Me llamo Álvaro, y hoy escribo esta página no para glorificar mis errores, sino para recordar la lección más importante que he aprendido en mi vida.
Todo empezó porque decidí casarme con Clara para demostrarle a mi exnovia, Lucía, que ya no me importaba su abandono. Una revancha torcida por el orgullo, un acto impulsivo en que busqué encubrir mi dolor con una aparente indiferencia.
Lucía y yo estuvimos juntos casi dos años. La amé con esa pasión ciega que te hace querer bajar la luna y ponerla a sus pies. Creía que la boda estaba al caer. Pero a ella no le convencía la idea de casarnos todavía:
¿Para qué ahora? Ni siquiera he acabado la carrera, y tú, en tu empresa, andas dando tumbos. No tienes un coche decente, ni casa propia. Y eso de compartir piso con tu hermana, Ángela Si no hubieras vendido la casa familiar, otra historia sería.
Estas palabras me dolían, aunque en el fondo tenía razón. Desde la muerte de nuestros padres, mi hermana Ángela y yo heredamos el piso donde vivíamos, y apenas estaba aprendiendo a llevar las riendas del negocio familiar tras la universidad. La venta de la casa había sido un acuerdo sensato para saldar deudas y sobrevivir aquellos años de estudiante, cubriendo los gastos y permitiéndonos invertir algo en nuestra pequeña tienda.
Lucía, protegida aún bajo el ala de sus padres, podía permitirse soñar a corto plazo; yo, en cambio, me volví el sostén de mi hermana, responsable de un negocio que aún tambaleaba. Tenía claro que, si trabajaba duro, el coche bueno, la casa y el jardín llegarían por sí solos.
Nada hacía presagiar lo que vino después. Había quedado con Lucía para ir al cine. Me sorprendió cuando, en vez de dejar que la recogiera, me pidió que la esperara en la parada de Gran Vía. Apareció en un coche lujoso, apenas la reconocí de lejos. Bajó y, sin preámbulos, me atizó la noticia:
Lo siento, Álvaro, no podemos seguir juntos. Me caso.
Me puso un libro en las manos y se fue en el coche. Yo me quedé allí, helado, preguntándome qué habría pasado en esos tres días en que estuve de viaje por Valencia.
Al llegar a casa, Ángela vio mi expresión y lo supo todo.
¿Ya te has enterado? preguntó, conteniendo las lágrimas. Se casa el día veinticinco, con un tipo ricachón. Me propuso ser su testigo ¡pero la mandé a paseo! ¡Menuda traición!
La consolé como a una niña, con palmadas en la cabeza.
Déjala, ya será feliz, pero nosotros mejor, ya lo verás.
Me encerré casi un día entero en mi cuarto, sin ganas de nada. Ángela aporreaba la puerta, ofreciéndome los crepes que había hecho. Salí por la tarde, con una chispa decidida en la mirada.
Vístete, Ángela le ordené.
¿Qué vas a hacer?
Me caso con la primera que acepte respondí obstinado.
Álvaro, eso no es manera, no sólo juegas con tu vida trataba de razonar mi hermana, pero lo tenía decidido.
Salimos al parque del Retiro, había mucha gente paseando. La primera chica me miró como si estuviese loco. A la segunda le di miedo. Pero la tercera, tras mirarme fijamente, sonrió y aceptó.
¿Cómo te llamas?
Carmen me respondió.
Fuimos los tres a una cafetería del centro, nerviosos por lo absurdo de la situación. Noté que la motivación de Carmen era tan misteriosa como la mía.
Supongo que tienes una razón para pedirle matrimonio a una extraña dijo, rompiendo el hielo. Si es sólo una locura, lo entiendo, me marcho y ya está.
Ya has dado tu palabra me aferré. Mañana vamos al registro y nos presentamos a tus padres.
Empecemos por tutearnos respondí como si nada.
El mes anterior a la boda nos vimos a diario. Charlábamos, nos íbamos conociendo.
¿Me explicarás alguna vez por qué? preguntó Carmen un día.
Todos cargamos con algún secreto contesté eludiendo el tema.
Mientras no nos impida ser felices
¿Y tú? ¿Por qué aceptaste?
Me imaginé siendo una princesa, como en los cuentos, casada con el primer pretendiente que el rey decidiera. En esos cuentos siempre hay un final feliz, ¿no? Quise probar mi propio cuento.
Ni para ella fue sencillo. Tuvo su propio desengaño amoroso y aprendió a distinguir pretendientes sinceros de buscavidas. No buscaba a su príncipe azul, pero sí un hombre capaz de decidir, de actuar. En mí encontró cierta determinación. De haberme visto con mis amigos, ni me hubiese mirado.
¿Y tú, qué princesa crees que soy? bromeaba Carmen.
¿La Infanta Margarita, la Bella Durmiente, la rana? pregunté, y nos reímos.
No hubo romance, ni besos. Yo me dediqué en cuerpo y alma a los preparativos, no dejé casi nada a su elección. Elegí hasta el vestido y el velo.
Vas a ser la más guapa de todas le aseguré.
El día del enlace, en el ayuntamiento de Madrid coincidimos con Lucía y su futuro marido. Saludé, forzando la sonrisa.
Permíteme felicitarte le di un beso en la mejilla. Ojalá seas feliz con tu cartera andante.
Déjate de shows me respondió, incómoda, y lanzó a Carmen una mirada de arriba abajo. Comprendió, por fin, que había perdido algo más allá del dinero.
Volví junto a Carmen.
¿Seguro que quieres seguir? me susurró.
Hasta el final contesté.
Sólo en el preciso instante de mirarla a los ojos, en el salón del ayuntamiento, entendí el disparate en el que me había metido.
Haré todo por hacerte feliz dije y, por primera vez en mucho tiempo, quise creerlo de verdad.
La vida de casados se impuso rápido, con su rutina diaria. Carmen y Ángela se llevaron inmediatamente bien, complementándose de forma natural. Carmen, hábil economista, puso orden tanto en la casa como en la tienda. Al medio año abrimos un segundo local; después una cuadrilla de reformas, y pasamos a vender materiales de construcción y también hacer pequeños arreglos. Los beneficios se multiplicaron.
Carmen era la verdadera sabia del hogar, lograba de tal forma darme sus ideas que yo creía que eran mías. Todo funcionaba bien, pero yo sentía que faltaba aquella chispa que tuve con Lucía. Todo era sereno, predecible. La rutina que me atrapa me decía. Nunca he llegado a amarla.
Gracias a Carmen, dimos el salto y comenzamos a construir chalés a medida. El primero fue para nosotros mismos. Cuanto mejor me iban los negocios, más pensaba en Lucía. Si me viera conduciendo mi Audi Si viera nuestra casa, que parece un palacio… Hasta que la obsesión me llevó a buscarla.
Ángela notaba mi inquietud.
Vas a perder más de lo que imaginas, hermano me advirtió una noche viéndome revisando el perfil de Lucía en las redes.
¡No te metas donde no te llaman! le corté, iracundo.
Idiota, Carmen sí te quiere de verdad y tú jugando me contestó Ángela, dolida.
Al final cedí y contacté a Lucía. Me contó que su marido la había echado de casa, que no terminó la carrera, sin trabajo, viviendo en un piso de alquiler en Valladolid. Dudé varios días, y justo entonces, Carmen tuvo que irse una semana al pueblo con su abuela enferma.
No lo pensé más. Fui a ver a Lucía sin mirar atrás. Al llegar, me deslumbró esa imagen que tanto había añorado. Pero pronto, la realidad me golpeó: Lucía tenía el aspecto descuidado, olía fuerte, iba vestida de forma vulgar, y sólo me pedía dinero. Entonces vi con claridad: esa mujer jamás había sido la persona que idealicé.
¿Volveremos a vernos? añadió cuando me despedía.
No creo respondí, dejando una generosa propina para su consumición.
Regresé a casa casi a toda velocidad. Me sentí el mayor de los necios. Había perdido tiempo y dignidad en una fantasía. Por primera vez, pensé: Nunca he llamado a mi esposa Carmen de manera dulce, y es la persona más cercana y noble que tengo en la vida.
Recordé los ojos azules de Carmen, su sonrisa, su forma de acariciarme el pelo. Prometí hacerte feliz, pensé, y tomé la carretera secundaria, ansioso por verla.
Una semana es demasiado, no aguanté ni dos días sin ti le confesé cuando salió a recibirme en la casa de su abuela.
Estás loco respondió con una sonrisa entre lágrimas.
Carmen, mi querida, mi amor le susurré al oído, y ambos sentimos cómo el mundo giraba de felicidad.
Hoy sé que la mayor de las magias es encontrar la felicidad en lo verdadero y cotidiano, no en los amores imposibles ni en las historias que nos inventamos. La vida es aquí y ahora, y el corazón sólo encuentra su sitio cuando aprende a valorar lo que tiene y no lo que pierde.




