Nos mandaron a una residencia
¡Eso ni se te ocurra, Martina! ¡Ni lo nombres! Carmen Pérez apretó la dentadura y apartó con desdén el cuenco de gachas de avena. ¿Mandarme tú a una residencia? ¿A un asilo, vamos?
¡Allí a saber qué me pincharán, si me sofocarán con una almohada para que no arme escándalo!
¡Eso no lo vais a ver nunca!
Martina inspiró hondo, evitando mirar las manos temblorosas de su abuela.
Abu, que no tiene nada que ver. Es una residencia privada, en la sierra. Está cerca del bosque, hay enfermeras día y noche.
Allí tendrás gente con quien hablar y una tele gigante.
Aquí pasas los días sola cuando papá está trabajando.
Ya te conozco yo esas amistades, refunfuñó la anciana, acomodándose entre los cojines. Me sacarán hasta la última perra, se quedarán con mi piso y a mí me tiran a una cuneta.
Dile bien clarito a tu padre: de aquí no me sacan con vida. Que me cuide él, que para eso es mi hijo. ¿O qué, para criarle pasé yo noches sin pegar ojo cuando le dio la paperas? ¡Ahora le toca!
Papá se deja la espalda en dos trabajos para poder pagarte los medicamentos. ¡Tiene ya cincuenta y tres años, la tensión por las nubes, no sale ni al cine en tres años, ni vacaciones ni nada!
Bah, atajó Carmen Pérez cerrando la boca y poniendo cara de esfinge. Aún es joven, que aguante.
Y tú no se lo digas, que las gallinas no enseñan a las gallinas. Anda, limpia ese porridge que lo has tirado todo. ¡Si da gusto ver el arte limpiando, hija!
Martina salió al pasillo y resopló. ¿Pero cómo se hablaba con ella?
Su padre entró a las siete, derrengado. Ni se quitó los zapatos, se sentó en el puf del recibidor y se quedó mirando al infinito.
¿Papá, todo bien? Martina fue a su encuentro y le cogió la bolsa con la compra.
Bien, hija, bien… Es que hay atasco en el almacén, se acerca el cierre de año. ¿Cómo está la abuela?
Como siempre. Otro numerito por la residencia. Dice que queremos enterrarla viva.
Papá, así no se puede. He mirado las cuentas: nos quedan trescientos euros para comida este mes.
Y yo tengo que pagar la residencia de estudiantes y comprar manuales
Ya veremos… Pablo suspiró quitándose los zapatos. He cogido una chapuza de noches en seguridad, un día sí y otro no.
¿Pero tú estás mal de la cabeza? ¿Cuándo vas a dormir? ¡A este paso te desmayas en cualquier lado!
Pablo no contestó. Fue a la cocina, puso agua en el cazo y se acercó a la habitación.
¿Ha comido?
La mitad acabó en la cama, pero cambié las sábanas.
Bueno. Tú ve a estudiar, que tienes exámenes, yo me encargo.
Martina vio a su padre tambaleándose de cansancio camino a la habitación de la abuela. Le dio una pena horrible. Aquel hombre fuerte y bromista de antes era ahora solo una sombra.
Ya no contaba chistes ni mostraba interés por nada.
***
Una semana después, todo fue a peor. Volvió aún más tarde y venía tambaleándose.
¿Papá? ¿Te pasa algo?
Nada, hija. Solo que en el metro me he mareado. Demasiado bochorno.
Siéntate. Te tomo la tensión.
El aparato marcaba 180/110. Martina, sin decir nada, sacó las pastillas.
Mañana no vas a ningún sitio. Llamo al médico.
No puede ser, protestó su padre con una mueca. Mañana vienen de inspección. Si falto, me quitan el plus, y ya nos han subido el IBI del piso de la abuela.
¡Véndelo ya, papá! susurró Martina intentando que la abuela no oyera. Vende ese piso en Cuenca, son sesenta mil euros. Pagamos deudas y contratas a una cuidadora en condiciones.
Pablo suspiró:
La abuela no quiere firmar…
¡Si lleva sin pisarlo cinco años! Si apenas puede andar, ¿para qué lo quiere?
Pero no dio tiempo a decir mucho más porque Carmen Pérez empezó a dar golpes con la taza en su mesilla, reclamando atención.
¡Pablo! ¿Con quién cuchicheáis? ¿Otra vez hablando de mí a mis espaldas?
El padre de Martina tragó la pastilla y fue con resignación.
***
Hace unos años, Pablo tenía novia. Elena, tranquila y simpática, traía empanada y pasaban los fines de semana en un balneario cerca de Segovia.
Se acabó el día que la abuela se encamó. Elena quería ayudar, pero la anciana le hizo la vida imposible.
¡Vaya, se acerca ahora a recoger los restos! ¡A robar a mi hijo! gritaba, organizando cada show cuando Pablo iba a salir. ¡Fuera de mi casa!
Elena se fue de la relación, y Pablo ni intentó recuperarla.
Una tarde, mientras Martina estudiaba, sonó el fijo. Su padre aún no había llegado.
¿Diga?
¿El señor Pablo Álvarez? preguntó una voz de hombre.
No, soy su hija. ¿Quién llama?
Mi hija, soy del departamento de personal. Esta mañana su padre se desmayó en la reunión. Llamamos al Samur y se lo han llevado a La Paz. Apunta la dirección, por favor.
Martina apuntó los datos en una hoja, aterrorizada. No había colgado cuando la abuela volvió a llamar.
Martina, ¿quién era? ¿Dónde está Pablo? Que venga ya, que quiero una tila.
Martina entró en la habitación. Carmen estaba rodeada de almohadas, mohína de ceño.
Papá está en el hospital soltó Martina, parca.
¿Hospital? Carmen Pérez se quedó quieta una milésima, para luego sentenciar: Eso es por el disgusto que me dais. Gritó ayer y mira, Dios le castiga.
Nadie me cuida, todo para mí. ¡Pon el hervidor ahora!
Martina hizo mutis.
***
Tres días tirando de hospital y de cuidar a Carmen.
A Pablo le detectaron una crisis hipertensiva y agotamiento.
No debía levantarse ni ir a trabajar.
¿Cómo está mamá? preguntó en cuanto vio entrar a su hija.
Bien, papá. Charo la vecina viene a mirar. Ahora preocúpate por ti. Dos semanas aquí, por lo menos.
Dos semanas Me echan… El dinero…
Duerme Martina le tapó hasta los hombros. Yo lo arreglo, lo prometo.
Al cuarto día, al llegar a casa, Carmen la recibió a base de bufidos.
¿Dónde te metes? Aquí me consumo, Pablo toma el sol en el hospital y yo como una foca varada.
Martina, con los puños cerrados, intentó no perder la calma.
Mira, abuela. Escucha bien: papá está fatal, le puede dar un ictus si se vuelve a poner así.
¡Paparruchas! bufó la anciana. Él es fuerte, como su padre. Venga, cámbiame de lado, que tengo el hueso dormido.
No pienso moverte ni darte de comer.
Carmen Pérez se quedó tiesa.
¿Pero qué estás diciendo? ¿Te has trastornado?
No hay dinero, abuela. Nada de nada. Papá está sin trabajo, sin plus, su pensión ni para los pañales te llega.
Mentira. Pablo seguro que tiene escondido algo.
Ni un euro. Todo se fue en tus análisis este mes. O firmas para vender el piso de Cuenca o mañana llamo al asistente social y te vas a una residencia pública. Gratis, eso sí.
¡No te atreverás! aulló la abuela. ¡Soy su madre! ¡Aquí la jefa soy yo!
¿Jefa de qué? Nos estás matando a los dos. Te da igual si papá sale del hospital o no. Con tal de tener colchón blandito y comida caliente
Hoy he llamado a la residencia de la Sierra. Quedó una plaza libre, vendiendo el piso se paga todo a cuerpo de reina. Mira qué bien.
¡No pienso ir! tosiendo, casi ofendida.
Pues pasa hambre. No hay para más. Mañana me voy a trabajar, vuelvo tarde. Ahí tienes agua en la mesilla. Medítalo.
Martina salió y cerró la puerta. Le temblaba el cuerpo. No era cruel, pero ahora se daba cuenta: O cortaba esto o perdía a su padre.
La abuela… sobreviviría a todos si la dejábamos seguir chupando la energía.
Noche en silencio. Martina no entró en la habitación, aunque la oyó llamar, gimotear y soltar maldiciones. Solo apareció por la mañana.
Dame agua… graznó la anciana.
Martina le acercó el vaso.
¿Entonces? ¿Firmas? El notario viene a las doce.
Sinvergüenzas… susurró Carmen, sin pasión ya. Me lo vais a quitar todo… Bueno. Trae los papeles.
Pero dile a Pablo… Dile que venga a verme.
Vendrá, en cuanto pueda andar. Yo vendré mucho también. Lo prometo.
***
Pablo estaba sentado en el banco bajo los robles del jardín de la residencia. Tonificado, había engordado un poco y tenía hasta buen color.
A su lado estaba su madre, impecable, con un pañuelo nuevo, mordisqueando una manzana.
¿Pablo? le llamó. ¿Te has reconciliado ya con Elena? ¿Ella va a venir?
Pablo la miró sorprendido.
Sí, hablamos ayer. Viene el sábado, lo prometió.
Me parece bien la anciana giró la cabeza hacia un macizo de flores. Aquí las enfermeras hay una, Lenita, refunfuñona. Todo el día con tirones. Mejor que venga tu Elena, para que vea cómo me tratan.
Y tú, Pablo, ¡ni se te ocurra enfadarla! No está bien que un hombre deje a una mujer llorando. Mira tu padre…
Pablo sonrió y le cogió la mano. Por el paseo venía Martina, agitando el brazo y con una sonrisa enorme.
¡Papá! ¡Abuela! gritó sin freno. ¡Me han dado una beca y en el curro me han subido el sueldo!
Pablo se levantó y extendió los brazos. Carmen Pérez observaba entornada de ojos.
Aún pensaba que la habían echado injustamente de su casa, pero ya no decía nada en voz alta.
Al acercarse la cuidadora y ofrecerle un masaje, la abuela hizo un gesto solemne.
Vamos allá, hija. Eso sí, cuidadito, que una ya tiene los huesos de cristal. El último día casi me desencajan la pierna
Dile al fisio que tenga más arte, anda. Que parece un toro, ¡por Dios!
La enfermera se la llevó, Martina abrazó a su padre, y ambos miraron los pinos de la sierra un buen rato.
Por primera vez en mucho tiempo, los tres eran realmente felices.
***
A Carmen Pérez le dio tiempo a ver a su bisnieto Martina terminó la carrera, se casó con un hombre estupendo y tuvo un niño.
Pablo volvió con Elena, que ya era una más de la familia. Carmen, en sus últimos años, se reconcilió y hasta se ganó el cariño mutuo con su nuera Elena olvidó las perrerías de la suegra.
La abuela se fue tranquila, en su cama, sin rencor ni con la nieta ni con su hijo.







