—Oksana, ¿estás ocupada?— preguntó su madre, asomándose a la habitación de su hija. —Dame un minuto, mamá. Envío este correo y te ayudo— respondió la hija sin apartar la vista de la pantalla. —Me falta mayonesa para la ensaladilla. No he calculado bien. Y se me ha olvidado comprar eneldo. ¿Te importaría bajar al súper antes de que cierren? —Vale. —Perdona por molestarte. Ya te has peinado y todo. Tengo la cabeza hecha un lío con las prisas por la Nochevieja— suspiró la madre. —Ya está.— Oksana cerró el portátil y se giró hacia su madre—. ¿Qué decías? Se puso las botas, el abrigo de piel, pero decidió no ponerse el gorro para no estropear el peinado. El supermercado estaba en el bloque de al lado; no le daría tiempo a pasar frío. En la calle hacía fresco, caía una nevada suave— una verdadera postal navideña. En el súper había poca gente. Solo entraban los despistados que, entre el ajetreo, se habían olvidado de algo. Solo quedaba eneldo en un súper-pack con perejil y cebollino, pero estaba algo mustio. Oksana pensó en llamar a su madre para preguntar si ese servía o mejor pasaban sin él, pero se dio cuenta de que había dejado el móvil en casa. Tras dudarlo, decidió llevarse el pack y una mayonesa escogida de entre lo poco que quedaba en las estanterías, pagó y salió. No había dado ni cinco pasos cuando, al doblar la esquina, un coche la deslumbró con los faros. Se apartó instintivamente. El tacón resbaló sobre una capa de hielo bajo la nieve y Oksana fue al suelo de bruces. El bolso voló hasta el bordillo. Al intentar levantarse, sintió un pinchazo punzante en el tobillo que le hizo saltar las lágrimas. Nadie alrededor. Sin teléfono. ¿Qué hacer? No oyó tras ella el suave golpe de la puerta del coche. —¿Estás bien? —Un hombre joven se agachó junto a ella—. ¿Puedes ponerte en pie? Déjame ayudarte— le ofreció la mano. —Creo que me he roto el pie por tu culpa. Tanto cochecito y la acera es una pista de hielo— gruñó Oksana, rechazando la mano. —Tú verás, pero así no llegas muy lejos. ¿Vas a esperar aquí a que amanezca?— El hombre suspiró—. ¿Dónde vives? —Allí.— Señaló con la cabeza el bloque contiguo. Él desapareció por un momento y volvió con el coche más cerca. —Vamos, te ayudo a levantarte. No apoyes el pie malo, ¿vale? A la de tres…— De un tirón suave la alzó, sujetándola. —¿Puedes estar de pie?— preguntó, abriéndole la puerta del coche. —¡Mi bolso!— reclamó ella. El joven recogió su bolsa y la puso en el asiento de atrás. Al llegar a su portal, la ayudó a bajar y la cogió en brazos subiendo las escaleras hasta el tercero. Oksana rodeó su cuello, escuchando su respiración entrecortada mientras subía; en la penumbra vio el sudor correrle por la sien. “Así aprenderás a no correr con el coche”, pensó con desquite. —Déjame, aquí sigo yo— murmuró Oksana antes de la puerta. La madre abrió en ese momento, sobrecogida al ver la escena. —¿Oksana?, ¿qué ha pasado aquí? El joven, sin mucho miramiento, la dejó pasar, depositó a su hija en una silla y se puso de rodillas ante ella. —¿Se puede saber qué ocurre?— exclamó la madre. Él no contestó, tomó el tobillo de Oksana y le bajó la cremallera al botín con manos seguras. Ella gritó de dolor. —¡Cuidado! ¡Le haces daño!— protestó la madre. —Es solo un esguince. Soy médico. Tráigame hielo, rápido— ordenó el joven. La madre obedeció y regresó con un paquete de pollo congelado. —Póngalo aquí— indicó el médico—. Bajo al coche a por una venda elástica y traigo tu bolso. —¿Ese quién es?— siseó la madre—. ¿Y si es un ladrón? ¿Y si se lleva tu bolso con la tarjeta y las llaves? —Mamá, basta. Si me fuera a dejar tirada, lo habría hecho ya en la calle. Al poco el timbre sonó: era él. Le devolvió el bolso y, tras comprobar que todo estaba, puso rodilla en el suelo. —Ahora va a doler. Aguanta el asiento con fuerza— avisó. Tomando el pie, le devolvió el hueso a su sitio de un tirón experto. El grito de Oksana retumbó en el pasillo, pero tras unos segundos el dolor empezó a ceder. —Todo irá bien. Unos días de reposo y estarás perfecta. —Gracias. Perdón por lo que pensé de ti— admitió la madre—. ¿Quieres quedarte? No llegarás a tu casa antes de las uvas. Aquí tienes sitio y de todo. El muchacho dudó, luego asintió. —Gracias, si no molesto… —En absoluto. Luego me ayudas con el cava— sonrió la madre. Oksana, cojeando y apoyada en él, llegó hasta el sofá, notando la mano del joven rodeándole la cintura. —Gracias— murmuró al sentarse. —No hay de qué. Ha sido culpa mía… —No digas bobadas. Por cierto, ¿cómo te llamas? —Valerio. ¿Te parece que nos tuteemos? —Claro. ¿Y eres médico de verdad? —Cirujano. —Tu mujer debe de estar enfadada, ¿no? —Me dejó hace medio año. El hospital no te deja libre ni en vacaciones. Cogió a la niña y se marchó a casa de su madre. —¿Qué aspecto tengo? —Estás preciosa. Así, de la forma más insospechada, los tres recibieron juntos el Año Nuevo. Y como dice el refrán español: “Como empieces el año, así lo pasarás”. Cuando Valerio se marchó, Oksana apenas pudo dormir, recordando sus manos, sus palabras, sus brazos. Al día siguiente, Valerio volvió a revisar el pie. —Puedes apoyar, pero sin forzar— dijo. —¿Quieres un café?— ofreció la madre. —La próxima vez, gracias. Me toca guardia. —¿Volverás a venir?— preguntó Oksana deprisa. Él sonrió. A los dos meses, Oksana se mudó con él. Su madre dudaba— si la otra volvía, ¿qué harías? Oksana era feliz, pero empezaba a entender el abandono de la exmujer: las guardias, las noches fuera, las enfermeras jóvenes que lo rodeaban. Sin embargo, cuando estaba con ella, todo era felicidad. Pasó un año. Seguía sin divorciarse, y eso inquietaba a Oksana. Su madre le insistía en que aclarase la situación, pero ella no se atrevía a presionar. En Nochevieja, todo preparado y el vestido listo, sonó el teléfono. —¿Te llaman del hospital otra vez?— preguntó Oksana. —No. Es mi ex. La niña llora y no quiere dormirse sin mí. Iré un momento y vuelvo. —Valerio, quedan menos de tres horas para la medianoche… —Estaré de vuelta enseguida. Le dejo su regalo y vuelvo— prometió, besándola. Oksana intentó tranquilizarse y no sentir celos. Cuando vio que se acercaba la medianoche y él no volvía, le mandó un mensaje, pero tampoco contestó. Descorazonada, apagó las velas y el árbol. Por primera vez entendió a la exmujer. ¿Y si tenía razón su madre? ¿Y si volvía? No pudo más y decidió no pasar sola la Nochevieja. Pensó en la vecina del primero, tan sola siempre. Valerio le había contado que nunca se casó ni tuvo hijos. Oksana llevó dos tápers— uno con ensaladilla y otro con tarta— y bajó a ofrecérselo. —¿Tú eres la que vive con Valerio Dmitrievich, no?— preguntó la anciana. —Sí— contestó Oksana. —Esa mujer suya nunca saludaba. Solo vivía para sí. Tú eres diferente. ¿Él está de guardia? —No. Ha ido a ver a su hija. —Volverá. Es buen hombre— asintió la anciana. Oksana preguntó si siempre había estado sola. La mujer suspiró y relató su historia: su primer amor le fue arrebatado por una amiga, creyó que la otra esperaba un hijo suyo, no lo perdonó y jamás encontró otro amor. Se arrepentía de no haberle perdonado. —He visto a Valerio feliz contigo por la ventana. Si de verdad le amas, perdónale, no te carcomas de celos. O mejor, escápate con él. No repitas mis errores. Sigue a tu corazón. Oksana se despidió y limpió todo antes de acostarse. Valerio volvió a la mañana siguiente. —Perdón. No sé qué me pasó. Me he despertado con un dolor de cabeza terrible. —¿Por qué no te divorcias de ella? ¿Todavía la quieres? —Claro que no. Solo quiero a mi hija. No hubo nada entre nosotros, créeme. Oksana, mirándole a los ojos, le abrazó. —Vámonos. Donde sea. En cualquier sitio hay hospitales y tú eres muy buen cirujano… —Ahora no puedo ni pensar— contestó él—. Pero te quiero. Oksana se acurrucó a su lado recordando las palabras de la anciana: “La hija aún es pequeña. Los niños se adaptan. Es la otra la que lo complica todo. Pero no me rindo. Lucharé por él”. Apagó las luces del árbol y se pegó aún más. “Te quiero. Amar es poco decirlo. Te quiero, te quiero. Se puede decir de mil formas. Pero yo… te quiero.” Annie Hall “Cuando amas, puedes perdonar todo… salvo que dejen de amarte”

Clara, ¿estás ocupada? preguntó su madre asomándose a la habitación de su hija.
Un minuto, mamá. Solo envío un correo y te ayudo respondió ella sin apartar la vista del portátil.
Me he quedado sin mayonesa para la ensaladilla. No he calculado bien. Y además olvidé comprar eneldo. ¿Podrías bajar al súper antes de que cierre?
De acuerdo.
Perdóname por molestarte. Ya estás peinada Es que estos preparativos me traen loca, suspiró su madre.
Listo Clara cerró el portátil y se volvió hacia ella ¿Qué decías?
Se puso las botas y el abrigo de borreguito, pero no la boina, para no arruinarse el peinado. El supermercado estaba en el portal de al lado, no tenía tiempo ni de enfriarse. Hacía un frío suave, caían copos finos: un verdadero ambiente navideño.
Había poca gente en el super. Solo entraban los despistados comprando últimas cosas. El eneldo solo quedaba empacado con perejil y cebolleta, ya algo mustio. Clara pensó en llamar a su madre para consultarle si llevaba ese pack o prescindía del eneldo, pero se dio cuenta de que se había dejado el móvil en casa. Tras dudarlo, cogió el pack de hierbas, escogió un sobre de mayonesa de la estantería ya medio vacía, pagó y salió.
No llegó a alejarse de la puerta cuando un coche dobló la esquina y la deslumbró con los faros. Clara se echó a un lado. El tacón resbaló sobre el hielo disimulado bajo la capa de nieve y se torció el tobillo. Cayó pesadamente al suelo. La bolsa salió volando.
Intentó incorporarse, pero un dolor agudo en el tobillo le hizo saltar las lágrimas. No había nadie cerca y el móvil seguía en casa. No oyó cuando se cerró de golpe la puerta del coche.
¿Te has hecho daño? Un joven se inclinó sobre ella ¿Crees que puedes ponerte en pie? Te ayudo le tendió la mano.
Creo que gracias a ti me he roto el tobillo. Conducís como locos, llenáis la acera de placas de hielo sollozó Clara, rechazando la mano.
La culpa es tuya. ¿Quién te manda ir en tacones por la noche?
¡Anda ya, déjame en paz! resopló Clara, con un sollozo.
¿Vas a quedarte ahí hasta la mañana? Venga, no soy asesino de chicas guapas. ¿Dónde vives?
Ahí señaló con desgana el portal vecino.
El chico desapareció, pero reapareció al instante al volante del coche, aparcó junto a la acera.
Te voy a levantar, procura no apoyar el pie. Una, dos, tres y antes de que Clara pudiera protestar, la levantó en vilo y la apoyó con cautela sobre la pierna buena. La otra la dobló.
¿Te mantienes? preguntó el joven, sujetándola con una mano mientras abría la puerta.
Mi bolsa gritó Clara al acomodarse en el asiento del coche.
Él fue a buscar la bolsa y la dejó en el asiento trasero.
Al llegar al portal, el joven la ayudó a salir y la tomó en brazos. Cerró la puerta con el pie.
Se paró ante la puerta del bloque.
¿Las llaves están en la bolsa? ¿Hay alguien en casa?
Mi madre.
Pues marca el código y que te abra.
En el edificio no había ascensor. Tuvo que cargar a Clara por la escalera hasta el tercer piso. Ella se aferró a su cuello, notando el esfuerzo. Bajo la luz tenue de la escalera vio el sudor resbalando por la sien del chico. “Bien empleado le está. Así no correrá nunca más junto al súper”, pensó Clara con rencor.
Ya puedo yo sola pidió Clara al llegar junto a la puerta de su piso.
El chico asintió, resollando. Se abrió la puerta y apareció la madre.
¿Clara? ¿Pero qué pasa?
Él la adelantó casi a empujones. A la madre no le quedó más remedio que apartarse del umbral. Depositó cuidadosamente a Clara en el suelo y resolló profundamente.
Traiga una silla, por favor indicó a la madre, que se recogía nerviosa junto al perchero.
La madre trajo una silla de la cocina y Clara se sentó poniendo en alto el tobillo dolorido. El joven se arrodilló junto a ella.
¿Pero qué ocurre? exclamó la madre.
Él, sin hacerle mucho caso, sujetó el pie de Clara y le abrió de golpe la cremallera de la bota. Clara dio un grito.
¡Qué hace! ¡Me duele!
¡Pero déjela, que le duele! exclamó la madre mirándole horrorizada, mientras el tobillo de Clara se hinchaba y se coloreaba de un tono burdeos visible bajo la media.
Voy a llamar a una ambulancia dijo la madre.
No hace falta. Es solo un esguince. Soy médico. Tráigame hielo ahora mismo ordenó el chico.
Sin rechistar, la madre trajo de la cocina un pollo congelado envuelto en plástico.
Aplíquelo aquí indicó el joven mientras se incorporaba para salir.
¿Se va? preguntó Clara, alarmada.
Voy hasta el coche a por una venda. Y le traigo la bolsa contestó marchándose.
¿Has dejado la bolsa en su coche? Clara, ¿quién es ese? La madre se arrodilló junto a la hija, aplicándole el pollo al tobillo.
Clara se estremeció de dolor, inhalando aire.
Ha salido él con el coche de repente; yo me he torcido al intentar apartarme. Me ha traído a casa. No sé nada más.
¿Y si es un ladrón? Ahora se lleva tu bolsa con la tarjeta, dinero y llaves. ¿Llamamos a la policía antes de que desaparezca? susurró la madre.
¿Qué policía, mamá? Si hubiera querido robarme, me dejaba allí tirada. Y me cargó hasta aquí.
No sé, no sé
En ese momento sonó el portero automático.
Es él. Mamá, ábrele pidió Clara.
El chico entró, miró a ambas, y dejó la bolsa sobre la mesilla.
Comprobad que está todo dijo, quitándose la chaqueta para arrodillarse sobre ella.
Va a dolerle. Hay que colocar el tobillo. Agárrese bien a la silla.
Cogió el pie y lo flexionó. Clara gimió, mordiéndose el labio.
Huele a quemado dijo mirando a la madre.
Ella se precipitó a la cocina.
En ese instante el tobillo de Clara explotó en un dolor tan intenso que le nubló la vista por un instante.
Tranquila. Enseguida estarás mejor murmuró él.
La madre apareció, pasmada ante las lágrimas de Clara.
La cena empezó, pero la interrumpió el joven.
Ya está. Unos días te dolerá. No apoyes el pie. Colocó el tobillo en el suelo y se puso la chaqueta.
Gracias. Perdone, he pensado cosas horribles se disculpó la madre. Si quiere, quédese a cenar. Faltan pocos minutos para Nochevieja. No le va a dar tiempo a llegar a su casa. Tengo todo preparado.
El chico lo pensó brevemente.
Bueno, si no molesto
¡Claro que no! Ya que está, ayúdeme con el cava.
¡Mamá! protestó Clara.
Anda, yo saco la carne del horno, y tú acompáñala un momento propuso la madre al joven.
Apoyada en su brazo, Clara llegó cojeando al sofá. Probó a apoyar la punta del pie: dolía, pero era soportable. Y se sentía bien al acercarse a él, sentir su mano en la cintura.
Gracias murmuró al sentarse y estirar la pierna.
De nada. Soy responsable de tu accidente dijo él.
No tienes la culpa. Me moví yo sola. ¿Cómo te llamas?
Javier. ¿Nos tuteamos?
Vale. ¿De verdad eres médico?
Cirujano. Solo iba al súper a por algo respondió sentándose junto a Clara.
Quizá tu esposa te espere y se preocupe.
Se fue hace medio año. Se cansó de que nunca estuviera en casa por el trabajo. Se llevó a mi hija con ella.
Debo de estar horrible masculló Clara, avergonzada.
Todo lo contrario.
Así recibieron el año nuevo los tres juntos. Y dicen que como lo recibes, así será el año.
Cuando Javier se fue, madre e hija se acostaron. Clara tardó en dormirse, aún sentía el brazo de Javier en la cintura, recordando cómo la llevó en brazos. Sus caricias la hacían temblar todavía. ¿Cómo olvidar eso?
Al día siguiente ya podía apoyar el pie. El tobillo hinchado y la venda apretaba más, pero podía andar.
Saltó de alegría cuando Javier volvió a pasar por casa. Le quitó la venda, examinó el tobillo, y volvió a vendarlo.
Todo bien. ¿Puedes apoyar?
Ayer dijimos que nos tuteábamos. Sí, puedo respondió Clara.
¿Un té? ofreció la madre.
Será en otra ocasión. Me toca guardia.
¿Vas a volver? preguntó Clara.
Él sonrió de respuesta.
Dos meses después, Clara se mudó con él.
Ni siquiera está divorciado. ¿Qué harás si vuelve la esposa? dudaba su madre.
No va a volver. Tiene a otro. Javier me lo dijo.
No sé, hija. Vas demasiado rápido.
A pesar de todo, fue un año de felicidad. Clara se moría de celos cuando él iba a ver a la niña. Seguía encontrándose con su ex. Clara había visto su foto: era guapa.
Con el tiempo, empezó a entender a la exmujer. Javier nunca tenía libres los festivos, casi siempre estaba de guardia, muchas noches fuera. Rodeado de jóvenes enfermeras, fácil de querer. Pero cuando estaba con ella, Clara era feliz.
Pasó un año. Aunque seguía casado, era un año feliz para Clara. Eso era su única pena. Su madre insistía en que aclarara la situación, pero Clara posponía la conversación.
La tarde del treinta y uno preparaba la cena. El árbol brillaba en el salón y un vestido nuevo la esperaba en la cama. Revisaba la carne en el horno cuando sonó el móvil. Cuando entró, Javier hablaba por teléfono, de espaldas a la ventana.
Vale, ahora voy dijo y se giró hacia ella.
¿Otra vez te llaman de guardia? preguntó Clara, casi sin voz.
No. Es mi ex. Dice que la niña me espera, no quiere dormir sin mí. Solo voy a verla, vuelvo enseguida.
Quedan menos de tres horas para las uvas se le quebró la voz a Clara.
Llegaré a tiempo, tranquilo. La acuesto y vuelvo, le llevo el regalo, es un momento le dio un beso y se marchó.
Clara intentó tranquilizarse, no ponerse celosa, pero no lo consiguió. Lo tenía todo preparado, se puso el vestido y vio cómo el reloj se acercaba a las doce sin noticias de Javier. No le llamó, por si conducía. Le mandó un mensaje, no hubo respuesta.
Cansada de la espera y la incertidumbre, apagó las velas y miró la mesa con tristeza. Ahora entendía a la exmujer. Si su madre tuviera razón, y volvía con su esposa, ¿qué sería de ella? Ella quería a Javier.
No pudo soportar más la soledad. Recordó a la vecina del primero, una anciana siempre sola, Javier le había dicho que nunca tuvo pareja ni hijos. Clara tampoco tenía a nadie esa noche. No quería pasar la Nochevieja en soledad. Llevó dos tuppers con ensaladilla y tarta y bajó.
La anciana tardó en abrir. Clara se explicó atropelladamente. Finalmente, chirrió el cerrojo y se asomó, menuda y arrugada, para mirarla.
Le traigo ensaladilla y tarta, la he hecho yo. ¿Le molestaría si le hago compañía?
Pasa dijo la señora.
Pequeñita y encogida, la casa olía a limpio, aunque no había árbol ni mesa especial, solo el televisor en bajo.
Aquí tiene puso Clara los tuppers sobre la mesa.
Gracias, siéntate. Pongo el agua.
¿Vives con Javier López? preguntó la anciana mientras esperaba la tetera.
Sí.
Ella asintió, como aprobando.
Su mujer nunca saludaba a nadie, ni trabajaba, solo se miraba el ombligo. Tú no eres así. ¿Le han llamado de la clínica otra vez?
Ha ido a ver a su hija.
La vieja asintió de nuevo.
Va a volver, no sufras. Es muy buen hombre.
¿Está sola usted?
Siempre. Debí tener hijos, pero ya no vienen a cuento los porqués. Tuve un amor, pero una amiga me lo quitó.
¿Cómo fue eso?
Después de acabar el instituto, entré en la escuela de enfermería y me mudé a Madrid. Mi novio, Federico, se quedó en el pueblo. El día de Nochevieja, fui a verle tras las clases. Pero el autobús se averió; ya era de noche. Entonces no había móviles. El conductor fue a buscar ayuda. Todos nos quedamos dentro. Como la noche caía, salí andando pensaba que así llegaría antes. Al rato, empezó a nevar y soplar viento, se levantó una ventisca. Ya llevaba camino, no tenía sentido volver. Era joven, la ilusión me empujaba. Pensaba que el bus me alcanzaría. Así pasé la Nochevieja, caminando por la carretera.
Cuando llegué, tenía la cara y los dedos helados. No era un frío grande, pero sí el viento. Estuve enferma cuatro días. Cuando desperté, mi amiga dijo que Federico estaba con ella, y que esperaba un hijo suyo.
Él quiso hablar conmigo, pero yo, orgullosa, le rechacé. Me fui de Madrid y no supe más de él. Solo muchos años después me enteré de que mi amiga había mentido y Federico murió solo, borracho y en la nieve. Era buen chico suspiró.
Nunca me casé, solo le quise a él. Debería haberle perdonado, pero no lo hice. Mi vida habría sido diferente si hubiese hablado con él la anciana se secó los ojos.
Yo os veía desde la ventana. Javier nunca fue tan feliz con su mujer como contigo. No le tengas rencor ni celos si le quieres. Y mejor, iguálate la vida. Váyanse de aquí, la ex no os dará paz. No repitas mis errores. Haz caso a lo que te dice el corazón.
Clara volvió arriba, guardó la cena en la nevera. Javier volvió al día siguiente.
Perdón. No sé qué pasó. Creo que ella me echó algo en el té. He dormido como un tronco y tengo jaqueca.
¿Por qué no te divorcias? ¿La sigues queriendo?
No, claro que no. No tienes idea de cómo es. Quiero a mi hija, nada más. Clara, sé que esperabas que volviera, te habrás montado tus películas, pero entre mi ex y yo no hay nada. ¿Me crees?
Clara se acercó y le miró a los ojos.
Vámonos de aquí. Donde sea. Hospitales hay en todas partes. Eres buen cirujano
No tengo fuerzas para hablarlo ahora. Me duele la cabeza. Hablamos después, ¿sí? Te quiero.
Él se quedó dormido, y Clara pensó en las palabras de la anciana.
“Su hija es pequeña, olvidará pronto. No viven juntos hace tiempo. La culpa es de la ex. Quizás solo pretende que yo me canse. Pero se equivoca. Voy a luchar por él. Cuando despierte, hablaremos”
Clara apagó las luces del árbol y se tumbó a su lado, abrazándole fuerte.
“Te quiero, pero esas palabras no bastan. Cada vez que lo digo suena distinto. Pero te amo.”
Como dice la sabiduría popular: A quien ama de verdad, todo se le puede perdonar menos que deje de quererte. Y la vida enseña que a veces hay que dejar el orgullo, hablar claro, y luchar por lo que de verdad importa.

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MagistrUm
—Oksana, ¿estás ocupada?— preguntó su madre, asomándose a la habitación de su hija. —Dame un minuto, mamá. Envío este correo y te ayudo— respondió la hija sin apartar la vista de la pantalla. —Me falta mayonesa para la ensaladilla. No he calculado bien. Y se me ha olvidado comprar eneldo. ¿Te importaría bajar al súper antes de que cierren? —Vale. —Perdona por molestarte. Ya te has peinado y todo. Tengo la cabeza hecha un lío con las prisas por la Nochevieja— suspiró la madre. —Ya está.— Oksana cerró el portátil y se giró hacia su madre—. ¿Qué decías? Se puso las botas, el abrigo de piel, pero decidió no ponerse el gorro para no estropear el peinado. El supermercado estaba en el bloque de al lado; no le daría tiempo a pasar frío. En la calle hacía fresco, caía una nevada suave— una verdadera postal navideña. En el súper había poca gente. Solo entraban los despistados que, entre el ajetreo, se habían olvidado de algo. Solo quedaba eneldo en un súper-pack con perejil y cebollino, pero estaba algo mustio. Oksana pensó en llamar a su madre para preguntar si ese servía o mejor pasaban sin él, pero se dio cuenta de que había dejado el móvil en casa. Tras dudarlo, decidió llevarse el pack y una mayonesa escogida de entre lo poco que quedaba en las estanterías, pagó y salió. No había dado ni cinco pasos cuando, al doblar la esquina, un coche la deslumbró con los faros. Se apartó instintivamente. El tacón resbaló sobre una capa de hielo bajo la nieve y Oksana fue al suelo de bruces. El bolso voló hasta el bordillo. Al intentar levantarse, sintió un pinchazo punzante en el tobillo que le hizo saltar las lágrimas. Nadie alrededor. Sin teléfono. ¿Qué hacer? No oyó tras ella el suave golpe de la puerta del coche. —¿Estás bien? —Un hombre joven se agachó junto a ella—. ¿Puedes ponerte en pie? Déjame ayudarte— le ofreció la mano. —Creo que me he roto el pie por tu culpa. Tanto cochecito y la acera es una pista de hielo— gruñó Oksana, rechazando la mano. —Tú verás, pero así no llegas muy lejos. ¿Vas a esperar aquí a que amanezca?— El hombre suspiró—. ¿Dónde vives? —Allí.— Señaló con la cabeza el bloque contiguo. Él desapareció por un momento y volvió con el coche más cerca. —Vamos, te ayudo a levantarte. No apoyes el pie malo, ¿vale? A la de tres…— De un tirón suave la alzó, sujetándola. —¿Puedes estar de pie?— preguntó, abriéndole la puerta del coche. —¡Mi bolso!— reclamó ella. El joven recogió su bolsa y la puso en el asiento de atrás. Al llegar a su portal, la ayudó a bajar y la cogió en brazos subiendo las escaleras hasta el tercero. Oksana rodeó su cuello, escuchando su respiración entrecortada mientras subía; en la penumbra vio el sudor correrle por la sien. “Así aprenderás a no correr con el coche”, pensó con desquite. —Déjame, aquí sigo yo— murmuró Oksana antes de la puerta. La madre abrió en ese momento, sobrecogida al ver la escena. —¿Oksana?, ¿qué ha pasado aquí? El joven, sin mucho miramiento, la dejó pasar, depositó a su hija en una silla y se puso de rodillas ante ella. —¿Se puede saber qué ocurre?— exclamó la madre. Él no contestó, tomó el tobillo de Oksana y le bajó la cremallera al botín con manos seguras. Ella gritó de dolor. —¡Cuidado! ¡Le haces daño!— protestó la madre. —Es solo un esguince. Soy médico. Tráigame hielo, rápido— ordenó el joven. La madre obedeció y regresó con un paquete de pollo congelado. —Póngalo aquí— indicó el médico—. Bajo al coche a por una venda elástica y traigo tu bolso. —¿Ese quién es?— siseó la madre—. ¿Y si es un ladrón? ¿Y si se lleva tu bolso con la tarjeta y las llaves? —Mamá, basta. Si me fuera a dejar tirada, lo habría hecho ya en la calle. Al poco el timbre sonó: era él. Le devolvió el bolso y, tras comprobar que todo estaba, puso rodilla en el suelo. —Ahora va a doler. Aguanta el asiento con fuerza— avisó. Tomando el pie, le devolvió el hueso a su sitio de un tirón experto. El grito de Oksana retumbó en el pasillo, pero tras unos segundos el dolor empezó a ceder. —Todo irá bien. Unos días de reposo y estarás perfecta. —Gracias. Perdón por lo que pensé de ti— admitió la madre—. ¿Quieres quedarte? No llegarás a tu casa antes de las uvas. Aquí tienes sitio y de todo. El muchacho dudó, luego asintió. —Gracias, si no molesto… —En absoluto. Luego me ayudas con el cava— sonrió la madre. Oksana, cojeando y apoyada en él, llegó hasta el sofá, notando la mano del joven rodeándole la cintura. —Gracias— murmuró al sentarse. —No hay de qué. Ha sido culpa mía… —No digas bobadas. Por cierto, ¿cómo te llamas? —Valerio. ¿Te parece que nos tuteemos? —Claro. ¿Y eres médico de verdad? —Cirujano. —Tu mujer debe de estar enfadada, ¿no? —Me dejó hace medio año. El hospital no te deja libre ni en vacaciones. Cogió a la niña y se marchó a casa de su madre. —¿Qué aspecto tengo? —Estás preciosa. Así, de la forma más insospechada, los tres recibieron juntos el Año Nuevo. Y como dice el refrán español: “Como empieces el año, así lo pasarás”. Cuando Valerio se marchó, Oksana apenas pudo dormir, recordando sus manos, sus palabras, sus brazos. Al día siguiente, Valerio volvió a revisar el pie. —Puedes apoyar, pero sin forzar— dijo. —¿Quieres un café?— ofreció la madre. —La próxima vez, gracias. Me toca guardia. —¿Volverás a venir?— preguntó Oksana deprisa. Él sonrió. A los dos meses, Oksana se mudó con él. Su madre dudaba— si la otra volvía, ¿qué harías? Oksana era feliz, pero empezaba a entender el abandono de la exmujer: las guardias, las noches fuera, las enfermeras jóvenes que lo rodeaban. Sin embargo, cuando estaba con ella, todo era felicidad. Pasó un año. Seguía sin divorciarse, y eso inquietaba a Oksana. Su madre le insistía en que aclarase la situación, pero ella no se atrevía a presionar. En Nochevieja, todo preparado y el vestido listo, sonó el teléfono. —¿Te llaman del hospital otra vez?— preguntó Oksana. —No. Es mi ex. La niña llora y no quiere dormirse sin mí. Iré un momento y vuelvo. —Valerio, quedan menos de tres horas para la medianoche… —Estaré de vuelta enseguida. Le dejo su regalo y vuelvo— prometió, besándola. Oksana intentó tranquilizarse y no sentir celos. Cuando vio que se acercaba la medianoche y él no volvía, le mandó un mensaje, pero tampoco contestó. Descorazonada, apagó las velas y el árbol. Por primera vez entendió a la exmujer. ¿Y si tenía razón su madre? ¿Y si volvía? No pudo más y decidió no pasar sola la Nochevieja. Pensó en la vecina del primero, tan sola siempre. Valerio le había contado que nunca se casó ni tuvo hijos. Oksana llevó dos tápers— uno con ensaladilla y otro con tarta— y bajó a ofrecérselo. —¿Tú eres la que vive con Valerio Dmitrievich, no?— preguntó la anciana. —Sí— contestó Oksana. —Esa mujer suya nunca saludaba. Solo vivía para sí. Tú eres diferente. ¿Él está de guardia? —No. Ha ido a ver a su hija. —Volverá. Es buen hombre— asintió la anciana. Oksana preguntó si siempre había estado sola. La mujer suspiró y relató su historia: su primer amor le fue arrebatado por una amiga, creyó que la otra esperaba un hijo suyo, no lo perdonó y jamás encontró otro amor. Se arrepentía de no haberle perdonado. —He visto a Valerio feliz contigo por la ventana. Si de verdad le amas, perdónale, no te carcomas de celos. O mejor, escápate con él. No repitas mis errores. Sigue a tu corazón. Oksana se despidió y limpió todo antes de acostarse. Valerio volvió a la mañana siguiente. —Perdón. No sé qué me pasó. Me he despertado con un dolor de cabeza terrible. —¿Por qué no te divorcias de ella? ¿Todavía la quieres? —Claro que no. Solo quiero a mi hija. No hubo nada entre nosotros, créeme. Oksana, mirándole a los ojos, le abrazó. —Vámonos. Donde sea. En cualquier sitio hay hospitales y tú eres muy buen cirujano… —Ahora no puedo ni pensar— contestó él—. Pero te quiero. Oksana se acurrucó a su lado recordando las palabras de la anciana: “La hija aún es pequeña. Los niños se adaptan. Es la otra la que lo complica todo. Pero no me rindo. Lucharé por él”. Apagó las luces del árbol y se pegó aún más. “Te quiero. Amar es poco decirlo. Te quiero, te quiero. Se puede decir de mil formas. Pero yo… te quiero.” Annie Hall “Cuando amas, puedes perdonar todo… salvo que dejen de amarte”