Oksana, ¿tienes un momento? – preguntó su madre asomándose a la habitación de su hija. —Un minuto, mamá. Ahora mando este correo y te ayudo —respondió la hija sin despegarse de la pantalla. —Me falta mayonesa para la ensaladilla. No lo he calculado bien. Y se me ha olvidado comprar eneldo. ¿Te acercas a la tienda antes de que cierre? —Vale. —Perdona por hacerte ir. Ya te has peinado y todo… Con estos preparativos de Nochevieja, tengo la cabeza a mil —suspiró la madre. —Ya está —Oksana cerró el portátil y se giró hacia su madre—. ¿Qué decías? Se puso las botas y el abrigo de pelo, pero la boina no, para no estropearse el peinado. La tienda estaba enfrente; no le daría tiempo a helarse. Fuera hacía un frío suave y caía copos finos, como en un cuento de Navidad. Había poca gente en la tienda. Solo iban los que, en el ajetreo, habían olvidado comprar algo. Solo quedaba eneldo en un paquete con perejil y cebollino, bastante mustio. Oksana pensó en preguntar a su madre si ese valdría o mejor no cogerlo, pero entonces cayó en la cuenta: se había dejado el móvil en casa. Dudó, pero al final cogió el manojo de hierbas, rebuscó entre las pocas bolsas de mayonesa y pagó. Apenas había salido de la tienda cuando un coche apareció de repente en la esquina y la deslumbró con las luces. Se apartó bruscamente. El tacón resbaló sobre el hielo oculto bajo la nieve y cayó con un golpe seco en la acera. El bolso salió volando. Intentó levantarse, pero un dolor agudo la atravesó el tobillo y se le llenaron los ojos de lágrimas. No había nadie alrededor, ni móvil. ¿Qué iba a hacer? No oyó cómo, detrás de ella, se cerraba suavemente la puerta del coche. —¿Te has hecho daño? —Un joven la miraba inclinado sobre ella—. ¿Puedes levantarte? Te ayudo —le tendió la mano. —Me he debido romper el pie por tu culpa. Vais con los coches como locos y dejáis la acera como una pista de hielo… —sollozó Oksana entre dientes, ignorando su mano. —Tú sabrás, ¿quién te manda andar con tacones a estas horas? —Pues vete a la porra —se rebotó Oksana, sollozando. —¿Vas a quedarte toda la noche sentada aquí? Mira, no soy asesino de chicas guapas. ¿Dónde vives? —Ahí —dijo Oksana, señalando el portal de al lado. El joven se marchó de repente. Pero enseguida oyó el motor: el coche reculó y se paró a su lado. —Te voy a levantar; apóyate solo en la pierna buena. Una, dos, tres… —y, sin que le diera tiempo a protestar, él la alzó y la apoyó con sumo cuidado. —¿Te mantienes? —la sujetó con una mano mientras abría la puerta del coche con la otra—. Ahora, agárrate a mí y siéntate. —El bolso —jadeó Oksana dejándose caer. Él echó un vistazo hacia atrás, cogió el bolso y lo dejó en el asiento trasero. En el portal, la ayudó a bajarse y en seguida la cogió en brazos. Con un golpe de pie cerró la puerta del coche. Ante el portal, se detuvo: —¿Las llaves están en el bolso? ¿Hay alguien en casa? —Mi madre. —Entonces marca el portero y dile que baje a abrir. En su bloque no había ascensor. El joven, sin preguntar, empezó a subir con ella en brazos hasta el tercer piso. Oksana se agarró a su cuello y pudo oír su respiración agitada. Bajo la tibia luz de las escaleras, le vio gotas de sudor en la sien: “Así aprendes. Para que no corras por la calle cerca de la tienda”, pensó vengativa. —Déjame aquí, ya sigo yo —pidió Oksana ante la puerta. Él solo jadeaba, sin responder. En ese momento, se abrió la puerta y apareció la madre. —¿Oksana? ¿Qué ha pasado? El joven entró empujando suave y colocó a Oksana de pie. —Tráigale una silla —ordenó a la madre, asustada. La madre trajo una silla, y Oksana se dejó caer aliviada, estirando la pierna dolorida. El joven se arrodilló frente a ella. —¿Pero esto qué es? —protestó la madre. Él, como si no la oyera, sujetó la pierna de Oksana mientras le abría bruscamente la cremallera de la bota. Oksana dio un grito. —¡Qué hace! ¡Duele! —¡Está sufriendo! —chilló la madre, horrorizada al ver cómo el tobillo se hinchaba y tomaba un color oscuro visible aún a través de las medias. —Voy a llamar a urgencias —dijo la madre. —Solo es una luxación. Soy médico. Tráigame hielo, deprisa —dio la orden. Y la madre fue corriendo a la cocina, para volver con un pollo congelado. —Póntelo en el tobillo —dijo el joven y se levantó para abrir la puerta–. —¿Te vas? —preguntó nerviosa Oksana. —Bajo al coche. Tengo una venda elástica. Y tu bolso. Vuelvo ahora —dijo él y salió. —¿Le has dejado el bolso en el coche? Oksana, ¿quién es ese muchacho? —La madre le aplicó a Oksana el pollo congelado. Oksana se estremeció de dolor. —[Él] apareció con el coche en la esquina, me asusté, resbalé y caí. Me ha traído a casa. No sé más. —¿Y si es un timador? Ahora se va con el bolso, con las tarjetas y las llaves. ¿Llamo a la policía antes de que desaparezca? —susurró la madre. —¡Qué policía ni qué policía! Si quisiera robarme, me habría dejado tirada. Si me ha traído a casa… —No sé, no sé… —replicó la madre. En ese momento, sonó el portero. —Es él. Mamá, ábrele —pidió Oksana. El joven entró, miró a las dos mujeres y dejó el bolso en la cómoda. —Compruebe que está todo —dijo, se quitó la chaqueta y la tiró al suelo, arrodillándose sobre ella. —Ahora dolerá. Hay que reducir la luxación. Agárrate fuerte a la silla. Así será más fácil. Con una mano sujetó el pie, lo giró despacio. Oksana gimió, mordiéndose los labios. —Se os está quemando algo —le dijo a la madre el joven. La madre salió corriendo a la cocina. En el siguiente instante, el tobillo de Oksana explotó de dolor. Todo se nubló. —Tranquila. Ahora ya está —dijo él, en voz baja. La madre volvió, quedó petrificada al ver a Oksana llorar. —En la cocina todo… —empezó ella, pero el joven la interrumpió. —He colocado la luxación. Dolerá unos días. No le cargues peso. —Le apoyó la pierna y se levantó. —Muchas gracias. Perdón por lo que he pensado de ti —dijo la madre—. ¿Quieres quedarte? Queda poco para las campanadas y no llegarás a casa. Y yo tengo todo preparado, así que… El joven lo pensó un instante: —Vale, si no molesto. —¡Qué va! Ayuda con el cava. —¡Mamá! —protestó Oksana. —¿Qué pasa? Saco la carne del horno. Tú, joven, lleva a Oksana al salón. Con ayuda, Oksana fue saltando hasta el sofá. Probó pisar con la punta: dolía, pero soportable. Pero le gustaba sentir su mano en la cintura. —Gracias —dijo al sentarse y estirar la pierna. —A ti. La culpa ha sido mía —respondió él. —No digas eso. Yo me asusté sola. ¿Cómo te llamas? —Valentín. ¿Nos tuteamos? —Vale. ¿De verdad eres médico? —Cirujano. Iba a comprar algo… —dijo él, sentándose junto a Oksana. —Te espera tu esposa —insinuó ella. —Me dejó hace medio año. Se cansó de que estuviera siempre de guardia. Se llevó a la niña con ella a casa de su madre. —Seguro que estoy horrible —suspiró Oksana. —Todo lo contrario. Así, los tres recibieron el Año Nuevo. Como lo empiezas, así lo sigues. Cuando Valentín se fue, ella y su madre se acostaron. Oksana no podía dormir. Seguía sintiendo las manos de Valentín en la cintura, recordando cómo la llevó en brazos… ¿Cómo iba a olvidarlo? Por la mañana pudo apoyar el pie; el tobillo estaba más hinchado, la venda apretaba, pero podía andar. No pudo ocultar una sonrisa cuando Valentín volvió a pasar por casa. Le revisó el pie y volvió a vendarlo. —Todo bien. ¿Puedes apoyar? —Claro, ayer ya nos tuteábamos. Sí, puedo —replicó Oksana. —¿Un té? —ofreció la madre. —Era sólo una visita rápida. Me toca guardia. —¿Vendrás más? —preguntó rápido Oksana. El joven sonrió. Dos meses después, Oksana se mudó con él. —Ni siquiera está divorciado. ¿Y si vuelve la esposa? —rezongaba la madre mientras Oksana hacía la maleta. —No va a volver. Si lo hace, él dice que no le importa. —No sé, hija, te precipitas. Fue un año feliz. Oksana sentía celos cuando él iba con la hija. Le veía con la ex. Había visto fotos de ella: guapa. Viviendo con él empezó a comprender a la exmujer: las guardias, los turnos, los festivos… Y en el hospital, todas esas enfermeras jóvenes. Era imposible no enamorarse de él. Pero cuando estaba con ella, Oksana era feliz. Pasó el año. Pese a todo, fue feliz. Valentín no llegó a divorciarse. Eso era el único borrón. Otra vez su madre rondándole con consejos de hablar claro y definir la relación. Pero Oksana dudaba. La noche del 31, ella trajinaba en la cocina. En el salón brillaba el árbol de Navidad, en la habitación estaba el vestido nuevo. Oksana revisó la carne y oyó el teléfono. Cuando entró, Valentín hablaba por la ventana. —Vale, ahora voy —dijo, volviéndose hacia ella. —¿Te reclaman en urgencias? —preguntó Oksana con voz ahogada. —No. Mi ex me ha llamado. Dice que la niña llora, que no quiere dormirse sin mí. Vuelvo enseguida. —Valen, faltan menos de tres horas para el Nuevo Año —la voz se le quebró de contener el llanto. —Me da tiempo. La acuesto, dejo el regalo y vuelvo. Tardo poco —le dio un beso rápido y salió. Oksana trató de no tener celos, de no ponerse nerviosa, pero no lo lograba. Tenía todo listo, se vistió. El reloj corría hacia las doce y Valentín no volvía. No le llamó por si iba conduciendo, le escribió, pero no respondió. Cansada de esperar, con pena vio la mesa preparada; apagó las velas. Ahora comprendía a su ex. ¿Y si la madre tenía razón y ella volvía a por él? ¿Qué haría ella? Porque le quería. Esperar y estar pendiente de la puerta era insoportable. Se acordó de la vecina del primero: vivía sola. Valentín le contó que nunca se casó ni tuvo hijos. Oksana, esta Nochevieja, también estaba sola. No era justo recibir el año así. Cogió dos tuppers, metió ensaladilla y un trozo de tarta y bajó al primero. La anciana tardó en abrir. Oksana le explicó a trompicones por qué venía. Al fin, la abrió y la miró con curiosidad. —Le he traído ensaladilla y tarta. La he hecho yo. ¿Le molesta si le hago compañía? —Pasa, hija —dijo la anciana. Era menuda, encogida. Pero la casa, limpia y cálida. No había árbol ni mesa festiva. Solo encendido el televisor y poco más. —Aquí tienes —puso Oksana la comida en la mesa. —Gracias. Siéntate, que voy a poner el té —dijo la anciana. —¿Vives con Valentín? —preguntó después, sirviendo el té. —Sí. La anciana asintió como aprobando. —Su mujer no saludaba, iba a lo suyo, ni trabajaba. Tú parece que eres diferente. ¿Le han llamado otra vez del hospital? —Ha ido con su hija. La anciana volvió a asentir. —Volverá, no te preocupes. Es un buen hombre. —¿Y usted, está sola? —Siempre. Tenía que haber tenido hijos, pero qué voy a decir ahora… También tuve un gran amor. Pero mi amiga me lo quitó. —¿Cómo fue eso? —Después del colegio me fui a estudiar enfermería, a la capital. Mi Fede se quedó en el pueblo. El 31, tras las clases, fui a verle para Nochevieja. Pero el autobús se rompió por el camino, pinchazo y todo. Ya era de noche. El conductor fue a buscar ayuda; los demás, en el bus. Así que, como se acercaba la medianoche, seguí andando. Empezó a nevar, luego viento, la ventisca de verdad. Ya había caminado bastante, y no retrocedí. Era joven, la ilusión me empujaba. Pensé que el bus me alcanzaría luego. Así recibí el año en la carretera. Cuando llegué, tenía todo el rostro y los dedos helados, aunque el frío no era para tanto, pero el viento sí. Estuve varios días grave. Y cuando desperté, mi amiga me dijo que Fede ya no era para mí, que estaba embarazada. Él quiso hablar, pero no quise escuchar. Me marché a la ciudad, no le volví a ver. Aunque nunca le olvidé. Solo muchos años después supe que ella había mentido sobre el embarazo. Y mi Fede se dio a la bebida y murió de frío una noche. Era un buen chico —suspiró la anciana. —Así que nunca me casé. Solo le quise a él y nada más. Tenía que haber hablado con él, haber perdonado. Mi vida habría sido distinta. —Se enjugó los ojos. —Vi por la ventana que Valentín nunca era tan feliz con ella como contigo. Si le quieres, perdónale; no tengas celos. O mejor, marchaos los dos. Ella no te dará tregua. No hagas como yo. Hazle caso al corazón. Oksana volvió a casa, guardó todo en la nevera. Valentín llegó la mañana siguiente. —Perdón. No sé qué ha pasado. Creo que me puso algo en el té. Me acabo de despertar ahora con un dolor de cabeza brutal. —¿Por qué no te divorcias? ¿Es que aún la quieres? —No. Si la conocieras, no preguntarías. Quiero a mi hija. Oksana, sé que has tenido que esperar y que te has imaginado de todo. No hay nada entre nosotros. ¿Me crees? Oksana se acercó, le abrazó y le miró a los ojos. —Vámonos. Donde sea. Hospitales hay en cualquier sitio. Tú eres un gran cirujano… —Ahora no puedo hablar de eso. Me duele mucho la cabeza. Luego, ¿vale? Te quiero. Él se quedó dormido y Oksana pensó en las palabras de la vecina. “La niña es aún pequeña. Se olvida de todo, y llevan medio año sin vivir juntos. La ex lo ha planeado todo. Quizás solo quiera que yo me canse y le deje. Se equivoca. Yo lucharé por él. Cuando despierte, hablaremos…” Oksana apagó las luces del árbol y se acurrucó junto a Valentín. “Te quiero. Esa palabra no lo dice todo. Te quiero. Te quiero. Hay mil formas de decirlo, pero te quiero.” (Annie Hall) “Cuando amas, se puede perdonar todo… menos una cosa, que dejen de amarte.”

21 de diciembre, Madrid

¿Estás ocupada, Cayetana? me preguntó mi madre, asomándose a la puerta de mi habitación.
Dame un minuto, mamá. Envío este correo y te ayudo, respondí sin apartar la vista de la pantalla.
Me he quedado corta de mayonesa para la ensaladilla. Y se me ha olvidado comprar eneldo. ¿Te da tiempo a bajar al súper antes de que cierren?
Vale, voy ahora.
Perdona que te moleste. Ya te has hecho el peinado Este lío de las fiestas me tiene la cabeza loca, suspiró mi madre.
Listo, cerré el portátil y me giré hacia ella. ¿Me repites qué necesitas?
Me puse las botas y la chaqueta, pero no el gorro para no estropear el peinado. Total, el supermercado está en el portal de al lado; no iba a helarme. Hacía ese frío seco y chispeante de diciembre, y caía una nevada fina y silenciosa, de las que parecen sacadas de un cuento navideño.

Apenas había gente en el súper: sólo algunos despistados que, como nosotras, iban a por los últimos ingredientes. De eneldo solo quedaba un pequeño manojo mezclado con un poco de perejil y cebollino bastante mustio. Dudé si preguntarle a mi madre si compraba ese, pero al meter la mano en el bolso recordé que me había dejado el móvil en casa. Pensándolo un momento, cogí el paquete igual, escogí una bolsa de mayonesa medio escondida en el estante casi vacío, pagué en caja y salí.

No llevaba ni dos metros andados cuando de repente un coche giró la esquina y me cegó con las luces. Me aparté instintivamente, resbalando con el tacón sobre una placa de hielo que el polvo de nieve ocultaba. Sentí el pie doblarse y acabé en el suelo de bruces. La bolsa voló al bordillo.

Al intentar levantarme, el dolor en el tobillo fue tan fuerte que se me nublaron los ojos de lágrimas. Nadie a la vista. Sin móvil. ¿Qué hago? No escuché cómo se abría la puerta del coche.

¿Te has hecho daño? Un joven se agachó junto a mí. ¿Puedes ponerte de pie? Te ayudo, y me ofreció la mano.
Creo que me he roto el pie por tu culpa. Así vais por aquí con vuestros coches, convirtiendo la acera en una pista de hielo, solté aguantando las lágrimas, rechazando su mano.
La culpa es tuya: ¿qué haces yendo en tacones por la noche?
Vete a la porra, le solté entre sollozos.
¿Vas a quedarte aquí toda la noche? En fin. No soy ningún asesino. ¿Vives cerca?
Allí, señalé el portal de al lado.
Se fue sin decir nada más, pero a los segundos escuché el motor. Dio marcha atrás y paró a mi lado.
Ahora te levanto, intenta no apoyar ese pie. Un, dos, tres Sin darme tiempo a protestar, me cargó en brazos y me ayudó a incorporarme. Apoyé sólo el pie bueno.
¿Puedes mantenerte? me preguntó mientras sostenía mi peso y abría la puerta del coche.
¡Mi bolsa! exclamé ya sentada en el asiento.
Él echó un vistazo, recogió la bolsa y la dejó en el asiento trasero.

Me ayudó a bajar al portal y, sin dejarme protestar, me cogió en brazos para subir las escaleras, ya que el ascensor lleva meses estropeado. Aferrada a su cuello, sentía su respiración entrecortada mientras subíamos. Vi la gota de sudor bajándole por la sien bajo la luz mortecina de la escalera y pensé vengativa: Eso te pasa por correr delante del súper.

Déjame, de aquí llego yo, le pedí antes de la puerta del piso.
No respondió, sólo resoplaba del esfuerzo. En ese momento se abrió la puerta y apareció mi madre, alarmada.
¿Cayetana? ¿Pero qué pasa?
Él entró casi sin dejarme tiempo y me depositó con delicadeza en el suelo.
Siéntese en la silla, por favor, dijo, dirigiéndose a mi madre, que parecía no saber dónde meterse.
Mamá trajo una silla de la cocina y me senté, estirando la pierna dolorida. El joven se arrodilló delante.
¿Pero qué está pasando? protestó mi madre.
Él, imperturbable, me tomó el pie y de golpe desabrochó la cremallera de la bota. Di un brinco de dolor.
¡Ay! ¡Eso duele!
¿Pero qué le hace, por Dios? ¡Que le duele! gritó mi madre, horrorizada al ver cómo se hinchaba el tobillo, rojo bajo las medias.
Voy a llamar a urgencias, dijo mi madre.
Es sólo un esguince. Soy médico. Tráigame hielo, rápido, ordenó él.
Sin rechistar, mi madre volvió con una bolsa de guisantes congelados.
Póngalo aquí, indicó el joven, enderezándose e inclinándose hacia la puerta.
¿Te vas? pregunté asustada.
Bajo al coche a por una venda elástica. Traigo también tu bolsa, y salió.
¿Le has dejado tu bolsa? ¿Y si se la lleva? ¡Cayetana, pero quién es este chico! mi madre, temblando, me ponía la bolsa congelada en el tobillo.
Me mordí el labio por el dolor.
Salió con el coche de sopetón, me he caído y me ha traído a casa. No sé más.
¿Y si es un carterista? Ahora se va y tenemos las llaves, la tarjeta, los euros ¿Llamamos a la policía antes de que desaparezca? susurró mi madre.
¿Qué dices, mamá? Si quisiera robarme me habría dejado tirada delante del súper. Me ha subido en brazos hasta casa.
No sé yo dudó.
En ese momento sonó el portero automático.
Es él. Mamá, ábrele.
El chico entró, dejó cuidadosamente mi bolsa sobre el mueble del recibidor y nos miró a ambas.
Mirad que no falte nada, dijo. Dejó la chaqueta en el suelo, clavó la rodilla y volvió a cogerme el pie.
Esto va a doler mucho, pero tengo que colocarlo. Agárrate fuerte, me advirtió.
Me sujeté al asiento mientras notaba cómo con una rápida maniobra me recolocaba el tobillo. El grito se me ahogó en la garganta y se me oscureció la vista.
Ya está. Ahora dolerá menos, murmuró.
Mi madre entró corriendo justo después, presa del susto.
Ya está. Es sólo un esguince. Unos días y estará bien. No apoyes, dijo, vendando mi tobillo.
Muchísimas gracias, perdone he pensado cosas horribles de usted, dijo mi madre. Quédese a cenar. No dará tiempo a volver a casa antes de las campanadas, y tengo todo listo
El joven dudó un segundo.
Bueno espero que no moleste.
¡Qué va! Ayúdame con el cava sonrió mi madre.
¡Mamá! la miré, escandalizada.
Venga, que saco el cordero del horno y tú, Cayetana, te vas al sofá con el joven, bromeó.

Me ayudó apoyada en su brazo a llegar al sofá. Dolía, pero podía soportar el peso sobre la puntera. Me reconfortaba notar su cercanía, su mano sujetándome la cintura.
Gracias, le dije ya sentada.
No hay de qué. En realidad la culpa es mía.
No, la culpa fue mía por salir corriendo. ¿Cómo te llamas?
Gonzalo. ¿Nos tuteamos?
Claro. ¿De verdad eres médico?
Cirujano. Paré para comprar un par de cosas se sentó conmigo.
Seguro que tu mujer te espera preocupada.
Se fue hace medio año, cansada de mis turnos interminables. Ni los fines de semana, ni en Nochevieja me dejan en paz Se llevó a la niña a casa de su madre.
Seguro que tengo pinta de desastre, murmuré, avergonzada.
Todo lo contrario.

Y así, los tres celebramos juntos el Año Nuevo. Dicen que como lo celebras, así será el año.

Después, cuando Gonzalo se marchó, me costó dormir. Seguía notando su brazo en mi cintura, recordando cómo me llevó en brazos. Aún me palpitaba el pulso recordando sus manos. ¿Y cómo olvidar eso?

Por la mañana, puse el pie en el suelo y, aunque hinchado y apretado con la venda, podía andar.

Me costó disimular la alegría cuando Gonzalo volvió a vernos. Me quitó la venda, miró el tobillo con atención y la volvió a poner.
Todo bien. ¿Te sostienes?
¿No habíamos ya pasado al tú? Sí, puedo, respondí.
¿Un té? preguntó mi madre.
La próxima, voy de guardia.
¿Nos veremos otra vez? pregunté, con prisa.
Me sonrió de vuelta.

Dos meses después me mudé con él.
Ni siquiera se ha divorciado. ¿Y si ella vuelve? repetía mi madre mientras yo hacía la maleta.
No volverá. Gonzalo dice que tiene a otra persona.
No sé me parece precipitado.
Ese año fue tan feliz. Le tenía celos cuando iba con su hija. Yo le veía con su ex. Era guapísima, según una foto. Poco a poco, empecé a comprenderla. A Gonzalo le llamaban del hospital los fines de semana, los festivos, hasta de noche. Y ahí hay enfermeras jóvenes. Es normal que alguien se enamore de él. Pero cuando estaba cerca, yo era la mujer más feliz.

Pasó el año. Fue un año dichoso, aunque Gonzalo nunca se divorció de su ex, lo único que me inquietaba. Mi madre no paraba de aconsejarme que hablara con él para aclararlo. Pero yo dudaba y aplazaba el momento.

El 31, me afanaba en la cocina. El árbol brillaba en el salón y el vestido nuevo me esperaba sobre la cama. Mirando el asado, sonó el teléfono. Llegué y vi a Gonzalo de espaldas, hablando por móvil.
Vale, voy ahora mismo, dijo antes de colgar.
¿Te llaman otra vez de guardia? pregunté con voz ya a punto de quebrarse.
No. Es Paula, mi ex. La niña está llorando, no quiere dormir sin mí. Voy rápido y vuelvo.
Gonzalo, quedan menos de tres horas para las campanadas mi voz tembló.
No tardo nada, te lo prometo. La acuesto, le dejo el regalo y vuelvo enseguida, me besó la mejilla y salió.

Intenté convencerme de que no era para tanto, que no debía ponerme nerviosa, pero el nudo en el estómago no se fue. Todo estaba preparado, estrené el vestido. Los minutos pasaban y Gonzalo no volvía. No llamé, tal vez conducía. Le mandé un mensaje, pero no respondió.

Cansada de esperar, apagué las velas del comedor y lo metí todo en el frigorífico. Ahora comprendía perfectamente a su esposa. ¿Y si mi madre tenía razón, y Paula volvía? ¿Y yo? Porque yo amaba a Gonzalo.

Me agobiaba escuchar cada rumor en la escalera. De pronto recordé a doña Herminia, la anciana del primero. Vivía sola. Gonzalo decía que jamás se casó. Yo también estaba sola esta Nochevieja. Es triste comenzar el año así. Cogí un par de fiambreras: en una metí ensaladilla, en la otra un trozo de tarta y bajé.

Costó que abriera. Cuando lo hizo, me miró con desconfianza.
Soy Cayetana, la vecina, vengo a traerle algo de ensaladilla y tarta. ¿Le molesta que pase a felicitarle el año?
Pasa, dejó la puerta entornada.
Pequeñita y menuda, y todo limpio y cálido, pero nada de guirnaldas ni árbol, sólo el televisor en voz baja.

Coloqué los recipientes sobre la mesa.
Gracias, hija. Siéntate, voy a poner el agua a hervir y se fue a la cocina.
¿Vives con Gonzalo? Preguntó tomando el té.
Sí.
Asintió como aprobando.
La otra, la exmujer, ni saludaba, muy estirada, nunca trabajaba. Tú eres distinta. ¿Le han llamado otra vez del hospital?
Va a ver a su hija.
Otro gesto de aprobación.

Volverá. Lo sé. Es buena persona sentenció.
¿Y usted siempre sola?
Toda la vida. Debería haber tenido hijos, pero, en fin Tuve mi gran amor, pero una amiga me lo quitó.
¿Cómo fue eso?
Después del instituto me fui a estudiar enfermería a Valladolid. Mi novio, Federico, se quedó en el pueblo. Quise darle la sorpresa en Nochevieja y fui a verle, pero el autocar se averió y cayó la noche. No había móviles entonces. El conductor se fue a buscar ayuda y yo, impaciente por el reloj, me lancé a andar bajo la nieve.
Al final, Nochevieja me pilló en medio del campo Cuando llegué al pueblo, con la cara congelada, mi amiga me dijo que Federico estaba con ella y que esperaba un hijo suyo.
No le perdoné, me fui de vuelta a la ciudad. Nunca volví a verle. Tardé mucho en saber que mi amiga mintió. Federico se fue viniendo abajo y acabó muriendo solo. Era bueno. Soltó un suspiro.
No me casé. Sólo le amé a él. Debería haberle escuchado y perdonado Toda mi vida habría cambiado. Se enjugó una lágrima.
Yo te he visto desde mi ventana. Gonzalo nunca fue tan feliz ni con su esposa como contigo. Si le quieres, perdónale, no seas celosa. Y si puedes, iros lejos juntos. No dejes que la otra te amargue. No repitas mis errores. Hazle caso a tu corazón.

Volví a casa, recogí la cena y guardé el vestido. Gonzalo no apareció hasta el día siguiente.
Perdóname. No entiendo cómo he podido quedarme así. Creo que ella me echó algo en la infusión. Acabo de despertarme con un dolor atroz de cabeza.
¿Por qué no te divorcias? ¿La sigues queriendo?
No, en absoluto. Si la conocieras, ni me lo preguntarías. La que quiero es a nuestra hija Sé que te he hecho esperar, quizá te hayas hecho ideas Entre ella y yo no ha pasado nada, ¿me crees?
Me acerqué. Abracé a Gonzalo mirándole a los ojos.
Vámonos, a cualquier sitio. Donde sea. Hay hospitales en todos lados. Eres un gran cirujano
No tengo fuerzas ahora para hablar. Me va a estallar la cabeza. Después, ¿vale? Te quiero.
Durmió. Yo lo contemplaba, recordando las palabras de doña Herminia.

Su hija es pequeña, esto lo olvidan pronto Hace meses que no están juntos. Todo lo monta la ex para que me canse y lo deje. Pero voy a luchar por él. Cuando despierte, hablaremos de verdad

Apagué la guirnalda del árbol y me tumbé a su lado, apretándome fuerte.

“Te quiero. Decirlo así no es decirlo todo. Te quiero. Te quiero. Puede decirse de muchas maneras, pero yo te quiero.

Cuando amas, puedes perdonar todo Menos que te dejen de querer.

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MagistrUm
Oksana, ¿tienes un momento? – preguntó su madre asomándose a la habitación de su hija. —Un minuto, mamá. Ahora mando este correo y te ayudo —respondió la hija sin despegarse de la pantalla. —Me falta mayonesa para la ensaladilla. No lo he calculado bien. Y se me ha olvidado comprar eneldo. ¿Te acercas a la tienda antes de que cierre? —Vale. —Perdona por hacerte ir. Ya te has peinado y todo… Con estos preparativos de Nochevieja, tengo la cabeza a mil —suspiró la madre. —Ya está —Oksana cerró el portátil y se giró hacia su madre—. ¿Qué decías? Se puso las botas y el abrigo de pelo, pero la boina no, para no estropearse el peinado. La tienda estaba enfrente; no le daría tiempo a helarse. Fuera hacía un frío suave y caía copos finos, como en un cuento de Navidad. Había poca gente en la tienda. Solo iban los que, en el ajetreo, habían olvidado comprar algo. Solo quedaba eneldo en un paquete con perejil y cebollino, bastante mustio. Oksana pensó en preguntar a su madre si ese valdría o mejor no cogerlo, pero entonces cayó en la cuenta: se había dejado el móvil en casa. Dudó, pero al final cogió el manojo de hierbas, rebuscó entre las pocas bolsas de mayonesa y pagó. Apenas había salido de la tienda cuando un coche apareció de repente en la esquina y la deslumbró con las luces. Se apartó bruscamente. El tacón resbaló sobre el hielo oculto bajo la nieve y cayó con un golpe seco en la acera. El bolso salió volando. Intentó levantarse, pero un dolor agudo la atravesó el tobillo y se le llenaron los ojos de lágrimas. No había nadie alrededor, ni móvil. ¿Qué iba a hacer? No oyó cómo, detrás de ella, se cerraba suavemente la puerta del coche. —¿Te has hecho daño? —Un joven la miraba inclinado sobre ella—. ¿Puedes levantarte? Te ayudo —le tendió la mano. —Me he debido romper el pie por tu culpa. Vais con los coches como locos y dejáis la acera como una pista de hielo… —sollozó Oksana entre dientes, ignorando su mano. —Tú sabrás, ¿quién te manda andar con tacones a estas horas? —Pues vete a la porra —se rebotó Oksana, sollozando. —¿Vas a quedarte toda la noche sentada aquí? Mira, no soy asesino de chicas guapas. ¿Dónde vives? —Ahí —dijo Oksana, señalando el portal de al lado. El joven se marchó de repente. Pero enseguida oyó el motor: el coche reculó y se paró a su lado. —Te voy a levantar; apóyate solo en la pierna buena. Una, dos, tres… —y, sin que le diera tiempo a protestar, él la alzó y la apoyó con sumo cuidado. —¿Te mantienes? —la sujetó con una mano mientras abría la puerta del coche con la otra—. Ahora, agárrate a mí y siéntate. —El bolso —jadeó Oksana dejándose caer. Él echó un vistazo hacia atrás, cogió el bolso y lo dejó en el asiento trasero. En el portal, la ayudó a bajarse y en seguida la cogió en brazos. Con un golpe de pie cerró la puerta del coche. Ante el portal, se detuvo: —¿Las llaves están en el bolso? ¿Hay alguien en casa? —Mi madre. —Entonces marca el portero y dile que baje a abrir. En su bloque no había ascensor. El joven, sin preguntar, empezó a subir con ella en brazos hasta el tercer piso. Oksana se agarró a su cuello y pudo oír su respiración agitada. Bajo la tibia luz de las escaleras, le vio gotas de sudor en la sien: “Así aprendes. Para que no corras por la calle cerca de la tienda”, pensó vengativa. —Déjame aquí, ya sigo yo —pidió Oksana ante la puerta. Él solo jadeaba, sin responder. En ese momento, se abrió la puerta y apareció la madre. —¿Oksana? ¿Qué ha pasado? El joven entró empujando suave y colocó a Oksana de pie. —Tráigale una silla —ordenó a la madre, asustada. La madre trajo una silla, y Oksana se dejó caer aliviada, estirando la pierna dolorida. El joven se arrodilló frente a ella. —¿Pero esto qué es? —protestó la madre. Él, como si no la oyera, sujetó la pierna de Oksana mientras le abría bruscamente la cremallera de la bota. Oksana dio un grito. —¡Qué hace! ¡Duele! —¡Está sufriendo! —chilló la madre, horrorizada al ver cómo el tobillo se hinchaba y tomaba un color oscuro visible aún a través de las medias. —Voy a llamar a urgencias —dijo la madre. —Solo es una luxación. Soy médico. Tráigame hielo, deprisa —dio la orden. Y la madre fue corriendo a la cocina, para volver con un pollo congelado. —Póntelo en el tobillo —dijo el joven y se levantó para abrir la puerta–. —¿Te vas? —preguntó nerviosa Oksana. —Bajo al coche. Tengo una venda elástica. Y tu bolso. Vuelvo ahora —dijo él y salió. —¿Le has dejado el bolso en el coche? Oksana, ¿quién es ese muchacho? —La madre le aplicó a Oksana el pollo congelado. Oksana se estremeció de dolor. —[Él] apareció con el coche en la esquina, me asusté, resbalé y caí. Me ha traído a casa. No sé más. —¿Y si es un timador? Ahora se va con el bolso, con las tarjetas y las llaves. ¿Llamo a la policía antes de que desaparezca? —susurró la madre. —¡Qué policía ni qué policía! Si quisiera robarme, me habría dejado tirada. Si me ha traído a casa… —No sé, no sé… —replicó la madre. En ese momento, sonó el portero. —Es él. Mamá, ábrele —pidió Oksana. El joven entró, miró a las dos mujeres y dejó el bolso en la cómoda. —Compruebe que está todo —dijo, se quitó la chaqueta y la tiró al suelo, arrodillándose sobre ella. —Ahora dolerá. Hay que reducir la luxación. Agárrate fuerte a la silla. Así será más fácil. Con una mano sujetó el pie, lo giró despacio. Oksana gimió, mordiéndose los labios. —Se os está quemando algo —le dijo a la madre el joven. La madre salió corriendo a la cocina. En el siguiente instante, el tobillo de Oksana explotó de dolor. Todo se nubló. —Tranquila. Ahora ya está —dijo él, en voz baja. La madre volvió, quedó petrificada al ver a Oksana llorar. —En la cocina todo… —empezó ella, pero el joven la interrumpió. —He colocado la luxación. Dolerá unos días. No le cargues peso. —Le apoyó la pierna y se levantó. —Muchas gracias. Perdón por lo que he pensado de ti —dijo la madre—. ¿Quieres quedarte? Queda poco para las campanadas y no llegarás a casa. Y yo tengo todo preparado, así que… El joven lo pensó un instante: —Vale, si no molesto. —¡Qué va! Ayuda con el cava. —¡Mamá! —protestó Oksana. —¿Qué pasa? Saco la carne del horno. Tú, joven, lleva a Oksana al salón. Con ayuda, Oksana fue saltando hasta el sofá. Probó pisar con la punta: dolía, pero soportable. Pero le gustaba sentir su mano en la cintura. —Gracias —dijo al sentarse y estirar la pierna. —A ti. La culpa ha sido mía —respondió él. —No digas eso. Yo me asusté sola. ¿Cómo te llamas? —Valentín. ¿Nos tuteamos? —Vale. ¿De verdad eres médico? —Cirujano. Iba a comprar algo… —dijo él, sentándose junto a Oksana. —Te espera tu esposa —insinuó ella. —Me dejó hace medio año. Se cansó de que estuviera siempre de guardia. Se llevó a la niña con ella a casa de su madre. —Seguro que estoy horrible —suspiró Oksana. —Todo lo contrario. Así, los tres recibieron el Año Nuevo. Como lo empiezas, así lo sigues. Cuando Valentín se fue, ella y su madre se acostaron. Oksana no podía dormir. Seguía sintiendo las manos de Valentín en la cintura, recordando cómo la llevó en brazos… ¿Cómo iba a olvidarlo? Por la mañana pudo apoyar el pie; el tobillo estaba más hinchado, la venda apretaba, pero podía andar. No pudo ocultar una sonrisa cuando Valentín volvió a pasar por casa. Le revisó el pie y volvió a vendarlo. —Todo bien. ¿Puedes apoyar? —Claro, ayer ya nos tuteábamos. Sí, puedo —replicó Oksana. —¿Un té? —ofreció la madre. —Era sólo una visita rápida. Me toca guardia. —¿Vendrás más? —preguntó rápido Oksana. El joven sonrió. Dos meses después, Oksana se mudó con él. —Ni siquiera está divorciado. ¿Y si vuelve la esposa? —rezongaba la madre mientras Oksana hacía la maleta. —No va a volver. Si lo hace, él dice que no le importa. —No sé, hija, te precipitas. Fue un año feliz. Oksana sentía celos cuando él iba con la hija. Le veía con la ex. Había visto fotos de ella: guapa. Viviendo con él empezó a comprender a la exmujer: las guardias, los turnos, los festivos… Y en el hospital, todas esas enfermeras jóvenes. Era imposible no enamorarse de él. Pero cuando estaba con ella, Oksana era feliz. Pasó el año. Pese a todo, fue feliz. Valentín no llegó a divorciarse. Eso era el único borrón. Otra vez su madre rondándole con consejos de hablar claro y definir la relación. Pero Oksana dudaba. La noche del 31, ella trajinaba en la cocina. En el salón brillaba el árbol de Navidad, en la habitación estaba el vestido nuevo. Oksana revisó la carne y oyó el teléfono. Cuando entró, Valentín hablaba por la ventana. —Vale, ahora voy —dijo, volviéndose hacia ella. —¿Te reclaman en urgencias? —preguntó Oksana con voz ahogada. —No. Mi ex me ha llamado. Dice que la niña llora, que no quiere dormirse sin mí. Vuelvo enseguida. —Valen, faltan menos de tres horas para el Nuevo Año —la voz se le quebró de contener el llanto. —Me da tiempo. La acuesto, dejo el regalo y vuelvo. Tardo poco —le dio un beso rápido y salió. Oksana trató de no tener celos, de no ponerse nerviosa, pero no lo lograba. Tenía todo listo, se vistió. El reloj corría hacia las doce y Valentín no volvía. No le llamó por si iba conduciendo, le escribió, pero no respondió. Cansada de esperar, con pena vio la mesa preparada; apagó las velas. Ahora comprendía a su ex. ¿Y si la madre tenía razón y ella volvía a por él? ¿Qué haría ella? Porque le quería. Esperar y estar pendiente de la puerta era insoportable. Se acordó de la vecina del primero: vivía sola. Valentín le contó que nunca se casó ni tuvo hijos. Oksana, esta Nochevieja, también estaba sola. No era justo recibir el año así. Cogió dos tuppers, metió ensaladilla y un trozo de tarta y bajó al primero. La anciana tardó en abrir. Oksana le explicó a trompicones por qué venía. Al fin, la abrió y la miró con curiosidad. —Le he traído ensaladilla y tarta. La he hecho yo. ¿Le molesta si le hago compañía? —Pasa, hija —dijo la anciana. Era menuda, encogida. Pero la casa, limpia y cálida. No había árbol ni mesa festiva. Solo encendido el televisor y poco más. —Aquí tienes —puso Oksana la comida en la mesa. —Gracias. Siéntate, que voy a poner el té —dijo la anciana. —¿Vives con Valentín? —preguntó después, sirviendo el té. —Sí. La anciana asintió como aprobando. —Su mujer no saludaba, iba a lo suyo, ni trabajaba. Tú parece que eres diferente. ¿Le han llamado otra vez del hospital? —Ha ido con su hija. La anciana volvió a asentir. —Volverá, no te preocupes. Es un buen hombre. —¿Y usted, está sola? —Siempre. Tenía que haber tenido hijos, pero qué voy a decir ahora… También tuve un gran amor. Pero mi amiga me lo quitó. —¿Cómo fue eso? —Después del colegio me fui a estudiar enfermería, a la capital. Mi Fede se quedó en el pueblo. El 31, tras las clases, fui a verle para Nochevieja. Pero el autobús se rompió por el camino, pinchazo y todo. Ya era de noche. El conductor fue a buscar ayuda; los demás, en el bus. Así que, como se acercaba la medianoche, seguí andando. Empezó a nevar, luego viento, la ventisca de verdad. Ya había caminado bastante, y no retrocedí. Era joven, la ilusión me empujaba. Pensé que el bus me alcanzaría luego. Así recibí el año en la carretera. Cuando llegué, tenía todo el rostro y los dedos helados, aunque el frío no era para tanto, pero el viento sí. Estuve varios días grave. Y cuando desperté, mi amiga me dijo que Fede ya no era para mí, que estaba embarazada. Él quiso hablar, pero no quise escuchar. Me marché a la ciudad, no le volví a ver. Aunque nunca le olvidé. Solo muchos años después supe que ella había mentido sobre el embarazo. Y mi Fede se dio a la bebida y murió de frío una noche. Era un buen chico —suspiró la anciana. —Así que nunca me casé. Solo le quise a él y nada más. Tenía que haber hablado con él, haber perdonado. Mi vida habría sido distinta. —Se enjugó los ojos. —Vi por la ventana que Valentín nunca era tan feliz con ella como contigo. Si le quieres, perdónale; no tengas celos. O mejor, marchaos los dos. Ella no te dará tregua. No hagas como yo. Hazle caso al corazón. Oksana volvió a casa, guardó todo en la nevera. Valentín llegó la mañana siguiente. —Perdón. No sé qué ha pasado. Creo que me puso algo en el té. Me acabo de despertar ahora con un dolor de cabeza brutal. —¿Por qué no te divorcias? ¿Es que aún la quieres? —No. Si la conocieras, no preguntarías. Quiero a mi hija. Oksana, sé que has tenido que esperar y que te has imaginado de todo. No hay nada entre nosotros. ¿Me crees? Oksana se acercó, le abrazó y le miró a los ojos. —Vámonos. Donde sea. Hospitales hay en cualquier sitio. Tú eres un gran cirujano… —Ahora no puedo hablar de eso. Me duele mucho la cabeza. Luego, ¿vale? Te quiero. Él se quedó dormido y Oksana pensó en las palabras de la vecina. “La niña es aún pequeña. Se olvida de todo, y llevan medio año sin vivir juntos. La ex lo ha planeado todo. Quizás solo quiera que yo me canse y le deje. Se equivoca. Yo lucharé por él. Cuando despierte, hablaremos…” Oksana apagó las luces del árbol y se acurrucó junto a Valentín. “Te quiero. Esa palabra no lo dice todo. Te quiero. Te quiero. Hay mil formas de decirlo, pero te quiero.” (Annie Hall) “Cuando amas, se puede perdonar todo… menos una cosa, que dejen de amarte.”