Desde el día en que Lucía se casó, habían pasado muchos años. Con cada año que pasaba, la distancia entre nosotros crecía como un abismo. Era como si nos hubiera borrado de su vida. Las llamadas eran cada vez más escasas, las visitas aún menos. Y cuando nos veíamos, sus ojos eran fríos y distantes.
Aquel viernes, dudé mucho antes de marcar su número. José y yo planeábamos celebrar con humildad nuestro trigésimo aniversario de matrimonio. Solo queríamos reunir a la famila, hacer una barbacoa, compartir la mesa. Buscábamos calor, voces familiares, aunque fuera por unas horas…
—Hola —respondió al fin Lucía, sin aliento.
—Lucita, soy mamá. ¿Otra vez en el gimnasio? ¿Puedes hablar?
—No, mamá, estoy lavando el coche de Pablo.
—¿Y por qué tú?
—¿Y quién si no, mamá? Llevarlo al lavadero es caro. No soy de porcelana.
—Bueno, hija… Quería preguntarte si podrías venir con Pablo el domingo. Es nuestro aniversario. Podríamos pasar el día juntos, hablar…
—¿Y ahora por qué quieren celebrar? —respondió con una risa seca—. ¿Les ha dado por ahí de repente?
—Treinta años, Lucía. ¿Cómo no celebrarlo?
—Lo siento, mamá. No podemos. Nos han invitado a una boda, un amigo de Sergio se casa. Las bodas son únicas, pero ustedes tendrán más aniversarios.
Apreté el teléfono, tratando de ocultar que el rencor ya hervía dentro de mí.
—Qué pena… Teníamos muchas ganas…
—Nosotros también, mamá. Pero, ¿cómo les decimos que no a ellos? No te enfades, ya os felicitaremos luego.
—Está bien —susurré—, llamaré a tu hermano.
Alejandro tampoco pudo. Tenía sus propios planes. Cuando colgué, las lágrimas cayeron sin aviso. Como un niño al que le niegan un caramelo. Como una madre a la que han olvidado.
—Carmencita, ¿qué pasa? —José entró en la cocina y me vio llorar en silencio.
—Nada, Pepe… Los niños no vienen. Y yo, tonta, soñaba con tenerlos a todos juntos…
—Vamos, no llores. Es nuestro día. Tú y yo somos suficientes.
Esa noche no pude dormir. El resentimiento me ahogaba. Todo en mí gritaba: “¿Por qué? ¿Por qué no me necesitan? ¿Acaso no hicimos lo suficiente? Les dimos estudios, pisos, ayudamos en lo que pudimos… Y ahora somos extraños…”
—Carmen —susurró José—, tienen su vida. Pero tú me tienes a mí. Y yo estoy aquí.
—Pero me siento vacía, Pepe… —solo atiné a decir—. Tú trabajas todo el día, y yo estoy sola…
Al día siguiente, llegó temprano, antes de lo habitual. Sonreía.
—¿Ha pasado algo?
Sacó de detrás un ramo enorme.
—Esto es para ti. Y mañana nos vamos al lago. Una semana entera. Solo tú y yo.
La casita era como de cuento: madera rústica, vistas al agua, flores por doquier, pájaros cantando. Por la mañana, desperté con el aroma de los pétalos esparcidos sobre la cama. Globos bailaban en las esquinas, y en el espejo se leía: “Feliz aniversario, amor mío”.
Apenas pude contener las lágrimas. Y cuando miré por la ventana, vi a José con una cesta. Al abrirla, un suave “miau” salió de dentro. Un pequeño gatito pelirrojo, esponjoso y risueño, me miró con curiosidad.
—¿Qué tal, aceptas al nuevo miembro de la familia? —sonrió como un chiquillo.
—Pepe… Es el mejor regalo de mi vida…
Pasamos una semana como en una luna de miel. Siete días, pero suficientes para llenar una vida de recuerdos. Y al regresar, los teléfonos no pararon.
—¡Mamá! ¿Dónde estabais? ¡Os llamamos mil veces! ¡No contestabais!
—Tranquila, hija. Tu padre y yo estábamos disfrutando. ¿No tenemos derecho a vivir un poco para nosotros?
—Claro… Pero no llamaste, no te preocupaste…
—Ahora te toca preocuparte a ti. Nosotros hemos decidido vivir para nosotros.
—¿Para ustedes? ¿En serio, mamá?
—Tu padre y yo estamos en nuestra segunda luna de miel. Y ahora no estamos para nadie más.
Pasó un año. José y yo vivimos de otra manera. Él dejó su trabajo, gastamos menos, pero somos más felices. Los hijos ahora son más atentos, llaman, visitan. Y nosotros nos miramos, agradeciendo al destino por no dejarnos caer en el olvido. Por enseñarnos que en esta vida, lo más importante es NOSOTROS.
La lección fue clara: a veces, dejar de esperar a los demás es el primer paso hacia la verdadera felicidad.







