Noche madrileña, mujer, gato y frigorífico

Noche, mujer, gato y frigorífico

¡No me mires así!

Catalina fulminó al gato con una mirada tan seria que ni en una telenovela de sobremesa. Incluso alzó la ceja, a pesar de que su madre siempre le regañaba por ese gesto. Decía que las cejas pobladas y casi unidas de Catalina Alejandra daban demasiado miedo cuando era niña. Las cejas eran cien por cien herencia de su padre; ella hubiese preferido tener las de su madre, finas como el hilo y nada amenazantes.

Por supuesto, Catalina hace años que domó sus cejas, y edad no le faltaba ya. El gato lo sabía perfectamente, así que no le hizo el menor caso a su fachada intimidatoria. Estaba plantado en el alfeizar, observando a su dueña con desprecio y asombro, ora brillando con ese ojo verde de misterio y novela negra, cuando el resplandor del pequeño flexo del pasillo se colaba algo hasta la cocina. La puerta, entreabierta por Catalina para fingir cierta libertad de movimiento, dormía el sueño del justiciero: de vez en cuando el aire la golpeaba levemente, pero no se cerraba jamás, negándose a aislar por completo a Catalina en el mundo paralelo del frigorífico…

Catalina se reacomodó en el suelo, apoyada contra la pared, ya llevaba más de una hora allí, y fijó la mirada en el frigorífico como si intentase hipnotizarlo.

Todo lo que contenía lo sabía de memoria, desde la última loncha de chorizo hasta el yogur olvidado. Porque era ella la que compraba todo: de ahí venían muchas bromas familiares.

Catalina, ¿para qué hemos comprado alcaparras? ¿Quién demonios come alcaparras en casa? le preguntaba su marido, girando el frasco entre los dedos. ¿Por qué las has metido en la cesta?

Pues porque me gustan.

Bueno… ¡invéntate entonces alguna receta y que no sea una ensalada desastrosa!

Y Catalina lo intentaba. Sacaba algún plato medio raro, porque seguir las recetas nunca fue lo suyo. Toda la familia, al principio, miraba el invento con sospecha, luego arrasaban y pedían repetir.

Toda la familia. Menos Catalina.

No podía con lo que cocinaba. ¡No podía tragarlo!

El proceso en sí le ilusionaba, hasta sentía auténtica felicidad y creatividad en la cocina. Pero en cuanto el plato alcanzaba su punto ideal, llegaba el desastre: una abuela fantasmagórica, que ni pariente era, pasaba por allí y, tras chasquear con su único diente y refunfuñar por lo bajo, dejaba tras de sí a una Catalina completamente hambrienta, incapaz de probar ni una pizca de su propio plato.

Sufría y lo apañaba engullendo algo rico, sobre todo lo que no había que cocinar. Un buen embutido, queso manchego casi llorando por su vida, bollos, caramelos, barquillos y las galletas que Catalina de vez en cuando robaba al pequeño de la casa, porque, sinceramente, el surtido infantil era muchísimo más sano que lo de los adultos, convencida de que así protegía su salud.

Eso, salud, era justo lo que le faltaba a Catalina.

No estaba gorda en absoluto, todo lo que comía terminaba en la incineradora de una vida agitada: tres hijos, marido, gato y casa. Todos demandando su atención constante. Y además, el trabajo, que respetaba y a ratos adoraba, según el día y el grado de concentración que le permitiese el caos familiar.

Pero Catalina nunca se ha quejado de salud, bien aprendida la lección maternal de niña: ¡Ya se te pasará!

Su madre lo decía siempre que ella se quejaba de algo.

¡Catalinita, qué historias te montas! ¡Eso no es fiebre! ¿Qué la has medido? Bueno… pues muy bien. Anda, toma un té con miel y métete en la cama. ¡Ya se irá solo!

La fórmula mágica materna acompañó a Catalina toda la infancia, y creció convencida de que todo se solucionaba solo, que ni hacía falta intentar nada.

Quizá por eso, pese a lo que decía el manual de su profesión y su propio sentido común, después de su primer hijo ni le dio importancia a los achaques. ¡Bah! Esto se pasa.

Con el segundo hijo la cosa fue más peliaguda. Le costaba despertarse incluso con los berridos del bebé, pero jamás se lo confesó a su marido. ¿Qué clase de madre no cuida de su hijo?

Kirilo, el marido, lo vio claro.

Venga, Catali, déjame a los chiquillos. ¡Descansa tú! ¡Ya veremos cómo nos apañamos los tíos!

Y Catalina caía como una piedra y dormía horas, aunque ni así se sentía mejor. Solo más cansada. Y una culpa le carcomía por dentro.

¿Qué tipo de mujer soy yo, si no sirvo para nada?

Si alguna vez Catalina se hubiese parado a pensar de dónde le venía esa inseguridad crónica, habría encajado rápido las piezas. Ninguna mujer puede ser feliz viviendo bajo el lema de: tú, un poquito defectuosa…

Mamá y abuela le inculcaron ese eslogan. Que si:

¡Siéntate recta, pareces una clave de sol arrugada! ¡Espalda derecha, por favor! chillaba la abuela, doña Lidia.

Mamá, por favor, ¡crees que no lo veo! Pero es que no me obedece. No es como las otras niñas, esta siempre está en su mundo… Y además, mamá, tengo que esconder la comida, siempre está comiendo algo. ¿Tú has visto? ¡Nada funciona! ¡La castigo y ni se inmuta!

A sus cinco años, Catalina que de peso tenía lo justito de un gatito acababa derechita, sollozando en la sopa, y con terror a mirar hacia arriba por si acaso.

Y puede que llevasen razón, que Catalina no era como las demás…

Muchos años después, ya adolescente, rellenita y con acné, un día encontró un álbum antiguo de fotos y su universo interior estalló en mil fragmentos.

¿Por qué tanta caña con la comida? ¿Por qué esos reproches, mamá, si en las fotos…?

Ahí, en los recuerdos, su madre era una chica regordeta, y Catalina tenía incluso menos cintura que ella en esa época…

Así que, ¿por qué tanto drama?

La respuesta llegó con una sinceridad de madre católica y exasperada:

¿Que aún no lo entiendes? ¡Mírate al espejo, mujer! ¿Quién te va a querer así? Yo ni lo soñaba, hasta que perdí veinte kilos. ¡Gracias a mamá! Todos a dieta en la familia, ni cocinar para papá… A ver si sabías eso.

¿Y el abuelo cuándo dejó a la abuela, mamá?

¡A ver, Catali, qué preguntas son esas! Eso no tiene nada que ver. Y punto. Mis padres eran incompatibles. Y, mira, como yo con tu padre. ¡Ya está!

Pero, ¿cómo se deja de querer a alguien con quien llevas media vida?

¡Otra vez! ¡No te contestaré a tonterías! ¡Déjame en paz y haz algo útil!

Catalina sabía muy bien en qué consistía algo útil. Se calzaba las deportivas y se iba al estadio del colegio. Eso sí, correr o saltar, ni hablar, mientras los chicos jugaban al fútbol. Se sentaba en el banco bajo la gran linden y reflexionaba. Solo cuando caía el sol, se daba unas vueltas corriendo, insultándose por la pereza.

Esa introspección le fue útil. Decidió que si lo de ser guapa no había forma, podía hacerse valiosa: si la gente necesitaba algo de ti, ya nadie mira si eres gordita. Mejor aún si eres la única con ese algo.

Mamá, quiero ser médica.

Pero hija mía, ¿con tus notas?

¡Que saco buenas!

Sí, bueno… Haz lo que quieras. Es una profesión respetable.

¡Y tanto! Catalina celebró el visto bueno, disimulando.

Catalina acabó siendo médica. Y buena. Como no tenía apenas vida propia, podía entregarse de lleno a los estudios y al trabajo.

Su madre lo miraba todo con resignación y suspirando, ocupada en cuidar a la abuela enferma, dejando a Catalina algo más tranquila. Pero no mucho.

Esta niña sola nunca se casa. Siempre con libros… Hay que arreglarle la vida.

Y la abuela, como si no tuviera achaques, se lanzó a la misión. Pronto apareció una casamentera de las de antes, con su moño apretado y verbo incontenible, que solucionó el tema en dos visitas.

La chiquilla, una joya. Guapa, lista, buena Esta no tiene problema.

Catalina no sabía si reír o salir corriendo. ¿Guapa? ¿Ella? Había mejorado, claro, pero seguía viéndose regular. El caso es que, en nada, le encontraron novio.

Al verle, Catalina tuvo que morderse la lengua. Bajito, torpe, sin saber qué hacer con las manos, nervioso mirando a la suegra y a la casamentera.

Pero era educada, y no se le pasaba por la cabeza ser maleducada solo porque a ella no le entusiasmase el asunto. Así que puso buena cara y tiró de cortesía, agradeciendo el esfuerzo familiar.

La merienda-acercamiento fue correcta y rápida. Primer encuentro: en una cafetería, a la que Catalina llegó tardísimo. Se había liado en la consulta. Al entrar, buscó a su prometido, sin éxito. Mientras ya pensaba huir, el camarero la paró.

Señorita, ¿es usted Catalina? sonrió el chico y ella no pudo evitar devolver la sonrisa.

Sí, soy Catalina.

Le dejaron una nota. El joven estuvo nervioso, hasta rompió un vaso y se fue. Tome.

La nota era breve. No me busques.

Catalina se echó a reír.

¡Ni pensaba hacerlo!

Sintió una paz enorme. Ahora tenía excusa para desbaratar los planes maternos: la habían dejado plantada en la primera cita. ¿Ven? No ha sido culpa mía. Y encima, el chico era un drama, ¡que le cundiese a otra! ¿Criar a un adulto, y encima sin simpatía? No, gracias.

El camarero, que había leído disimuladamente la nota, la miró un poco más serio, pero luego volvió a sonreír.

¿Y usted, Catalina, tiene planes para hoy por la tarde?

Ni ella sabe muy bien por qué, le salió natural preguntarle:

¿Y usted cómo se llama?

Kirilo.

Dígame, Kirilo ¿Me compadece?

¿Compadecerla? Para nada respondió él, y esta vez su cara era completamente sincera.

Catalina le estudió atentamente, buscando señales de que este también iba a catalogarla como defectuosa. Y solo dijo:

Pues, si no es así, le espero esta tarde en la entrada del parque, al lado de Medicina.

Lo sé. Allí estaré. Gracias respondió él, encantado.

Catalina recuerda perfectamente su primera cita: cada palabra, cada broma, cada silencio compartido. Era tan fácil estar con él, como si lo conociera de toda la vida. Descubrieron que ambos gozaban con el jazz y detestaban el requesón, que soñaban con adoptar un gato y jamás tendrían perro (demasiado trabajo). Los dos querían una casa propia y una carrera útil, no solo por el sueldo, sino por hacer algo valioso Todo encajaba, como si el destino hubiese dicho: basta ya de vagar, os junto y hala.

Salieron juntos más de un año.

La madre de Catalina se llevó las manos a la cabeza.

¡Ese chico no es para ti!

¿Por qué, mamá?

Porque ¿Camarero?

Ya sabes que está estudiando. Lo otro es empleo de paso. ¿Y? ¿Qué tiene de malo servir mesas?

Su madre está enferma y tiene una hermana pequeña. ¿Para qué quieres ese lío?

Precisamente, eso demuestra que es un buen hombre. Si cuida a los suyos, ¡cuidará de mí!

¡Catalina! ¡Habla en serio! ¿Dónde está tu amor propio?

En proceso, mamá. Aprendiendo a quererme. Y por cierto, Kirilo ya me ha pedido matrimonio.

¡No quiero nada! Solo que pienses en ti.

La boda, claro, se pospuso.

Catali, si mi madre falta, no sé qué será de nosotros

¿Qué va a ser? Pues cuidar de Irene la hermana pequeña.

¿Crees que podré?

¿Hay alternativa?

Catalina ayudó en casa de Kirilo hasta el final. Cuando fue evidente que quedaba poco, fueron al registro civil con Irene de testigo y firmaron.

¿Así que ahora somos familia? preguntó la niña con toda la lógica del mundo.

Sí, cariño.

¿Y yo también cuento?

Por supuesto, somos tu familia.

Eso le llegó al alma a Catalina: cinco años y más sentido común que muchos adultos.

La suegra valoró el gesto.

Hija, gracias. Me gustaría poder cargar con todo esto más tiempo…

Bueno, entonces, ¿nos curamos o nos compadecemos?

Si hasta haces bromas ¡Qué suerte ha tenido contigo mi hijo! Y le sonrió.

La madre de Kirilo falleció un mes después de la boda. Catalina montó todo el funeral y consoló a Irene como pudo.

Mamá ya no sufre, ¿verdad?

No, cariño.

¿Y ya no necesita pinchazos?

Ya no, cielo.

Catalina lloró más que la niña. La suegra, tan cálida y vital como Kirilo, había conquistado su corazón en poco tiempo.

Cuando su madre se enteró de la boda, sin avisar ni celebración, se enfadó muchísimo.

¿Para eso te he criado? ¡Sin avisar ni nada! ¡Mi única hija! ¡Ni boda ni aviso ni leches!

Mamá, sabes que no era el momento

¡Que no, que no! ¡No quiero saber nada!

Catalina lo intentó, pero nada. Decidió alejarse un poco y que su madre se le pasase.

Pero la pausa se hizo larga… años. Claro que iba, ayudaba y estaba si hacía falta. Pero todo, tan formal, que parecían dos funcionarias más que madre e hija. Ningún esfuerzo de Catalina funcionaba.

Al final, explotó.

Mamá, ¿tienes más hijos?

¿Pero qué tontería es esa?

Pues entonces no entiendo por qué quieres también perderme a mí…

A su madre se le cayeron los esquemas. Siempre controlada y seca, se echó a llorar como una niña. Catalina, despistada, corrió a buscar la valeriana.

Ya algo más tranquila, la madre confesó:

Te quiero, hija. Claro que te quiero… Pero nunca me enseñaron a demostrarlo. Mi madre decía que no había que mimar, que a los hijos había que hablarles como a adultos siempre, para que supieran afrontar la vida… Y ahora me doy cuenta de que he perdido más de lo que he ganado. Creciste sola, sin que me enterara… Y yo lo único que sentía es que no me hacías caso y cada vez estabas más lejos. Ahora me da miedo que ni si grito me escuches…

Catalina la consoló, pero esa confesión la marcó. Empezó a temer criar a sus propios hijos así, repitiendo el mismo error. Aunque Irene y sus hijos la buscaban para cualquier cosa y sentía su cariño, ella se veía siempre insuficiente. ¿Estaría haciéndolo bien como madre?

Kirilo, que se daba cuenta de que algo la inquietaba, intentaba hablarlo, pero Catalina pensaba que solo ella debía arreglarlo.

Por eso, muchas noches la pillaba sentada, en pijama, ante la puerta medio abierta del frigorífico, con el gato como único espectador. Era el mejor sitio donde pensar, rodeada del silencio, el gato juzgón y el frío paranormal de la nevera prohibida en la infancia.

Repasaba su vida, los errores, el peso de su historia familiar. Se preguntaba, ¿si hubiera hablado antes?, ¿si en vez de ser siempre la niña buena, hubiese protestado? Quizá habría ganado autoestima…

Por una parte, esto la animaba; por otra, sentía que había tardado mucho en darse cuenta de lo obvio.

La puerta de la cocina se abrió y entró Kirilo, ignorando al gato y a la mujer sentada en el suelo, abrió la nevera, sacó queso, tomate y algo de perejil. Se sentó junto a ella, la abrazó y le ofreció un bocata improvisado.

¡Muerde!

Kirilo, como siga así, ni una falda más me entra…

¡Que muerdas, hombre! Empezó él mismo y hasta le guiñó un ojo al gato. ¿Un trocito?

El gato, por supuesto, aceptó. Saltó, atrapó el queso y se acurrucó sobre las piernas de Catalina.

Te quiero… dijo Kirilo, mirándola comer con ternura. Y aunque peses una tonelada, me importa un colín y tú lo sabes. Pero dime, ¿qué te pasa?

Catalina terminó el bocata y se acurrucó en el cuello familiar del marido, acariciando al gato.

Todo va bien…, exhaló suave, creyéndoselo por primera vez. Solo, ni tonelada ni nada, Kirilo, con mi talla cuarenta y seis de mujer española, voy que chuto.

Pero qué arte tienes. Más guapa no hay.

Dímelo más, ¿eh?

¿Y dejarás de hacer excursiones nocturnas de la cama al frigo?

¡Ay, Kirilo!

¡Pues eso! Y nada, ¡anda, vámonos a dormir, mujer!

Catalina aceptó la mano tendida de Kirilo, lo abrazó de corazón y se prometió que, ahora sí, le contaría todo. Algún día.

¿Catali?

¿Sí…?

¿Tendremos un bebé más?

¿Cómo lo sabes? preguntó ella, sorprendida.

¡Por Dios, mujer, que te conozco ya! Y tus paseos nocturnos… ¿Cuánto?

Tres semanas.

¡Olé! Kirilo la abrazó, y ella lo silenció de un manotazo en la boca. Shhh, que vas a despertar a los críos.

El gato los acompañó hasta la puerta del dormitorio, luego volvió a su sitio preferido en el alfeizar, y se acurrucó a disfrutar del silencio.

En poco tiempo, aquel silencio por las noches sería habitual: Catalina tendría nuevas ocupaciones y el gato, siguiéndola, solo entraría en la cocina para zampar. Aunque a veces echase de menos las charlas nocturnas, dormiría a gusto junto a la cuna nueva, oliendo a leche y a bebé, mucho mejor que sobre la fría piedra de la ventana…

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