Te tengo que contar algo muy bonito que nos pasó hace poco. Resulta que adoptamos a un perro mayor del refugio de Madrid, y en los papeles, con sello grande, ponía: “CUIDADOS PALIATIVOS”.
La idea era darle un hogar tranquilo donde pudiera irse en paz. Eso decía, así, sin rodeos, la documentación del refugio. Por teléfono fueron igual de directos:
Es un perro mayor. Solo necesita gente a su lado y mucho cariño.
Con Carmen, mi mujer, ni nos lo tuvimos que pensar.
El piso estaba más vacío de la cuenta.
Nos sobraba tiempo y espacio.
Y ese silencio en casa hacía demasiado.
El perro se llamaba Fermín.
Quince años. Un golden de carita blanquecina, como si le hubieran espolvoreado harina.
Los ojos opacos, la manera de andar un poco rígida, las caderas vencidas por el cansancio.
En la ficha del refugio, otra vez: “CUIDADOS PALIATIVOS”.
Había acabado allí porque, según sus antiguos dueños, estaba “aletargado” y “apenas se levantaba ya”.
Palabras limpias, pero frías como si hablasen de una tostadora estropeada.
Carmen y yo lo preparamos todo pensando que llegarían días de despedida pronto.
Alfombramos el suelo para que no resbalase en el mármol, le pusimos un colchón bajito y mullido.
Por las noches, luces suaves, nada de tele.
Hasta el café lo hacía en silencio, por no asustarle con el ruido.
Queríamos regalarle un rincón cálido y calmado,
un final tranquilo,
el tiempo que hiciera falta.
Pero Fermín no tenía pensado rendirse tan pronto.
La primera semana apenas abrió ojo.
Dormía como quien, por fin, siente que no tiene que estar alerta.
De vez en cuando, levantaba un párpado para comprobar que seguíamos cerca, y volvía a otro sueño profundo.
Como diciendo: “No me muevo mucho, pero os veo”.
La segunda semana algo cambió.
Un día me siguió, poco a poco, hasta la cocina.
Dos pasitos, pausa.
Otros dos, pausa.
Y cuando cogí el cuenco de la comida, el rabo, muy tímido, empezó a moverse.
No como los cachorros.
Era algo verdadero.
Ahí entendió que esto no era un apaño.
Que esto era su casa.
La tercera semana resurgió el Fermín de antes.
En el rincón del salón, entre juguetes viejos de los niños, encontró un erizo de peluche, medio roto, con una oreja desgarrada.
No era nuevo ni bonito.
Pero él lo cogió con esa boca suave de golden, con cuidado infinito,
y desde ahí no lo soltó más.
En ese momento, el perro que esperaba el final se esfumó.
El que apenas se levantaba empezó a pasear. Lento, sí,
pero a pasear.
Recorría el pasillo con el erizo en la boca y el rabo golpeando puertas,
como si acabara de ganar un trofeo en las fiestas del pueblo.
El que dormía demasiado ahora nos despertaba a las seis.
Hocico húmedo en la mano, erizo de peluche entre dientes,
sin ladrar, sin pedir nada.
Solo:
“Aquí estoy. Tengo hambre. Y, oye me apetece vivir otro día”.
Por la tarde se acurrucaba en el colchón, con el erizo bajo el mentón.
Y si yo me levantaba, abría un ojo.
No por miedo.
Solo por saber que seguíamos ahí.
Y ahí entendí la verdad más sencilla y dolorosa.
A Fermín no lo mataba la edad.
A Fermín lo agotó que lo abandonaran.
Se cansó del frío del suelo.
Se cansó de llamar y no ser oído.
De sentirse carga.
A veces los perros dejan de levantarse, no porque no puedan,
sino porque han dejado de tener un porqué.
Hoy Fermín sigue teniendo sus quince años.
Y “está bien” en ese sentido tan grandote y cómico en que los mayores deciden volver a permitirse vivir.
Robando comida de la mesa con maña,
pegándose carreritas en la terraza: dos vueltas lentas y para él es como la maratón de San Sebastián.
Y el erizo, mugriento y remendado, va siempre con él.
Se suponía que seríamos solo los que lo acompañasen en su último tramo.
Un paréntesis amable.
Y lo hicimos fatal porque al final le dimos algo mucho mejor:
una razón para quedarse.
Y sin decir ni una palabra, Fermín nos mostró esto:
a veces, lo importante del amor no es darle a alguien un final más llevadero.
A veces, el amor es lo que enciende un comienzo nuevo. Por las noches, cuando apago la luz y siento su respiración pausada a los pies de la cama, me doy cuenta de que no somos nosotros quienes le salvamos; fue Fermín quien nos devolvió un trocito de esperanza y ternura que tampoco sabíamos que nos hacía falta.
Así que cada día, mientras le rasco la cabeza y él aprieta ese erizo ya más zurcido que relleno, me prometo no contar nunca los días que le quedan, sino coleccionar los que ha decidido vivir. Y aunque a veces noto el peso de los últimos inviernos en su espalda y en el temblor de sus patas, también descubro en sus ojos una alegría secreta y testaruda, la certeza serena de un perro que, contra todo pronóstico, eligió quedarse.
Ayer, en la puerta del portal, una niña se acercó y le acarició con las dos manos. Le preguntó:
¿Cuántos años tiene?
Y yo, mirándole, respondí:
Los que él quiera vivir.
Y Fermín, sabiéndose en casa, giró la cabeza, sonrió con su hocico húmedo y siguió adelante, como si el futuro solo fuese otro paseo más, con su erizo, con nosotros, con todo el tiempo del mundo.




