Notificación inesperada
El móvil yacía boca abajo sobre la mesilla, mudo y frío, como siempre. Belén ni siquiera pensaba tocarlo. Tan solo estiró el brazo buscando el vaso de agua; la mano rozó el borde de plástico liso, y la pantalla destelló, brillando sola, casual, como chispean a veces las cosas que deberían seguir escondidas en la penumbra.
Fue solo una línea. Una única línea, en una notificación del WhatsApp.
«Yo también te echo de menos. Hoy fue tan bonito. Tuya, Asun.»
Belén tardó varios latidos en comprenderlo. Miraba aquellas palabras, fíjas, marcadas, como si estuvieran escritas en una lengua que ya no era la suya, y necesitara ese tiempo detenido para descifrar su sentido. Miró entonces al hombre que dormía a su lado: Fernando, acurrucado de espaldas, respiraba hondo y regular, abandono de niño o de santo, la espalda en calma como quien nada teme.
«Tuya, Asun.»
Asun. Asunción López. Amiga de siempre. Aquella que hacía tres meses les ayudó a escoger los tonos del dormitorio del niño. Aquella que se sentó en su cocina a reírse, infinidad de veces. Aquella que la semana pasada la llamó para lamentarse de que todos los hombres eran iguales, que estaba harta de tanta soledad.
Belén sostuvo el vaso entre los dedos. Lo vació. Lo dejó otra vez en la madera. Se levantó con un cuidado de funambulista, sin provocar ni el más leve crujido en la tarima. Salió al pasillo, cerró la puerta tras de sí, cruzó el corredor hacia la cocina, encendió la diminuta luz encastrada sobre la vitrocerámica, nunca la del techo: demasiada violencia para los ojos, aunque tal vez aquello que la cegaba no era la luz.
Se sentó frente a la mesa, fija en la veta desnuda del tablero.
Fuera, la noche de Madrid, una noche cualquiera de noviembre, desleída por los faroles anaranjados y las sombras largas de los álamos del patio interior. La tetera seguía en su sitio, terca, con el agua de la víspera. No hizo nada. Solo estar.
«Hoy fue tan bonito.»
¿Cuándo, hoy? El miércoles él llegó cerca de las ocho, excusándose con reuniones, cenas de trabajo, el eterno estrés. «Estoy cansado, quiero dormir.» Ella recalentó la cena que él apenas probó. Después compartieron la rutina del televisor; él se durmió en el sofá y Belén misma, con sus propias manos, lo cubrió con la manta. Ella, sola.
Cerró los puños sobre el canto de la mesa.
Al otro lado del tabique, dormía Nico. Ocho años, sueño profundo, murmurando sueños de coches y juegos y colegio. Por la mañana habría que llevarlo a fútbol, comprar pan, llamar a su madre, que seguro estaría dolida. La vida normal, rutinaria, hecha de migajas previsibles, seguía allí mismo. Y, al fondo de todo, desde hacía tiempo, vivía otra vida. Otra realidad, paralela, a la que ella no había tenido acceso.
Belén se acercó al ventanuco. Sobre el alféizar una maceta de geranios, planta resistente que nunca le gustó pero que cuidaba por cortesía a la vecina que se la regaló. Los pétalos, polvorientos y fúnebres, resistían, obstinados.
Pensó largo rato, sin razón, en ese geranio. Después volvió a la mesa.
Debía decidir. O tal vez, no decidir nada, dejar pasar la marea. No sabía cuál era la vía adecuada. Dentro de su pecho, todo era un silencio punzante, cortante, ese silencio que antecede el estallido. No llanto, ni grito; solo la mudez con filo de navaja.
Se quedó en la cocina hasta las cuatro. Sin hacer nada. Mirando cómo se apagaban una a una las ventanas al fondo del patio. Después, por fin, puso la tetera. Hizo té, no lo terminó. Lavó la taza. Volvió al dormitorio. Se tendió junto a Fernando, manteniendo una distancia de isla. Miró el techo.
Fernando dormía.
Ella escuchaba el ritmo de su respiración, pensando que hasta ayer ese sonido era apenas eso: ruido de fondo, familiar, igual que el zumbido de la nevera o el tráfico lejano. Pero ahora cada aliento le parecía distinto, casi ajeno, afilado. Era como escucharlo de veras, por primera vez, y se volvió insoportable.
Por la mañana se levantó antes que él. Despertó a Nico, le sirvió gachas que el niño protestó, porque quería pan con jamón. Se lo preparó. Le ató las zapatillas porque él nunca tenía prisa suficiente. Lo cogió de la mano y salieron a la calle.
Fuera hacía frío, olía a hojas mojadas y alquitrán. Nico caminaba a su lado, contando detalles de la clase de matemáticas y de cómo la maestra, tan injusta, decía que estaba todo mal y él estaba seguro de que no. Belén le escuchaba, contestaba, asentía. Muy bien, en autopiloto. Años de práctica.
Llegaron a tiempo a la cancha. Entregó a Nico al entrenador, se quedó un minuto mirando cómo corría hacia sus amigos, reía, empujaba, un niño más con la mochila pendiente. Después salió a la calle.
Se sentó en un banco, al abrigo del portal. Sacó el móvil. Abrió la agenda: «Asun L.». Lo miró, el nombre flotando en la pantalla. Guardó el teléfono.
No ahora.
Todavía no.
En esos primeros días pensaba mucho en cuándo empezó todo. Revolvía la memoria como quien repasa viejas fotos, buscando pistas en los bordes. Ahí estaban, los tres en cumpleaños de Asun en mayo; Fernando riendo sus bromas; Belén contenta de que aquel congeniara tan bien con su amiga. Allí, Asun metida en casa el sábado, ayudando a elegir cortinas, hablando largo rato con Fernando en la cocina mientras Belén acostaba a Nico. «¿De qué hablabais?» preguntó después. «De trabajo, ella es interiorista, le pedí consejo.» Ella asintió. Natural.
Natural.
No lloró. Eso le sorprendió. Esperaba lágrimas: ninguna llegó, solo una sequedad de garganta y un peso bajo las costillas, una piedra fría y recta. Comía, dormía, cocinaba, respondía llamadas. Fernando no notó nada. Atento lo justo, ni más ni menos que siempre. Preguntaba qué tal el día. A veces la besaba en la mejilla al salir. Ella aceptaba la mejilla.
Al cuarto día llamó Asun.
El móvil vibró en el bolsillo; Belén vio el nombre en la pantalla, y por un instante sintió que el aire era vidrio. Pulsó respuesta, con la voz más normal del mundo.
¿Asun?
¡Beli! ¿Dónde te has metido? Te escribí el lunes y nada.
La voz era la de siempre. Cálida, levemente apenada, como quien teme haber molestado. Aquella calidez era lo más insoportable.
Perdón, se me complicó todo. Nico está un poco pachucho mintió Belén, y se asombró de la facilidad de ese gesto.
¿Qué tiene? ¿Fiebre?
Nada, un resfriado. Ya casi está bien.
Uf, qué susto. Oye, pensaba preguntar si el sábado estáis libres. Hace mucho que no quedamos.
Belén miraba la pared ante sí. Allí colgaba una foto: ella y Fernando en la playa, seis años atrás, antes de Nico; ambos riendo, los cabellos en el viento. Una foto alegre.
El sábado será difícil dijo. Te llamo mejor a mitad de semana, ¿vale?
Vale, claro. ¿Estás bien? Suenas
Cansada, solo cansada. No pasa nada.
Si te pasa algo, dime, ¿eh?
Lo sé, Asun. Gracias. Hasta luego.
Colgó. Se dirigió a la foto en la pared. Observó su cara sonriente. Bajó la foto y la guardó en un cajón.
Esa noche sí lloró. Por fin. En el baño, con el grifo abierto para amortiguar el sonido. Lloró mucho, horrible, fuego en los ojos y trago de sal. No lloró por Fernando, ni siquiera por descubrirle como era. Lloró por otra cosa: los años, la confianza, esa fe idiota que fue suya. Por el hecho de que Nico crecería en una casa donde su padre mentía y, lo supiera pronto o tarde, nada detendría esa brecha.
Se lavó la cara con agua fría. Frente al espejo: treinta y ocho años. Ni joven ni vieja. Un rostro común, ojos hinchados. Pensó que al día siguiente habría que mostrarse fuerte en el trabajo.
Pensó, además: no podían escapar sin más. No dejar que creyeran que todo seguía igual, que seguirán su vida secreta mientras ella, y Nico, servían de fondo. Eso, no.
Volvió al dormitorio. Fernando dormía. Se tumbó junto a él.
Había que pensar.
Las dos semanas siguientes Belén vivió en doble exposición. Por fuera, todo igual. Comidas, trabajo, entrenos, charlas con Fernando, incluso alguna risa a sus chistes chistes buenos, eso no cambiaba. A veces se sorprendía olvidando, por breves minutos, y eso era lo peor: porque significa que todavía sabía compartir vida con él como si nada hubiera pasado.
Por dentro, trabajos de relojero. Sin detectives. Solo observar. Cómo Fernando salía con el móvil a otra habitación. Cómo sonreía al teléfono y escondía la pantalla. Otra cena de trabajo un miércoles, otro plato apenas tocado.
Un día, cuando él estaba en la ducha, Belén cogió el móvil. Sabía el pin: cuatro dígitos, el año de Nico. Buscó el chat con Asun.
Leyó deprisa, lo justo para calibrar el tamaño. Bastaron cinco minutos. Todo empezó en julio. Tres meses de mensajes. Mientras pintaban la habitación del niño. Mientras Nico pasaba a tercero. Mientras ella estuvo en Valladolid por el cumpleaños de su madre, viaje al que Fernando renunció, alegando trabajo, y ella, claro, comprendió.
Dejó el móvil en su sitio. Fue a la cocina. Encendió el fuego. Cortó cebolla para la sopa, metódica, trozos homogéneos.
Fernando salió de la ducha, la toalla a la cintura, pasó por la cocina.
¿Sopa? Genial, tengo hambre.
En media hora.
Su voz, llana. Los cubos, perfectos. Todo, perfecto.
Esa noche, decidió que iba a haber cena.
No de inmediato. No al día siguiente. Necesitaba tiempo, no como venganza. No pensaba en venganza. Quería verlos juntos, en su casa y en su mesa, para decir lo que tenía que decir. Sin gritos, sin escena. Sabía desde hace mucho que los gritos solo dejan herida en uno mismo; ellos se van diciendo que la loca eres tú.
Llamó a Asun el viernes por la noche.
Oye, lo del sábado ¿Te acuerdas que lo mencionaste?
¡Sí, claro! Entonces ¿sí podéis?
Sí. Ven a casa. Preparo algo bueno. Hace siglos que no sentamos juntos. Fernando estará, charlamos.
Una pausa fugaz, menos que un parpadeo.
Magnífico. ¿A qué hora?
A las siete, ¿te parece bien?
Perfecto. ¿Llevo algo?
Nada.
Colgó. Entró en el salón donde Fernando veía la tele.
He invitado a Asun el sábado. Cena tranquila. Hace mucho.
Fernando giró la cabeza. Algo tembló en su cara, apenas perceptible.
Bien. Buena idea.
Eso pienso Belén volvió a la cocina.
Sabía que se avisarían enseguida: «tenemos que disimular». Esa coreografía no le inquietaba. No haría espectáculo. Nico se quedaría con la abuela, todo preparado de antemano. Aquella cena sería íntima.
El menú lo pensó toda la semana, como si las recetas sirvieran de cuerda. Pollo al horno con patatas y romero, ensalada de rúcula y pera favoritos de Asun, tarta de manzana, su especialidad. Todo bonito. Todo correcto.
El sábado llevó a Nico a casa de su madre a las dos. La madre, como siempre, intuyó algo en el aire y preguntó sin apretar. «Todo bien, solo cansada», mintió. Abrazó fuerte a Nico, ya embobado ante la tele, y volvió a casa.
Fernando había salido en la mañana, dijo que al supermercado. Regresó a las tres, bolsas en mano, con vino bueno, caro. Lo notó.
Para la cena, ¿te importa?
Me parece estupendo.
Andaba algo tenso. Más rápido de lo normal, dos veces revisó su móvil junto a la nevera, luego se obligó a sentarse y fingir leer un periódico.
Belén cocinó. Limpiando el pollo, moliendo romero y ajo, pelando patatas, aliñando la ensalada. El aroma de la cocina, cálido y familiar, quiso colarse hasta la calle, trayendo consigo el frío de noviembre.
A las seis montó la mesa. Tres platos, tres copas. No encendió velas: sería una crueldad, y no quería eso. Solo algo elegante, mantel limpio, flores frescas en un jarrón.
A las siete, sonó el timbre.
Asun apareció con un abrigo azul nuevo, peinada de peluquería y ese perfume que Belén conocía de memoria. Traía bombones, aunque le dijeron que no llevara nada.
Qué bonito siempre tu piso dijo al entrar, olfateando. Huele increíble.
Pasa, me alegro de verte respondió Belén, y era verdad, de una forma trágica. Sí, alegría torcida, pero real.
Fernando salió del salón. Saludos de rigor. Beso en la mejilla, cordialidad teatral. Sabían fingir.
Se sentaron.
Las primeras charlas, banales: trabajo, diseñadores excéntricos, clientes con caprichos dorados. Fernando bromeaba sobre sus propios clientes, reían los tres, compartían vino. Belén, cordial, añadió lo justo.
Fuera, de noche. Encendió la luz del comedor. Calidez que dolía.
Esperó al segundo vaso de vino. Silencio breve. Cuando Asun pinchó ensalada, Belén habló con la voz de la calma:
Quiero decir algo. Escuchadme los dos, por favor.
Se giraron hacia ella, detenidos.
Sé lo vuestro. Desde julio. He visto los mensajes, Fernando. Sé lo que necesito saber.
Silencio, tan fiero que solo se oía el tictac del reloj.
Fernando habló primero, la voz encogida:
Belén
Espera le cortó. No he venido a gritar. Os lo digo porque estáis los dos aquí y debéis oírlo, juntos. Sé la verdad. Eso es todo.
Miró a Asun. Esta fijó la vista en el mantel. Las mejillas ardiendo, la mano crispada sobre el tenedor.
Asun, has estado en mi casa cientos de veces. Sabías todo de nosotros. Cuando estuve mal, te quedaste velando noches conmigo. Cuando nacíó Nico, estuviste esperando fuera del hospital. No lo digo para que te avergüences, sino para recordarte que yo, también, me acuerdo. Nada se me ha olvidado.
Asun levantó por fin la mirada. Ojos empañados.
Belén, yo
No hace falta la detuvo, en susurro.
Giró luego hacia Fernando.
Doce años juntos. No voy a diseccionar los detalles de cuándo o por qué. Esa sería otra conversación, y no hoy. Solo quería sentarme a la mesa y decirlo. Que no penséis que no lo sé. Porque lo sé. Esa es la diferencia.
Fernando dejó la copa en la mesa, muy despacio, temiendo romperla.
Belén, esto es más complicado
Ya hablaremos. Pero no ahora.
Se levantó. Apuró el vino. Apoyó la copa.
Esta noche quiero que acabéis el pollo. Ha quedado bueno. Luego podéis iros, los dos. Nico duerme en casa de mi madre, se quedará toda la noche. Tengo cosas que hacer.
Nadie se movía.
Fernando la miraba con un gesto extraño, ni culpa ni miedo; más bien desorientación, como quien espera una tormenta y se encuentra solo con niebla.
Asun habló, temblando:
Perdóname, Belén.
Belén la miró. Aquella cara conocida, quince años a su lado. Rímel borroso, perfume en el aire, ese mismo perfume que una vez le recomendó.
No puedo decirte ahora respondió al fin. Quizá algún día. No hoy.
Salió de la estancia. Cerró la puerta del dormitorio tras de sí. Sentada en la cama, escuchaba el susurro de las voces y los golpes de sillas en la cocina. Después, el portazo de la entrada. Uno. Otro.
Silencio.
Se dejó estar en esa ausencia. El aroma de pollo al romero y el perfume de Asun, lento en disiparse. Sobre la mesa, tres platos, uno intacto.
No sabe cuánto tiempo pasó. Se levantó, recogió los restos. Envolvió el pollo, limpió lo usado, secó la mesa, barruntó las migas.
Se sentó de nuevo, en mitad de la cocina.
Eso era todo. Así de pequeño, para algo tan gordo. Doce años, una amiga de alma, y lo que queda: un mantel limpio y olor a jabón.
Llamó a su madre.
Mamá, ¿puede quedarse Nico hasta el domingo?
Por supuesto, ya duerme. ¿Te pasa algo, hija?
Sí, pero te lo cuento luego. No ahora.
Solo ven, si quieres.
No, mamá. Prefiero quedarme. Lo necesito.
Y la madre, que sabía intuir cuándo callar, solo asintió desde el corazón.
¿Has comido algo?
Sí. Cociné bien esta noche. El pollo salió rico.
Eso está bien dijo la madre. Y ese está bien le dolió más que todo lo demás del día.
Belén colgó y lloró. Ahora sí, sin esconderse bajo la ducha. Sentada simplemente en la cocina, lloró sin medida ni pudor. Cuando paró, se acomodó, se lavó la cara en el fregadero.
Tras la ventana, la ciudad, luces, noviembre, sábado igual que cualquiera. Algún lugar de Madrid, Fernando y Asun estarían en la acera o en un coche, charlando. Qué se decían, ya no le importaba.
No pensaba en el futuro. No esa noche. Bastaba con haber llegado viva hasta allí, haber dicho su verdad.
Fernando volvió de madrugada.
Belén no dormía, tumbada en la oscuridad oyendo el chisporroteo del agua en la cocina, los pasos al detenerse frente a su puerta.
Entró en la habitación, se sentó en la orilla de la cama.
No duermes afirmó, no preguntó.
No.
Se sentó, callado.
Belén, no sé por dónde empezar.
Pues no empieces hoy dijo ella. Acuéstate. Mañana.
¿No quieres?
Fernando, es de noche. Estoy agotada. Mañana.
Él se tendió. Ella cerró los ojos. No se rozaron. Cada uno a un lado de la cama, dos desconocidos que la costumbre ha dejado allí casi por error.
Por la mañana, al alba, Belén preparó una bolsa de mano. No se marchaba del todo, no todavía, solo lo imprescindible. DNI, papeles, tarjeta bancaria, algo de ropa, la foto de Nico del dormitorio.
Dejó la bolsa junto a la puerta.
Preparó café. Esperó hasta que Fernando saliera al pasillo.
Él vio la maleta. Se detuvo.
¿Te vas?
A casa de mi madre. Con Nico. Tenemos que hablar, pero ahora necesito estar unos días fuera.
Él, callado, miraba la bolsa, después a ella.
Belén, quiero explicártelo.
Te escucho.
Él enmudecía. Ella sorbió café, observándole sobre el borde de la taza.
No era lo que buscaba. No planifiqué nada
Nadie planea estas cosas, Fernando. Así no funcionan.
¿Quieres el divorcio?
La palabra se posó en el aire, peso muerto.
No lo sé aún. Necesito tiempo para averiguar qué quiero. Pero lo que sí sé es que no puedo seguir aquí fingiendo que todo continúa igual. ¿Lo ves?
Él asintió, con lentitud de pena.
Nico
Nico estará bien. Esto es cosa nuestra, él no debe cargar con ello.
Acabó el café. Dejó la taza. Cogió la bolsa.
Te llamaré.
Salió.
En la escalera olía a madera y a tostadas. Bajó. Contó los peldaños, uno a uno, como si fuesen estreno, aunque siempre había vivido en un sexto. Pero ese día los contó.
Aire frío al salir. Las hojas mojadas cubrían la acera; un barrendero las arrastraba en montones. El cielo era una losa gris de noviembre, sin piedad. Pero allí, en las escaleras de su portal, respirando ese aire, se sintió también ella, sola, pero algo más ligera, simplemente por estar en pie.
Pensó en Nico, en cómo reclamaría tortitas al despertar, en su ajeno bienestar. Y eso era justo.
No sabía cómo serían los días venideros: si habría divorcio, si cabría perdón para Asun eso dolía aún más, porque uno espera la traición de un esposo, nunca de quien lo sabe todo de ti. Pero eso requería tiempo, y no tenía respuestas.
Por ahora, estaba fuera, la bolsa en la mano, la mañana gris, Nico a dos manzanas de distancia, y ella dio un paso adelante.
Solo eso.
Su madre la recibió, sin preguntas. Abrió la puerta, entendió el mundo con un vistazo y solo murmuró:
Ve, lávate la cara. Voy poniendo el té.
Nico vino corriendo, calcetines y pelo revuelto.
¡Mamá! ¿Por qué has venido? Dijiste que no venías hasta mañana.
He venido porque te echaba de menos le abrazó fuerte, nariz en la coronilla, olor a champú y sueño propio de niño.
Me haces cosquillas rió él, y corrió de vuelta, porque empezaban los dibujos.
Belén le siguió la mirada.
Media vuelta a la cocina, donde la madre already parloteaba con las tazas. Cocina mínima, cortinas de flores, nevera con imanes, uno hecho por Nico en infantil, torcido pero imbatible. Todo eso era tan familiar que casi rompió a llorar, pero aguantó.
La madre sirvió el té, se sentó.
Ya me contarás, hija.
Lo haré. Pero ahora no. Déjame acostumbrarme.
¿Es Fernando?
Sí.
La madre asintió. Silencio. Bebieron el té en calma. Tras la pared, la carcajada de dibujos y de Nico.
¿Puedo quedarme unos días?
Los que necesites. Tu cuarto es tu cuarto.
Era todo lo que había que decir.
Después empezó la vida sin nombre, sin poses. Ni temporal ni nueva, aunque acabara siéndolo. Días, simplemente.
Las conversaciones con Fernando fueron varias, dolientes, sin gritos: cumplió su promesa. Él intentó justificar, confesar, pedir perdón, repetir el daño. Belén escuchaba, contestaba, sin absoluciones ni condenas.
El tema del divorcio se enquistó, lento y feo como lo son siempre esas gestiones: papeles, abogada, piso, custodia. Era tedioso y áspero, pero ella avanzaba por ahí.
Asun desapareció semanas. Luego mandó un mensaje: «Estoy si me necesitas». Belén lo leyó y no respondió, no por venganza, sino porque aún no sabía qué decir.
A finales de noviembre, volvía con Nico de fútbol. Caía la primera nevada de Madrid, apenas polvo, liquida antes de tocar el suelo. Nico corrió alzando la cara, cazó un copo con la lengua.
¡Nieve! ¡Mamá, mira!
Alzó la vista. Copos chiquitos bajaban del cielo oscuro, o quizás subían, confundida por tanto mirar arriba. Uno se posó en su mejilla y se disolvió de inmediato.
Lo veo dijo.
¿Hacemos un muñeco?
Cuando nieve bien, haremos uno.
Prometido.
Prometido.
Y siguieron, él contándole cosas de clase, del amigo que sabe hacer muñecos más altos que él. Belén no retuvo palabras, solo el peso de su mano.
Dolía. El dolor no cede en semanas. Doce años no caben en un solo noviembre. Pero junto al dolor, algo distinto: como aire fresco, libertad, la conciencia, aún vaga, de tomar las riendas y decidir.
No sabía si acertaba. Más bien sabía que sí, pero ignoraba si eso traería alivio: son dos cosas. Lo entendía ahora, a los treinta y ocho, bajo la primera nevada.
A la semana siguiente vio un anuncio de piso en alquiler: pequeño, luminoso, cuarto piso al fondo de Chamberí. Los dueños eran mayores, simpáticos, sin preguntas. Visitó, escuchó el silencio, vio la luz en la cocina, las copas de los árboles desde la ventana del cuarto de Nico.
¿Lo quieres? preguntó el casero.
Sí respondió.
La mudanza fue en un día. Vecinos ayudaron con muebles. Fernando trajo las cosas de Nico, silencioso, dejó las cajas en el recibidor, miró alrededor.
Buen piso.
Sí.
En la puerta, la voz cansada:
Lo siento, Belén.
Ella le sostuvo la mirada. Estaba mayor, corriente, un rostro más.
Lo sé. Vete, Fernando.
Se fue.
Belén cerró la puerta, se apoyó en ella. Respiró, siguió deshaciendo maletas.
Nico llegó ilusionado; corrió a ver su cuarto, aprobó la vista, anunció que se tumbaría en el alféizar para ver gatos. A Belén le pareció peligroso. Él insistió en que era pequeño y cabía. Ella soltó una carcajada inesperada.
Él la miró extrañado.
¿Qué?
Nada. Vamos a cenar; he comprado croquetas.
¡Croquetas! y corrió a la cocina.
Encendió la luz de arriba, puso agua a hervir en la olla nueva. La cocina olía a paredes ajenas, a algo prestado que se esfumaría pronto; sabía que, cocinando, ese aire se transformaría en suyo.
El agua hervía. Echó las croquetas congeladas.
Nico garabateaba dibujos en la mesa, deber de plástica olvidado hasta el último momento.
Mamá, ¿hacemos el muñeco de nieve seguro?
Seguro, en cuanto nieve bien.
Promesa.
Promesa.
Él asintió, volvió a su tarea.
Fuera caía la primera nevada de verdad: copiosa y callada, cubría árboles, barandillas, tejados. Madrid blanqueando y ablandando el mundo.
Belén removía la olla, atenta a Nico, oyéndole murmurar, mirando cómo el blanco ocultaba la ciudad.
No sabía qué vendría después.
Sabía, sin embargo, que mañana al despertarse haría el desayuno para Nico, lo llevaría al cole, pasaría por el mercado, llamaría a su madre. Quizá desembalaría cajas. O no, ya habría tiempo.
El dolor seguiría. Aparece de improviso, a ratos, con recuerdos, perfumes, voces todo el pasado de golpe, sin posibilidad de borrón. No pasaría pronto, ni lo necesitaba.
Pero las croquetas estaban listas. Nico ya miraba con ansia.
Voy, ya está dijo.





