Nora no me deja ver a mi nieto si no llevo dinero, y mi hijo no le dice nada

Mi hijo no está divorciado, vive con su novia, pero no pinta absolutamente nada. Cada vez que visito su casa, mi nuera me hace prometer cuántos euros le voy a llevar; si no, ni siquiera me deja ver a mi nieto.

Se casaron hace dos años en una notaría de Salamanca. Nunca me cayó bien esta chica, desde que la conocí en una terraza de la Plaza Mayor. Tenía un brillo en los ojos extrañísimo, como de querer todo, y las manos siempre ansiaban más. Apenas pusieron el sello en su libro de familia, empezó a decir que mis tres habitaciones debían ser redistribuidas: la mitad para ellos, porquedecíano era justo que siendo su hijo un hombre hecho y derecho, no tuviera un piso en propiedad.

Tuvimos nuestra gran discusión en el portal damp de mi edificio, con algún vecino escuchando detrás de su puerta, porque yo también tengo una hija; ¿por qué demonios iba a deshacerme del piso por la ambición de mi nuera? Mis hijos ya tienen una buena educación, ya les di el empujón que necesitaban, lo demás que lo consigan con su propio ingenio, porque a mí y a su padre nunca nos regalaron nada.

Mi hija aún sigue soltera, trabaja en una sucursal de Correos y está pagando una hipoteca. Durante un tiempo vivió conmigo en la Avenida de los Reyes Católicos, mientras alquilaba su propio piso para hacer el pago más llevadero, pero ahora reside sola. Sin embargo, mi hijo es distinto. Es un bendito, lo acepta todo sin rechistar, sólo escucha a su mujer y agacha la cabeza. Ni quiere vivir conmigo, ni tiene ambición de comprarse un piso propio: No es asunto de reyes tener hogar propio, decía su mujer, con un tonito de burla.

A mí tampoco me apetecía compartir el piso de la Calle Fuencisla, pero lo hubiese hecho, sólo para que ahorrasen para la entrada de una vivienda. No pienso ni vender ni regalar lo mío. Cuando yo falte, ya se apañarán los hijos con el piso dividido, y que ellos se busquen la vida.

Todo esto se lo dije bien claro a mi nuera, sin cortarme ni un pelo. ¿Qué se había creído? Me dice: Madre, ¿no se le hace grande vivir sola en un piso de tres habitaciones? ¿Eso está bien? Le pedí a mi hijo que la pusiera en su sitio, pero él sólo murmuró algo incomprensible, como un pez.

No sé de dónde ha salido mi hijo. En mi familia todos somos de carácter fuerte, hasta mi hermana lo es, pero él parece un lobo marino domesticado. Me pregunto hasta cómo consiguió casarse. Tal vez fue mi nuera quien tenía muchas prisas y lo eligió por ser fácil de manejar.

Desde ese episodio en el piso, mi nuera y yo casi no nos cruzamos ni una palabra. A veces mi hijo llamaba, pero nunca aparecía por casa; supongo que su mujer se lo prohibía. Me enteré por teléfono de que iba a ser abuela. Me hizo ilusión, era mi primer nieto. Intenté acercar posturas, llevé un regalo y una tarta de yema, pero ella se descolgó con que su hijo nacería como un vagabundo, en casa de otros, y volvió a sacar el tema del piso.

No hubo reconciliación posible. No me peleé con una embarazada, simplemente di media vuelta y me fui. Si una persona es obtusa, lo es para siempre, pensé. No quise volver a saber de ella en todo el embarazo. Además, ni siquiera estaba con fuerzas: tuve que ir de médico en médico, mi salud estaba fatal. Ni en el hospital me avisaron de que el niño ya había nacido; me enteré una semana más tarde, porque mi hijo se dignó a llamar.

Me invitó a conocer al bebé; durante la llamada, ya saltó mi nuera, que no hacía falta llevar regalos sino dinero. No discutí: un nieto no nace todos los días. Fui al banco y llevé mi pequeña reserva, diez mil euros, y me presenté allí en la fecha convenida.

Mi nuera abrió el sobre nada más llegar, puso una mueca de desprecio; al parecer, para ella, diez mil euros no son nada. No dijo nada en voz alta, pero se le notaba que no estaba contenta. Pude ver a mi nieto: una preciosidad con la nariz igualita que la de su padre. Poco después me marché a casa. No me invitaron otra vez. Y yo tampoco insistí; al final, tener un hijo en casa te cambia la rutina.

Pero pasados tres meses entendí que no me iban a llamar nunca más, así que llamé a mi hijo y le pedí que vinieran a verme.

Me fui al supermercado, compré algo bonito para el niño y otra tarta, todo listo para merendar. Cuando llegué, mi nuera me recibió en la puerta, aceptando los regalos, pero con un ceño fruncido.

Verá, la última vez pensaba que había quedado claro. No queremos sus regalitos, sino dinero, para el niño me soltó de golpe.

¿Así que cada vez que quiera ver a mi nieto tengo que llevar un sobre? pregunté atónita.

¿Qué pretende? Por su culpa vivimos de alquiler, mi marido trabaja solo. Ustedes nunca han hecho nada por su nieto, así que al menos denle dinero para mantenerlo.

Me sentí apretada por la rabia, como si una mano me estrangulara. Y mi hijo, escuchando aquellas sandeces, no dijo ni mu; sólo se quedó arrullando al niño y parpadeando como si no entendiera nada.

Dí media vuelta y salí de allí. No iba a arrodillarme ante una avariciosa. No pienso comprar el derecho de ver a mi nieto.

Ha pasado casi un año sin cruzar palabra. Ellos no llaman, yo tampoco. Pero la semana pasada, por sorpresa, mi hijo llamó: era el cumpleaños del niño; podía ir, pero que no olvidase el regalo. Mi nuera cogió el teléfono al segundo y vociferó la cantidad que quería de regalo; era mi sueldo entero de funcionaria.

No fui, porque simplemente no tenía ese dinero. Tengo que asumir que ya no tengo ni hijo ni nieto. Si mi hijo realmente tuviera carácter, no dejaría que su mujer me chantajeara. Que se cocinen en su propio nido de avaricia. No voy a pagar jamás por ver a mi propio nieto.

Ahora pienso qué hacer con el piso, para que cuando yo no esté, ni mi hijo blando ni su señora avariciosa puedan pillar ni una esquina.

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Nora no me deja ver a mi nieto si no llevo dinero, y mi hijo no le dice nada