Nuestros parientes quieren venir a visitarnos porque vivimos junto al mar

Mis amigos, Vicente y Rocío, viven cerca de la costa en Málaga. El verano pasado, la pareja fue a un bautizo donde Vicente iba a ser padrino. Tras la ceremonia en la iglesia, como marca la tradición aquí, hubo una fiesta. Allí se encontraron con los abuelos del ahijado. Durante toda la velada, los abuelos no disimulaban la alegría de que su nieto tuviera un padrino como Vicente. Les hacía sentir orgullosos, pues para ellos Vicente era un hombre de bien.

Pero sobre todo les entusiasmaba que Vicente y Rocío vivieran en la costa.

¡Qué padrino más admirable! decía la abuela sin dejar de sonreír. Además, vive al lado del mar, ¡qué suerte! Es maravilloso. Ahora tendremos a alguien a quien visitar en la playa, y nos ahorraremos alquilar nada para el verano. La familia es un tesoro. Qué suerte tenemos, Vicente, de ser parientes tuyos.

Lo curioso es que la abuela del ahijado cumplió la promesa que iba repitiendo esa noche. Unas semanas después, llegó sin previo aviso. Aunque antes, el padre del ahijado, Manuel, llamó a Vicente preguntando si sus padres podían quedarse tres o cuatro días. Tras pensarlo en casa, Rocío y Vicente decidieron acogerlos. Al fin y al cabo, no les parecía correcto negarse. Pero era la temporada alta, y tanto Vicente como Rocío trabajaban todo el día, así que recibir huéspedes no era fácil. Rocío incluso tuvo que pedir unos días libres para atenderles como merecen los invitados en España.

Vinieron, estuvieron allí unos días, disfrutaron de la playa, y después, con gestos de agradecimiento, recogieron sus cosas y se marcharon.

La experiencia, sin embargo, hizo que Rocío decidiera comunicar que la próxima vez no sería posible, si se les ocurría volver a hacerles felices con otra visita inesperada. Su apartamento no es grande, apenas dos habitaciones, y cuando vienen amigos o el ahijado, les hace ilusión compartir tiempo con ellos. Pero los padres de los amigos ya es demasiado; más aún en pleno verano, cuando hay que guardar algo de dinero para pasar bien el invierno.

Al enterarme de esta historia, solo pude quedarme perplejo ante una realidad: los padres del ahijado, ya superando los sesenta, habiendo criado hijos y nietos, ¿qué pretendían? ¿Querían, quizás, aprovecharse de la relación familiar y de paso disfrutar de unas vacaciones gratis en la costa?

Creo que sí, y para colmo, prometieron volver pronto

La lección que saco de esto es que, en la vida, hay que saber poner límites incluso a la familia, aunque cueste trabajo decir que no. La generosidad no debe confundirse nunca con la obligación.

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Nuestros parientes quieren venir a visitarnos porque vivimos junto al mar