No puedo ser tu madre ni tampoco te voy a querer, pero sí que cuidaré de ti y no debes tomarlo a mal. Mira, en nuestra casa, de todos modos, vas a estar mejor que en un orfanato.
Hoy ha sido de órdago. Juan enterraba a su hermana. Bueno, sí, que era algo desastre, pero al final era de la familia. Llevaban casi cinco años sin verse y mira tú qué drama.
Beatriz, dentro de lo que cabe, trataba de echar una mano a su marido, intentando cargar con la mayoría de las gestiones y líos.
Pero después de los funerales, quedaba otro marrón. A Irene, la hermana de Juan, le quedaba un hijo pequeño. Y toda la familia, que ese mismo día se había juntado para despedirse de Irene, se quitó el muerto de encima y cargó toda la responsabilidad al hermano menor.
¿Quién, si no el tío, debía hacerse cargo del chaval? Así que ni se discutió. Era como aquello de esto es lo que hay, y todos lo dieron por bueno enseguida.
Beatriz lo comprendía, tampoco se oponía del todo, pero había un pequeño detalle. Ella nunca había querido tener hijos. Ni propios, ni adoptados, ni de prestado.
Esa decisión la tomó hace siglos. De hecho, se lo confesó a Juan antes de casarse, y él, como buen españolito recién entrado en los veintitantos, se lo tomó a broma. Pues para nosotros, se dijeron hace diez años, ni niños ni tonterías.
Y mira ahora, tenía que aceptar a un niño que no era suyo ni por asomo. No había escapatoria: Juan jamás permitiría que el niño fuera a un centro de menores y Beatriz tampoco se habría atrevido siquiera a mencionarlo.
Ella sabía que nunca iba a querer a ese niño, ni mucho menos ser su madre. El chaval, Pablo, era precoz y espabilado, y Beatriz decidió dejar las cosas claras.
Pablo, ¿dónde prefieres vivir, con nosotros o en un centro de menores?
Quiero vivir en mi casa, solo.
Pero no puedes, sólo tienes siete años, así que tienes que elegir.
Entonces con el tío Juan.
Vale, vienes con nosotros, pero debo decirte algo. No voy a ser tu madre y no voy a quererte, aunque cuido de ti y no debes enfadarte por ello. Aquí, al menos, estarás mejor que en el centro de menores.
Después de cumplir con el papeleo, por fin pudieron volver a casa.
Beatriz pensó que, habiéndolo dejado tan claro, ahora podría estar tranquila. Cuidar, lavar ropa, ayudar con los deberes, no era ningún trabajo: pero derrochar cariño de eso, nada.
Pablo, por su parte, no olvidaba ni un momento que no le querían y, para evitar acabar en un centro, procuraba portarse de maravilla.
Una vez en casa, decidieron que Pablo se quedaría con la habitación más pequeña. Pero había que reformarla por completo.
La elección de los muebles, la decoración, las pinturas eso sí que era el punto fuerte de Beatriz. Se volcó entera en el proyecto, feliz como unas castañuelas.
A Pablo le dejaron elegir el color de las paredes y el resto lo dispuso Beatriz. No escatimó en euros ella no era tacaña, solo que no le iban los niños así que la habitación quedó preciosa.
Pablo estaba encantado. Qué lástima que su madre no pudiera ver lo bien que le había quedado. Ay, si Beatriz pudiera llegar a quererle Es maja, buena, el problema es que no le gustan los críos.
A menudo, Pablo se ponía a pensar en eso por las noches.
Pablo era un niño agradecido, capaz de alegrarse por cualquier tontería. Circo, zoo, el parque de atracciones tan sincera era su emoción que Beatriz empezó a disfrutar de los paseos. Le chiflaba sorprenderle y observar cómo alucinaba.
En agosto, los planes eran irse a la playa con Juan, y Pablo se iba a quedar con una tía durante diez días. Pero a última hora, Beatriz cambió de idea. Le apeteció muchísimo que Pablo pudiera ver el mar. Juan se quedó bastante sorprendido, pero en el fondo se alegró: estaba completamente encariñado con el chaval.
Pablo estaba de un contento que no cabía en sí. Si le querrían además bueno, al menos vería el mar.
El viaje fue un acierto. El agua tibia, la fruta recién cogida, el ambiente relajado. Pero las vacaciones, ay, se acaban siempre demasiado pronto.
Volvieron a la rutina: trabajo, casa, cole. Pero algo había cambiado. Una sensación nueva, sutil, como si la vida se moviera otra vez, como si esperaran una chispa de alegría.
Y la chispa llegó. Beatriz volvió de la costa con algo más que conchas: traía una vida nueva. ¿Cómo había pasado eso, tras tantos años evitando sorpresas semejantes?
No tenía ni idea de qué hacer. ¿Decírselo a Juan? ¿Solucionarlo sola? Tras la llegada de Pablo, no estaba segura de que su marido siguiera siendo un convencido del no a los niños. Ahora adoraba andar detrás del crío, jugar o incluso llevarle al fútbol.
No, pensó Beatriz, un milagro ya había hecho, pero dos no. Tomó su decisión, y hecha polvo, fue a la clínica.
Allí estaba cuando la llamaron del colegio: Pablo estaba en urgencias, posible apendicitis. Nada, la decisión tendría que esperar.
Entró echando chispas en el hospital y vio a Pablo tumbado, lívido, temblando. Al verla, el crío se puso a llorar.
Beatriz, por favor, no te vayas, que tengo miedo. ¿Puedes ser hoy mi madre? Sólo por hoy, te lo juro, no volveré a pedirlo más nunca.
El niño se aferró a su mano con tal fuerza que casi la deja sin circulación. Las lágrimas caían a mares. Parecía tener una auténtica crisis. Jamás lo había visto llorar así, ni en el entierro.
Ahora sí, se desbordó.
Beatriz apretó su manita contra la mejilla.
Tranquilo, cariño, aguanta un poco. El médico viene enseguida y todo irá bien. Estoy aquí, no me voy a ir.
Madre mía, cómo lo quería en ese momento. Ese niño con los ojos chispeantes era lo más importante que tenía.
Childfree, qué tontería. Esa noche, pensó, se lo contaría todo a Juan sobre el bebé. La decisión le vino cuando Pablo, dolorido, apretó su mano con más fuerza.
Han pasado diez años.
Hoy es casi el cumpleaños especial de Beatriz, cuarenta y cinco ya. Habrá invitados, brindis, felicitaciones. Pero por ahora, con el café, le ha venido la nostalgia.
¡Qué rápido ha pasado todo! Atrás queda la juventud. Se encuentra convertida en mujer, feliz esposa y madre de dos hijos estupendos. Pablo, casi dieciocho; Sofía, diez. No cambiaría nada.
Bueno sí hay algo. Esa confesión de hace años, lo de no te quiero, sí que le pesa de verdad. Qué daría porque Pablo no lo recordara, porque se le borrara de la memoria.
Desde aquel día en el hospital, intenta decírselo siempre que puede: Te quiero. Aunque nunca ha tenido valor de preguntarle si se acuerda de sus primeras palabras, esas que sí le gustaría olvidar.







