Recuerdo ese lejano Fin de Año cuando todo parecía comenzar de nuevo para mí. Todo el día lo dediqué a limpiar, cocinar y preparar la mesa; quería que la celebración fuera perfecta. Era el primer Año Nuevo que pasaba lejos de mis padres, junto a la persona a la que amaba.
Llevaba ya tres meses viviendo con Álvaro en su piso de la calle Mayor. Me sacaba quince años, había estado casado, pagaba manutención a sus hijos y, a veces, bebía más de la cuenta… Pero cuando una quiere de verdad, todo eso parece poca cosa. Nadie acertaba a entender qué le veía: ni guapo era, más bien al contrario, el carácter difícil, racanear le salía natural y de dinero, nunca andaba sobrado. Y si alguna vez tenía algo, era solo para sí mismo. Y aun así, a este fenómeno le entregué mi corazón.
Durante esos tres meses albergué la esperanza de que Álvaro se daría cuenta de lo buena compañera y ama de casa que era. Que acabaría pidiéndome que fuera su esposa. Siempre lo decía: Hay que vivir juntos, ver cómo te desenvuelves en casa. A ver si vas a ser igual que mi ex. Nunca explicaba qué tenía de malo su antigua mujer, pero yo procuraba mostrarme en mi mejor versión: tolerante, trabajadora, nunca me quejaba cuando llegaba borracho, cocinaba, lavaba, limpiaba, compraba la comida con mi propio dinero (no fuera a pensar que era interesada). Incluso la cena de Nochevieja la preparé yo pagando todo de mi bolsillo. Y le compré un móvil nuevo de regalo.
Mientras yo me afanaba en los preparativos, mi querido Álvaro tampoco perdía el tiempo: celebraba anticipadamente el año con sus amigos en el bar. Llegó a casa ya contento y me soltó que vendrían sus amigos a celebrar con nosotros, unos conocidos suyos a los que yo jamás había visto. Con la mesa puesta y a una hora del año nuevo, mi ánimo, ya algo tocado, intentaba no derrumbarse. Me contuve, claro, porque yo no era como su anterior pareja.
Media hora antes de la medianoche, irrumpe en casa una troupe de hombres y mujeres ebrios. Álvaro se animó muchísimo, sentó a todos y la jarana siguió. Nadie se molestó en presentarme; invisible, ellos bebían y hablaban de sus cosas riéndose entre sí. Cuando, faltando dos minutos para la medianoche, sugerí sacar el cava a las copas, una mujer me miró como si yo fuera una intrusa.
¿Y esta quién es? preguntó deslenguada, arrastrando las palabras.
La vecina de cama rió Álvaro, y los demás estallaron en carcajadas.
Degustaban la comida que yo misma había preparado, burlándose de mí. Cuando sonaron las doce campanadas, seguían riéndose de mi ingenuidad y elogiaban a Álvaro por su gran idea de conseguir una criada y cocinera gratis. Él no me defendió, sino que se unía a las risas, engullendo la cena que pagué y preparé, y pisoteando mi dignidad.
En silencio recogí mis cosas, salí del salón y marché a casa de mis padres. Nunca viví un Año Nuevo tan amargo. Mi madre, como siempre, soltó un Ya te lo advertí; mi padre suspiró aliviado. Lloré toda la rabia y me deshice aquella noche de mis ilusiones.
A la semana, cuando Álvaro ya se había fundido todo su dinero, apareció en casa y, como si nada, me preguntó:
¿Pero tú por qué te fuiste? ¿Es que te has enfadado? Y, viendo que no me ablandaba, tiró de reproche: Pues menuda, tú tan tranquila en casa de tus papis y yo con la nevera más vacía que las arcas del país. Me estás recordando a mi ex…
Me quedé muda de la desvergüenza. Mil veces había imaginado cómo le diría todo lo que pienso, pero me faltaron las palabras. Lo único que pude hacer fue mandarlo bien lejos y cerrarle la puerta en las narices.
Así, desde aquel fatídico Año Nuevo, comenzó mi nueva vida.





