Lucía, hija, escúchame, le decía su madre mientras se agachaba junto a ella en el pequeño recibidor de la vieja casa familiar , necesitamos quedarnos aquí por un tiempo, solo un poco, pronto todo pasará y volveremos a Madrid.
Lucía solo la miraba en silencio.
¿Me oyes, Lucía? ¿Me entiendes? insistió su madre, agitándola un poco.
Sí, mamá
¿Y entonces por qué callas? la madre estaba nerviosa, Lucía lo notaba.
No estaba callada, mamá, pensaba
Pensabas, claro Mira cuántos libros hay por aquí, Lucía Qué de tardes pasaba yo leyendo cuando era pequeña
Mamá ¿tendremos que vivir mucho tiempo aquí?
No lo sé, cielito, de momento hay que quedarse.
Lucía comprendía perfectamente lo que estaba pasando con ellas y su familia. Su madre creía que era demasiado pequeña para entender, pero no era así.
Lucía, la tía Carmen vendrá a verte, yo por la mañana iré a trabajar al pueblo y regresaré por las tardes. Los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a bañarnos, ¿vale?
La madre se tapó la cara con las manos.
Perdóname, perdóname
Mamá, no llores, anda. Sé que papá nos dejó, sé que ahora tenemos que salir adelante como podamos y que has decidido que es mejor vivir en la casita de la abuela. Y alquilar el piso en Madrid a alguien hasta que levanten cabeza.
Te prometo que seré buena, que te esperaré y leeré mucho, además la tía Carmen estará pendiente de mí.
Lo conseguiremos, mamá. Y en septiembre empiezo el cole Mamá, aquí ¿aquí hay colegio?
No, hija, antes había uno en la aldea, pero ahora no Pero en otoño volveremos a casa, te lo aseguro. Es solo mientras encuentro algo de trabajo decente.
He alquilado el piso hasta agosto; luego, si acaso, podemos hacerle unas mejoras y volver. Todo estará bien, ya verás, mi niña.
Lo sé, mamá
Aquella tarde se quedaron sentadas en el pequeño porche, y la madre le contaba a Lucía cómo fue su infancia, lo maravillosa que era la abuela Rosario.
Mamá, ¿tú tuviste tuviste madre?
Tuve, suspiró la madre, aun la tengo, pero nunca me necesitó.
¿Cómo puede ser eso?
Pues mira yo llegué muy joven, mi padre y ella duraron poco. Él se marchó a otra ciudad, formó una familia nueva. Mi madre lo intentó un tiempo y luego me dejó con la abuela Rosario, mientras marchaba a la capital buscando algo mejor.
¿Y tuvo suerte?
La tuvo, encontró su felicidad y de mí se olvidó. Se casó, ahora tiene otros dos hijos; yo solo recibía una felicitación por el cumpleaños o Navidades.
Recuerdo que venía solo cuando alguno de sus hijos enfermaba y necesitaba aire fresco
Ni les contaba que yo era su hija. No sabían que tenían una hermana mayor.
La abuela le pidió que me comprara un vestido de fin de curso, y ella le gritó, decía que la abuela no tenía corazón, que con un hijo enfermo solo pensaba en vestidos.
Rosario, le decía mi abuela, Lucía es tu hija también, ¿cómo puedes ser así?
Dijo, muy fría, que me buscase la vida si quería vestido.
La abuela se enfadó muchísimo y la echó de la casa.
Mamá, nunca la llamaste madre
No puedo, hija. Para mí, madre fue la abuela Rosario.
¿Te llamaron Rosario por ella, verdad?
Supongo que sí en honor a la abuela.
¿La querías mucho, mamá?
Muchísimo, Lucía, tanto que cuando faltó sentí que el mundo perdía todo el color. Y mi madre también la quería, la esperaba, cada cumpleaños, cada fiesta La esperaba cuando estaba enferma, el primer día de cole, cuando perdí a la abuela.
Nunca venía, solo si había alguna excusa importante. Recuerdo una vez que su suegra cumplía años y ella no pudo venir. Llegó luego, un poco, lloró y fue ella quien dijo que ya estaba bien, que debía quedarme en la residencia estudiantil porque era menor de edad.
Yo creía que me llevaría con ella, pero no, me dejó en el colegio mayor.
El primer año nuevo sin la abuela, ingenua yo, esperando que mi madre me llamara, pero nada. Me dijo: Lo siento, Rosario, en casa hay demasiada gente por fiestas, los parientes y eso, ya me entiendes.
Así que decidí volver aquí, mi verdadero hogar.
Quería las llaves de la casa de la abuela. Y ella, esquiva, preguntó para qué. Le dejé claro que era mi casa, que no podía disponer de mi herencia así como así.
Ella respondía que también era suya y que pensaban venir a celebrar el Año Nuevo, pero yo contesté que, como se atrevieran, no tendría piedad y les estropearía la fiesta. Nunca me dio las llaves.
Me colé saltando la valla, puse cerrojos nuevos con mi vecino Juan, y los demás vecinos me protegieron, todos eran fieles a la abuela Rosario.
Aquel Año Nuevo pensé que estaría sola, pero vinieron unas amigas y pasamos una noche de risas.
Después cumplí los dieciocho
¿No la ves nunca?
No ¿para qué? No tenemos nada que decirnos.
Mamá tú nunca harías eso conmigo, ¿verdad?
Jamás, Lucía, jamás.
Lucía ya era toda una niña grande, y no tenía miedo. Su madre se iba a trabajar, la tía Carmen pasaba un par de veces, y Lucía aprendía a ser independiente: calentaba la comida, fregaba el plato, daba de comer a su muñeca Lola y luego se ponía a leer, enseñando también a su oso Emilio.
Los días eran parecidos. Al principio lloraba sin querer; las lágrimas caían solas, pero Lucía en seguida se reponía.
Todo mejoraba cuando volvían a estar juntas.
Pero un día, la madre no regresó por la tarde; pasó el tiempo y nada, cayó la noche, y Lucía encendió la gran lámpara y echó las cortinas.
Tranquilos, Lola, Emilio, Pilar, Martina y tú, Payasito Ricardo, no tengáis miedo le decía a sus muñecos.
Quizá debería ir a la estación a buscar a mamá, pensaba Lucía, pero temía perderse y no llegar a encontrarse.
Intentaba apartar los malos pensamientos. No, su madre no sería capaz de dejarla, no, no, no Si ya no tenía a la abuela Rosario, ¿con quién podría quedarse?
Se imaginó que su madre se volvía a casar, tenía otros hijos y se olvidaba por completo de ella, y que Lucía viviría aquí sola para siempre.
El dolor le ganó, y rompió a llorar, con hipo, con la garganta rota, solita en su silla al lado de la ventana, hasta que el llanto le venció y se quedó dormida.
De pronto, un ruido en el zaguán. ¿Serían ratas? ¿O sería quizá esa abuela ausente, Rosario, que venía a echarlas de su casa? Lucía sollozaba bajito.
La puerta se abrió, encendieron la luz.
¡Mamá! Lucía saltó de la silla tirándola. ¡Mamá, mi mamá!
Ay, mi niña, Lucía, amor mío perdóname perdóname se me escapó el último tren de cercanías, tuve que andar desde la siguiente estación por el campo.
¿Pasaste miedo, mamá?
Muchísimo, Lucía, y pensaba todo el rato en ti. Lloraba y te pedía que no lloraras tú, mientras asustaba a todos los lobos del monte, su madre reía y lloraba a la vez.
Tenía miedo de que pensaras que te había dejado.
Y entonces Lucía, por primera vez en su vida, le dijo una mentira a su madre.
Mamá, claro que no, nunca pensé que me dejarías, sé que tú nunca me vas a abandonar.
No era verdad, pero Lucía no quería añadirle una preocupación más.
Se quedaron allí hasta que acabó agosto y Lucía empezó el colegio en septiembre, su madre encontró trabajo en un comercio.
El padre decidió demandar para llevarse a Lucía algún fin de semana. Su madre reía: Si nunca ha querido aparecer
Nunca te lo he prohibido le explicó, él no ha querido.
Al principio Lucía corría con alegría a ver a su padre, pero al poco
Mamá, creo que papá es como tu madre, Rosario, realmente no me necesita. Solo quiere quedar por quedar. Me lleva al área infantil del centro comercial, pero él está todo el rato hablando por teléfono y discutiendo.
Yo me siento en un banco, mirando a los pequeños No quiero seguir yendo, díselo tú.
El padre se enfadó; acusó a la madre de poner a Lucía en su contra.
Yo soy el padre, gritaba y tú me la alejas.
Papá, yo ya no soy tan niña, ¿para qué me llevas ahí? Además, ni me gustan las patatas fritas. He crecido.
Cuando te fuiste y me quedé sola en casa cuando mamá perdió el tren y vino corriendo desde la estación por el bosque, con los lobos detrás, y yo estaba sola
La segunda mentira, esta vez para su padre. Lo de los lobos. Él escuchó y se marchó.
Apareció como un mes más tarde, vino a pedir perdón, y esa vez salieron juntos al cine.
Ahora Lucía iba encantada con su padre.
¿Rosario, de verdad corriste despavorida de los lobos ese día? preguntó el padre un tiempo después.
Claro contestó la madre sin pestañear.
Luego se quedaron charlando largo rato, y al final al padre se le escapó el tren. Se lo dijo su madre:
Tranquilo, llegarás andando, por aquí ya no hay lobos le despachó con una sonrisa y lo acompañó a la puerta.
Mamá, susurró Lucía esa noche, ya acostadas, ¿él quería volver contigo, verdad?
Sí.
¿Y tú no piensas perdonarle?
Su madre guardó silencio.
Mamá, tú decides, pero yo os quiero a los dos.
Lo sé, hija.
Pero a ti más, porque eres la madre más valiente del mundo. Tú atravesaste el monte corriendo solo para estar conmigo.
Pasaron los años. Lucía ya se estaba preparando para casarse.
Mamá tengo que confesarte una cosa.
Dime, te escucho.
Mamá aquella noche sí pensé que habías hecho como tu madre y me habías dejado.
Ay, mi niña ¿cómo iba a hacerte eso?
Es que entonces no lo sabía, mamá perdóname.
No, perdóname tú a mí, por lo que te tocó vivir
Se quedaron abrazadas, madre e hija. Siempre juntas. Mamá, siempre cerca.







