Nos mudamos a vuestro piso
La vivienda de Carlota en el centro está genial. Reformada, lista para entrar y ser feliz.
El piso está muy bien para una chica soltera dijo Rubén, sonriendo indulgente a Inés, como si fuera una niña pequeña. Pero nosotros pensamos en tener dos, o mejor tres niños. De golpe, uno detrás de otro.
En el centro hay demasiado ruido, cuesta hasta respirar y, vamos, ni hay sitio para dejar el coche. Y lo principal prosiguió es que sólo tiene dos habitaciones. Aquí tenéis tres. Y el barrio es tranquilo, tenéis el colegio al lado.
El barrio sí, es estupendo afirmó Sergio, aún sin entender hacia dónde iba su futuro cuñado. Por eso nos hemos quedado aquí todos estos años.
¡Ahí está! Rubén chasqueó los dedos. Le digo a Carlota: ¿para qué apretujarnos cuando ya hay una solución perfecta?
Vosotros, con la niña, tenéis mucho espacio y, siendo sinceros, casi no usáis una habitación, que al final es un trastero. Pero para nosotros sería ideal.
Inés trataba de encajar el aspirador en el estrecho armario del recibidor.
El aspirador se resistía, se quedaba enganchado con la manguera en las perchas y no había manera de hacerlo entrar.
Sergio, échatme una mano, anda gritó hacia el salón, que o el armario se ha encogido o ya se me ha olvidado guardar cosas.
Sergio se asomó desde el baño: acababa de terminar con el grifo.
Siempre tan tranquilo y pausado, era el opuesto de su mujer.
Venga, dame eso ya.
Cogió el enorme aparato y en un segundo lo metió en un rincón del armario.
Inés suspiró y apoyó el hombro en el marco de la puerta.
Dime una cosa, ¿por qué nunca tenemos sitio? La casa parece grande, tres habitaciones, y cuando limpiamos, parece que habría que sacar todo a la calle.
Porque te encanta guardar de todo rió Sergio. ¿Para qué queremos tres juegos de vajilla? Si sólo usamos uno, y dos veces al año.
Que se queden, son recuerdos. Era el piso de la abuela, al fin y al cabo.
Después de casarse, los padres de Sergio repartieron la herencia en buena ley: él recibió este amplio piso de tres habitaciones en un barrio de toda la vida, el de la abuela; y su hermana Carlota, el de dos habitaciones en pleno centro, en la milla de oro.
En cuestión de euros quedaban igualados. Cinco años habían pasado en paz, sin envidias.
Inés creía ingenuamente que todo seguiría así siempre, pero
***
Después de limpiar y dejar todo recogido, se sentaron a descansar. Apenas encendieron la tele, sonó el timbre.
Sergio fue a abrir.
Mi hermana y su prometido avisó a Inés, mirando por la mirilla.
Entró la primera Carlota, como una ráfaga. Tras ella, Rubén, con paso pesado.
Inés sólo le había visto un par de veces; Carlota lo había conocido hacía medio año en un gimnasio.
Nunca le cayó bien a Inés: era altivo, un poco soberbio. Tanto a ella como a Sergio los miraba por encima del hombro.
¡Hola! Carlota dio dos besos a su hermano y abrazó a Inés. Pasábamos cerca y hemos querido pasar. Tenemos novedades.
Pues pasa, si pasabas cerca… Sergio los invitó a la cocina. ¿Os apetece un té?
Mejor agua Rubén le siguió. La charla que traemos es seria.
En realidad, de casualidad nada. Venimos por un tema. No te molestes en poner té. Siéntate.
A Inés le entró un inquietante malestar: el tono de Rubén le puso en alerta. ¿Y ahora qué?
Habla ya dijo Sergio, encogiéndose de hombros.
Carlota fingía no estar, entretenida mirando el móvil.
Rubén carraspeó.
El caso es que hemos ido al registro. Nos casamos en tres meses. Ya te imaginas que vamos en serio.
La familia, la vida juntos, felices muchos años. Hemos estado pensando en nuestro futuro y creemos que lo mejor sería intercambiar los pisos. Nosotros nos venimos aquí y vosotros, al piso de Carlota.
Inés se quedó de piedra. Primero miró a su marido, después a la cuñada, que continuaba absorta en el móvil como si nada.
Rubén, no te entiendo frunció el ceño Sergio. ¿A qué viene eso?
No es ninguna indirecta; es una propuesta constructiva. ¡Intercambiemos!
Nos mudamos aquí y vosotros al centro.
Carlota está de acuerdo, ambos pensamos que es lo justo.
Inés se quedó de piedra por segunda vez.
¿Justo? repitió. ¿De verdad hablas en serio, Rubén? ¿Vienes aquí a decirnos que nos marchemos, sólo porque tú quieres tener hijos?
No te lo tomes así, Inés Rubén hizo una mueca. Yo sólo veo la realidad. Vosotros tenéis una niña y, que yo sepa, no queréis más.
¿Para qué entonces tanto espacio vacío? No es lógico. Nosotros tenemos perspectivas de ampliar la familia.
Mira el futuro que tiene este hombre saltó Inés. ¿Has oído esto, Sergio?
Sergio levantó la mano, pidiendo calma a su mujer.
Rubén, te recuerdo: este piso me lo dieron mis padres. Igual que el de Carlota.
Llevamos años arreglándolo, todo lo elegimos nosotros. Nuestra hija tiene su habitación, su vida, sus rutinas, amigos en el barrio.
¿Y nos propones irnos al centro, sólo porque a ti te viene mejor?
Venga, Sergio, no te lo tomes así Rubén se recostó ostentosamente. Sois familia. Carlota es tu hermana de sangre. ¿No te importa el futuro de tu hermana?
Además, las condiciones van a ser iguales. Tú vas a un piso en plena zona noble; incluso ganas con el cambio, lo he calculado.
O sea ironizó Sergio, ni te has casado con mi hermana y ya quieres hacerte con mi piso.
Por fin Carlota soltó el móvil.
Ay, no exageréis suspiró. Rubén solo quiere lo mejor.
De verdad nos quedaremos pequeños si vienen niños. Aquí hasta podéis jugar al fútbol en el pasillo.
Mamá siempre decía que la familia es lo primero. ¿Se te ha olvidado, Sergio?
Mamá hablaba de ayudarse, Carlota, no de echar a nadie de su casa cortó en seco Inés. ¿Te das cuenta de lo que Rubén propone?
¿Y qué tiene de malo? preguntó Carlota extrañada. Dice la verdad. Nosotros lo necesitamos más. Vosotros ni usáis esa habitación.
¡No sobra! casi gritó Inés. ¡Es mi despacho! ¡Trabajo ahí, por si lo olvidas!
Trabajas bufó Rubén. ¿Poner cuatro fotos en internet? Eso es un hobby, te puedes sentar en la cocina con el portátil, no eres ninguna marquesa.
Sergio se levantó despacio.
Ya está bien dijo en voz baja. Se acabó la conversación. Fuera de mi casa. Los dos.
¿Pero Sergio? Rubén ni se molestó en moverse. Hemos venido a hablar claro. Como familia.
¿Claro? Sergio dio un paso firme. ¿Vienes a pedirme el piso y encima insultas a mi mujer y decides dónde debe vivir mi hija?
¿Y la conciencia, la tienes?
¿Qué conciencia ni qué niño muerto? saltó Inés, poniéndose junto a su marido. Esto es puro interés. Ni anillo ni nada y ya quiere repartir propiedades.
Carlota, ¿sabes a quién traes a casa? A la primera te echa de tu piso a ti.
No le insultes replicó Carlota, de pie. Rubén sólo piensa en mí. En nuestro futuro.
Sois unos egoístas, ¡aferrados a vuestras cuatro paredes!
¡Y tú dices ser mi hermano!
El egoísta es tu prometido Sergio señaló la puerta. Para los que no lo pillan: fuera.
Y olvida el cambio. Si insistes, rompemos relación.
Rubén se levantó, ajustándose el cuello de la camisa, molesto, sin la menor vergüenza.
Te equivocas, Sergio. Creía que llegaríamos a un acuerdo. Pero si eres tan cabezón…
Carlota, vamos.
Cuando la puerta se cerró, Inés se dejó caer en el sofá, temblando.
¿Has visto? ¿De dónde saca ese morro? ¿Quién se cree que es?
Sergio guardó silencio, mirando por la ventana donde Rubén abría su coche con aires de dueño, mascullando algo a Carlota.
¿Sabes lo peor? dijo por fin. Que Carlota de verdad cree que él tiene razón.
Siempre fue algo ingenua, pero hasta este punto
¡Le ha comido la cabeza! Inés se puso en pie. Hay que avisar a tu madre, a vuestros padres. Tienen que saber qué ideas tiene su yerno.
Espera Sergio sacó el móvil. Primero llamo a mi hermana. A solas, sin el gallito al lado.
Marcó el número. Tardó en responder; Carlota lloraba.
¿Diga? musitó.
Escúchame, Carlota la voz de Sergio era dura. ¿Vas en el coche con él?
¿Y eso importa?
Si está, ponlo en altavoz. Quiero que oiga esto.
No, me ha bajado aquí mismo. Se ha ido a enfriarse. Dice que en mi familia sois todos unos egoístas.
Sergio, ¿por qué sois así? Sólo quería que todo saliera perfecto…
¡Carlota, despierta! casi gritó Sergio. ¿Perfecto? Ha venido a chantajearme el piso.
¿Tú sabes que ese piso es tuyo, tu herencia? Y él ya se cree que es suyo.
¿Te lo había mencionado antes de venir?
Silencio.
No susurró Carlota. Me dijo que era una sorpresa para todos. Que era una solución genial.
Menuda sorpresa. Decide por ti y por mí, sin preguntar.
¿Sabes con quién te vas a casar? ¡Es un interesado!
Hoy el piso, mañana que tu coche es pequeño, pronto querrá que tus padres le dejen la casa del pueblo porque necesita aire puro.
No digas eso… dijo Carlota, casi sin voz. Me quiere.
Si te quisiera no organizaría estos follones. Nos ha puesto en contra adrede.
Inés sigue alterada. ¿No ves que quería rompernos?
Hablaré con él titubeó Carlota.
Hazlo. Y piénsatelo mucho antes de ir al juzgado.
Sergio colgó y tiró el móvil al sofá.
¿Y bien? Inés preguntó quedo.
Dice que no sabía nada. Rubén preparó su sorpresa.
Inés sonrió amarga.
Qué típico. El rey del mundo que pone muebles y vidas donde le parece. Qué asco.
Tranquila Sergio rodeó a su esposa con el brazo. El piso no lo perdemos, eso está claro.
Pero a mi hermana la van a hacer sufrir.
***
Por fortuna, las peores sospechas no se cumplieron: la boda nunca llegó a celebrarse.
Rubén dejó a Carlota esa misma noche. Carlota, destrozada, volvió al piso de su hermano y les contó lo sucedido.
Rubén fue y empezó a recoger sus cosas. Cuando Carlota, angustiada, le preguntó qué pasaba, Rubén contestó que no pensaba emparentar con gente tan tacaña.
Dice que no necesita familia así lloraba Carlota. Que no puede contar con vosotros.
Y que tampoco vais a cuidar de futuros niños los fines de semana ni prestarnos dinero si lo necesitamos.
Pero bueno, ¿qué más da, Carlota? se quejó Inés. Si no merece la pena.
No es de fiar, sólo mira por sí mismo. Olvídalo.
Carlota lo pasó mal unos meses, pero luego fue saliendo adelante.
La verdad vino después. ¿Cómo no había visto antes el verdadero carácter de su prometido?
Si se hubiera casado, habría sufrido toda la vida. El destino la protegió, sin duda.
A veces, la vida nos pone frente a situaciones difíciles sólo para enseñarnos a valorar a quien de verdad mira por nosotros y a no dejar que nadie decida por nosotros nuestro propio hogar o felicidad.




