Nora ha venido a visitar a su suegra en el trabajo y le ha pedido dinero para poder vivir

Hace ya muchos años, recuerdo a Dolores, una mujer de ideas modernas o, al menos, con ansias de modernidad. Siempre vestía con elegancia, gracias a un buen puesto de trabajo donde sus jefes la valoraban enormemente. Dolores tenía dos hijos ya adultos: el mayor rondaba los treinta y ocho años y el pequeño sobre unos treinta. Además, le brindó la vida dos nueras.

Ella solía comentar que sus nueras eran tan distintas entre sí como lo eran sus hijos. Siempre decía que era lo más natural del mundo. La nuera mayor, Catalina, era una muchacha nacida en un pequeño pueblo de la provincia. Dolores nunca había creído demasiado en los tópicos sobre las chicas de campo y de ciudad, aunque Catalina parecía, para ser justos, encarnar todos aquellos estereotipos rurales.

Dolores, por prudencia, jamás se inmiscuía en los asuntos familiares de sus hijos y, por eso, apenas sabía nada de cómo vivían con sus esposas. De la vida del mayor solo sabía que Catalina se casó con él tras quedarse embarazada, y el niño mayor nació a los cinco meses de la boda. Catalina trataba a su marido como una especie de obligación cotidiana.

Catalina, además, parecía una persona complicada, poco accesible. Solía llamar a Dolores únicamente cuando tenía algún problema con su esposo, pues le gustaba más que a nadie lamentarse y quejarse. Tampoco tenía amigos, porque entablar conversación con ella era labor de titanes.

La nuera joven, Inés, era completamente distinta. Tras su boda, se acercó mucho a Dolores y solían conversar con gusto. Al poco tiempo, la suegra consiguió para Inés una plaza en su propia oficina. Los colegas sólo tenían palabras de elogio para ella; decían que era trabajadora y agradable. Inés apenas tenía un puñado de amigos íntimos con quienes quedaba de vez en cuando.

Una nube cubría el cielo aquella mañana en que Catalina llegó al despacho de Dolores. Ella ya sabía que las cosas no marchaban bien en el matrimonio de su hijo mayor, pero nunca había intervenido en sus asuntos. Aquella vez, Catalina venía acompañada por su hermana y ambas irrumpieron ante Dolores:

Mira, Dolores, esto ya no lo aguanto más. ¡No puedo seguir así! He decidido dejar a tu hijo y buscarme un piso de alquiler en Madrid, voy a dejarle para que aprenda de una vez.
Buenos días, Catalina. Sabes que prefiero no meterme en vuestras cuestiones. Dime, ¿dónde quieres alquilar el piso y cómo vais a hacer para que los niños vayan al colegio?

Buscaré algo en el centro replicó.
Pero Catalina, ¿cómo piensas pagar la renta? En el centro los pisos son carísimos.

De eso quiero hablar contigo. Como abuela, es tu deber ayudarme, ¡me lo debes!
Catalina, no tengo tanto dinero. Si de verdad lo necesitas, espera a esta noche. Sacaré algo del banco y te daré lo que te haga falta. No creía que estuvieras tan apurada.

Catalina, mejor vámonos dijo la hermana tirando de su brazo. Sabe que una madre siempre va a apoyar a su hijo.

Justo cuando estaban por marcharse, divisaron a Inés asomada asustada tras la puerta.
¿Qué miras tú? Verás, seguro que te pasa lo mismo. También te dará la misma respuesta. Si necesitas algo, ni ella te va ayudar.

Inés se sobresaltó ante el tono de las dos hermanas. Miró a Dolores interrogante y la suegra simplemente contestó:
No te preocupes, hija. Esta noche le paso el dinero, si tanto le hace falta. No puede llevar a los niños a la guardería sola. Son solo pesetas y, en fin, que no te cuenten cuentos…

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Nora ha venido a visitar a su suegra en el trabajo y le ha pedido dinero para poder vivir