Nunca Tomé lo Que No Era Mío en la Vida La historia de cómo Marta, la niña mimada y envidiosa del …

Mira, te voy a contar la historia de dos chicas que, aunque eran del mismo barrio en Madrid, llevaban vidas completamente opuestas.

Clara, desde que iba al instituto, no soportaba a Leire y a la vez la miraba de reojo con cierta envidia. No era por nada, era porque los padres de Leire estaban, como quien dice, perdidos en el vino. Apenas tenían para pasar el mes, curraban de lo que salía y malvivían con lo justo. Así que la pobre Leire siempre iba medio famélica, con ropa heredada que ya daba pena y una expresión como de estar soportando el mundo entero. Su padre, cuando se pasaba o se quedaba corto con el bebercio, la pagaba con ella. Y su madre, lejos de defenderla, temía más todavía los arrebatos de su marido. Solo la abuela, la yaya de Leire, era un faro de dulzura en la vida de la chiquilla.

Una vez al mes, la yaya le daba a Leire algo así como el sueldo por portarse bien, de su propia pensión. Aunque, la verdad, Leire bien sabía que aunque hiciese una trastada, su yaya se hacía la despistada y le daba sus cinco euros igual. Para Leire ese era EL DÍA. Se iba corriendo a la tienda de ultramarinos, compraba un helado uno para ella y otro para la yaya, un poco de turrón y unas cuantas chuches.

Siempre se proponía hacer durar tanto el capricho que igual le llegaba hasta el final de mes, pero en dos días aquello desaparecía. Entonces la yaya sacaba su ración de helado de la nevera y le decía:
Toma, hija, cómetelo tú, que me duele la garganta.
Y Leire pensaba: Es curioso, a la yaya siempre le empieza a doler la garganta justo cuando se acaban los dulces…

En secreto, Leire esperaba con ilusión que a la abuela le doliera la garganta para poder comerse su helado.

La familia de Clara era totalmente la otra cara de la moneda. Su casa no le faltaba de nada. Los padres, funcionarios de carrera, siempre trajeados. A Clara le tenían como a una reina; vestía las marcas del momento. Las chicas de su clase le pedían ropa prestada. Nunca le faltó de nada, vaya.

Pero, mira tú, había algo de Leire que Clara envidiaba. No era su ropa, no… era su belleza natural, ese arte de caerle bien a todo el mundo y una simpatía que le salía sola. Eso sí, Clara jamás se habría rebajado a acercarse a Leire. Ni buenas tardes le daba, y cuando se la cruzaba, la miraba de arriba a abajo como si le hiciera el escáner. Incluso una vez, delante de todas, le largó a la cara:
¡Qué pringada eres, tía!
Leire, hecha polvo, se fue llorando a casa y todo se lo contó a la yaya. La abuela le acarició el pelo y la sentó a su lado:
No llores, Leire. Mañana le dices: Tienes razón, en manos de Dios estoy.
Y así, de pronto, Leire se sintió mejor.

Clara, por su parte, era guapa, sí, pero en plan distante, fría, de esas guapas inaccesibles. Y en su clase había un chico que era el alma del grupo, Lucas. Era de esos que suspendía pero alegraba el aula, siempre con una broma, un chiste, el típico tío que cae bien. A los profes se les hinchaba la vena con sus notas, pero le cogían cariño porque era buena gente y no hacía mal a nadie.

Cuando llegaron los cursos superiores, Lucas empezó a acompañar a Clara a casa y la esperaba todas las mañanas a la puerta del instituto. Todos les llamaban:
¡Mírales, los novios!
Hasta los profes sabían que ahí había algo bonito.

Pasó el último timbre, llegó la graduación. Cada uno cogió su camino. Pero lo de Clara y Lucas acabó en boda relámpago, porque la evidencia saltaba a la vista. En cinco meses tuvieron una niña, a la que llamaron Sofía.

Leire, por su parte, tras el instituto, empezó a trabajar. Ya no tenía a la yaya, que se fue para siempre. Sus padres, como siempre, esperando que la hija llevase la mayor parte del dinero a casa. Le sobraban pretendientes, pero ninguno que le tocara de verdad el corazón. Y, sinceramente, le acomplejaban sus padres. Así que iba tirando como podía.

Pasaron como diez años.

Un día, en un centro de salud en Chamberí, estaban dos parejas esperando en la puerta del psiquiatra especializado en adicciones: Leire con su madre, Lucas con Clara. Leire reconoció enseguida a Lucas. Estaba hecho un hombre, atractivo, y ni rastro del crío que fue. Clara, en cambio… dan ganas de llorar. Flaca, perdida, temblando y con la mirada apagada. Y eso que solo tenía 28 años.

Lucas miró a Leire con una mezcla de vergüenza y saludo:
Hola, compañera Se notaba a la legua que no quería a nadie conocido presenciando el drama familiar, y menos a Leire.
Hola, Lucas. Veo que tienes lío. ¿Mucho tiempo llevais con esto? Leire le pilló todo al vuelo.
Bastante admitió Lucas, bajando la cabeza.

Las mujeres que beben… eso es un desastre. Lo sé por mi madre. Y mi padre, ya, ni te cuento, se consumió con la bebida Leire se sinceró, sintiendo lástima por ambos.

A raíz de aquel día, Lucas y Leire se intercambiaron el teléfono. Por si acaso. Porque el dolor compartido, ya sabes, pesa menos. Y claro, Lucas empezó a pasar por casa de Leire buscando consejo. Tú que llevas más tiempo lidiando con esto, dime qué hacer…. Y Leire, encantada, le contaba todas sus batallas: cómo tratar con los que beben, qué tratamientos existen, qué errores no cometer… porque de beber, te lo juro, han acabado más hombres en el pozo que en el mar.

Al final resultó que Lucas y su hija Sofía vivían solos, Clara estaba en casa de sus padres. Lucas ya no quería exponer a Sofía a su madre, que a saber en qué estado aparecía. El colmo fue volver Lucas del trabajo y encontrar a Clara tirada borracha en el suelo y a la pequeña, de tres años, encaramada al alféizar con medio cuerpo fuera, a punto de caer al vacío desde el quinto. Lucas tuvo claro que hasta aquí. Ya había aguantado demasiado. Y, lo peor, Clara se negaba a buscar ayuda, convencida de que podía dejarlo cuando quisiera. Vamos, que iba directa al abismo.

El matrimonio se fue al traste.

Un día Lucas invitó a Leire a cenar. Allí, en una mesita a la luz tenue, se sinceró: de siempre le había gustado Leire, desde el instituto, pero que nunca se atrevió, y luego ya pasó lo de Clara y su embarazo… La vida, chica. Las cosas se enredan. Que aquel reencuentro en el centro médico lo veía casi como una señal del destino. Habló con Leire y sintió que le aliviaba el alma.

Le pidió salir y, la verdad, Leire también llevaba tiempo sintiendo algo por Lucas, pero jamás se le hubiera pasado por la cabeza robarle el marido a Clara. Pero ahora todo había cambiado: Lucas era libre y quería estar con ella. Y esta vez no había líos.

Se casaron sin trampa ni cartón, una firma en el registro, poca cosa. Leire se mudó con Lucas. Sofía al principio andaba desconfiada con la llegada de otra mujer a casa, temiendo quedarse sin el amor exclusivo del padre. Pero Leire le dio tanto cariño y calor que pronto la niña la empezó a llamar mamá. Y no terminó ahí, porque en un par de años la familia creció con otra hija, Martina.

Un día, mientras Leire preparaba la merienda, suena el timbre. Abre y en el umbral aparece… Clara. Solo la reconoció por la voz. El aliento a alcohol era inconfundible. El aspecto, desgarrador.

¡Serpiente! ¡Me has robado el marido y la hija! ¡Siempre te he odiado! le gritó Clara con la voz rota.

Leire ni se inmutó, entera, con una presencia y una seguridad que solo da la calma interior. Le respondió tranquila:

Nunca me he quedado con nada que no fuera mío. Tú dejaste tu familia por elección y sin darte cuenta. Nunca hablé mal de ti, en serio. Te compadezco, Clara… de corazón.

Y así, sin más, Leire cerró la puerta dejando fuera el pasado y recibiendo en su hogar la paz que tantas veces le negó la vida.

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