Carmen, deberíamos comprar otra entrada para el teatro.
Carmen alzó la vista de su plato. La cena ni siquiera se había enfriado y ya Juan estaba con el móvil en la mano, concentrado en la pantalla como si resolviera un asunto de Estado.
¿Otra entrada? ¿Va a venir alguien más?
Juan ni se molestó en levantar la cabeza.
Mi madre tiene muchas ganas de ir. Ayer le conté que vamos y enseguida se ilusionó.
Carmen dejó el tenedor al borde del plato, se levantó y fue hacia la encimera, fingiendo que buscaba un vaso de agua. La cara se le torció sola, y ni trató de evitarlo. Lo importante era que Juan no lo notara porque luego no tenía ni ganas ni fuerzas para explicarle qué le pasaba…
Claro. Su madre quiere. Por supuesto. Doña Mercedes siempre quiere.
Mientras llenaba el vaso con agua, le vinieron a la mente las fotos de su boda. Todas las doscientas cuarenta que el fotógrafo les había entregado en un pendrive, envuelto con un lazo bonito. Carmen pasó tres tardes revisándolas, buscando alguna donde estuvieran solos ella y Juan. Solos de verdad, sin invitados, sin familia. No encontró ninguna.
En cada instantánea asomaba Doña Mercedes: un momento le colocaba la corbata a su hijo, en otro lo abrazaba por los hombros, en otro posaba justo entre los recién casados, sonriendo a la cámara como si la protagonista fuese ella. Carmen entonces pensó que era casualidad, que el fotógrafo había buscado mal los ángulos. A estas alturas, ya ni se engañaba.
Desde el primer día, su suegra se comportó como si Carmen fuese una compañera de piso que vivía allí temporalmente. A destacar que ese piso era de Carmen, comprado con su dinero. Pero Doña Mercedes entraba cuando le venía en gana, sin avisar, opinando de todo. Que las cortinas no pegan. Que la olla no es la adecuada. Que la carne está salada. Que Juan ha adelgazado. Que está muy pálido. Que come poco.
Carmen bebió un sorbo de agua y dejó de nuevo el vaso en su sitio…
Cada salida se convertía en lo mismo. ¿El cine el mes pasado? Los tres juntos. ¿La pista de hielo en Navidad? Los tres. Incluso a la pequeña cafetería de la calle Huertas, adonde Carmen había querido ir solo con Juan para charlar tranquilos, él decidió llevar a la madre. Ella acudió puntual, se sentó entre los dos en la mesa diminuta, pidió té con limón y se pasó cuarenta minutos hablando de sus achaques y de la vecina que le había vuelto a gotear el techo…
El teatro. Hacía dos meses que Carmen esperaba aquella obra; había conseguido entradas para el tercer fila del patio de butacas. Supuestamente era su noche. Para ellos dos.
Carmen, ¿por qué estás tan callada?
Por fin Juan apartó la vista de la pantalla y la miró.
Entiéndelo, a mi madre le da pena estar sola añadió, con esa frase tan repetida que Carmen se preguntó si él mismo era consciente de lo mucho que la decía.
Carmen asintió despacio.
Vale. Cómprala.
¿Y qué más podía decir? Ya lo había intentado otras veces y siempre acababa igual: Juan se ofendía, se encerraba en el dormitorio y a la mañana siguiente llamaba Doña Mercedes con voz de mártir preguntando si todo estaba bien. Un bucle del que Carmen había dejado de buscar salida.
Juan sonrió agradecido y volvió a sumergirse en el móvil…
La tercera fila era magnífica; Carmen se había esmerado en conseguir buen sitio. Se veía cada detalle, cada luz, cada gesto. Pero tuvo que disfrutarlo en soledad porque Juan se giró hacia su madre en cuanto se sentaron y no volvió a mirarla en toda la función.
Doña Mercedes ocupó el sitio a la derecha de su hijo, y enseguida comentaban juntos el programa, el vestíbulo, a un conocido que según la suegra había visto junto al guardarropa. Carmen, a la izquierda, miraba la escena, aunque la obra aún no comenzaba. Durante el descanso, Juan llevó a su madre a la cafetería y Carmen se quedó sentada porque nadie la invitó, ni le apetecía forzar nada. Al regresar, Mercedes contaba a su hijo el primer acto, como si él hubiese estado en otro teatro. Carmen hojeaba el programa en silencio y pensaba que aquel asiento no valía lo que costó.
El regreso, como siempre, los tres juntos. Pararon primero en casa de Doña Mercedes. Carmen esperó diez minutos en el coche mientras Juan acompañaba a su madre, le ayudaba con la llave, aguantaba la charla de rigor en el portal. Cuando volvió, él tenía la cara serena y satisfecha.
Ha salido todo perfecto, ¿verdad?
Carmen asintió y se volvió hacia la ventanilla. No quería conversar y se excusó con el cansancio, aunque en realidad tampoco tenía sueño. Hablar con Juan esa noche le parecía inútil; cualquier cosa que dijera quedaría flotando, sin respuesta.
Los dos meses siguientes fueron justo como Carmen esperaba. Doña Mercedes pasaba por casa cada vez más, Juan se multiplicaba en atenciones con su madre, y Carmen se quedaba sola en su piso, escuchando desde lejos cómo reían y charlaban en la cocina. Las cenas íntimas escaseaban y los fines de semana se limitaban a visitas familiares o a alguna otra salida colectiva. Carmen se acostaba la primera, despertaba con un peso en el pecho cada día, acostumbrándose a esa sensación que ya formaba parte de ella.
A mediados de marzo le dieron una buena prima en el trabajo y Carmen lo meditó tres días antes de decidir. Quince días en Turquía. Todo incluido. Mar, sol y un hotel con excelentes opiniones. Lo estuvo eligiendo durante una semana, comparando habitaciones, leyendo opiniones en los foros, buscando la distancia exacta a la playa. De verdad pensaba que ese viaje podía servirles para reconectar, para estar juntos, para recordar lo que era ser pareja.
Juan, nos he reservado este viaje dijo Carmen por la noche al sentarse a cenar, dejando la reserva impresa frente a él. Turquía, quince días en junio. Mar, playa, pensión completa. He gastado la prima, pero creo que lo merece.
Juan la miró, le lanzó una sonrisa que casi parecía auténtica alegría, y asintió.
Qué bien. Suena genial, Carmen.
Carmen suspiró. Quizá no estuviera todo perdido. Quizá solo necesitaban salir, alejarse y que todo volviera a su cauce. Esa noche durmió mejor de lo que recordaba desde hacía semanas.
Pero al día siguiente, Juan llegó del trabajo, se sentó a la mesa, esperó a que Carmen sirviera la cena y, entre bocado y bocado de filete, soltó tranquilamente:
Carmen, se lo he contado a mi madre. Quiere venir también. ¿Puedes reservarle otra plaza?
El tenedor se le quedó a mitad de camino. Carmen lo dejó despacio sobre el plato y miró a su marido intentando adivinar si era una broma o no se daba cuenta de lo que decía.
Esa vez Carmen no se calló.
No, Juan. No pienso pasar las vacaciones con tu madre.
Juan dejó de masticar y la miró como si hubiese blasfemado en misa.
Carmen, no seas así. Es que se siente sola. No ha visto el mar en tres años. ¿Te cuesta tanto?
Carmen se levantó y fue hasta la ventana, apoyó las manos en la encimera y apretó los nudillos hasta que palidecieron. Algo ardiente e imparable, que llevaba meses almacenando, por fin le subía a la garganta.
¡Que se vaya con sus amigas! dijo temblando. ¡Tiene cinco, cinco amigas que van a merendar a su casa todas las semanas! ¡Que se largue con ellas a la playa y nos deje en paz!
Carmen, es mi madre, por favor…
¡Ya lo sé, que es tu madre! se giró y toda la paciencia de meses de silencio por fin reventó. ¡Claro que lo sé! ¡Porque está en nuestra vida a todas horas! ¡Cine con ella, patinaje con ella, teatro con ella, cenas con ella! ¡Estoy harta de ser la otra mujer en esta relación, Juan, ¿te enteras?!
Juan empujó el plato y se puso de pie, cruzando los brazos.
Eres una insensible, Carmen. No entiendes cómo se siente ella estando sola.
¡No, no lo entiendo! Carmen se plantó delante, los ojos encendidos. ¡Y no tengo por qué entenderlo! ¡Eres mi marido, Juan! ¡Quiero ir contigo a unas vacaciones románticas, por fin a solas! ¡No estar en la playa escuchando cómo habláis de sus pastillas y quedarme al margen como si ni existiera!
Juan la miró con frialdad y dio un paso atrás.
Eres cruel. ¿Sabes qué? O mi madre viene, o yo tampoco voy.
Carmen se quedó inmóvil. Le sostuvo la mirada hasta que algo cambió por dentro, discreto pero definitivo.
Muy bien. Entonces me voy sola.
Pasó junto a Juan rumbo al dormitorio, sacó la maleta de debajo de la cama y la puso sobre la colcha. Juan apareció en la puerta enseguida.
Carmen, ¿qué estás haciendo? Espera, vamos a hablarlo tranquilos.
Siempre lo hablamos tranquilos, Juan, y siempre acabamos en lo mismo: tu madre dijo, metiendo un vestido en la maleta con cuidado. Voy a pedir el divorcio. No quiero seguir en una relación en la que somos tres, y yo además de sobra.
Juan se quedó callado, recostado en el marco de la puerta, y por su cara comprendió al fin que Carmen no discutía, que había tomado una decisión.
…Dos meses después, Carmen estaba tumbada en una hamaca junto a la piscina de aquel hotel turco que había elegido por las fotos y los comentarios. El sol le calentaba los hombros, y la brisa traía olor a sal. El vaso de cóctel, frío, se cubría de gotitas y a su alrededor reinaba un silencio delicioso: nadie hablando de médicos, de tapas, de vecinas ni de achaques. Solo ella. Carmen bebió un sorbo, cerró los ojos y pensó que debería haberlo hecho hace mucho tiempo, en vez de soportar dos años por alguien que nunca quiso crecer.






