Nos quedaremos en tu casa una temporada, porque no tenemos dinero para alquilar un piso propio me dijo mi amiga.
Soy un hombre activo, a pesar de mis 65 años. Me las arreglo para recorrer distintos lugares y conocer personas de lo más interesante. Siento una mezcla de alegría y nostalgia al recordar mi juventud. ¡En aquellos tiempos uno podía pasar las vacaciones donde quisiera! Se podía ir a la costa, hacer una acampada con amigos o lanzarse a recorrer cualquier río en barco. Y todo eso costaba muy poco dinero.
Pero todo eso ya es cosa del pasado.
Siempre he disfrutado relacionándome con la gente. Hacía amistades en la playa, en el teatro. Con muchos conocidos mantuve amistad durante años.
Un verano conocí a una mujer llamada Inés. Coincidimos en un hostal en Santander durante las vacaciones y nos despedimos como buenas amigas. Pasaron varios años, y de vez en cuando nos mandábamos cartas y felicitaciones por Navidad. Hasta que un día recibí un telegrama. Venía sin firmar. Sólo decía: El tren llega a las tres de la madrugada. Espérame en la estación.
No entendía quién podría haberlo enviado. Por supuesto, mi mujer y yo no fuimos a ninguna estación. Pero a las cuatro de la mañana alguien llamó a nuestra puerta. Abrí, y me quedé completamente paralizado. En el umbral estaba Inés, con dos chicas adolescentes, una señora mayor y un hombre. Llevaban un montón de maletas y bultos. Mi mujer y yo nos miramos sin saber qué decir, pero acabamos dejándolos pasar. Entonces Inés me preguntó:
¿Por qué no viniste a recogerme? ¡Te mandé un telegrama! Además, el taxi cuesta dinero.
Perdona, pero es que no sabía quién lo enviaba.
Bueno, tenía tu dirección. Aquí estoy.
Yo pensaba que solo íbamos a escribirnos cartas, como hasta ahora.
Entonces Inés me explicó que una de las muchachas acababa de graduarse del instituto ese año y que había decidido estudiar en la universidad. El resto de la familia vino para apoyarla.
¡Nos quedaremos en tu casa! No tenemos un euro para alquilar. ¡Y vivís a un paso del centro!
Me quedé de piedra. No éramos ni familia. ¿Por qué teníamos que permitirles quedarse? Además había que darles de comer tres veces al día. Traían algo de comida, pero ni cocinaban ni ayudaban. Yo tenía que encargarme de todo.
Aquello me superó y, al tercer día, pedí educadamente a Inés y a los suyos que se marcharan. Me daba igual adónde fuesen. Montaron un escándalo terrible. Inés empezó a romper platos y a gritar como una loca.
Su comportamiento me dejó completamente atónito. Finalmente se fueron. Aún así, se las ingeniaron para llevarse mi albornoz, varias toallas y, no sé cómo, desapareció hasta mi cazuela grande con la col dentro. No tengo ni idea de cómo lo hicieron, pero la cacerola se esfumó.
Así acabó nuestra amistad. ¡Gracias a Dios! No he vuelto a saber de ella ni la he visto jamás. Ahora, sin duda, soy mucho más cauto al abrir la puerta y al relacionarme con la gente. De todo se aprende, aunque sea a base de disgustos.






