¡Nos vamos a quedar contigo un tiempo, porque no tenemos euros para alquilar nuestro propio piso! me soltó mi amiga con voz temblorosa, rompiendo el breve silencio de la tarde en mi salón.
Soy una mujer llena de vida. A pesar de mis 65 años, aún recorro muchos rincones de España y disfruto encontrando personas tan singulares como maravillosas. Recuerdo con una mezcla de alegría y melancolía los veranos de mi juventud, cuando uno podía irse de vacaciones a donde le apeteciera sin pensar demasiado en el bolsillo. Bastaba con coger una maleta y el tren: unas veces a la Costa Brava, otras a hacer vivac en la sierra con la pandilla, o incluso navegar por el Guadalquivir. Todo era posible por unas pocas pesetas.
Pero aquellos días ya se han ido.
Siempre he sido curiosa y abierta al mundo. Me encantaba conocer a gente en la playa o en el teatro, y con muchos de los que coincidía, acababa forjando amistades que duraban años.
Fue así como, en uno de aquellos veranos en un hostal de Málaga, conocí a Carmen. Conectamos enseguida y nos despedimos prometiendo seguir en contacto. Durante años nos escribimos de tanto en tanto, felicitándonos en Navidad o contándonos algún detalle de la vida. Hasta que, desde la nada, recibí un telegrama. No llevaba ni firma; solo decía: A las tres de la madrugada llega mi tren. ¡Espérame en la estación!.
No tenía ni idea de quién podría ser, así que mi marido y yo no hicimos nada. Sin embargo, a las cuatro de la mañana llamaron a la puerta. Abrí sin apenas aliento, y allí estaba Carmen, junto a dos chicas adolescentes, una señora mayor su madre y un hombre que no conocía. Tenían tantísimas maletas que apenas cabían en el rellano. Mi marido y yo, boquiabiertos, apenas reaccionamos, pero les dejamos pasar.
Entonces Carmen me espetó:
¿Por qué no viniste a buscarnos? ¡Te mandé un telegrama! Encima, ¡la carrera en taxi ha costado un dineral!
¡Lo siento, Carmen! Pero no sabía quién lo enviaba y…
Bah, da igual. Tenía tu dirección; aquí estoy.
Pensé que solo nos escribiríamos cartas, nada más
Al poco, Carmen me explicó que una de las chicas acababa de terminar el Bachillerato y venían a Madrid para que comenzara la universidad. Toda su familia la acompañaba para animarla.
Nos instalaremos en tu casa, ¿vale? dijo con naturalidad No tenemos ni un euro para alquilar nada. Además, vuestro piso está a tiro de piedra del centro.
Me quedé de piedra. ¿Por qué debía yo acogerlos si ni siquiera éramos familia? Durante días, tuve que preparar comidas para todos, servirles el desayuno, la comida y la cena. Traían alguna compra, pero no cocinaban, ni ponían la mesa, ni ayudaban en nada.
A la tercera jornada, no pude más. Les pedí a Carmen y a los suyos que se marcharan, sin importarme adónde fueran. Aquello derivó en un drama monumental: Carmen rompió platos en la cocina y empezó a gritar entre lágrimas y reproches.
Estaba tan horrorizada que no podía ni hablar. Finalmente, se largaron. Días más tarde, me di cuenta de que, además de mi albornoz y varias toallas, hasta se habían llevado mi olla grande, que aún estaba llena de cocido madrileño. No entiendo cómo, pero aquello desapareció para siempre.
Así terminó nuestra amistad. Y, gracias a Dios, nunca más he vuelto a saber de ella. Ahora, cuando conozco a alguien, me lo pienso dos veces antes de abrir mi puerta.







