Olga había pasado todo el día preparando la celebración de Nochevieja: limpiando la casa, cocinando y poniendo la mesa con esmero. Era su primer Fin de Año lejos de sus padres, junto al hombre al que amaba.
Llevaba ya tres meses viviendo en el piso de Tomás. Él le sacaba quince años, había estado casado y pagaba una pensión alimenticia, y además le gustaba bastante el vino… Pero todos esos detalles le parecían tonterías cuando realmente quieres a alguien. Nadie llegaba a comprender qué había visto Olga en Tomás: no era atractivo, más bien podía decirse que era feo tirando a desagradable, tenía un carácter amargo y era tacaño hasta lo imposible, y nunca tenía dinero. Y si por casualidad tenía algo, sólo lo gastaba en sí mismo. Y, a pesar de todo, Olga se había enamorado de aquel personaje.
Durante esos tres meses, Olga soñó con que Tomás valorase lo buena y servicial que era, y que quisiera casarse con ella. Él siempre decía: Primero hay que vivir juntos, ver cómo te desenvuelves en la casa. No vaya a ser que seas igualita que mi ex. Pero Olga nunca llegó a saber cómo era esa ex, porque Tomás jamás contaba nada claro. Por eso ella se esforzaba al máximo, mostrando su mejor versión: no le reprochaba nada si él llegaba borracho, cocinaba, lavaba la ropa, limpiaba y hacía la compra con su propio dinero (no fuera a pensar Tomás que era una interesada). Incluso la cena de Nochevieja la había costeado ella por completo. Hasta se había gastado sus ahorros en regalarle un móvil nuevo.
Mientras Olga se afanaba en los preparativos, Tomás también se preparaba, aunque a su manera; es decir, se fue de copas con los amigos. Llegó a casa achispado y soltó que esa noche vendrían amigos suyos a recibir el año juntos. Amigos de Tomás a los que ella ni conocía. Olga ya tenía la mesa lista, faltaba una hora para las doce. El ánimo se le vino abajo, pero se contuvo y no le reprochó nada: ella quería demostrar que no era como la ex.
Media hora antes de las campanadas, irrumpió en el piso una cuadrilla de hombres y mujeres bebiendo y riendo. Tomás, de pronto animadísimo, sentó a todos a la mesa y la juerga subió de tono. Ni siquiera se molestó en presentar a Olga. Nadie reparaba en ella; todos estaban a lo suyo, con sus charlas y sus bromas. Cuando Olga, tímidamente, propuso servir el cava porque faltaban dos minutos para el Año Nuevo, la miraron como si fuera una extraña colada en la fiesta.
¿Y esta quién es? preguntó una mujer, con voz arrastrada por el alcohol.
Es mi compañera de cama soltó Tomás, y todos estallaron en carcajadas, burlándose de Olga.
Comían la cena que Olga había preparado, riéndose de ella, y al llegar la medianoche brindaron entre risas y chanzas por lo listas que son las muchachas ingenuas y por el buen ojo de Tomás al encontrar una cocinera y limpiadora gratis. Y Tomás, lejos de defenderla, se sumaba a las risotadas mientras devoraba la comida que ella había pagado y cocinado.
Olga, en silencio, salió del salón, recogió sus cosas y se fue directa a casa de sus padres. Nunca había vivido una Nochevieja tan amarga. Su madre le soltó su habitual Ya te lo advertí, su padre suspiró aliviado, y Olga, llorando de rabia y desengaño, se quitó la venda de los ojos.
Una semana después, cuando a Tomás se le acabó el dinero, apareció en casa de Olga y, como si nada hubiera pasado, preguntó:
¿Y tú por qué te fuiste? ¿Te has mosqueado o qué? y viendo que Olga no parecía perdonarle, añadió, subiendo la voz: Vamos, muy bonito lo tuyo, en casa de tus padres relajadita y yo aquí, con la nevera vacía. Ya te estás volviendo igualita que mi ex, ¿eh?
Olga se quedó muda ante semejante desfachatez. Había imaginado muchas veces cómo le diría todo lo que le rondaba por la cabeza, pero en ese momento sólo le salió mandarle a paseo y cerrarle la puerta en las narices.
Así fue como, tras aquella Nochevieja, empezó una nueva vida para Olga.







