¡Cristina, llévatela! ¡No puedo más! ¡Hasta me repugna tocarla!
Alicia temblaba. El bebé en sus brazos lloraba desconsolada.
Cristina tomó en brazos a su sobrina y asintió con la cabeza.
Está bien. Pero es tu decisión, ¿luego no tendrás reproches?
No, ¿qué reproches? ¡Llévatela, no la quiero!
La pequeñita apenas llevaba un mes en el mundo. Desde el principio del embarazo, Alicia estaba irreconocible. Cristina disculpaba sus cambios de humor pensando en las últimas semanas de gestación. Su hermana llevaba más de siete años viuda. Sus hijos mayores ya vivían lejos, cada uno con sus vidas. Un viaje improvisado a la costa, un romance fugaz y aquel embarazo inesperado sorprendieron a todos, sobre todo a Alicia, siempre tan comedida. Al principio parecía que la niña traía ilusión. Pero pronto Cristina advirtió los vaivenes extraños: unos días comprando ropitas y buscando cochecito, otros días callada, ausente, como encerrada tras un muro de piedra.
Poco antes del parto, Alicia dejó de hablar con la familia. No llamaba ni a la madre, ni a Cristina, ni a sus hijos mayores. Preocupada, Cristina la encontró en la maternidad, dispuesta a firmar el abandono de la bebé.
Alicia, ¿qué pasa contigo? ¿Por qué?
Ni yo misma lo sé. No siento nada. Es como si fuera de otra.
¿De otra? ¡No digas eso! ¡Es tu hija!
No lo será se volvió hacia la pared.
Cristina recurrió a la artillería pesada: llevó a su madre. Alicia aceptó llevársela a casa, bajo la excusa de necesitar ayuda. Pero todos vigilaban a Alicia, intuyendo lo frágil de la situación. Cuidaba a la niña, sí, pero en automático, sin retenerse junto a ella más de lo imprescindible. El nombre lo eligió la abuela; los brazos eran de la tía.
Alicia, me la llevo yo. La criaré. Pero pasará el tiempo y, ¿a quién llamará mamá?
Me da igual. Lo importante es que no sea a mí.
Una semana después, los papeles se firmaron: Cristina era oficialmente la tutora de su sobrina. Alicia se marchó a otra ciudad.
La pequeña Berta creció inquieta y risueña, anduvo pronto y habló aún antes. Mamá era siempre Cristina.
Pasaron doce años.
¡Mamá, hoy he sacado tres sobresalientes y mañana vamos al cine con la clase! La vocecilla fresca llenó la casa.
¿Es ella?
Sí, Alicia. Por favor
¡Hola! Soy Berta, ¿y tú?
En el umbral de la cocina, una niña alta de grandes ojos dirigía una mirada curiosa de la mujer sentada a la mesa a la madre que, pálida como el papel, estaba de pie junto a la ventana.
Yo… soy Alicia. Soy tu madre, Berta.
¡Te lo pedí! protestó Cristina dando un paso hacia su hija. ¡Berta! Te lo explicaré todo.
No hace falta, mamá. Mejor escuchamos. Y bien, dices que eres mi madre. ¿Y?
He venido por ti. Quiero que vivas conmigo.
¿Para qué?
Porque eres mi hija.
No, no lo soy. Yo tengo una sola madre y está aquí. No quiero otra. Y a ti te veo ahora por primera y espero que última vez en mi vida. Berta se giró y salió de la cocina.
Cristina se dejó caer, agotada, en una silla.
¿Y qué has conseguido?
De momento, nada. Pero lo haré, no te quede duda. Iré a juicio si hace falta.
¿Para qué todo esto? Si fuiste tú quien la entregó, ni querías verla. Nadie comprendía el porqué, pero lo hiciste. Ahora, ¿vienes tras tantos años y esperas que se te tire al cuello? Lo siento, Alicia, ahora vete a casa con mamá. Luego hablamos, tengo que estar con mi hija.
¡Con tu sobrina! dijo Alicia, levantándose.
Cristina sólo suspiró. Al cerrar la puerta detrás de ella, fue al cuarto de Berta.
Bertita…
Mamá, espera. Antes de que expliques nada, quiero decirte algo. Lo sé todo. Hace un año, ¿recuerdas cuando ordenamos la casa de la abuela? Encontré los papeles de la tutela. Primero me enfadé mucho, porque me ocultasteis todo. Luego quise verla para preguntar por qué. Y después entendí que no me hacía falta. Eres mi madre. No quiero otra.
¡Berta, mi niña! Nadie te va a apartar de mí.
Ni yo misma quiero que me aparten, rió Berta. ¿Te acuerdas de mi compañero de clase, Diego? Llama a su madre, que es abogada de familia.
Bueno, hija, no te adelantes a crecer. Todo lo resuelves tú. Pero aún soy yo la madre y la mayor, eh rió Cristina y abrazó a la niña. Llamaremos, tranquila, solucionaremos todo.
Aún hubo nervios y pleitos judiciales, pero el juez lo dejó todo tal cual. Contaron la voluntad de Berta, que rechazó tajantemente a su madre biológica.
Las dos hermanas esperaban juntas a la puerta del juzgado.
Por fin acaba esta pesadilla respiró Cristina con alivio. ¿Y ahora, qué harás?
Me iré, Cristina. No quiero estorbar. Pero ayudaré, no me rechaces. Hace mucho que hay una cuenta para Berta, los papeles los tiene mamá, todo queda en orden.
¿Por qué todo esto, Alicia? ¿Y por qué la dejaste entonces?
No fue un romance, Cris, nunca lo fue. Aquella noche, era un parque oscuro era ya muy tarde.
A Cristina se le cortó la respiración.
¿Y lo has callado todo este tiempo?
Nada podía arreglarse. Por eso callé. Ni entendí que estaba embarazada, creí que era el inicio de la menopausia… Cuando lo supe, ya era tarde. No le cuentes nada a Berta. No debe saberlo. Es mi historia, no suya. Tal vez algún día puedo merecer su perdón.
Cristina abrazó a su hermana, las dos miraron hacia donde Berta estaba con la abuela.
A veces, de lo más trágico puede surgir lo más precioso. ¡Qué hermosa está! Alicia se secó las lágrimas y Cristina, por primera vez en muchos años, le vio sonreír.





