Nunca te la daré. Relato.

No se lo doy a nadie. Relato.

El padrastro jamás les levantó la mano. Como mínimo, nunca les reprochaba si comían pan de más, ni les gritaba por los estudios; sólo alzaba la voz cuando Lucía volvía más tarde de lo acordado.

¡Le prometí a tu madre que te vigilaría! bramaba, cada vez que Lucía intentaba explicarle con timidez que ya era mayor de edad. ¡Y yo sé mejor que nadie lo que te conviene y lo que no! ¡Anda, presumiendo de adulta porque tienes el bachillerato! Primero búscate un trabajo decente y luego ya veremos si puedes ir de mayor por la vida.

Después, cuando se le pasaba el cabreo, hablaba más calmado:

Ese chico te va a dejar, ya verás. ¿No has visto qué coche tiene y qué pinta lleva? No sé qué hace contigo, Lucía, siendo tan sencilla. Vas a llorar, acuérdate de lo que te digo.

Lucía no se lo creía. A ver, Daniel era guapo y estudiaba tercero de carrera (privada, eso sí), pero tampoco era para tanto, que ella también hubiera estudiado en universidad privada si la hubieran dejado. No pasó la selectividad, en el módulo tampoco le gustó, y ahora repartía folletos, llevaba periódicos y, sobre todo, se preparaba para los exámenes del año siguiente. Así conoció a Daniel: le ofreció un folleto y él, después de coger uno, le dijo:

Mira, chica, te recojo todos los folletos pero tú te vienes con nosotros a una cafetería.

No se sabe por qué, pero Lucía aceptó. Lo bueno es que ya tenía experiencia y no iba a tirar los folletos por el barrio los metió en la mochila y los dejó en el contenedor de basura al regresar a casa.

En la cafetería, Daniel la presentó a sus amigos, le invitó a pizza y helado. Ella y su hermana sólo probaban esas delicias algún cumpleaños, que dinero no sobraba, y la pensión que dejaba el padrastro no se podía tocar decía siempre que mejor guardarla por si le pasaba algo.

En fin, que el salario del padrastro era normal, pero la mitad se iba en el coche, que siempre estaba en el taller, y la otra mitad, se la fumaba en apuestas. Lucía no se quejaba solo faltaba, bastante era que no las echara a la calle, que el piso era suyo, el de su madre tuvieron que venderlo cuando cayó enferma. Y claro que le apetecía chocolate, pizza y refrescos, pero si caía algo bueno, lo guardaba para Irene, su hermana. Hasta en la cafetería preguntó a Daniel si podía llevarse un trozo de pizza para Irene. Él la miró con cara de sorpresa y, en vez de dárselo, le compró una pizza entera y una tableta grande de chocolate con almendras.

El padrastro se equivocaba pensando que Daniel la haría daño. Él era buena gente. Lucía, junto a Daniel, sentía su propia falta de recursos y se esforzó aún más con los exámenes, encontró trabajo como cajera en un supermercado, y por fin pudo comprarse unos vaqueros decentes y un corte de pelo profesional, para que Daniel presumiera de ella.

Cuando él la invitó al chalet, Lucía supo lo que iba a pasar, pero no se asustó nada ya era mayor. Además, se querían. Hasta tenía miedo que el padrastro no la dejase ir, pero empezó a llegar tarde o ni aparecer por casa algunos días. Lucía sabía bien dónde se quedaba: con la tía Ana, la enfermera de la consulta. Llevaba tiempo haciéndole ojitos, aunque Ana no quería líos con hombres con hijos, pero acabó sucumbiendo.

Eso, en verdad, le vino de perlas a Lucía. Irene lloriqueó la primera noche que tuvo que dormir sola, pero Lucía le compró chocolate, patatas y refresco, y al final Irene lo aceptó sin mucho drama.

Lo de quedarse embarazada, Lucía lo descubrió tarde. Siempre había tenido el ciclo desordenado, y nadie le había enseñado nada. Un día, la segunda cajera, Verónica Jiménez, le soltó riendo:

Muchacha, estás radiante y redondita, ¿no estarás embarazada?

Aquello quedó para una carcajada, pero por la noche Lucía compró un test. Cuando vio las dos rayas, pensó: imposible, esto no puede ser.

Daniel no se puso contento. Dijo que era muy mala época, dejó unos billetes para el médico y se largó. Lucía lloró la noche entera y fue al médico, pero ya era tarde: dieciséis semanas. Resulta que en el chalet se había quedado embarazada, y ella creyendo que la primera vez eso no pasaba.

Por un tiempo logró ocultarlo al padrastro, pero la barriga crecía que daba gusto. Tuvo que confesar.

¡Cómo gritó!

¿Y el chico ese? ¿Piensa casarse contigo?

Lucía bajó la cabeza. Hacía más de un mes que Daniel desapareció cuando supo que no iba a haber aborto.

Ya me lo esperaba dijo el padrastro. Te lo dije, Lucía…

Se lo pensó unos días, seguro que lo consultó con la tía Ana.

Ya que estamos Tienes que dar al bebé en adopción, no me hace falta otra boca más. Porque me caso con Ana. Ella también está embarazada. Son mellizos. Tú imagínate, tres bebés en un piso. Es un disparate.

¿Va a mudarse aquí? preguntó Lucía, estupefacta.

Claro. Es mi mujer, ¿dónde va a vivir?

Parecía una broma, pero no lo era. Cada día lo repetía y amenazaba con largarlas del piso si se presentaba con el bebé. Lucía sentía que no eran palabras suyas, sino que la tía Ana le llenaba la cabeza, pero daba igual: ella no iba a dejar a su hija.

No te preocupes decía la tía Ana. Un bebé así lo adoptan rápido, seguro que lo quieren y lo cuidan como suyo.

Lucía lloraba, llamaba a Daniel, imaginaba dónde vivir con Irene y la niña pero no encontraba solución. Hasta que un día, Verónica Jiménez le señaló a una pareja que pasaba por caja:

¡Mira qué raro, tantos años y siguen vistiendo de negro! Toda la vida de luto, yo no lo entiendo. Ya podrían tener otro hijo, o adoptar.

Lucía los veía a menudo juntos y por separado. Siempre amables, con cara simpática pero algo tristes, y no sabía su historia.

Su hija murió, ¿lo recuerdas? Fue la noticia cuando la excursión del colegio, el conductor del autocar se durmió, se mató él y la niña, una tragedia. Él es médico, ella profe de inglés. Yo vivía antes cerca, cuando estaba casada. Iban todos a su casa con ángeles: la niña había comprado una figurita de ángel en la excursión, la tenía en la mano. Lograron recuperarla. No sé quién fue el primero en regalarle una, luego todos iban con ángeles. Yo temía que fuera peor para ella, pero parece que le ayudó.

En una película Lucía vio a una chica entregando su bebé a una pareja sin hijos. Sabía que estos sí podían, quizá ni querían pero pensaba en ellos sin parar. Tenía ocho meses, seguía trabajando no quería perder el puesto y justamente esa pareja fue a su caja y el hombre le dijo:

Muchacha, ¿y no tienes que irte de baja? Vas a parir aquí mismo en la caja.

Lucía no era de quejarse, pero la espalda le mataba, la acidez la agobiaba, los pies se le hinchaban. Nadie había preguntado nunca cómo estaba, salvo la médico de la consulta, pero eso no contaba. Ese detalle le tocó, se le saltaron las lágrimas y eso le ocurría cada dos por tres últimamente.

Días después, volviendo a casa con el carrito de la compra, el hombre la adelantó y le ofreció ayuda. Lucía se sintió incómoda, pero también agradecida. Y se dijo que era buena persona.

Un ángel lo vio en una tienda en rebajas eran verano y no se vendían mucho y, siguiendo un impulso, lo compró. Pidió a Verónica la dirección y fue a llevárselo.

Al tocar el timbre, se asustó: ¿y si estaba fuera de lugar, si ya nadie les regalaba ángeles? La puerta la abrió la mujer, que la reconoció a la primera. Lucía, nerviosa, alargó la mano con la figurita, metiendo la cabeza entre los hombros, esperando que le cerrase la puerta o la echase.

Pero nada de eso pasó. La mujer cogió el ángel, sonrió y dijo:

Pasa, ¿quieres un té?

Tomando el té, le contó su historia, que Lucía ya conocía, pero en boca de ella dolía más.

¿Y por qué no tuvisteis otro? preguntó Lucía bajito.

Tuve complicaciones en el parto, me quitaron el útero. Ya no pude tener hijos.

Lucía se sintió mal, ¿qué derecho tenía a meter la nariz? Quiso hablar de la adopción, pero no le salían las palabras.

Lo pensamos dijo la mujer repentinamente, como si leyera su mente. Hasta pasamos el curso de adopción. Pero no pude. Pedí a mi hija una señal. No hubo nada, absolutamente nada.

En ese momento, en la otra habitación sonó un vaso cayendo y rompiéndose. La mujer se llevó un susto, Lucía pensó que en el piso estaba sola. Fueron al salón: Lucía temía encontrar un santuario oscuro, con velas y fotos, pero no, sólo había una foto, mucha luz y muchas figuras de ángeles. Una en el suelo, rota.

La mujer levantó los trozos y los miró largo rato. Luego murmuró con voz extraña:

Es la figurita original. La de ella.

Las mejillas de Lucía se pusieron como tomates. ¿Y si era una señal?

Lucía dio a luz a una niña. Para entonces, tía Ana vivía ya en el piso y tuvo a los mellizos antes de tiempo. Los bebés seguían en el hospital, pero pronto volverían a casa, ya tenían cunas: dos blancas, preciosas, con colchón de coco. Para la hija de Lucía nadie compraba nada, le habían dejado claro que debía entregarla. Irene, cada noche, susurraba:

¿No podemos esconderla? Que no se enteren que tienes una niña. Yo te ayudo.

Eso hacía que Lucía quisiera llorar, pero se aguantaba delante de su hermana.

El contenido de la carta lo pensó con tiempo. Escribió que no podía quedarse con la niña, que estaba sana, que no se preocuparan. Añadió la historia de la señal el ángel caído. En el sobre puso todo lo ahorrado de la pensión. Debería bastar, eran buenos.

El alta del hospital fue por la mañana, pero dejar al bebé a plena luz era demasiado. Se pasó el día entero en un centro comercial, aunque tenía que estar sentada y mareada. Pero lo importante era la niña: encontrarle un hogar amoroso.

Al cerrar el centro, se sentó en un banco una hora, suerte que hacía calor. Cuando la ciudad se llenó de sombras, entró al portal, colándose tras un hombre con un perro de paseo.

Llevaba a su hija en una mochilita porta-bebés, la compró con sus ahorros y Verónica la llevó al hospital el día del alta. Ahora, colocando la mochila bien para que no estorbara la puerta, Lucía metió la carta con el dinero bajo la manta, y estaba a punto de llamar y salir corriendo cuando la puerta se abrió de golpe. En el umbral, el padre de la niña fallecida.

¿Qué haces aquí?

Lucía pegó un salto.

Vio la mochila.

¿Eso qué es?

Las lágrimas salieron solas. Y entonces lo contó todo: lo de Daniel, el abandono, el padrastro, los siete años manteniéndolas, la boda con Ana, los mellizos, el plan de la tía Ana para dejar a la niña en adopción.

Él escuchó atento, después dijo:

Gema ya duerme, no voy a despertarla ahora. Mañana hablamos. Ven, te preparo el sofá.

Dormir en un salón lleno de ángeles era raro. Pero Lucía cayó rendida, apretando a su hija.

Despertó sintiendo un vacío: no estaba la niña. Y en ese momento supo que jamás podría separarse de ella. Nunca. Quería correr, buscarla, abrazarla

Se levantó, pero antes de dar un paso, entró Gema. Traía a la niña en brazos.

Toma, sonrió. Hay que darle de comer, la he acunado, quería que durmieras, pero no aguantó mucho.

Lucía, dando el pecho, no podía mirar a Gema. ¿Qué le habían dicho? ¿Y si ya habían decidido adoptar? ¿Cómo decirles que había cambiado de idea?

¿Tu hermana, cuántos años tiene? preguntó Gema, de repente.

Doce respondió Lucía, extrañada.

¿Crees que querría venirse a vivir aquí?

La pregunta era tan rara que Lucía levantó la cabeza, sin comprender.

¿Cómo?

Santiago me ha contado todo. Que no tenéis dónde ir, que el padrastro te echa. Pensé que si tu hermana se queda allí acabará como criada. Si prefiere, que se venga.

¿También? balbuceó Lucía.

Gema señaló el ángel de la foto pegado, algo deforme, pero reconocible.

Creo que fue una señal. Que debemos ayudaros dijo con naturalidad. Lo hemos pensado: hay sitio. Venid a vivir aquí. Yo te ayudo con la niña. Olvídate de esas ideas absurdas. No hay que separar a madre e hija.

Lucía sintió una alegría inmensa y una vergüenza tal que se puso roja.

Entonces, ¿aceptas?

Lucía asintió, escondiendo la cara entre la manta de su hija para que Gema no viera sus lágrimasLucía no respondió de inmediato. Se le agolparon las palabras y las lágrimas en la garganta, pero esta vez eran lágrimas dulces, distintas. Asintió despacio, mientras apretaba a su hija contra el pecho, sintiendo que todo el dolor y la incertidumbre se disipaban poco a poco.

Sí, susurró. Pero solo si Irene quiere.

Gema sonrió y posó la mano en la cabeza de la niña, como si bendijera el futuro. Santiago apareció en la puerta, cansado pero sereno, y Lucía percibió, por primera vez en mucho tiempo, el peso del cansancio soltarle los hombros. Todo parecía milagrosamente sencillo.

Mañana vamos a buscar a Irene, dijo él, firme. Y en esta casa no va a faltar el chocolate, ni los ángeles, ni el cariño.

Lucía no pudo evitar una risa breve, entre sollozos. Gema la acompañó, ese sonido suave que despeja las sombras. Afuera, la ciudad seguía su ritmo nocturno. Dentro, se tejía el comienzo de una familia inesperada, hecha de cicatrices, recuerdos y esperanzas nuevas.

Antes de dormirse, Lucía pensó en el ángel roto y en las señales que llegan sin aviso; en todo lo que había perdido y lo que estaba dispuesta a proteger. Acunó a su hija, sintió el calor de Gema al traerle una manta suave y el silencio cálido de quienes entienden sin preguntar, y supo que esa noche por fin podía dormir sin miedo, sin dejar nada atrás.

No se lo doy a nadie, pensó. Ni mi niña, ni mi hermana, ni esta paz. Todo lo guardaría para ellas, y para ella misma. Al fin.

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MagistrUm
Nunca te la daré. Relato.