¡Nuria, llévatela ya! ¡No puedo más! ¡Hasta me da asco tocarla!

¡Cristina, llévatela! ¡No puedo más! ¡Hasta el mero hecho de tocarla me repugna!
A Elena le temblaban las manos. La niña que tenía en brazos sollozaba desconsoladamente.
Cogí a mi sobrina y asentí en silencio.
De acuerdo. Pero, ¿estás segura de tu decisión? ¿No habrá luego reclamaciones?
No, ¿qué reclamaciones? ¡Llévatela, no la quiero!
La pequeña había nacido apenas hacía un mes. Desde el principio del embarazo, algo raro le pasaba a Elena. Al principio, achacaba sus cambios de ánimo al final de la gestación. Mi hermana llevaba viuda más de siete años. Sus hijos mayores ya estaban fuera de casa. Un viaje improvisado a la costa, un romance fugaz y aquel embarazo inesperado nos sorprendió a todos. Elena nunca fue dada a la improvisación. Al principio parecía ilusionada con la idea del bebé. Pero luego empecé a notar que se volcaba en comprar ropa de recién nacido y buscaba cochecitos, para después desaparecer semanas, como escondida tras un muro.
Pocos días antes de dar a luz, Elena cortó la comunicación con toda la familia. No llamaba ni a la madre, ni a mí, ni a sus hijos. Alerta, fui a buscarla y la localicé en el hospital, a punto de firmar la renuncia a la niña.
Elena, ¿qué te pasa? ¿Por qué?
Ni yo misma lo sé. No siento nada. Es como si fuera ajena.
¿Ajena? ¡Pero si es tu hija!
Y no será la mía. Se giró hacia la pared.
Tuve que recurrir a lo grande y llevé a mamá. Al final, Elena aceptó recoger a la pequeña de vuelta. Mamá propuso que viviera con ella unos meses para ayudarle, aunque lo cierto era que todos vigilábamos a Elena. Cuidaba de la niña de forma mecánica, nunca se quedaba con la pequeña más tiempo del necesario. El nombre se lo dio la abuela, quien la llevaba en brazos era yo.
Elena, me la llevo. Yo la criaré, pero tarde o temprano, ¿a quién crees que llamará mamá?
Me da igual. Lo importante es que no sea a mí.
En una semana arreglamos los papeles y pasé a ser la tutora legal de mi sobrina. Elena se marchó a Valencia.
La pequeña Lucía creció inquieta y risueña. Aprendió a andar y hablar pronto. Me llamaba mamá.
Pasaron doce años.
Mamá, hoy me han puesto tres sobresalientes y mañana vamos de excursión al cine con la clase su vocecilla llenó el piso.
¿Es ella?
Sí, Elena, es ella. Por favor, te lo pido
¡Hola! Soy Lucía, ¿y usted?
En la puerta de la cocina se quedó parada una niña alta de grandes ojos, que miraba con extrañeza a la mujer sentada a la mesa y a mí, pálida, junto a la ventana.
Yo… soy Elena. Soy tu madre, Lucía.
¡Te lo advertí! le reproché a mi hermana, dando un paso hacia mi hija. Lucía, te lo explicaré todo…
No hace falta, mamá. Escuchemos. ¿Y bien? Dice que es mi madre. ¿Y?
He venido a buscarte. Quiero que vivas conmigo.
¿Para qué?
Eres mi hija.
No, no lo soy. Yo solo tengo una madre y es la que está aquí conmigo. No necesito otra. Y a usted la veo por primera y espero que por última vez en mi vida. Lucía dio media vuelta y se alejó de la cocina.
Sentí que se me iba la fuerza y me senté.
¿Y qué has conseguido con esto?
De momento nada. Pero lo conseguiré, puedes estar segura. Y si hace falta, acudiré a los tribunales.
¿Todo esto para qué, Elena? Fuiste tú quien la apartó de su lado, nadie entendió jamás el porqué. Y ahora, después de tantos años, apareces y esperas que te abrace. Mira, Elena, vete con mamá y luego hablamos, que tengo que estar con mi hija.
¡Con tu sobrina! rectificó Elena levantándose.
Solo suspiré. Cerré la puerta tras ella y fui a la habitación de Lucía.
Luci…
Mamá, espera. Antes de que me digas nada, quiero que sepas que ya lo sé. ¿Recuerdas cuando limpiamos en casa de la abuela el año pasado? Encontré los papeles de la tutela. Primero me enfadé muchísimo por no habérmelo contado, luego quise ir a buscarla y preguntarle… ¿por qué? Pero después entendí que no necesitaba saberlo. ¡Tú eres mi madre! ¡No quiero a nadie más!
Lucía, mi niña… No voy a dejar que nadie te quite de mi lado.
¡Yo tampoco pienso dejarme! rió Lucía. ¿Te acuerdas de mi compañero de clase, Sergio? Llama a su madre, es abogada de familia.
Hija, tampoco quieras hacerte adulta de golpe. De momento sigo siendo tu madre, y la responsable aquí. Me reí y la abracé fuerte. Claro que llamaremos, todo irá bien.
Después vinieron días de nervios y procedimientos, pero el juez dejó todo tal y como estaba. Escucharon la opinión de Lucía, que negó rotundamente marcharse con su madre biológica y no quiso reconocerla.
Mi hermana y yo salimos del juzgado.
Por fin termina esta pesadilla dije, aliviada. Y ahora, ¿qué harás?
Me marcharé, Cristina. No quiero ser un estorbo. Ayudaré en lo que pueda, no me rechaces. La cuenta de Lucía está abierta, y los documentos se quedan con mamá.
¿Entonces por qué, Elena? ¿Por qué la dejaste aquella vez?
No hubo ningún romance, Cristina, no pasó nada de eso. Solo un parque oscuro, una noche muy tarde.
Se me heló la sangre.
¿Y nunca lo contaste? ¿Tanto tiempo callada, con todo eso dentro?
No se podía solucionar. Por eso callé. Ni me di cuenta al principio de estar embarazada; pensé que era la menopausia, hasta que fue demasiado tarde. No se lo cuentes a Lucía. No debe saberlo, es mi historia, no la suya. Tal vez, algún día, me perdone.
La abracé y ambas miramos hacia donde Lucía hablaba y reía con nuestra madre.
A veces, de lo más terrible puede surgir lo más hermoso. ¡Es preciosa! Elena se secó los ojos y por primera vez en mucho tiempo, vi una sonrisa en el rostro de mi hermana.

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MagistrUm
¡Nuria, llévatela ya! ¡No puedo más! ¡Hasta me da asco tocarla!