¿Otra vez con ella?
¿Vas a ir otra vez con ella?
Celia preguntó sabiendo ya la respuesta. Alejandro asintió sin levantar la mirada. Se puso la cazadora, repasó los bolsillos llaves, móvil, cartera. Todo en orden. Podía marcharse.
Celia aguardaba. Aunque fuera una palabra. Al menos un «perdóname» o «vuelvo pronto». Pero Alejandro simplemente abrió la puerta y salió, el pestillo sonó suave, casi discreto. Como si pidiese disculpas por su dueño.
Celia se acercó a la ventana. El patio abajo estaba iluminado por los faroles y localizó fácilmente la silueta conocida. Alejandro caminaba deprisa, decidido. Como quien sabe perfectamente adónde va. A ella. A Lucía. A su hija de siete años, Sonia.
Celia apoyó la frente en el cristal frío.
…Lo sabía. Desde el principio sabía a lo que se exponía. Cuando se conocieron, Alejandro estaba aún casado. Formalmente. El libro de familia, un piso compartido, la niña. Pero ya no vivía con Lucía alquilaba una habitación, iba solo por Sonia.
«Me engañó», dijo Alejandro por entonces. «No pude perdonarla. Pedí el divorcio».
Y Celia creyó. Dios, qué fácil fue creerle. Porque quería hacerlo. Porque se había enamorado tonta, desesperada, como a los diecisiete. Citas en cafeterías, largas llamadas, el primer beso bajo la lluvia frente a su portal. Alejandro la miraba como si fuese la única mujer del mundo.
El divorcio. Su boda. El piso nuevo, las ilusiones compartidas, los planes para el futuro.
Entonces comenzó el otro capítulo.
Al principio, las llamadas: «Ale, tráele el jarabe a Sonia, está mala». «Ale, el grifo pierde agua, no sé qué hacer». «Ale, la niña llora, necesita verte, ven ya».
Y Alejandro iba. Siempre.
Celia intentó comprenderlo. Una hija es sagrada. La niña no tenía la culpa de la separación. Por supuesto, él debía estar cerca, ayudar, participar.
A veces Alejandro se lo explicaba, intentaba poner límites con la exmujer.
Pero Lucía cambiaba de táctica.
«No vengas el fin de semana. Sonia no quiere verte».
«No llames, la alteras».
«Me ha preguntado por qué su padre nos abandonó. No sé qué decirle».
Y Alejandro cedía. Cada vez que intentaba negar una urgente petición, Lucía presionaba donde más dolía. Y a la semana Sonia repetía las frases de su madre: «Ya no nos quieres. Has escogido a otra señora. No quiero verte».
Una niña de siete años no inventa esas cosas sola.
Alejandro volvía destrozado, culpable, con la mirada apagada. Y saltaba al primer mensaje de la ex por miedo, por no perder a su hija, por no verla rechazarle con esos ojos fríos y distantes.
Celia comprendía. De verdad lo comprendía.
Pero estaba exhausta.
La silueta de Alejandro se perdió tras la esquina. Celia se apartó del cristal, frotó su frente quedó una marca rojiza sobre la piel.
El piso se le hacía cada vez más pesado.
Marcaban casi las doce cuando el sonido de la llave rompió el silencio.
Celia estaba en la cocina, delante de una taza de té ya fría. Ni la había probado: observaba cómo encima se formaba una lámina oscura. Tres horas. Tres horas esperando, atenta a cada ruido tras la puerta.
Alejandro entró despacio, se quitó la cazadora, la colgó con cuidado. Caminaba como quien espera pasar desapercibido.
¿Y ahora qué ha sucedido?
Celia se sorprendió al oír su propia voz, tan calmada. Llevaba tres horas ensayando esa pregunta, y a medianoche ya ni las emociones le quedaban.
Alejandro dudó un momento.
Se ha roto el calentador. Tenía que arreglarlo.
Celia levantó la mirada despacio. Él estaba en el umbral, sin atreverse a entrar. Miraba al cristal oscuro detrás de ella.
No tienes ni idea de arreglar calentadores.
Llamé a un técnico.
¿Y tenías que esperar tú? Celia apartó la taza. ¿No podías llamar desde aquí? ¿Por teléfono?
Alejandro frunció el ceño, cruzó los brazos. El silencio era denso, desagradable.
¿Quizá aún la quieres?
Ahora sí, él la miró. De golpe, enfadado, herido.
¿Qué tonterías dices? Es solo por la niña. ¡Por Sonia! ¿Qué tiene que ver Lucía?
Entró en la cocina y Celia, involuntariamente, se apartó con la silla.
Ya sabías, cuando empezaste conmigo, que tendría que estar allí. Que tengo una hija. ¿Y ahora qué? ¿Vas a montar una escena cada vez que voy a verla?
No le salían las palabras. Celia quería responder fuerte, digna, pero sólo sintió el escozor de las lágrimas y rodó la primera por la mejilla.
Pensé… titubeó, tragando el nudo. Pensé al menos que harías como si me quisieras. Aunque fuera fingiendo.
Celia, basta ya…
¡Estoy cansada! el grito la asustó hasta a ella misma. ¡Cansada de ni siquiera ser la segunda! ¡Estoy la tercera! Después de tu ex, de sus caprichos, de cualquier cacharro roto a medianoche.
Alejandro dio un golpe seco en la puerta.
¿Y qué quieres que haga? ¿Que deje a mi hija? ¿No ir a verla?
¡Quiero que una vez me elijas a mí! Celia se levantó, la taza tembló, el té saltó a la mesa. Sólo una vez digas no. No a mí, sino a ella. A Lucía.
¡Ya no aguanto tus dramas!
Alejandro giró, cogió la cazadora del perchero.
¿A dónde vas?
En vez de respuesta, la puerta se cerró de golpe.
Celia quedó en mitad de la cocina, el té resbalaba por la mesa y el suelo, y el zumbido seguía en sus oídos. Cogió el móvil, marcó. Un tono, otro, otro. «No disponible».
Otra vez. Otra más.
Silencio.
Celia se sentó muy despacio, apretó el móvil contra el pecho. ¿A dónde se habrá ido? ¿Con ella? ¿Con Lucía otra vez? ¿O anda perdido por las calles de la ciudad, enfadado, dolido? No lo sabía. Y esa ignorancia la hundía más aún.
La noche parecía interminable.
Sentada en la cama, el móvil en la mano la pantalla se apagaba y se encendía. Marcar, escuchar los tonos, colgar. Escribir un mensaje: «¿Dónde estás?». Otro: «Respóndeme, por favor». Otro: «Tengo miedo». Enviarlos y ver aparecer la triste flecha solitaria. No entregado. O entregado, pero sin leer. Al final, ¿qué más da?
A las cuatro se le acabaron las lágrimas. Simplemente, no quedaban, se habían vaciado dejándola hueca y extrañamente serena. Encendió la luz, abrió el armario.
Basta.
Ya basta.
El maletín estaba sobre el altillo, cubierto de polvo y con una etiqueta desgastada de algún viaje antiguo. Celia lo tiró sobre la cama y empezó a meter ropa. Jerséis, vaqueros, ropa interior. Sin elegir, sin pensar: sólo rellenando el interior de cualquier cosa que alcanzaba. Si a él le daba igual, a ella también. Que volviese al piso vacío. Que la busque, le escriba, llame, envíe mensajes que ella ya no leerá.
Que sepa cómo duele.
A las seis de la mañana, Celia estaba en el recibidor. Dos maletas, bandolera, cazadora torcida una solapa más larga que la otra. Miró las llaves en la mano. Tenía que sacar la suya y dejarla sobre la consola.
Los dedos no respondían.
Forzó el aro, lo intentó con la uña, pero no había modo. Las manos temblaban y los ojos volvían a escocer, otra vez las lágrimas sin saber de dónde salían…
¡Que te den!
Las llaves cayeron al suelo, repicaron en las baldosas. Celia se quedó mirando unos segundos y luego se sentó sobre la maleta, rodeándose con los brazos y llorando sin remedio. Con hipos y sorbos de aire, como cuando de niña rompió el jarrón favorito de su madre y creyó que el mundo se acababa.
No oyó abrirse la puerta.
Celia…
Alejandro se arrodilló ante ella, sobre las baldosas frías. Olía a tabaco y a calle mojada.
Celia, perdón. De verdad, perdóname.
Ella alzó el rostro. Empapado, hinchado, el rímel corrido formando sombras. Alejandro tomó sus manos con cuidado.
He estado con mi madre. Toda la noche. Me ha puesto las pilas… sonrió torcidamente. Me ha hecho ver las cosas.
Celia seguía callada. No sabía si creerle.
Voy a llevar a Lucía a los tribunales. Pediré un horario concreto de visitas con Sonia, oficial. Que no pueda manipular ni poner a la niña en mi contra.
Sus dedos apretaron las manos de Celia.
Te escojo a ti, Celia. ¿Me oyes? A ti. Eres mi familia.
Algo se movió dentro de ella. Un brote pequeño de esperanza, testarudo, que había intentado arrancar toda la noche.
¿De verdad?
De verdad.
Celia cerró los ojos. Iba a creerle a Alejandro. Una última vez. A partir de aquí, el destino decidiría.
Ahora sé que a veces, elegir a alguien significa pelear por lo que quieres, aunque duela. Pero también he aprendido que uno debe ser valiente para exigir el lugar que merece en la vida de quien ama.







