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La elección

Y resulta que Diego está casadísimo suspiraba Marisol, sentada en un banco de la plaza y apretando en el bolsillo la autorización para la clínica.

Las compañeras de piso en la residencia le tenían algo de envidia al verla acompañada de ese moreno de ojos azules, siempre tan elegante y atento. Pensaban que había tenido suerte con un galán tan solícito. Pero al final, no había nada que envidiar.

Marisol se estremeció al recordar aquel primer y último encuentro con la esposa de Diego, la cual la esperó a la puerta de la fábrica para explicarle, sin rodeos, la verdadera situación.

¡Hola! Tú debes de ser Marisol, ¿verdad? arrancó la mujer.

¿Perdone? ¿Quién es usted? se sobresaltó Marisol, inquieta ante la mirada fija de aquella mujer alta y esbelta de pelo rubio platino.

Soy Carmen, la esposa de Diego Morales.

¿Qué?

Lo que has oído.

Otra ingenua más contestó la mujer con calma. ¿Cuántas os habrá por el mundo como tú, cazadoras de felicidades ajenas?

¿Pero de qué va usted?

Mira le agarró suavemente del codo, ¿sabes de qué voy? Soy la esposa legítima. Te he visto con mi marido, y encima te atreves a desafiarme, cuando lo decente sería que pidieras disculpas y desaparecieras, aunque, claro Eso solo lo hacen las personas con principios. Y no parece ser el caso.

De las tuyas ha tenido tantas la miró de arriba abajo. No tendría dedos para contar todas sus historias.

Te has liado con un casado. ¡Descarada!

Él es hombre, un cazador. ¿Entiendes? Tú no eres más que una aventura, algo pasajero. No te hagas ilusiones, mantente alejada de él.

Por cierto, tenemos dos hijas. Te puedo enseñar una foto familiar dijo Carmen, sacando una imagen y tendiéndosela a una Marisol perpleja. Mira, esto es amor de verdad. Fue en Torrevieja, hace dos meses.

¿Te has quedado muda?

¿Y qué quiere de mí? Arregle esto con su marido.

Tranquila, lo haré. Diego entró hace poco en la fábrica es un buen sueldo y justo apareces tú Por favor, déjalo estar, no caigas en sus promesas. Diego no va a separarse. No pierdas el tiempo. ¿Qué tienes, treinta años?

¡Veinticinco! contestó Marisol con amargura.

Mejor aún. Tienes tiempo de encontrar a alguien y formar tu propia familia. Deja a Diego tranquilo.

Marisol ya no quiso escuchar más. Se alejó casi tambaleando, como si el mundo hubiera girado de repente, y con ello vio derrumbarse todas sus ilusiones.

Traidor decía entre dientes, notando un nudo en la garganta, pero no estaría dispuesta a mostrar su dolor en público. No quería comentarios en el trabajo.

Esa tarde, como si nada, apareció Diego con flores. Marisol, con los ojos hinchados de tanto llorar, lo echó de su cuarto, a pesar de las promesas y de las juras de amor eterno. Él decía que su matrimonio ya no existía, que solo estaba por conveniencia. Pero ella no quiso escuchar.

Dos semanas tardó Marisol en recomponerse. Diego no volvió a molestarla, hacía como si no la conociera cuando se la cruzaba.

Pero los problemas nunca vienen solos. Al principio, Marisol achacó las náuseas matutinas y los mareos al disgusto, pero no tardó en comprender que aquel romance apasionado y fugaz había dado su fruto.

“Seis semanas”, sonaba como una condena.

No quería ser madre soltera. Tenía miedo. Sentía que todos la miraban, que la juzgaban. Había confiado y fue engañada por un hombre al que en realidad no conocía.

Diego le ocultó su vida. ¿Qué podía haber hecho? ¿Pedirle el DNI en la primera cita? Ni siquiera llevaba alianza, aunque no todos los casados la usan.

¿Por qué no sospechó cuando Diego le pidió que mantuviera en secreto la relación en el trabajo?

La engañó, y saberlo no borraba la vergüenza ni el peso del qué dirán. Por si fuera poco, los murmullos en la fábrica crecieron tras la visita de Carmen.

Estoy embarazada aprovechó la hora del almuerzo para decírselo a Diego, ya sin esperanzas.

Te daré dinero, hazte cargo gruñó él.

Al día siguiente, Diego dejó el trabajo. Se esfumó para siempre de su vida.

Marisol comprendió que no podía retrasar la decisión. Ignorando los consejos médicos, recogió el parte para la operación.

Así, sentada en el banco, apretaba la hoja como si temiese perderla.

¿Tiene prisa? oyó de repente la voz de un chico en traje, con un gran ramo de crisantemos burdeos, que se sentó a su lado.

¿Cómo? le miró Marisol, exhausta, casi sin fuerzas.

Digo que su reloj va adelantado señaló él, fijándose en el reloj dorado de su muñeca.

Siempre se adelanta diez minutos. Intento ponerlo bien, pero se desajusta igual dijo ella, ya desganada.

Hoy hace un día estupendo, ¿verdad? Un veroño maravilloso. A mi madre le encantan estos días, dice que en uno así tomó una decisión importante y nunca se arrepintió.

¿Sabe? el joven se entusiasmó, como si se conocieran de toda la vida. Mi madre es genial. Le debo tanto

¿Y su padre? se escapó Marisol sin pensar.

De mi padre no habla nunca. Y yo tampoco pregunto veo que le duele el recuerdo.

Yo vengo de una entrevista. ¿Se lo imagina? Me eligieron entre diez para un puesto buenísimo en una empresa. Y apenas tengo experiencia, casi no me lo creo

Ha sido gracias a mi madre, que siempre confió en mí.

Ya sé en qué gastaré mi primer sueldo: compraré un viaje al mar para mi madre. Nunca ha estado en el mar.

¿Usted ha estado?

No respondió Marisol, dirigiéndose al brillo de la corbata burdeos del chico. De repente, él le pareció alegre y luminoso.

Es un regalo de mamá dijo él, acariciando la tela al notar la mirada de ella.

Seguro que le aburro con mi charla pero quería compartir mi alegría, y me daba la impresión de que usted lo necesita. ¿Le molesté mucho?

Marisol negó con la cabeza. No le molestaba, todo lo contrario. Aquella conversación la había distraído de sus pensamientos oscuros, y la devoción del chico por su madre despertó en ella admiración.

“Qué amor más leal”, pensó, sin poder dejar de observarle. “¡Qué afortunada su madre! Ojalá tuviera un hijo así”

Bueno, me voy. Mamá me espera y seguro que está preocupada ¡No corra usted!

¿Perdón?

Se lo digo a su reloj rió el chico.

Ah sonrió también Marisol.

Al minuto él desapareció de su vista. Marisol sacó la autorización del bolsillo y, dejando de temblar, la rompió en mil pedazos, mientras se quedaba sentada respirando profundamente el aire tibio de aquel mediodía otoñal.

El corazón se le aligeró. Aquella charla con un desconocido, tan cercano en apenas unos minutos, la hizo sentir que no estaba sola. Esa mujer había criado sola a un hijo maravilloso Lástima no haberle pedido su nombre. Pero ya no importaba.

La decisión estaba tomada.

***

Veintitrés años después

Mamá, que llego tarde decía Esteban ante el espejo, mientras su madre le ajustaba con esmero esa corbata burdeos recién comprada para la importante entrevista de trabajo.

¿Y si mejor no vas?

No, mamá, la corbata me da seguridad. Tú tranqui, todo saldrá bien. Seguro que me cogen contestó Marisol, retrocediendo para contemplar a su hijo con orgullo.

Estoy nervioso ¿y si?

Es tu sitio, no dudes de ti. Responde claro y sonríe. Imposible resistirse a ese encanto.

De acuerdo, mamá Esteban le dio un beso y salió deprisa.

Marisol miró por la ventana cómo su hijo, la persona más importante de su vida, caminaba decidido hacia la parada de autobús. De pronto, un escalofrío la recorrió

Era como si todo aquello ya lo hubiera vivido. Aquel joven en la plaza, hacía más de veinte años Esos mismos gestos, el mismo traje, esa corbata. Y ella, largamente, había olvidado ese momento, hasta hoy que resurgió con fuerza.

¿Acaso el destino le permitió ver con anticipación el valor de la vida que crecía en su interior? ¿Fue esa charla casual una señal para tomar la decisión correcta?

¿Y si aquel chico, casi de su edad, era, de algún modo, un espejo de lo que el futuro le depararía?

Ya daba igual. Ahora, todo estaba en su sitio.

A la hora de comer, Esteban entró en casa con un enorme ramo de crisantemos burdeos, a juego con su corbata, anunciando que lo habían aceptado en la empresa.

Y además, prometió a su madre que algún día irían al mar, pues ella nunca había estado.

Había llegado el momento en que el hijo tiraría de la vida por ella. Movería montañas, cruzaría ríos, todo por su madre. Así era su Esteban.

A pesar de las dificultades que enfrentaron juntos en tantos años, de los momentos en los que solo el abrazo de su hijo le daba consuelo, superaron todo sin perder la esperanza.

Marisol nunca se arrepintió de su decisión. Eligió bien.

Así debía ser.

La vida, en su humildad y sencillez, termina enseñando que, incluso después de la mayor oscuridad, puede haber un sol, si no pierdes la dignidad y el valor de elegir.

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MagistrUm
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