Paulita, hoy voy a pasarme por vuestra casa para echarte una mano con los niños.
Paula sostiene el móvil entre el hombro y la oreja mientras intenta calmar a un Maximiliano que grita desconsolado.
Señora Rosario, de verdad, no es necesario. Que nosotros podemos sol…
Tonos cortos. Su suegra ya ha colgado.
En el salón suena un estruendo: es Álvaro quien ha volcado la caja de bloques, y Martina ríe encantada lanzándolos por toda la habitación. Maximiliano llora en brazos de Paula como si no hubiera comido en una semana, aunque se ha bebido el biberón hace solo veinte minutos…
Paula fija la mirada en Antonio. Él está sentado en el sofá, absorto con el móvil, fingiendo estar más concentrado de lo necesario.
¿Llamaste a tu madre?
Ni pregunta. Es una afirmación.
Antonio encoge los hombros, sin apartar la vista de la pantalla.
Bueno… sí. Te veo muy cansada, y mi madre ayuda…
Paula quiso contestar que se apaña bien. Que no le hace falta ayuda. Que en los tres meses desde que nació Maximiliano ha logrado mantener la casa, alimentar a tres hijos, hasta dormir alguna noche. Pero Maximiliano vuelve a berrear y, en vez de decir nada, se encierra en el dormitorio, meciéndolo mientras intenta mentalmente prepararse para la llegada de Rosario.
La suegra aparece a la hora de comer, con dos enormes maletas y la expresión solemne de quien viene a salvar un barco a la deriva.
¡Madre mía, Paula, tienes una cara de agotada! Rosario pasa de largo, revisando el piso con mirada fiera. Y menudo desastre. Tranquila, ahora que estoy aquí, pondremos todo en orden. Todo irá bien.
Al caer la tarde, Paula ya lamenta no haber cerrado con llave.
¿Eso qué es? La suegra observa la tabla de cortar donde Paula trocea calabacín.
Pisto. Les gusta a los niños.
¿Pisto? Rosario pronuncia la palabra como si Paula fuera a envenenar a sus nietos. No, no, no. A Antonio siempre le ha gustado el cocido, el de mi receta. Venga, aparta.
Paula se aparta de la encimera apretando el cuchillo.
La mañana siguiente, Rosario despierta a Paula a las siete, aunque Maximiliano se durmió a las cinco.
¡Paula! ¿Cómo vistes a los niños? ¿Esto qué es, un circo?
Álvaro y Martina están en sus monos favoritos, amarillo y rojo. Paula los compró precisamente para poder distinguir a los gemelos en el parque.
Es ropa normal.
¿Normal? ¿A esto lo llamas normal? Rosario ya saca del equipaje pantalones grises y jerseys beige. ¡Parecen loros! Hace fresco fuera, se van a resfriar. Aquí he traído ropa de verdad.
Pero ellos con esto…
Paula replica la suegra, poniéndose erguida, con los brazos cruzados, a punto de llorar. He venido a ayudar y tú solo me llevas la contraria. Yo crie a Antonio, sé cómo hay que hacer las cosas. No me respetas. No valoras nada.
Rosario se sienta haciendo el gesto de estar terriblemente herida.
Antonio asoma la cabeza por la puerta, mira a su madre, luego a Paula.
Venga, mujer, no seas así le susurra. Mi madre solo quiere lo mejor. Ojalá todos tuviesen ayuda así.
Paula calla. Cambia a los gemelos a gris y beige. Sonríe forzadamente a Rosario. Y siente cómo algo más dentro de ella se rompe, apenas un fragmento.
…Al terminar la semana, el piso es territorio de Rosario. Los muebles de la habitación infantil están mudados las cunas en otro sitio, porque así es mejor. Hasta el horario de los niños ha cambiado: ahora se acuestan y se levantan como dice su abuela. Paula da el biberón a Maximiliano bajo la atenta mirada de Rosario, soportando comentarios sobre el ángulo o el modo de sujetarlo.
Antonio se refugia en el balcón cada media hora, mirando la calle y fingiendo no oír los gritos.
Paula no duerme. Pasa las noches mirando el techo, incapaz de relajarse. Cualquier ruido en el pasillo la hace estremecerse: ¿volverá la suegra a vigilar cómo duermen los nietos?
Por la mañana se levanta molida, con las manos temblorosas, y prepara café, que ya no le hace efecto.
El jueves por la tarde Paula abre el mueble de la comida infantil y se detiene en seco.
Las baldas están vacías.
Señora Rosario sale a la cocina, donde la suegra corta col para otro cocido. ¿Qué ha pasado con la leche de Maximiliano?
La he tirado, eso es basura responde Rosario sin volverse siquiera. Es química pura, lo he leído. Yo he comprado la buena, la que alimenta.
Señala un bote sobre la mesa.
El bote es de una marca barata, la que hace un mes provocó a Maximiliano un brote de eccema por todo el cuerpo.
Mi hijo es alérgico a eso.
Tonterías Rosario agita la mano. Eso era porque no le dabas bien la leche. Esta vez, verás cómo todo va bien.
Paula mira el bote. Mira a su suegra, tan tranquila. Piensa en Antonio, que ella sabe está otra vez escondido en el balcón.
Algo en Paula se quiebra, calladamente, pero ya no hay vuelta atrás…
…Cuarenta minutos después, Paula va en un taxi abrazando a Maximiliano. Álvaro y Martina, medio vestidos con sus monos de colores los ha rescatado de debajo de la ropa de la suegra, miran la ciudad por la ventanilla. En el maletero lleva una bolsa con lo imprescindible.
Al llegar a casa de su madre, rompe a llorar en el umbral…
Mamá, no puedo más. De verdad, no puedo vivir así…
Su madre la abraza, la lleva a la cocina, la sienta y le sirve un té. La acaricia el pelo mientras Paula llora, dejando las lágrimas caer en la taza.
Tranquila, todo irá bien. Os quedáis aquí conmigo el tiempo que haga falta.
El teléfono empieza a vibrar a las once y sigue hasta las tres de la mañana.
¿Pero tú qué haces, Paula? Antonio grita al otro lado. ¡Mi madre está histérica! ¡Solo quería ayudar! ¡Nos ayudaba y tú!
¡Yo solo quiero paz! Paula serpentea entre susurros, para no despertar a los niños. ¡Tu madre ha tirado la leche! ¡Maximiliano no puede tomar la que ha comprado!
¡Qué alergia ni qué historias! ¡Siempre exageras! ¡Mi madre sabe más! ¡Es mayor!
Pues que viva contigo entonces.
Eres una desagradecida histérica escupe Antonio. Sin mi madre no harías nada. Vuelve a casa, ¡ya!
No mientras esa mujer esté allí.
Se hace el silencio. Finalmente, Antonio responde:
Pues haz lo que quieras y cuelga.
A la mañana siguiente, Paula acude al registro civil y solicita el divorcio.
Tres días después vuelve por sus cosas. Sola, dejando a los niños con su madre.
Rosario la recibe en la puerta.
Paula, ¿cómo puedes hacernos esto? ¡Separar a los niños de su padre! ¡A la abuela de sus nietos! ¡Eres cruel! ¡No tienes corazón! ¡He hecho tanto por vosotros! ¡Ojalá todos recibieran ayuda como la que di yo!
Paula se detiene mirando a Rosario. A esa mujer que le rompió la vida bajo el quiero ayudar. Que tiró la leche adecuada para comprar la que enfermaba a su hijo. Que movió muebles, vistió a los niños, le apartó de la cocina y la llevó al límite.
Sobreviviréis, así que deja el drama Paula oye su propia voz, fría, ajena.
Rosario retrocede, boquiabierta. Antonio sale corriendo, le agarra la muñeca.
¿Pero qué haces? ¡No se habla así a una madre!
Ella suelta la mano. Mira a su marido ya un hombre adulto que sigue corriendo a refugiarse en su madre.
No me toques.
Pasa junto a él, recoge sus cosas del dormitorio, las mete en la maleta y se va sin mirar atrás.
…El divorcio se resuelve en dos meses. Antonio llama unas semanas más y luego desiste. Rosario le manda un largo mensaje acusándola de romper la familia y arruinar la vida de su hijo. Paula lo borra sin terminar de leerlo.
…En casa de su madre hay poca espacio, pero reina la calma. De noche, Paula mece a Maximiliano en la cocina, contemplando la ciudad dormida por la ventana. De día pasea con los gemelos por el barrio, les prepara pisto, les pone los monos de colores…
A los seis meses, Álvaro y Martina empiezan el cole. Paula encuentra trabajo remoto, editando textos de madrugada mientras duermen. El dinero alcanza, no para lujos, pero sí para todo lo necesario.
Por las tardes se sienta en el sofá con Maximiliano dormido en la cuna y los gemelos pidiéndole el cuento. Paula lee la historia de los tres cerditos cambiando la voz, Martina se ríe y Álvaro asiente serio en cada página.
En esos momentos Paula se reclina, mira a sus hijos y sabe, sin dudar, que hizo lo correcto. Que le esperan años difíciles, criar sola a tres pequeños. Es duro, a veces angustioso, solitario. Pero está segura: es lo correcto.







