Crié yo solo a mi hija, con la única meta de que llegase a ser una persona verdaderamente decente. Nunca escatimé en esfuerzos ni euros, trabajando duro para que a mi hija no le faltase de nada. La vida para ella no fue sencilla, pues perdió a su madre siendo todavía muy pequeña.
Mi hija sufrió mucho por tener que vivir de esa manera. Otros niños la molestaban en el colegio, haciéndola llorar y preocuparse. Siempre procuraba consolarla, explicándole que la existencia a veces toma giros impredecibles. Desde lo más hondo de mi corazón la amaba, y en esos momentos trataba de demostrárselo con un afecto especial.
Su festividad favorita siempre fue la Nochevieja. Esperaba esa noche con enorme ilusión, convencida de que sus deseos podrían hacerse realidad. En su colegio solían organizar regalos por la fiesta, y los alumnos iban vestidos con elegantes disfraces o trajes de fantasía. Yo siempre andaba justo de dinero, pero me esforzaba cada año para que mi hija luciese estupenda ese día. Una vez logré comprarle un vestido de ensueño, tan bonito que se convirtió en el centro de atención: todos sus compañeros se acercaban a admirarla y ella estaba radiante, sin dejar de agradecerme una y otra vez el detalle.
El tiempo pasó, y mi hijaCandelariacreció. Al terminar el bachillerato se marchó a Madrid para estudiar en la universidad. Todo sucedió según lo había planeado, porque Candelaria era siempre lista y tenaz. La vida urbana la transformó profundamente. Descubrió cierto gusto por el dinero y se volvió calculadora. Empezó a salir con hombres que ansiaban impresionarla llevándola a restaurantes caros y comprándole regalos de lujo.
Cuando Candelaria quedó embarazada, comenzó a preparar su boda. Se sentía feliz, ya que su novio era un hombre adinerado. Pero ni se le ocurrió invitarme, ni a otros familiares, a la celebración. Al contrario: me mandó un mensaje en el que me pedía no asistir. Alegaba que solo habría invitados ricos, y que yo no era uno de ellos.
Fue un golpe muy duro. Durante años había dado la vida por mi hija, la había apoyado en todo y me desvivía por ella día tras día. ¿Merecía de verdad que me tratase así? Tras pensarlo mucho, decidí igualmente viajar a la ciudad.
Al llegar el momento de felicitar a los novios, me acerqué a mi hija. Le entregué un pequeño ramo de flores, la besé y le desee suerte, y después me marché sin hacer ruido. A Candelaria se le quedó el alma helada. De pronto se sintió avergonzada y culpable por su feo gesto. ¿Cómo había podido comportarse así con la persona que más la quería y la conocía en el mundo?
Corrió tras de mí, llorando y pidiendo perdón, prometiendo que jamás volvería a cometer un error semejante.




