. Entre esos sonidos pacíficos se quedó medio dormida y, cuando Carmen la despertó, Miguel ya no estaba en casa. El día comenzó como otros tantos. Una jornada tranquila y común. ¿Acaso no es eso la felicidad? Sus amigas la compadecían: Ay, Inés, casada tan joven, volcada entre marido y niña, todo el día en la cocina, atrapada en la rutina…. Pero, ¿no es precioso lo cotidiano? Aunque no todo saliera tal y como soñó. Le cansaban las ausencias del marido, la falta de espacio, el dinero que nunca alcanzaba. Y, sobre todo, esa pasión desbordante de él en la que desaparecían tantos euros Ahora, para colmo, aquel animal grandullón y ella a cargo de pasearle. Pero entendía que hay que querer a los seres queridos tal como son: virtudes y defectos. Nadie prometió la perfección… Al comprenderlo, Inés se sintió en paz y decidió disfrutar de lo que tenía, en vez de lamentar lo que le faltaba.
Sentada en la habitación infantil, Inés daba de comer a Carmen, que siempre se dormía a mitad y había que esperar a que despertase para volver a mamar. Llamaron a la puerta, pero Inés no abrió. No esperaba a nadie, y en Madrid, nadie cruza la ciudad sin avisar primero. Disfrutaba esos minutos de la mañana: en casa sólo el tic-tac del viejo reloj y, por la ventana, el barullo madrileño: tranvías, el rugido de los coches, el barrendero rastrillando el asfalto, los gritos infantiles ¿Y Tambor? Llevaba un buen rato sin aparecer, qué raro. No es orejotas en realidad, las tiene bien puestas; sólo que, de carácter, es un poco simplón. Ahora a convivir con él, darle de comer, sacarlo y para nada. Más les habría valido un bichón.
Inés se enterneció viendo a Carmen, que después de mamar se había quedado dormidita como un lirón. ¡Quién lo diría, qué hija tan preciosa les había salido! Mi tesoro, murmuraba Inés, arropando a la niña. Crece sanita… ¿Qué más podía pedir?
De repente, un sonido extraño llegó del salón. ¿Un crujido? ¿Un chillido? Inés se quedó atenta. Se repitió el chasquido. Sin hacer ruido, se quitó las zapatillas y se deslizó hacia el salón. Lo primero que le chocó fue la espalda de Tambor. Parecía ocultarse detrás de la cortina que separaba el pasillo del salón. Agazapado, tenso como un cable, asomaba la lengua y miraba atento hacia la sala. Inés siguió su mirada y se le heló la sangre: en la ventana, mejor dicho, en la rendija, se veía medio hombre. Cabeza rapada, brazos y hombros ya dentro, y el tipo forcejeando para meter el cuerpo. ¡No podía estar ocurriéndole a ella! ¿Qué hacer? ¡¿Gritar?! El hombre estaba ya casi dentro. Un segundo más y…
Se sobresaltó por el grito. Una sombra negra voló hacia la ventana; tardó en darse cuenta: era Tambor. De un salto se plantó en el alféizar y se lanzó al cuello del ladrón. ¡Aaaaaay! bramó el hombre, los ojos como platos. Inés corrió a pedir ayuda a los vecinos. Pronto llegaron todos y llamaron a la policía. Todos ofrecían ayuda, aunque solo su presencia era consuelo. ¿Solita qué habría hecho? Al vencer el miedo, Inés se acercó al intruso para que Tambor no le hiciese daño de verdad. ¡Eso les faltaba! Pero Tambor, el muy listo, le había mordido el cuello del abrigo, fuerte pero sin hacerle una herida. Ni sangre. Si el hombre intentaba soltarse, Tambor apretaba. Si se rendía, el perro soltaba presión. ¿De dónde aprendió eso? El tontorrón de la pelota se comportó como un auténtico profesional. Al oír ruidos, fue a investigar, sin ladrar para no alertar. Se agazapó tras la cortina, dejó al ladrón atascado y saltó cuando no podía retroceder. Y, una vez pillado, apretó lo justo, sin ahogar ni dañar. Lo suyo era retenerle, lo demás, trabajo de la justicia.
Ni los policías de más años recordaban a un ladrón tan feliz de ser capturado. El hombre, aterrado entre los dientes de Tambor, se rindió sin dudar. El perro, eso sí, estaba orgulloso de su hazaña y costó separarles. Solo una orden del agente canino consiguió que Tambor soltase al ladrón. Después de escupirle, se sentó en la ventana atento al policía: ¡Mande usted, jefe!. Le faltó hacer el saludo.
Menuda suerte has tenido con el perro le dijo el agente, dándole una palmada a Tambor. Suspiró: uno así nos hacía falta a nosotros…
Miguel llegó bien entrada la noche. Abrió la puerta y se quedó de piedra en el umbral. Lo primero, Tambor tumbado en el sofá ¡prohibidísimo, jamás permitido!, y lo segundo: patas arriba, panza al aire, Inés rascándole la barriga y mimándole, casi a besos, repitiendo: Qué alegría, mi chiquitín, mi potro, crece fuerte, para alegría de papá y mamá, y yo siendo tan injusta contigo… No te enfades…
Escuché esta historia una tarde en el festival Goya. Fue el propio Miguel, el historiador, quien me la relató. Tambor seguramente la habría contado mejor: con detalles de cómo vigiló, cómo atacó, cómo entregó al ladrón a la policía. Ha pasado el tiempo desde entonces, pero la recuerdo nítidamente. Es como si Tambor me estuviera pidiendo desde algún rincón de mi memoria que la pusiera sobre el papel Y aquí la tienes.







