Nunca Tomé Nada Que No Fuera Mío: La Historia de Marta y Nastia, Dos Destinos Opuestos Entre la En…

EN LA VIDA NUNCA TOMÉ LO QUE NO ERA MÍO

Marta, cuando aún estudiaba en el instituto en Salamanca, despreciaba a Natalia y al mismo tiempo sentía una profunda envidia hacia ella. La despreciaba porque los padres de Natalia siempre andaban perdidos entre tragos, de trabajo en trabajo, viviendo al día y apenas tenían para llegar a fin de mes. Natalia casi siempre tenía hambre, vestía con ropa ajada y llevaba un aire de tristeza perpetua. Su padre, de vez en cuando, la pegaba por cualquier miseria: por haber bebido poco, o por haberse pasado, o simplemente porque sí.

Su madre nunca la defendía, pues temía los puños de su marido. El único refugio que tenía Natalia era su abuela, un rayo de luz en su vida. Cada mes, la abuela le daba una pequeña paga de su pensión como premio por portarse bien. Aunque Natalia sabía que, aunque hiciese alguna travesura, la abuela haría la vista gorda y le daría su paga igual: ¡cinco euros! Para Natalia, ese era el mejor día. Salía corriendo a una tiendecita, compraba helado (para ella y su abuela), un poco de turrón y algunas golosinas.

Cada vez, Natalia intentaba que sus tesoros dulces le durasen todo el mes, pero a los dos días ya no quedaba ni rastro. Entonces, su abuela sacaba un helado del congelador y decía:
Toma, hija, cómetelo tú, que hoy me duele un poco la garganta.
Qué raro, pensaba Natalia, la garganta de la abuela siempre empieza a doler exactamente cuando se acaban las chucherías En el fondo, Natalia siempre contaba con ese helado de repuesto.

La familia de Marta era justo lo contrario. Tenían de todo, nunca faltaba nada en casa. Los padres tenían buenos trabajos y a su hija nunca le dejaban que le faltase ni el aire. Marta siempre iba vestida a la última, y las chicas de su clase incluso le pedían prestada alguna prenda. A Marta nunca le decían que no a nada: alimentada, vestida, mimada.

Sin embargo, Marta moría de envidia por la belleza natural de Natalia, por esa bondad que le salía por los poros y por su facilidad para llevarse bien con todos. Marta consideraba indigno siquiera dirigirle la palabra a Natalia. Cuando se cruzaba con ella, la miraba de arriba abajo de tal forma que Natalia sentía como si le tiraran un jarro de agua helada. Una vez, Marta, delante de todos, le soltó:
¡Eres una desgraciada!
Natalia corrió a casa llorando y se lo contó a su abuela. Ésta la sentó a su lado y le acarició la cabeza:
No llores, Natalita. Mañana dile a la que te hizo daño: Llevas razón, es de Dios de quien soy.
De pronto, Natalia se sintió más ligera.

Marta también era muy guapa, pero su belleza era helada, distante. En la clase había un chico, todo un personaje querido por todas: Javier.
Era un desastre en los estudios, simpático, siempre con una broma en la boca. A Javier no le importaban las malas notas ni los comentarios de los profesores, siempre se tomaba todo con alegría y buen humor. Los profesores, aunque le llenaban la agenda de suspensos y a veces lo expulsaban de clase, en el fondo le querían por su carácter abierto y sincero.

En los últimos cursos, Javier empezó a acompañar a Marta desde el instituto hasta casa y, por las mañanas, la esperaba en la misma puerta para entrar juntos y escuchar a los compañeros:
¡Mira, los novios!
Hasta los profesores sabían que entre Javier y Marta latían sentimientos especiales.

Sonó la última campana del instituto.
Pasó el baile de fin de curso.
Los chicos y chicas volaron por sus caminos, dejando atrás el colegio.

Marta y Javier se casaron deprisa y corriendo, pues las evidencias del amor eran imposibles de ocultar… Ni el mejor vestido de novia logró disimularlo. Cinco meses después, Marta trajo al mundo a una niña: Sofía.

Natalia, tras terminar el instituto, tuvo que ponerse a trabajar. Su abuela ya había fallecido. Sus padres esperaban que los mantuviese. Siempre había quien pedía su mano, pero ningún pretendiente le tocaba el alma, ninguno de verdad. Así que decidió no precipitarse. Además, le daba vergüenza la vida de sus padres.

Diez años pasaron entre los dedos.
En la sala de espera del centro de adicciones, se hallaban dos parejas: Natalia con su madre, y Javier con Marta.
Natalia reconoció enseguida a Javier. Ahora era un hombre atractivo, maduro. Pero era imposible mirar a Marta sin sentir lástima: delgada, con manos temblorosas, mirada apagada, envejecida prematuramente. ¡Y solo tenía veintiocho años!

Javier miró a Natalia con un gesto avergonzado.
Hola, compañera se notaba que no quería que nadie atestiguara su drama familiar, y menos Natalia.
Hola, Javier. Veo que estáis pasando por un mal momento. ¿Hace mucho que pasa esto con Marta? preguntó Natalia, directa.
Mucho ya respondió Javier, avergonzado.
Una mujer que bebe es una tragedia. Lo sé por mi madre. Mi padre literalmente se consumió por el alcohol, Natalia compartía el dolor de ambos.

Después de aquella cita con el especialista, Javier y Natalia intercambiaron teléfonos. Por si acaso. El sufrimiento era el mismo y en compañía se lleva mejor. Pronto Javier empezó a visitar a Natalia, pidiéndole consejo sobre cómo tratar con familiares alcohólicos, métodos de ayuda, lo que jamás debía hacerse Natalia sabía bien que más hombres se ahogan en el vino que en el mar.

Con el tiempo, Natalia supo que Javier y su hija Sofía vivían solos, mientras que Marta estaba con sus padres. Javier había apartado a su hija de su madre impredecible.

La gota que colmó el vaso fue cuando Javier volvió a casa del trabajo y encontró a Marta tirada en el suelo, borracha, mientras la niña, con tres años, estaba subida en el alféizar de la ventana, a punto de caerse desde un quinto piso. Lo había sufrido todo con Marta. Al principio, no se ve claramente el alma de una persona … Y lo peor fue que Marta no quería curarse. Creía tenerlo todo bajo control y pensaba que podría dejarlo cuando quisiera. En fin, a Marta le arrastraba el abismo, y cuanto más profundo, mejor.

El matrimonio se rompió.
Un día, Javier invitó a Natalia a cenar. Allí le confesó que desde el instituto había estado enamorado de ella, pero temía su rechazo y luego, con Marta embarazada sin planearlo, la vida le arrastró sin piedad. Ahora considera aquella cita en el centro de adicciones como un golpe del destino. Hablar con Natalia era como tomarse una copa de miel.

Javier le propuso matrimonio. Había hallado la forma de llegar al corazón de Natalia. Y Natalia ya hace tiempo sentía algo por él, pero nunca había querido interponerse entre Marta y él. Ahora, con Javier libre y con el corazón en la mano, Natalia aceptó. Encontró los brazos que recibirían su amor.

La boda se celebró de manera íntima y modesta. Natalia se fue a vivir con Javier. Al principio, Sofía recibió con desconfianza a la “señora” extraña en casa. Sabía que su padre ahora compartiría su cariño. Pero Natalia arropó a la niña con tal ternura, cariño y calidez, que pronto, Sofía quiso llamarla mamá. Al poco tiempo, llegó una hermanita, María.

Un día, sonó el timbre en casa de Javier y Natalia. Abrió Natalia, y allí, en la puerta, estaba… Marta. La reconoció solo por la voz. Marta apestaba a alcohol. Su aspecto gritaba que aquel era un camino sin retorno.

¡Eres una víbora! Me robaste el marido y la hija ¡Tenía que odiarte toda la vida! escupió Marta.
Natalia no se inmutó. Segura de sí misma, serena y guapa, le contestó:
En la vida nunca tomé lo que no era mío. Tú renunciaste voluntariamente a tu familia, sin aprender nada. Jamás hablé mal de ti. Sinceramente, me das pena, Marta
Y Natalia cerró de un golpe la puerta delante de aquella visita no deseada.

Así aprendió Natalia que, por muy tentador que sea el camino fácil, la verdadera felicidad no se encuentra en lo ajeno ni en el rencor, sino en la generosidad, la dignidad y en saber elegir el amor propio y la compasión. Porque lo que das de corazón, la vida siempre te lo devuelve con creces.

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