Los vecinos decidieron demostrarnos quién mandaba en la casa. Y todo sin motivo alguno.
Esto sucedió hace ya muchos años. Por aquel entonces, mi esposa y yo teníamos ya dos hijos, y toda la familia compartía una diminuta habitación individual. Era comprensible que en aquel hogar apretado sintiéramos todos una necesidad urgente de más espacio. Pero, en ese momento, la idea de mudarnos solo se discutía durante la cena o en las largas noches de invierno.
Sin embargo, al enterarnos de que muy pronto tendríamos un tercer hijo, la necesidad se volvió apremiante: debíamos buscar un piso más grande. La única posibilidad realista era vender nuestro pequeño apartamento y, sumando algo de ahorros, podríamos aspirar a comprar una vivienda de tres habitaciones, al menos en las afueras de Madrid.
Y así lo hicimos. Tras vender el piso, compramos aquel ansiado tres dormitorios en una antigua finca del barrio. El piso estaba perfectamente reformado, de modo que bastó con llevar nuestros muebles e instalarnos.
Empezamos a vivir felices, disfrutando de la nueva vida. Pero aquella alegría se vio ensombrecida pronto. Los vecinos de los pisos superiores se aliaron entre sí y quisieron dejar claro que los verdaderos dueños de la finca eran ellos, y no nosotros.
Empezaron a atosigarnos con todo tipo de quejas y reproches.
¿Por qué dejasteis la puerta del portal abierta tanto tiempo?
Estábamos subiendo cajas y muebles, era razonable mantenerla un rato abierta…
¿Por qué dejas tu coche bajo mis ventanas?
Pongo el coche debajo de mis ventanas porque vivimos en el primer piso, y tus ventanas están justo encima. No puedo hacer otra cosa.
Hubo otra queja que consiguió sacarme de mis casillas:
Cuando tus hijos vuelven de la guardería, corren y hacen mucho ruido. ¡Me molestan! Además, les pones dibujos animados.
Pero si tú vives encima de nosotros ¿cómo pueden molestarte mis hijos, que juegan abajo?
La gota que colmó el vaso de mi paciencia fue el día que las vecinas decidieron armar una bronca a mi esposa, que estaba embarazada y a punto de dar a luz en apenas un mes. Se presentaron una tarde, cuando ella estaba sola en casa, y comenzaron a gritarle y protestar.
Hemos venido a hablar.
¿Sobre qué?
Su marido, al bajar a fumar, dejó pasar a un extraño en el portal. Ese hombre iba de puerta en puerta ofreciendo copias de llaves del portero automático.
Mi marido no fuma (en realidad, nunca he fumado). Añadieron incluso que si ese señor hacía copias, cualquiera podría abrir la puerta del portal
Cuando regresé a casa y mi esposa me contó lo ocurrido, fui a ver a los vecinos y les dejé claro, con palabras nada amables, que les exigía no volver a molestarla.
A raíz de aquel incidente, la convivencia mejoró; los vecinos dejaron de buscarnos problemas. Aunque, eso sí, ya nunca volvieron a saludarnos al cruzarnos por la escalera.




