¡Nos quedamos un tiempo en tu casa porque no tenemos dinero para alquilar un piso! me dijo mi amiga.
Hoy me siento especialmente reflexiva. Aunque tengo ya 65 años, mi energía no ha decaído. Me encanta recorrer rincones de España y conocer gente interesante. Echo de menos aquellos tiempos juveniles en los que, con muy poco dinero, podías ir de vacaciones donde te apeteciera. Ir a la playa de Valencia, hacer una acampada en la sierra con amigas y amigos, o embarcarte en un viaje por el Guadalquivir, todo era posible, y sin grandes gastos en euros.
Pero esa época quedó atrás. Siempre he disfrutado conociendo personas distintas; en la playa de San Sebastián, en el Teatro Real de Madrid muchas de aquellas amistades perduraron durante años.
Recuerdo perfectamente el día en que conocí a Sara. Compartimos alojamiento en una pensión de Bilbao un verano, y nos despedimos siendo amigas. El tiempo pasó. A veces nos escribíamos cartas.
Hasta que un día recibí un telegrama, sin firma. Sólo decía: El tren llega a las tres de la madrugada. ¡Ven a recibirme!
Me resultó extraño, no sabía quién podía enviarlo. Por supuesto, mi marido y yo no fuimos a la estación. Pero a las cuatro de la mañana, alguien llamó a la puerta. Abrí y me quedé paralizada de sorpresa: allí estaba Sara, con dos chicas adolescentes, su abuela y un hombre. Traían montones de maletas. Mi marido también se quedó perplejo, pero los dejamos entrar.
Sara me preguntó:
¿Por qué no viniste a recibirme? ¡Te mandé el telegrama! Además, cuesta dinero.
Perdón, pero no sabíamos que eras tú quien lo enviaba.
Bueno, tú me diste tu dirección, ¿no? Aquí estoy.
Pensé que sólo nos escribiríamos cartas, nada más.
Luego me contó que una de las chicas había acabado el bachillerato y quería entrar en la universidad. El resto de la familia venía a apoyarla.
Nos vamos a quedar contigo. No tenemos dinero para alquilar un piso ni para el hotel.
Jamás imaginé algo así. Ni siquiera somos familia, ¿por qué tenía que aceptar que vivieran conmigo? Además, hubo que darles de comer tres veces al día. Trajeron algo de comida, pero nunca cocinaban. Simplemente se servían de todo lo mío. Yo acabé haciéndoles de criada.
No pude resistir más, así que al cabo de tres días les pedí que se fueran. Ni me importaba adónde.
Se montó un lío descomunal. Sara empezó a romper platos y a gritar como si estuviera en una escena de drama.
Me quedé atónita con su actitud. Finalmente, recogieron sus cosas. Para colmo, se llevaron mi albornoz, varios toallas y, no sé cómo, ¡hasta una cazuela grande! Todavía no entiendo cómo la pudieron sacar sin que me enterara La cazuela desapareció sin dejar rastro.
Así terminó mi amistad con Sara. Menos mal. No volví a saber de ella ni verla por ninguna parte. ¡Qué descaro puede tener la gente!
Ahora, reconozco que soy mucho más cauta al abrirme a nuevas personas.







