Carmen, deberíamos comprar otra entrada para el teatro.
Carmen levanta la vista del plato. La cena aún está caliente, pero Javier ya está sentado, móvil en mano, tocando la pantalla con la concentración de quien toma una decisión de Estado.
¿Otra entrada? ¿Va a venir alguien más con nosotros?
Javier ni siquiera la mira.
Mi madre tiene muchísimas ganas. Ayer le conté que íbamos y se puso ilusionadísima.
Carmen coloca el tenedor en el borde del plato, se levanta y se da la vuelta hacia la encimera, fingiendo que quiere agua. El gesto de su rostro la traiciona; poco le importa ya si se le nota, lo que no tiene es ganas ni de explicaciones ni de discutir con Javier.
Claro. Mamá quiere. Cómo no iba a querer. Rosario siempre ha querido.
Carmen deja correr el agua en el vaso y le vienen a la mente las fotos de su boda. Las doscientas cuarenta que el fotógrafo le grabó en el pendrive, bien envuelto. Estuvo varias noches buscándose en ellas, intentando hallar aunque fuera una donde aparecieran solo ella y Javier. Sin suegra, sin invitados, sin familia. No la encontró.
En cada instantánea asoma Rosario: ahora le ajusta la corbata al hijo, luego lo abraza, o se planta entre Carmen y Javier y sonríe a la cámara como si la boda fuera suya. Por aquel entonces Carmen quiso pensar que era casualidad del fotógrafo, pero ahora sabe que no.
Desde el principio Rosario se ha comportado como si Carmen fuera una compañera de piso a la que dejaron quedarse, nunca la mujer de su hijo. Y eso que el piso es propiedad de Carmen, comprado por ella. Pero Rosario entra y sale cuando le apetece, sin avisar, opinando de todo. Que si esas cortinas no, ese cazo tampoco, la carne demasiado salada, Javier está demacrado, pálido, no come lo suficiente.
Carmen bebe agua y vuelve a dejar el vaso en su sitio…
Cada plan acaba siendo lo mismo de siempre. El cine del mes pasado: los tres juntos. Patinaje en Reyes: los tres. Incluso la cafetería pequeña en Malasaña, donde Carmen deseaba ir solo con Javier a charlar tranquilos, terminó con Rosario sentada entre ellos, pidiendo un té con limón y hablando durante cuarenta minutos de su tensión arterial y de la vecina del quinto.
Lo del teatro, en fin. Carmen llevaba mes y medio esperando esa obra, consiguió entradas de tercera fila, cerca del escenario. Quería que fuera su noche, solo suya y de Javier.
Carmen, ¿por qué no dices nada?
Por fin Javier levanta la cabeza del móvil y la mira.
Entiéndelo, a mi madre le da pena estar sola añade, con ese tono que repite tanto que Carmen ya ni se pregunta si lo percibe él mismo.
Carmen le devuelve la mirada y asiente.
Vale. Cómprala.
¿Y qué más va a decir? Ya lo ha intentado antes, hablar, explicarle. Y todo termina igual: Javier se ofende, se encierra, silencio toda la noche. A la mañana siguiente, Rosario llama y pregunta con voz de mártir si todo va bien. Un círculo vicioso del que Carmen hace tiempo dejó de buscar salida.
Javier sonríe agradecido y vuelve al móvil…
…La tercera fila resulta perfecta. Carmen no se equivocó eligiendo. El escenario se ve de maravilla, cada detalle de la escenografía, la expresión de los actores. Solo que está sola admirándolo, porque Javier, desde el primer momento, se gira hacia su madre y no le presta atención.
Rosario ocupa el asiento derecho de su hijo y se pone a comentar el programa, el vestíbulo, e inventa haber visto conocidos en el guardarropa. Carmen, a la izquierda, mira hacia el escenario vacío. En el descanso, Javier acompaña a su madre a la cafetería, y Carmen prefiere quedarse sentada, nadie le propone ir, ni se ve con ánimo de sugerirlo. Al volver, Rosario le cuenta a Javier el primer acto como si él hubiera estado en otro edificio. Carmen hojea el programa y piensa que ese tercer fila no valía los euros gastados.
La vuelta a casa es igual. Dejan primero a Rosario, y Carmen espera diez minutos en el coche mientras Javier la acompaña al portal, le ayuda con la llave, escucha algo en la puerta. Cuando vuelve a sentarse al volante, su rostro es de satisfacción.
Ha ido genial, ¿verdad?
Carmen asiente mirando por la ventanilla. No tiene fuerzas para hablar, finge cansancio, aunque sabe que ni dormir podrá. Volver a intentar hablar con Javier esa noche le parece tan inútil como hablarle a la pared.
Los siguientes dos meses pasan, tal y como temía. Rosario aparece cada vez más, Javier pasa todo el tiempo con ella, y Carmen se descubre muchas noches cenando sola en su propio piso, oyendo desde la cocina risas y charlas de madre e hijo. Ya no hay cenas a solas, ni fines de semana para dos; todo es ir juntos los tres, o visitas obligadas a la suegra. Carmen se acuesta siempre antes y se levanta con ese peso en el pecho cada día más familiar.
…En marzo, en el trabajo, le dan una paga extra buena. Carmen lo piensa tres días antes de decidirse: quince días en la costa de Turquía, todo incluido. El hotel tiene buenas críticas, está cerca del mar. Lo mira durante una semana, compara habitaciones, revisa foros. Una escapada, una oportunidad para volver a ser una pareja, no madre-hijo.
Javi, he reservado unas vacaciones para nosotros le dice durante la cena, enseñándole la reserva impresa. Turquía, quince días en junio, mar, playa. Me he gastado la paga, pero lo merece.
Javier mira los papeles, levanta la vista y sonríe, como si realmente le hiciera ilusión.
Oh, qué bien, Carmen.
Por fin Carmen respira. Quizá no está todo perdido, quizá solo necesitan alejarse para reconstruirse. Esa noche duerme más tranquila que nunca en las últimas semanas.
Al día siguiente, Javier llega de trabajar, se sienta y espera a que Carmen sirva la cena. Entre bocado y bocado de croqueta, lo suelta, con total normalidad:
Carmen, le he contado a mi madre lo de Turquía. Ella también quiere venir. ¿Pides una plaza más?
El tenedor se queda a medio camino. Carmen lo deja en el plato, mira a Javier y duda si habla en serio o es una broma.
Esta vez, Carmen no calla.
No, Javi. No pienso irme de vacaciones con tu madre.
Javier deja de masticar y la mira como si hubiera oído una blasfemia.
¿Pero Carmen? Si le hace ilusión, no ha pisado la playa en tres años. ¿Tan poco te cuesta?
Carmen se aparta hacia la ventana, presiona la encimera, los nudillos blancos de apretar con rabia todo lo que lleva meses acumulando.
Pues que se vaya con sus amigas. Que tiene cinco, Javi. Cinco que no faltan un martes a merendar en su casa. Que se largue con ellas, y a nosotros que nos deje en paz.
Carmen, es mi madre, ¿qué…?
¡Ya sé que es tu madre! le interrumpe, encarándolo con los ojos encendidos. ¡Gracias por recordármelo, porque está metida en nuestra vida las veinticuatro horas! Cine con ella, patinaje con ella, teatro con ella, cenas con ella. ¡Estoy harta de ser la segunda mujer en esta relación! ¿De verdad no lo ves?
Javier se aparta el plato y se pone de pie, cruzado de brazos.
Eres egoísta, Carmen. No comprendes lo que es estar sola.
¡No, no lo comprendo! Carmen se acerca, vibrando de indignación. ¡Y no tengo que comprenderlo! ¡Eres mi marido, Javi! Quiero irme contigo a unas vacaciones románticas, solos los dos. No quiero pasarme el día en la playa escuchando vuestras conversaciones sobre pastillas para la tensión.
Javier entrecierra los ojos y da un paso atrás.
Eres muy dura. Pues mira, o viene mi madre, o yo no voy.
Carmen se queda inmóvil, lo mira largo rato, y nota cómo algo muy hondo se le parte por fin, suave y sin remedio.
De acuerdo. Entonces me iré sola.
Camina directa al dormitorio, saca la maleta de debajo de la cama y la pone sobre el edredón. Javier aparece en la puerta en cuestión de segundos.
Carmen, ¡estás perdiendo el control! Ven, hablamos tranquilos.
Siempre hablamos responde, doblando un vestido para meterlo en la maleta. Siempre, y siempre acaba saliendo tu madre. Voy a pedir el divorcio, Javi. No quiero seguir más en una relación donde somos tres y yo soy la de sobra.
Javier guarda silencio, apoyado en el marco de la puerta, y por su expresión se da cuenta de que Carmen va muy en serio esta vez.
…Dos meses después, Carmen está tumbada en una hamaca junto a la piscina de aquel hotel turco que tan cuidadosamente eligió. El sol le acaricia los hombros, la brisa del mar huele a sal, y el cóctel frío se le empaña en la mano. Nadie al lado le habla de tensión ni se queja de los vecinos. No hay nadie a su alrededor, y es perfecto. Da un sorbo, cierra los ojos, y piensa que debería haber hecho esto mucho antes, y no aguantar dos años por alguien que nunca supo crecer.





