Mi marido y yo llegamos al pueblo para conocer a sus padres. La madre de Nacho salió al porche, se plantó las manos en las caderas, como una señora de zarzuela vigilando al samovar y exclamó:
¡Ay, Nachito! ¿Y no podías avisar antes? Veo que no vienes solo
Nacho, ni corto ni perezoso, me rodeó con sus brazos y me apretó tanto como si quisiera convertirme en croqueta:
Mamá, te presento a mi mujer, Estíbaliz.
La montaña de mujer, con un delantal de volantes y unos brazos como ramas de olivo centenario, avanzó hacia mí:
¡Anda, ven aquí, nuera mía!
Y, según manda la tradición, me plantó tres besos que resonaron como campanas en la plaza.
A la vez que me estrujaba en un abrazo que debió alterar el eje de la Tierra, me llegó un aroma potente a ajo y pan recién horneado. Mi suegra me tuvo atrapada entre dos almohadas bien mullidas: su busto, que debía de tener denominación de origen manchego.
De repente, me soltó durante un segundo, me escaneó de arriba abajo con mirada de jubilada con telescopio nuevo y le espetó a Nacho:
¿Y de dónde has sacado tú a este pizpireta?
Mi marido, con la tranquilidad de quien prueba el gazpacho antes de echar el pan:
¿Dónde iba a ser, mamá? ¡En la ciudad! Y en la biblioteca, para más señas. ¿Papá está en casa?
Está en casa la vecina, liado con la leña de la chimenea Anda, pasad y quitaos los zapatos, que fregué el suelo hace un rato.
Un puñado de críos del pueblo nos miraban desde el patio con la boca abierta, como si hubiéramos venido en helicóptero.
¡Santi! Anda, corre donde la señora Pilar. Dile a don Gonzalo que su hijo ha llegado con la nuera.
¡Voy! gritó un chiquillo y salió disparado.
Entramos en la casa. Nacho me quitó el abrigo de entretiempo, comprado de saldo, y lo colgó en la percha, junto a la estufa.
Luego me cogió las manos, aún rojas del frío y las puso contra la pared blanqueada, dándome un cabezazo cariñoso:
¡Ay, mi calentita de pueblo!
En ese momento, los cacharros de la cocina empezaron a sonar, vasos y cucharas tintineaban y platos de barro bailaban sobre la mesa.
Mientras mi suegra preparaba el festín, yo inspeccionaba el salón rural: en la esquina, un San Antonio con flores de plástico; en las ventanas, cortinas de ganchillo con margaritas; alfombrillas tejidas a mano por doquier. Junto a la chimenea dormitaba un gato naranja, que me ignoraba con fina altivez española.
Nos casamos la semana pasada alcancé a oír la voz de Nacho, como si gritara desde la catedral.
Lo que tardó mi suegra en llenar la mesa de comida fue un misterio digno de Iker Jiménez. En el centro, reinaba un plato de callos bien gelatinoso. A su lado, encurtidos: col fermentada, tomates de huerta. Jarras de leche templada con nata, empanada casera con huevo duro y cebolleta
Queridos, me hubiera comido hasta el mantel.
¡Mamá, parad ya! Aquí hay comida para un mes murmuró Nacho mordiendo un pedazo de pan, que más que pan era un ladrillo de lo bueno.
Mi suegra dejó junto a los callos una botella helada de orujo, y, orgullosa de su arte, se secó las manos en el delantal:
¡Pues hala, a comer!
Así conocí a mi suegra, la gran doña Engracia. Madre e hijo se parecían tanto que bien podrían haber sido la copia de un cuadro de Velázquez: ambos de piel morena y mejilla sonrosada. Solo que Nacho es templado como sopa de verano y doña Engracia parece un vendaval con voz de trueno y ganas de guasa. No me extrañaría que hubiera domesticado un burro rebelde o plantado fuego a una casa y la hubiera salvado con dos cubos de agua.
De repente, se oyó la puerta de la entrada que dio un portazo de los de hacer historia.
Entró en la cocina un hombrecillo, de esos que parecen hechos de anís, llevando consigo una bocanada de fresco serrano.
El hombrecillo, tan chico como un dedal, palmoteó alegre:
¡Caramba y recontracaramba!
Sin quitarse la chaqueta, que apestaba a humo y tizne de encina, abrazó a Nacho:
¡Buenos días, hijo!
¡Lávate las manos antes de saludar! ordenó mi suegra.
Don Gonzalo me agarró la mano:
Encantado de conocerla, señorita.
Tenía unos ojos azules con chispa, una barba pelirroja rala y el pelo rizado del mismo color cobre.
¡Engracia, sírveme unas sopas, mujer! dijo, mientras hacía ruido con el barreño.
Levantamos vasos, todos a una:
¡Por vosotros, queridos!
Después del primer trago y dos platos bien llenos, me animé:
Don Gonzalo, ¿por qué en tu familia todos se llaman Gonzalo?
Muy sencillo, Estíbaliz. Mi abuelo, mi padre, yo ¡Todos albañiles y estufistas de pura cepa!
Solo Nacho señaló con la barbilla decidió ser tornero.
¡Padre, los torneros también hacen falta en España!
¿Y es difícil hacer una chimenea de esas vuestras?
¡Ay, hija, eso es un arte! alzó el dedo como si declarara la independencia de Soria. Para que quede bonita, no eche humo y puedas hornear la empanada como Dios manda. ¡No te fíes de estas carnes secas, que los pelirrojos somos duros y besados por el sol!
¡Gonzalete vale para un roto y para un descosido! saltó doña Engracia.
Padre, cuenta algo, que queremos historias rogó Nacho.
Mi suegro suspiró, acarició la barba y guiñó un ojo travieso:
¡Pues si hay ganas, allá va la primera!
Resulta que una vez, en julio, fuimos a por heno. Teníamos entonces a la Guapa ¿te acuerdas, Engracia? una vaca que daba leche como para una boda real. Bajamos todos: hombres, mujeres y nosotros en comandita.
Antes de que asomara el sol, ya dábamos a la guadaña: zas, zas, zas
Aquel día hacía un calor de los que funden la piedra y los tábanos picaban como si compitieran en los Juegos Olímpicos.
Ese año, lo recuerdo bien, abundaban los jabalíes que ni en el parque natural. Llega la hora de la comida y ya llevábamos siete litros de sudor encima.
¡Anda, tonto, qué gracia tiene tu historia! Esto a Estíbaliz ni le interesa
¡Si me interesa, hombre! ¡Sigue!
Pues estaba yo pensando que había que animar a la gente. Y ahí, no sé si por el sol o qué, se me ocurrió una broma: solté la guadaña y me puse a correr gritando: ¡Ayyyy, jabalíes, que vienen! Y me subí a un árbol.
Cuando miré, media cuadrilla había soltado todo y estaba encaramada a las encinas.
¿Y después qué?
Pues casi me matan a rastrazos de la risa, pero luego trabajamos el doble de deprisa.
Doña Engracia, que no perdona una, le dio una colleja amorosa:
¡Menudo bandarra!
Padre, cuenta lo de los jabalíes de verdad.
Bueno, pues eso fue cuando éramos jóvenes, que Nachito ni estaba en proyectillo. Yo era un cazador empedernido, pero después de aquello colgué la escopeta.
Un día, con la primera nevada, le digo a Engracia: Me voy de caza. Pues vete, dice ella. Me pierdo por el monte, nada, ni rastro. Empieza a anochecer. De repente, oigo a los jabalíes cerca. Me acerco en silencio, apunto y disparo Nada más lejos, fallo.
Y entonces, uno enorme, el macho, sale disparado hacia mí. Eché a correr y no me acuerdo ni cómo trepé a un árbol.
¡Casi te desmayas del miedo! aportó mi suegra.
¡No interrumpas! Estuve ahí arriba, abrazado al árbol, como San Sebastián. Espere, espere y el bicho se echó a dormir debajo. Y el resto de la piara con él.
¡Madre del amor hermoso! ¿Y después?
Pasé toda la noche ahí. Menos mal que no hacía mucho frío, que si no, me quedo tieso.
Y yo, mientras, perdiendo a Nachito, llorando como una magdalena. En cuanto clareó, junté unos hombres y a buscarle. Cuando por fin, lo encontramos, tuve que cargar con él un kilómetro, hasta que se le pasó el susto.
¡Engracia, eres el alma y la fuerza de esta familia!
¡Anda ya, truhán! ¿Te apetece un té de poleo, Estíbaliz? Con unas pastas caseras y un poco de miel.
Me vendrá genial, gracias.
Doña Engracia sirvió el té.
Nacho, cuéntales lo de que curaste a mi hermana.
Don Gonzalo casi escupe el té de la risa.
Pues un día, la hermana de Engracia manda un telegrama: que viene de visita. Tras el recibimiento y la comida, la Tía Julia se queja: Me duelen las piernas, no puedo ni andar.
¿Y eso? pregunta Engracia.
No sé, mujer, a ver si voy a un médico, pero nunca saco tiempo.
¿Y no has probado con abejas? le soltó Gonzalo.
¿De dónde voy a sacar abejas en la ciudad?
Vente conmigo al colmenar, ¡verás qué rapidez!
¡Vaya médico de pueblo! rió doña Engracia.
Fuimos al apiario, le dije: súbete la falda un poco (no mucho, eh), y le puse una abeja en cada pierna.
Al principio me dio las gracias, pero al rato se puso a maldecir como una carretonera, porque resultó ser alérgica y las piernas parecían dos morcillas.
¡De milagro no la mandas al otro barrio!
¡Si yo no sabía nada! Ni tú tampoco Toma miel, Estíbaliz, que tú de alergia nada, ¿no?
No, don Gonzalo, que va
¡Pues hala, a disfrutar!
Terminamos el té y el cielo, tras la ventana, se puso negro como un toro. El cansancio me pudo.
Doña Engracia echó las cortinas:
Nachito, ¿dónde queréis dormir?
En la chimenea, si puede ser ¿Qué dices, Estíbaliz? ¿Te animas?
¡Vamos, que sí!
Ahora mismo. ¡La chimenea la construyó tu suegro, ladrillo a ladrillo! dijo la suegra todo orgullo manchego.
Don Gonzalo nos miró como si hubiera ganado el premio Nobel.
Y no era para menos, pues la chimenea calienta, da de comer y une a toda la familia.
Nos levantamos de la mesa, y Nacho me ayudó, con un golpecito en el trasero, a subir a la repisa de la chimenea.
Desde arriba, me alcanzó el olor de siglos: ladrillo cocido, tomillo, lana de oveja y hogaza de pan.
Nacho se durmió al instante, pero yo no pegaba ojo.
¿Qué demonios es esto? A la derecha, alguien respiraba fuerte
Puf-puf, puf-puf
¡Un duende! ¡Seguro que es un duende! Lo leí en un libro
Me acordé de una canción infantil:
Duendecillo, duendecillo, no nos molestes ni un poquillo
Al amanecer, descubrí la verdad: no era ningún duende, sino la masa para el pan, que la suegra había dejado fermentar junto al calor y se había olvidado de ella.
No sería la última vez que visitáramos la casa de los padres de Nacho. Volveríamos para escuchar las historias de don Gonzalo, calentarnos junto a la chimenea y jurar fidelidad al pan recién hecho.
Pero eso, ya os lo cuento otro díaAños después, aún contábamos en la ciudad la historia del pan con alma y el linaje de brazos fuertes, risas grandes y abrazos que crujen como leña seca. Mi suegra seguía plantando besos de campana y don Gonzalo inventaba cuentos y remedios imposibles. Pero yo, cada vez que olía a pan tostado o veía un ladrillo rojizo en una obra, sentía en el pecho el calor sereno de aquella primera noche manchega; supe, entonces, sin duda, que por fin tenía otro hogar y que el duende de la chimenea, si existía, debía estar tan contento como yo.







