Alejandra crece en soledad, siendo huérfana de padres vivos. Si bien a su madre, Carmen, solo la conoce por fotos y alguna videollamada desde Madrid, su padre vive en la casa de al lado en un tranquilo pueblo de Castilla, pero aun así nunca ha participado en su crianza.
A Alejandra siempre le ha parecido que su padre apenas se atrevía a mirarla, como si temiera que ella le pidiera algo.
Si al principio Alejandra sentía rencor hacia su madre por dejarse llevar por su propia búsqueda de la felicidad y olvidarse de su hija, a día de hoy la comprende. No debe de ser fácil criar a una hija con dieciséis años, sobre todo cuando el padre es tu compañero de clase y vive puerta con puerta.
Afortunadamente, Carmen no se acobardó y decidió tenerla, aunque pudo haber tomado otro camino. Aunque su madre la dejó al cuidado de sus abuelos maternos, Alejandra le agradece infinitamente esa decisión: quién sabe cómo habría sido su vida si hubiera crecido junto a una madre sin instinto maternal.
Su infancia fue realmente feliz, rodeada de cariño y mimos.
Sus abuelos, Tomás y Mercedes, la adoraron desde el primer día, y su madre le enviaba de vez en cuando desde Madrid ropa moderna y juguetes.
Cuando Carmen se casó con un extranjero, los paquetes y transferencias de euros solo aumentaron.
A veces, Alejandra pensaba que su madre lo hacía todo para redimirse por no estar a su lado.
Hasta le envió dinero en su decimoctavo cumpleaños para que su abuelo le comprara un pequeño piso en Salamanca, ya que tenía previsto estudiar en la universidad y era mejor tener su propio espacio antes que una simple habitación en una residencia de estudiantes.
Así, Carmen intentaba, poco a poco y sin ser invasiva, hacerle ver a Alejandra que todo lo que hacía era por su bien.
Para asombro de sus abuelos, Alejandra no guardaba rencor hacia su madre, aunque tampoco sentía un cariño profundo.
Las contadas veces que Carmen regresaba al pueblo, muchos pensaban que madre e hija eran hermanas: se parecían muchísimo y Carmen, muy coqueta, parecía mucho más joven de sus treinta y cuatro años.
Bueno, Alejandra, ¿no te animas a venirte conmigo?
No, aún tengo que estudiar.
Pues estudia, estudia A quién habrás salido tan responsable Aquí tienes mi nuevo número, cualquier cosa, si necesitas dinero o algo más, llámame en cualquier momento.
Gracias, mamá. Me has dado de todo y más que suficiente, de verdad, creo que tengo para mucho tiempo.
Alejandra no se da cuenta de que a su madre se le escapa un gesto incómodo al oír la palabra mamá.
Carmen sigue sin sentirse madre del todo y hasta le ha mentido a su marido extranjero, diciéndole que ayuda a sus padres y a una hermana pequeña, y ni menciona que tiene una hija adulta en España.
Tal vez quiera a Alejandra, pero siente algo distinto, más propio de una tía o de una amiga cercana que de una madre.
Pero cuando a Carmen la abandona su marido que la deja por una compatriota suya, lo primero que hace es regresar con su hija.
Alejandra, ¿te importa si vivo contigo una temporada?
Por supuesto que no me importa, mamá, si dentro de poco me caso y tras la boda vamos a vivir con Jaime.
¿Casarte? ¿No es muy pronto? Si hace nada cumpliste veinte años.
¿Pronto? Alejandra piensa decirle que ella la tuvo incluso más joven, pero prefiere callarse para no ser hiriente. Al fin y al cabo, ya es adulta y puede decidir cuándo y con quién casarse.
Alejandra solía comparar a los padres de su prometido con su madre. Los padres de Jaime la habían recibido con los brazos abiertos, mientras que Carmen apenas parecía interesada en saber con quién se iba a casar su hija.
Iré a la boda, pero ahora necesito descansar y reponer fuerzas Me voy unos días a Grecia.
Mmm Grecia Seguro que es precioso Jaime a veces viaja allí por trabajo, justo ayer tuvo que ir a una reunión
Ya quedan pocos días para la boda. Alejandra se siente agotada organizando cada detalle de lo que considera el gran día de su vida.
Jaime se ha retrasado por unos imprevistos de trabajo. Su madre desapareció, no la llama, ni manda mensajes, y Alejandra ya no sabe qué pensar.
Pero sí sabe que Jaime se va a poner feliz cuando se entere de que pronto van a tener un hijo.
No fue exactamente planificado, pero ahora que el enlace es inminente nadie puede pensar mal.
¡Por fin llegas! Ya creía que te habías enamorado de una griega y habías cambiado de idea sobre casarte conmigo.
¿Qué dices, amor? ¿Una griega? Sabes que yo no soy de aventuras pasajeras.
Aunque ahí faltaba a la verdad Había tenido un desliz, sí.
Fue algo fugaz, como un destello, una de esas locuras que uno no espera y que acaba explotando en los peores momentos
Alejandra no entiende nada cuando irrumpe una chica desconocida en la casa.
¿Qué secretos tienes aquí? Estoy embarazada de Jaime, se lo avisé hace tiempo, ¿no te lo contó?
¿Perdona? ¿Estás esperando un hijo de mi prometido? ¿Esto es una broma de mal gusto?
¿Te parezco alguien que bromea? Nos conocimos en Grecia y allí pasamos varias noches juntos, y luego, en plena organización de vuestra boda Jaime, díselo, cuéntale lo bien que estuvimos juntos.
¡Fuera, ambos! ¡No quiero volver a veros!
Alejandra, perdona Fue un error.
Error fue casarme con alguien capaz de semejante traición.
Alejandra rompe con Jaime y no lo vuelve a perdonar. Tampoco vuelve a hablar con su madre.
Se marcha de regreso al pueblo, a casa de sus abuelos, donde afronta su embarazo lejos del escándalo y da a luz a un niño sano.
No quiere saber nada ni de Carmen ni de su ex-marido.
Pero, al mes de nacer su hijo, recibe una llamada de la maternidad de Salamanca:
¿Es usted Alejandra Ruiz?
Sí, ¿ocurre algo?
Lamentamos informarle de que su madre falleció en el parto. Ha nacido una niña. Pensamos que quizá quisiera hacerse cargo de la pequeña. ¿Se la preparamos para ingresar en la casa cuna, o vendrá usted?
Yo Yo iré por ella.
Alejandra acoge a la niña. No podía hacerlo de otra manera
Jaime nunca habría aceptado a esa criatura; sigue culpando a Carmen de todos sus males.
Pero Alejandra piensa que ambos padres tienen parte de la culpa, y que los niños no deben cargar con los pecados de los adultos.
Los hijos son bendición, su bendición. Y, como dicen en el pueblo, nunca hay demasiada felicidadLos días en la vieja casa de sus abuelos adquirieron el ritmo sereno que Alejandra tanto añoraba. Dos cunas, dos pequeños milagros. Por las noches, cuando el llanto de la niña despertaba al niño, Alejandra paseaba por el pasillo, acunando a ambas criaturas entre sus brazos, como si el amor, al ser compartido, también se duplicara.
A veces, se preguntaba si alguna vez sentiría hacia la niña el lazo sanguíneo que nunca pudo sentir con su propia madre. Pero entonces, la pequeña abría los ojos y buscaba su rostro con una confianza absoluta, y Alejandra sentía que sí, que todo estaba en su sitio.
Mercedes tejía mantas para ambos bebés y Tomás se ocupaba del huerto, doblando el lomo con la energía renovada del bisabuelo. El rumor del pueblo, primero cruel y curioso, fue amainando hasta dejar simple respeto en las miradas: allí estaban los niños de Alejandra, los hijos de la casa, ajenos ya a viejas culpas.
Pasaron los meses, y en la primera primavera, Alejandra los sacó al parque, sentada en el banco bajo los castaños. Mientras el sol tibio iluminaba las mejillas de sus hijos, pensó en todo lo que había perdido y en todo lo que había ganado. En el perdón que no llegó a dar ni a recibir y en la familia nueva y perfecta que nunca imaginó tener.
Miró a los niños. Cada uno era parte de una historia distinta, pero los dos crecían juntos como ramas del mismo árbol. Alejandra, por fin, se sintió madre de verdad, y supo que su historia no era de abandono ni soledad, sino de elección. Y que, en ese banco, entre risas de niños y tardes doradas, había encontrado lo que su madre y su padre nunca tuvieron: la certeza simple y profunda de saberse en casa.






