Carmen, hija mía, te lo pido su madre se agachó a su altura, con los ojos tristes y las manos temblorosas, tenemos que quedarnos aquí un tiempo, solo un poco, pronto todo acabará, y volveremos a la ciudad, cariño.
Carmen miraba en silencio a su madre, como si flotara entre dos luces.
Carmen, ¿me oyes? ¿Me entiendes? la voz de su madre sonaba como un eco entre olas dormidas.
Sí, mamá
¿Y por qué callas? la madre apretaba los labios, nerviosa, y Carmen lo veía como a través de un cristal.
No callaba, mamá, pensaba Y la alfombra de yoga se convertía en una serpiente azul en el suelo.
Vaya con mi pensadora Mira cuántos libros, Carmen Ay, cuántos he leído yo de niña en esta misma casa, cómo me gustaba perderme en ellos
Mamá ¿Nos quedaremos mucho aquí?
No lo sé, mi sol, hay que quedarse por ahora.
Carmen entendía todo lo ocurrido, lo que les había sucedido a ellas y a la familia. Su madre se engañaba pensando que ella era pequeña y no comprendía.
Carmen, tu tía Eugenia vendrá a verte, yo cocinaré todo el día, saldré temprano y volveré tarde, pero los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a bañarnos
La madre se tapó la cara, los dedos temblando sobre la frente como palomas asustadas.
Perdón, perdóname
Mamá, no llores, no hace falta. Sé que papá nos dejó, sé que tenemos que sobrevivir juntas y que creíste que lo mejor era venir a la casita de la abuela y alquilar el piso a unos desconocidos.
Lo sé todo, mamá Seré obediente, te lo prometo, te esperaré leyendo libros; además, la tía Eugenia me cuidará.
Saldremos adelante, mamá Y en septiembre iré al colegio. Mamá ¿Aquí hay colegio?
No, pequeña, aquí hubo uno, pero ya no queda rastro. Sin embargo te lo juro, en otoño volveremos a nuestro piso. Esto es temporal, hasta que encuentre un buen trabajo. Libros para madres.
Alquilé el piso hasta agosto, justo el tiempo necesario; después haremos reformas y viviremos como se debe. Todo irá bien, hija
Lo sé, mamá
Esa tarde ambas se quedaron en el porche de la pequeña casa. La madre contaba historias de su infancia, de su abuela Leonor, tan buena.
Mamá, ¿y tú tenías mamá?
La tenía, suspiró la madre, aún vive, sólo que no me necesita.
¿Cómo que no?
Fue así, mi niña. Llegué muy pronto, a mi padre no le fue bien con ella y marchó a otra ciudad a rehacer su vida. Mi madre aguantó poco y me llevó con la abuela Leonor. Se fue a la ciudad a buscar la felicidad
¿Y la encontró, mamá la felicidad?
La encontró, hija, pero de mí se olvidó por completo Se casó otra vez, tiene dos hijos, y yo solo recibía un feliz cumpleaños de vez en cuando, alguna postal en las fiestas.
Recuerdo que una vez vino, un hijo suyo estaba enfermo y me trajo por aquello del aire limpio, del campo.
Ni les contó a sus hijos que yo era hermana suya, no les habló jamás de mí.
La abuela Leonor le dijo que pronto era mi graduación, que me comprara un vestido Pero ella gritó a la abuela, que no tenía corazón, que su hijo estaba enfermo, que cómo podía pensar en vestidos.
Eugenia, protestó la abuela, Leonor también es tu hija, ¿cómo te atreves?
Una burra sana, murmuró la madre entre dientes, que trabaje y se lo gane.
La abuela se enfadó y la echó de la casa
Mamá, nunca la llamaste mamá, siempre ella
Lo sé, perdón hija No me sale llamarla madre; para mí la única madre fue Leonor, mi abuela.
¿Te llamaron Leonor por ella, verdad?
Supongo En su honor
¿La quisiste mucho, mamá?
¿A quién?
A la abuela Leonor.
Muchísimo, muchísimo, con todo mi ser. Cuando murió, el sol se apagó en mi mundo Incluso a Eugenia, sí, la madre, la esperé y la amé, cada cumpleaños, cada fiesta la esperaba. Libros para madres.
Enferma, en primero de septiembre, cuando se fue la abuela la esperé.
No pudo venir porque celebraba el cumpleaños de la suegra Luego vino, lloró, mandó que preparara mis cosas, yo era menor aún.
Pensé que me llevaría con ella, pero no, me puso a estudiar y me dejó en un colegio.
Mi primera Nochevieja sin la abuela. Yo, ingenua, creía que viviría con mi madre, pero me dijo:
Perdona, no puedo, Leonor, la casa está llena de gente, llegan parientes, ¿dónde vas tú?
Así que decidí regresarme a casa, porque era mi casa.
Dame las llaves de la abuela, le pedí.
¿Para qué? y sus ojos se movían como pececillos.
Esta es mi casa, si crees que puedes quedarte con mi herencia, te equivocas.
También es mi casa, se enfadó, íbamos a pasar allí la Nochevieja, en la naturaleza.
Te advierto, si apareceis, os echaré a perder la fiesta. ¡Las llaves!
No me las dio, pero igual, ¿para qué? Fui, salté la valla, en el pueblo compré dos cerraduras nuevas. Le pedí ayuda al vecino, don Ricardo, quitó las viejas y puso las nuevas.
Y por si Eugenia reclamaba la casa, todos los vecinos dijeron que me defenderían, por recuerdo a la abuela.
Aquella Nochevieja pensé pasarla sola, pero vinieron amigas y lo pasamos bien
Y después cumplí dieciocho.
¿No la ves desde entonces?
No ¿Para qué? No tenemos nada que decirnos ya.
Mamá ¿tú?
¿Qué?
¿Harías lo mismo conmigo? ¿Me abandonarías?
Nunca en mi vida, ¿lo oyes? ¡Nunca!
Carmen ya era mayor, y el miedo no existía. Su madre fue a trabajar, y dos veces al día la visitaba la tía Eugenia. Libros para madres.
Comía, recogía lo suyo, fregaba el plato, daba de comer a la muñeca Marta y se sentaba a leer cuentos.
Carmen había aprendido a leer hacía poco, y le encantaba, sobre todo recitar en voz alta para la muñeca Marta y el osito Pedro.
Los días se repetían igual para Carmen. Al principio lloraba, aunque a menudo las lágrimas caían solas, y ella intentaba taparlas, pero volvían No lloraba por voluntad, era que las lágrimas eran como esos gorriones que entran donde no se les llama.
Luego volvía la madre, y todo se curaba.
Pero un día la madre no llegó. Y no llegaba, no llegaba Cayó la noche, Carmen encendió la luz de arriba y cerró las cortinas.
No tengáis miedo, Marta, Pedro, Lucía, Paula y el payaso David, no tengáis miedo murmuraba Carmen acariciando las cabezas de tela.
Quizá debía ir a la estación a buscar a mamá, pensó. Pero recordaba mal el camino, podía perdérsela.
Intentó alejar las sombras; no, su mamá no le haría eso, no, no Si apenas tenía ya a la abuela Leonor, ¿con quién se quedaría Carmen?
Vio una imagen en su cabeza: su madre se casaba, tenía más hijos y de Carmen se olvidaba. Carmen vivía sola en esa casita
De tanto compadecerse, rompió a llorar. Sin poder respirar, con los ojos hinchados y la garganta afónica, se quedó dormida sobre la silla, con la mejilla pegada al cristal.
Entonces oyó un ruido en la entrada. ¿Y si? ¿Y si eran ratas? ¿Y si era aquella madre de su madre, abuela Eugenia, venía a echarlas de la casa? Carmen gimió bajito.
De repente, la puerta se abrió y la luz ardió como un faro.
¡Mamá! Carmen saltó, la silla cayó, ¡mamá, mamita!
Mi niña, Carmencita, mi vida perdóname, llegué tarde al último tren, tuve que bajar en otra estación y venir andando.
Mamá, ¿tuviste miedo?
Muchísimo, Carmencita, tenía miedo por ti. Lloré, te rogué que no lloraras, pero también lloré Asusté a todos los lobos reía y lloraba la madre.
Temí que pensaras que te había abandonado.
Y entonces entonces Carmencita mintió, por primera vez en su vida.
Mamá, no pensé eso de ti, sé que nunca me dejarías.
Mintió, sí, porque sí lo pensó, pero no quería que mamá sufriera más.
Se quedaron en la casa hasta agosto, luego Carmen volvió al colegio y su madre encontró buen trabajo.
El padre quiso ver a Carmen los fines de semana. Su madre se reía, diciendo que jamás había mostrado interés antes. Libros para madres.
Yo no le he prohibido nada, decía la madre, pero él no quiso venir jamás
Ahora Carmen veía a su padre los fines de semana. Al principio iba contenta, pero luego
Mamá, creo que mi padre es como tu Eugenia: no me necesita, solo me ve por obligación. Me deja en la zona de juegos del centro comercial mientras él habla por teléfono y se enfada con todos.
Yo me siento en el banco y miro a los pequeños no quiero ir más, vamos a decírselo.
El padre se enfadó, acusó a la exmujer de alienarle a la niña.
Soy su padre, gritaba, y tú me la quitas.
Papá ya no soy una niña, ¿para qué me dejas en esa ridícula sala? Ni me gustan las patatas fritas he crecido.
Cuando te fuiste de casa y me quedé sola Cuando mamá llegó tardísimo porque perdió el tren y cruzó el bosque hasta la persiguieron lobos
Por segunda vez Carmen mintió, ahora a su padre. Sobre los lobos. Él escuchó y se fue.
Volvió un mes después, pidió perdón, dijo que lo entendía todo y se fueron al cine padre e hija.
Desde entonces, Carmen iba con alegría a verle
Leonor ¿es verdad que huiste de los lobos aquella noche? preguntó el padre a la madre.
Sí, respondió ella sin pestañear.
Luego los padres hablaron mucho y el padre perdió su tren. Mamá lo dijo, que su tren había marchado.
Mamá, dijo Carmen, si papá perdió el tren, ¿cómo volverá? ¿Por qué no se queda con nosotras?
El padre miró a la madre. Pero ella era roca.
Que venga andando aquí ya no quedan lobos, respondió la madre, despidiéndolo suavemente.
Mamá ¿él quería quedarse, verdad? preguntó aquella noche Carmen, tumbada junto a su madre.
Sí
¿No lo perdonarás?
La madre no contestó.
Mamá, es cosa tuya, pero yo os quiero a los dos.
Lo sé, hija mía.
Pero a ti más, porque eres la mamá más valiente del mundo, corriste por el bosque y ni los lobos te asustaron por venir a verme.
Pasaron los años. Carmen está a punto de casarse.
Mamá tengo algo que confesarte.
Dime, te escucho.
Mamá aquella noche sí pensé que me abandonabas, como Eugenia
Mi niña ¿yo podría hacerlo?
No lo sabía, mamá perdóname.
Perdóname tú, por hacerte pasar por eso
Abrazadas, madre e hija siempre juntas. Mamá siempre cerca.







