¿Otra vez con ella?

¿Otra vez con ella?

¿Otra vez vas con ella?

María ya conocía la respuesta antes de preguntar. David asintió sin mirarla, se puso la chaqueta y comprobó los bolsillos: llaves, móvil, cartera. Todo en su sitio. Ya podía salir.

María esperaba. Una palabra al menos. Un perdóname o vuelvo pronto. Pero David simplemente abrió la puerta y salió. El clic del cerrojo sonó suave, casi discreto, como disculpándose por su dueño.

María se acercó a la ventana. El patio de abajo, iluminado por farolas mortecinas, le permitió distinguir enseguida la silueta conocida. David caminaba rápido, decidido. Como quien sabe perfectamente adónde va. A ella. A Elena. A su hija Lucía, de siete años.

María apoyó la frente en el frío cristal.

Porque ella lo sabía. Desde el principio sabía de qué iba todo esto. Cuando se conocieron, David seguía casado, formalmente hablando. El registro civil, el piso en común, la hija. Pero ya no vivía con Elena alquilaba una habitación y solo iba por la niña.

Me engañó me dijo David entonces. No pude perdonar. He pedido el divorcio.

Y María le creyó. Por Dios, qué fácil fue creerle. Porque quería hacerlo. Porque se había enamorado, torpe y locamente, como a los diecisiete. Las citas en cafeterías, largas conversaciones por teléfono, el primer beso bajo la lluvia frente al portal. David la miraba como si fuera la única mujer del mundo.

El divorcio. La boda. El piso nuevo, los planes en común, los sueños de futuro.
Y luego empezó lo de siempre.

Al principio llamadas. David, trae medicinas para Lucía, está enferma. David, ha empezado a gotear el grifo y no sé qué hacer. David, la niña llora, quiere verte, ven ahora mismo.

Y David iba. Siempre.

María intentaba comprenderlo. La niña era sagrada, no tenía culpa de nada. Claro que debía estar cerca, ayudar, implicarse.
A veces David la escuchaba, trataba de marcar límites con la exmujer.
Pero Elena cambiaba de táctica enseguida.

No vengas el fin de semana. Lucía no quiere verte.
No la llames, la pones triste.
Ha preguntado por qué su papá nos dejó. No supe qué decirle.
Y David se desmoronaba. Siempre. Cuando intentaba negarse a otra urgencia, Elena le atacaba donde más dolía. Y a la semana, Lucía repetía las palabras de su madre: No nos quieres. Has preferido a otra. No quiero verte.

Una niña de siete años no puede inventarse eso.

David volvía de esas visitas roto, abatido, con los ojos apagados. Y otra vez corría al primer aviso, solo por no ver la mirada fría y ajena de su hija.
María lo entendía. De verdad.

Pero estaba agotada.

La figura de David desapareció tras la esquina del edificio. María se apartó de la ventana, se frotó la frente, y en la piel quedó una marca roja del cristal.
El piso vacío pesaba.

Eran casi las doce cuando oyó la llave girar en la cerradura.
María estaba en la cocina, con una taza de té ya fría en la mesa. Ni la había probado, solo miraba cómo la superficie se cubría de una película oscura. Tres horas. Tres horas esperando, escuchando cada ruido en el rellano.

David entró despacio, se quitó la chaqueta, la colgó. Pisaba con sigilo, como quien desea pasar inadvertido.

¿Y ahora qué ha pasado?

Hasta ella misma se sorprendió de lo calmado que sonó. Llevaba tres horas ensayando esa frase y al llegar la medianoche parecía no quedarle emoción alguna por dentro.
David tardó en contestar.

Se averió el calentador. Tenía que arreglarlo.

María levantó la vista. Él seguía en el marco de la puerta de la cocina, sin entrar, mirando hacia el ventanal oscuro tras ella.

Pero tú no sabes reparar calentadores.
He llamado al técnico.
¿Y tenías que esperar allí? María empujó la taza hacia adelante. ¿No podías llamarle desde aquí, por teléfono?

David frunció el ceño y cruzó los brazos. El silencio se hizo denso y pegajoso.

¿Quizá todavía la quieres?

Entonces sí la miró. Brusco, enfadado, dolido.

¿Pero qué tonterías dices? Es por Lucía, por mi hija. ¿Elena qué tiene que ver?

Avanzó hacia la cocina, y María sin querer se apartó con la silla.

Sabías, cuando empezaste conmigo, que tendría que ir por allí. Sabías que tengo hija. ¿Qué quieres ahora? ¿Vas a montar un escándalo cada vez que vaya por Lucía?

Se le hizo un nudo en la garganta. Quería responder con firmeza, pero los ojos le escocieron y la primera lágrima rodó sin remedio.

Pensaba se le quebró la voz. Pensaba que al menos fingirías quererme. Al menos aparentarlo.
María, basta ya
¡Estoy harta! el grito la sobresaltó a ella misma. ¡Harta de ser ni la segunda! ¡La tercera! Después de tu ex, después de sus caprichos, después de calentadores averiados a medianoche.

David golpeó con la palma el marco de la puerta.

¿Qué quieres de mí? ¿Que deje a mi hija? ¿Que no vaya por ella?
¡Quiero que alguna vez me elijas a mí! María se levantó de golpe, la taza tembló y el té se derramó. ¡Que digas no! ¡No a ella! ¡A Elena!
¡Estoy harto de tus dramas!

David cogió la chaqueta del perchero y salió.

¿Dónde vas?

En vez de respuesta, la puerta se cerró de un portazo.

María se quedó de pie en la cocina, el té chorreaba de la mesa al suelo y el zumbido aún sonaba en su cabeza. Cogió el móvil y marcó su número. Un tono, dos, tres. El abonado no está disponible.

Otra vez. Otra vez.

Silencio.

María se sentó despacio y apretó el móvil contra su pecho. ¿Adónde habría ido? ¿Con ella? ¿Otra vez con ella? ¿O vagaba por las calles de Madrid, enfadado y herido?
No lo sabía. Y esa incertidumbre era lo peor.

La noche se le hizo eterna.

Sentada en la cama, el móvil en la mano, veía la pantalla apagarse y encenderse. Llamar, escuchar tonos, colgar. Escribirle: ¿Dónde estás?. Otra vez: Respóndeme, por favor. Y una más: Tengo miedo. Enviar y mirar esas solitarias marcas grises bajo cada mensaje. Sin entregar. O entregado pero sin leer. Qué más daba.

A las cuatro de la mañana María dejó de llorar. Las lágrimas se le habían acabado, dejando un vacío extraño, vibrante. Se levantó, encendió la luz del dormitorio y abrió el armario.

Basta.

Ya basta.

Encontró una maleta en el altillo, polvorienta, con una etiqueta rota de un viaje antiguo. La lanzó a la cama y empezó a meter ropa. Jerséis, vaqueros, ropa interior. Sin separar, sin pensar apilaba todo dentro. Si a él le daba igual, a ella también. Que vuelva a la casa vacía. Que la busque, que llame, que mande mensajes que ella no leerá.

Que entienda lo que es.

A las seis de la mañana estaba en el recibidor. Dos maletas, el bolso cruzado y la chaqueta mal abrochada, una solapa más larga que la otra. Miró el manojo de llaves en la mano. Tenía que quitar la suya y dejarla en la mesa.

Los dedos no obedecían.

María tiraba del aro, trataba de enganchar el borde con la uña, pero la llave no salía, las manos le temblaban y los ojos volvían a humedecerse, aunque ya no sabía de dónde salían las lágrimas

¡Maldita sea!

El llavero cayó al suelo y tintineó en las baldosas. María lo observó unos segundos y luego se sentó sobre la maleta, se abrazó y rompió a llorar. Fuerte, desbordada, como cuando era niña y rompió el jarrón favorito de su madre y creyó que el mundo se acababa.
No oyó abrirse la puerta.

María

David se agachó delante de ella, allí mismo, sobre el frío azulejo del recibidor. Olía a tabaco y a madrugada.

María, perdóname. Por favor, perdóname.

Ella levantó la cara. Llena de lágrimas, hinchada, la máscara corrida en la cara. David la tomó suavemente de las manos.

He estado con mi madre. Toda la noche. Me ha dado un buen tirón de orejas sonrió torcido. Me ha puesto las ideas en orden, vaya.

María no dijo nada. Lo miraba, sin saber si creerle o no.

Voy a llevar a Elena a los tribunales. Quiero que me fijen el calendario de visitas con Lucía. Oficial, con abogados, todo como Dios manda. Y ella ya no podrá no podrá manipular así, ni poner a la niña en mi contra.

Cerró con fuerza las manos de María entre las suyas.

Te elijo a ti, María. ¿Me oyes? A ti. Tú eres mi familia.

Algo se estremeció en el pecho de María. Un brote de esperanza, necio y frágil, que había intentado arrancarse de raíz toda la noche.

¿De verdad?
De verdad.

María cerró los ojos. Esta vez le creería a David. Por última vez. Y después ya se verá.

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MagistrUm
¿Otra vez con ella?