Hoy han venido a vernos algunos familiares. Como era de esperar, nos avisaron con antelación y yo, con toda sinceridad, les expliqué que apenas nos apañamos, que las cosas en casa están ajustadas. No pasamos hambre, claro, pero vivimos con humildad. Soy jubilado y mi hijo tampoco tiene un gran sueldo, así que las visitas nos ponen en apuros.
Han venido cargados, eso sí, no se han presentado con las manos vacías. Traían comida y algún que otro detalle. Mi hijo agradeció los regalos y enseguida los guardamos. Como ya advertí, no se trataba de falta de hospitalidad, sino de ser claros con nuestra situación. Para comer, sólo había pan con mantequilla, algún que otro bizcocho y té. Se les notaba la cara larga mientras comían, pero no dijeron nada, y, francamente, tampoco me preocupó, ya que les había contado cómo estábamos. Ofrecimos lo poco que teníamos.
Por la noche servimos una sopa ligera, pan, quesitos, bocadillos de fiambre frío y otra vez té. Daba la impresión de que esperaban algo más especial, porque seguían con gestos de disgusto.
En ese momento, una de las primas empezó a preguntarme por qué no habíamos puesto en la mesa lo que ellos habían traído. Me sorprendió y sinceramente no entendía a qué venía la pregunta. ¿Acaso los obsequios no eran para nosotros? Si la comida era para ellos, podían haberlo dicho, se podía haber guardado en la nevera sin problema.
Tras una larga discusión, al día siguiente recogieron sus cosas y se marcharon. La verdad, no me quita el sueño dónde se han ido a dormir. Prefiero no tenerlos aquí, sinceramente. Al menos nos han dejado unas cuantas cosas útiles: algunas pastas, hígado, merengues, fruta algo bueno han dejado. Esta noche, mi hijo y yo nos tomaremos un té y un pastelito delicioso.
Supongo que he aprendido que a veces la gente trae regalos esperando algo a cambio, pero yo prefiero la paz de mi casa y la sinceridad, antes que fingir lo que no somos.







