Ojos azules del sueño

Los ojos azules del sueño

Alejandro nunca conoció el calor de una madre ni la voz de un padre. No recordaba nada más que los pasillos grises e idénticos del orfanato y los pasos silenciosos de las cuidadoras. Era como si hubiera nacido entre esas paredes, en un hogar de acogida de Toledo, y no del vientre de una mujer. Los otros niños tenían retazos de recuerdos: una cuna, el olor de un perfume, unas manos cálidas. Él solo tenía el frío de los juguetes de plástico y el sonido del agua en el lavabo.

Pero por las noches, todo era distinto.

En sus sueños, aparecía una mujer. Se sentaba a su lado, le abrazaba, le acariciaba el pelo y le susurraba palabras dulces. Sus ojos eran como el cielo de primavera después de una tormenta: claros, azules, profundamente familiares. Al despertar, Alejandro se quedaba inmóvil, mirando el techo, temiendo que el más mínimo movimiento rompiera el calor de ese sueño. Durante el día, estaba callado, pero menos hosco, como si un pedacito de su cariño aún le acompañara.

La realidad era diferente. Cada semana, llegaban «visitantes» al orfanato: posibles padres adoptivos. Los niños se vestían con su mejor ropa, recitaban poemas y forzaban sonrisas. Se empujaban, se interrumpían, luchaban por llamar la atención. Alejandro no. Él se quedaba aparte. No hacía gracias, no sonreía, ni mendigaba miradas. Esperaba. No a cualquiera, sino a esa mujer de sus sueños.

—Alejandro, por favor, sonríe —le suplicaba una cuidadora.

Pero él fruncía el ceño y se apartaba. Sabía que no iría con extraños. La reconocería cuando la viese: a la que visitaba sus noches.

Un día, llegó una delegación por el aniversario del orfanato. Cámaras, fotógrafos, rostros desconocidos. Como siempre, Alejandro se sentó en un rincón, alejado del bullicio. Hasta que su mirada se clavó en una mujer. Alta, delgada, con el pelo corto y una sonrisa que le heló la sangre. Y sus ojos… eran los mismos. Le faltó el aire.

De pronto, ella lo miró directamente. Sus miradas se encontraron, y por primera vez en su vida… sonrió.

Una cuidadora dejó caer su taza de té. En seis años, nadie había visto sonreír a Alejandro. Y ahora lo hacía, de pronto, radiante y sincero.

La mujer se acercó. Se sentó junto a él. Él no apartó la vista. Escuchaba, reía, preguntaba. Y no sentía miedo. Con ella, todo era igual que en sus sueños: ligero, seguro, real.

Empezó a visitarlo. Sin cámaras, sin delegaciones. Le traía libros, paseaban por el patio, hablaban de nubes y de ciudades que ella había conocido. Hasta que un día desapareció. Un mes entero sin noticias. Alejandro no preguntó a las cuidadoras; temía que le dijeran que no volvería.

Pero regresó. Llegó con una chaqueta sencilla, sin maquillaje, y le dijo:

—Alejandro, vengo a llevarte a casa. Serás mi hijo.

No lo creyó. Pensó que era un sueño. Se pellizcó y dolió. Era cierto. No dijo nada, solo la abrazó. Largo. En silencio. Como solo él sabía hacerlo.

Más tarde, le presentó a su marido, un hombre sencillo y bondadoso que lo aceptó como si fuera suyo. Juntos empezaron de cero. El primer pastel en su nuevo piso. La primera excursión al bosque. La primera noche en la que no tuvo que dormir escuchando pasos ajenos en el pasillo.

Alejandro nunca volvió al orfanato. Solo a veces, al pasar frente al espejo, notaba en sus ojos un destello igual que el de ella: azul, cálido, el de su verdadera madre.

Rate article
MagistrUm
Ojos azules del sueño