Palomita, hoy paso por casa y te echo una mano con los niños.
Paloma sostiene el móvil entre el hombro y la oreja mientras mece a un histérico Máximo.
Señora Inés, muchísimas gracias, pero nos apañamos noso…
Tuuut-tuuut. La suegra ya ha colgado.
En el salón retumba un golpe: Santi ha volcado la caja de los bloques, y Marta enseguida pega un chillido de alegría y empieza a lanzarlos por todas partes. Máximo patalea y llora en brazos como si llevara una semana sin comer, aunque hace apenas 20 minutos que terminó el biberón…
Paloma mira hacia Antonio. Él está en el sofá, absorto en la pantalla del móvil. Demasiado concentrado.
Has llamado a tu madre.
No es pregunta. Es constatación.
Antonio encoge los hombros, sin alzar los ojos.
Bueno… Sí. Te veo agobiada, y mi madre puede ayudar…
Paloma quiere decir que se apaña. Que no necesita ayuda. Que en tres meses desde el nacimiento de Máximo ha conseguido mantener la casa en condiciones, alimentar a los tres niños y hasta, de vez en cuando, dormir. Pero Máximo vuelve a llorar, y ella solo se marcha al dormitorio, acunando al pequeño y mentalizándose para la inminente llegada de Inés.
La suegra aparece a la hora de la comida con dos maletas inmensas y el gesto de quien viene a salvar el Titanic.
¡Dios mío, Paloma, tienes una cara…! Inés pasa a su lado, escrutando cada rincón con mirada crítica. Y menudo desorden. En fin, ya estoy aquí, arreglaremos todo, verás qué bien.
A última hora del primer día, Paloma daría lo que fuera por haber echado el cerrojo.
¿Eso qué es? Inés observa con suspicacia la tabla de cortar donde Paloma trocea calabacines.
Un pisto. A los niños les gusta.
¿Pisto? dice Inés como si Paloma tratase de intoxicar a sus nietos. Nada de eso. Antonio adora el cocido. El mío, como debe ser. Anda, déjame.
Paloma se aparta de los fogones, apretando el cuchillo de verduras.
A la mañana siguiente, Inés despierta a Paloma a las siete, aunque Máximo se durmió a las cinco.
¡Paloma! ¿Pero cómo vistes a estos niños? ¿Qué pintas son esas?
Santi y Marta llevan sus petos favoritos, uno amarillo chillón, el otro rojo. Paloma los compró para distinguir bien a los mellizos en el parque.
Es ropa normal.
¿Normal? ¿Eso es normal? Inés ya saca del fondo de la maleta pantaloncitos grises y camisetas beige. ¡Parecen loros! Y encima hace fresco, se van a resfriar. Yo he traído prendas de abrigo.
Pero están cómodos con…
Paloma Inés se irgue, se cruza de brazos y los ojos se le humedecen. Yo he venido a ayudar. Y sólo recibo contestaciones. Soy mayor, he criado a Antonio, sé cómo va esto. No me respetas. No valoras nada.
Inés se derrumba en una silla como si le partieran el corazón. Lágrimas incluidas.
Antonio se asoma del dormitorio, mira a su madre y luego a Paloma.
Venga, no empieces susurra a su mujer. Mamá lo hace por ayudar. Ojalá todos tuvieran este apoyo, como nosotros.
Paloma calla. Viste a los mellizos de gris y beige. Sonríe a su suegra. Por dentro, se rompe un poquito más.
Al terminar la semana, la casa es territorio Inés. Mueve los muebles de la habitación infantil las cunas, mejor así, impone su propio horario y rutina a los niños. Paloma da el biberón bajo la mirada crítica de Inés, que siempre comenta que no lo sujeta bien. Antonio desaparece al balcón cada media hora, mirando a la calle y fingiendo que no pasa nada.
Paloma no duerme. Por la noche, fija la vista en el techo mientras su cuerpo se niega a relajarse. Cada crujido la pone en alerta: por si la suegra se levanta a comprobar si los nietos duermen bien, si están rectos en la cama…
Por la mañana, arrastra el cuerpo, apenas temblorosa, y se prepara un café que nunca surte efecto.
El jueves por la tarde, Paloma abre el armario de las papillas y se queda paralizada.
Las estanterías, vacías.
Señora Inés paladea cada palabra entrando en la cocina, donde la suegra trocea berza para otro cocido. ¿Dónde está la leche de Máximo?
Tiré esa porquería le espeta Inés, sin volverse. Es química, mala para el niño. Yo he comprado una buena y sana.
Señala una lata barata que descansa sobre la mesa.
Es la marca que hace un mes provocó a Máximo una erupción de manchas rojas por todo el cuerpo.
Le da alergia esa leche.
Tonterías Inés le quita importancia. Si le salieron granos, sería porque lo alimentaste mal. Esta vez irá bien, ya lo verás.
Paloma mira la lata. A Inés, que continúa picando col con parsimonia. Piensa en Antonio, que lo sabe se ha vuelto a refugiar en el balcón.
Dentro, algo hace “clic”. Por fin, definitivo…
Cuarenta minutos después, Paloma va en taxi con Máximo en brazos. Santi y Marta, más o menos vestidos con sus inseparables petos, los mismos que sacó de debajo de la ropa traída por la suegra, miran por la ventanilla. En el maletero, una bolsa con lo básico.
Nada más llegar a casa de su madre, Paloma estalla en llanto en el recibidor.
Mamá, no puedo más. No puedo vivir así…
Su madre la abraza, la guía a la cocina y le sirve una taza de té. Paloma lloriquea, mojando con lágrimas la mesa, mientras su madre acaricia su cabeza.
Tranquila. Estáis en casa, estaréis bien aquí.
El móvil de Paloma no deja de vibrar desde las once hasta las tres de la mañana.
¡Pero Paloma, tú estás loca! Antonio grita al teléfono. ¡Mamá está fatal! ¡Solo quería ayudar! ¡Nos ayudaba, y tú!
¡Yo solo quiero vivir tranquila! Paloma susurra para no despertar a los niños. ¡Tiró la leche! ¡Sabía que Máximo es alérgico a lo que TU madre se empeñó en darle!
¡Bah! ¡Siempre exageras! ¡Mi madre sabe mucho más! ¡Tiene experiencia!
¡Pues que viva contigo!
Eres una desagradecida histérica Antonia bufa. Sin mi madre, ni de broma habrías podido con todo. Vuelve a casa ya.
No vuelvo mientras siga esa mujer allí.
Silencio. Por fin, Antonio concede:
Lo que tú digas y cuelga.
Por la mañana, Paloma presenta en el registro civil la solicitud de divorcio.
Tres días después, vuelve a por sus cosas. Sola, los niños se han quedado con su madre. Inés la espera en la entrada.
Paloma, ¿cómo puedes hacernos esto? Separar a los niños de su padre, a su abuela… ¡Es cruel! ¡Inhumano! Yo os he dado toda mi vida, he entregado mi alma por vosotros. ¡Ojalá a todos les ayudaran como yo a ti!
Paloma se detiene, mirando a la mujer que casi destroza su vida por ayudar. Que tiró la leche esencial, reorganizó los muebles, cambió a los niños de ropa, la despidió de su cocina y la llevó al límite.
Sobreviviréis, os lo aseguro escucha su propia voz: gélida, desconocida.
Inés se lleva las manos al pecho, boqueando. Antonio aparece volando, sujeta a Paloma del brazo.
¿Te has vuelto loca? ¿Cómo hablas así a mi madre?
Paloma se zafa. Mira a su maridoese hombre ya adulto incapaz de dejar de correr a los brazos de mamá.
A mí no me toques.
Entra en el dormitorio, recoge el resto de sus cosas en una maleta. Sale sin mirar atrás.
El divorcio se resuelve en dos meses. Antonio llama un par de semanas, luego se rinde. Inés le manda un mensaje larguísimo: que Paloma ha roto la familia, que ha destrozado la vida de su hijo. Paloma lo borra sin terminarlo.
En casa de su madre hay poco espacio, pero reina la paz. Paloma se levanta de noche a cuidar de Máximo, acunándolo mientras mira el cielo oscuro. Por la mañana pasea con los mellizos por el parque, cocina pisto para todos, los viste con sus petos chillones.
A los seis meses, Santi y Marta empiezan la guardería. Paloma encuentra trabajo remoto editando textos mientras los niños duermen. El dinero da para lo esencial, nunca sobra, pero tampoco falta.
Por las noches se sienta en el sofá, Máximo dormita en su cuna, los mellizos se acurrucan a su lado pidiendo cuentos. Paloma les lee Los tres cerditos cambiando de voz en cada personaje; Marta ríe y Santi asiente con toda seriedad.
En esos momentos, Paloma se recuesta, observa a sus hijos y sabe que ha hecho lo correcto. Lo que le espera es duro, criar a tres sola, a veces es difícil, a veces duele de soledad y miedo. Pero es, sobre todo, lo correcto.







