Te cuento lo que le pasó a Carmen este año, porque de verdad, menuda nochevieja tuvo la pobre… Mira, estuvo todo el santo día currando en casa para dejarlo todo perfecto: limpiando, cocinando, poniendo una mesa de revista. Era su primera Nochevieja sin sus padres, solo con su novio, el queridísimo Aurelio.
Llevaba ya tres meses viviendo con Aurelio en su piso de Madrid. Él le saca 15 años, encima divorciado, pasa pensión a sus hijos y, sinceramente, le gusta más la cerveza que el agua… Pero claro, ya sabes cómo es eso del amor, que no mira lógicas. Nadie entiende qué le vio Carmen porque guapo, guapo… pues siendo sinceros, no es. De carácter, ni hablemos: cascarrabias, tacaño hasta decir basta y el dinero, cuando lo tiene, es solo para él. Y aun así, Carmen, más tierna que el pan, se enamoró de él hasta las trancas.
Toda la ilusión que puso esos meses fue pensando que Aurelio vería lo buena pareja que era: responsable, apañada… Vamos, que aspiraba a que al final le pidiera casarse. Aurelio le decía: Hay que vivir juntos para ver si de verdad eres una buena ama de casa. No quiero llevarme otro chasco como con la ex. Carmen no tenía ni idea de cómo era su antigua mujer, porque él nunca soltaba prenda. Así que ella, con la mejor cara, lo daba todo: ni una palabra más alta que otra cuando llegaba borracho, cocinaba, lavaba, limpiaba, hacía la compra con su propio dinero (no fuera a pensar Aurelio que era interesada). Incluso el banquetazo de Nochevieja lo pagó ella, y hasta le compró un móvil nuevo de regalo.
Mientras Carmen preparaba todo ilusionada, su querido Aurelio tampoco perdió el tiempo… aunque a su manera: se lió en el bar con sus amigos y volvió a casa ya pasado de vueltas. Va y suelta que esa noche vendrían sus colegas a celebrar en su piso. Ni uno solo conocido para Carmen, todos amigos de Aurelio. Con solo una hora para las uvas, Carmen tenía el ánimo por los suelos, pero tragó saliva para no montar ninguna escena; no quería parecerse a la ex de Aurelio.
Media hora antes de las campanadas, entró una troupe de gente, todos con una copa de más, entre hombres y mujeres. Aurelio, reviviendo, los sienta en la mesa y aquello parecía una tasca. Ni se molestó en presentar a Carmen, que quedó invisible, allí sentada sin que nadie le dirigiera la palabra, todos hablando, riendo, y bebiendo a su bola. Cuando ella sugirió que se sirvieran las copas de cava porque quedaban dos minutos para el año nuevo, una de las chicas la miró de arriba abajo y preguntó: ¿Y tú quién eres?
Aurelio, descojonado, contestó: La vecina de cama. Todos soltaron una carcajada y se pusieron a reír de Carmen. Comieron su comida y la humillaban sin remilgos. Cuando daban las campanadas, se partían de risa diciendo que Aurelio era muy listo por haber encontrado a una chacha gratis. Él ni corto ni perezoso, se reía con ellos, comiendo y dejando a Carmen a los pies de los caballos.
Carmen aguantó, pero al final salió de la habitación, recogió sus cosas y se fue a casa de sus padres. Nunca había pasado una Nochevieja tan amarga. Su madre le dijo lo de siempre: Te lo advertí, hija, y su padre soltó un suspiro de alivio. Carmen lloró toda la pena del mundo y al final se quitó la venda de los ojos.
Al cabo de una semana, cuando Aurelio se quedó sin un euro, apareció en casa de Carmen tan pancho y le soltó: ¿Pero por qué te fuiste? ¿Estás enfadada o qué? Y como vio que ella no caía en sus redes, fue a más: Vaya morro tienes, con tus padres tan a gusto y yo que no tengo ni un yogur en la nevera. Estás empezando a parecerte a mi ex
Del morro que tenía, Carmen se quedó muda. Había ensayado mil veces lo que le diría, pero solo pudo mandarle a paseo y cerrarle la puerta en las narices.
Y así empezó para Carmen un año nuevo, pero de verdad.







